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Espacio dedicado a libros y autores en campo de Ciencias Sociales y Humanidades


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  • No pasarán


    Por Israel Covarrubias


    Édouard Martin es un obrero francés de origen español en la industria siderúrgica. Trabajador migrante enraizado en la región de Lorraine (Lorena), en Francia, es un activista sindical relevante por su sinceridad y franqueza política. No pasarán. Contra la economía canibal (Malpaso, 2013) es un relato autobiográfico que describe la parábola del trabajo en el último medio siglo a partir de la singularidad contenida en su vida de líder sindical. En términos generales, la narración va del ascenso de las grandes industrias nacionales que despuntan poco tiempo después de la segunda posguerra a su declive, causado por la nueva configuración del capitalismo, que deja su marcado corte político y cede su lugar al capitalismo pospolítico en la transición del siglo XX al XXI.
    Hijo de un obrero de la misma industria siderurgia, el autor nos cuenta cómo se convirtió también en obrero de esa gran industria ícono de la Francia moderna, expresado con todas sus letras en su monumento público más célebre, la Torre Eiffel, cuyo hierro pudelado proviene precisamente de la región de Lorena. En su libro, aborda los problemas internos de la industria, la solidaridad de clase entre sus compañeros obreros, el oficio siderúrgico que se aprende en la práctica diaria, donde mucho del aprendizaje es debido a la transmisión de saberes por parte de los obreros más viejos a los más jóvenes –lo que sugiere que no es un oficio que “se aprende por ciencia infusa” (p. 69)–, la división social de los barrios, el salario mínimo, el discreto welfare para los obreros y sus familias, así como el trayecto que siguió al sindicalismo, que lo llevaron a volverse europarlamentario y uno de los principales críticos de la Arcelor Mittal, empresa líder mundial en la producción de acero.
    Martin no deja de llamar la atención en el cambio de velocidad que estaba teniendo lugar frente a sus ojos con la compra de la Arcelor por parte del grupo Mittal, encabezado por el empresario indio Lakshmi Mittal. En particular, subraya la dislocación que introduce el nuevo capitalismo en las relaciones obrero-patronales, que de un modo abrupto hacen a un lado toda la operación histórica que había tenido lugar en la mayor etapa de expansión del welfare en Europa, por una modalidad completamenre verticalizada que, en el caso de Mittal, se traduce en la incorporación de su familia a los puestos de dirección de la empresa, así como en un trato poco solidario y distante con los obreros y sus representantes sindicales, entre los que está Martin. Todo ello en el contexto de la administración de Nicolas Sarkozy (2007-2012), quien dejo a la deriva a los obreros, mostrándose como un cretino cuando Mittal estaba engolosinado con la desarticulación de algunas fábricas de la industria siderurgica como fue el caso de los altos hornos de Florange, pese a que dejaba ganancias aceptables, con lo que se confirma que el poder económico siempre está por encima del poder político. Paso algo similar con el siguiente presidente francés, François Hollande (2012-2017), que mostró mucho interés en el asunto, pero poca capacidad política para decidir a favor de los obreros. Es evidente que había una sensibilidad política diferente en ambos personajes, pero al final del día usaban el viejo recurso de aventar a la policía cuando los obreros querían acercarse al Elíseo. Los detalles de la historia que escribe Édouard Martin dicen mucho del espectáculo de travestismo ideológico y clasista de la política democrática de nuestro tiempo: siempre estamos de parte de los de abajo, pero no podemos favorecerlos.
    No perdamos de vista el origen de Mittal, que lejos de cualquier tipo de chovinismo o colonialismo perverso, permite pensar que estamos en presencia de una suerte de variante descentrada, en este caso asiática, del nuevo orden global, regido precisamente por la forma caníbal que adoptó el nuevo capitalismo en su carrera hacia el siglo XXI. Es un capitalismo diferente, aunque igual de impertinente y destructor como el que encabezan los magos de la tecnología del tipo Elon Musk. De cualquier modo, son formas de hacer negocios a gran escala que han llevado al capitalismo a un punto de no retorno, ya que es ciego de sus consecuencias e intolerante con la vida humana y no humana. Están convencidos de que encabezan un nuevo orden mundial, donde el aspiracionismo hace las veces de aspirina para paliar la catástrofe, pues para ellos solo se debe atender a los

    “términos como rentabilidad, rendimiento, cash… Si en sus dominios una fábrica tiene problemas, pone en marcha el rodillo y, si hace falta despedir personal, lo hace sin escrúpulo alguno y sin, por supuesto, preocuparse por saber si hay o no hay familias detrás cuya suerte dependa de sus codiciosos caprichitos” (p. 68).


    ¿Cuál puede ser el interés de una historia como la de Édouard Martin para nosotros que vivimos en México? En su momento, Andrés Manuel López Obrador presentó a Lakshmi Mittal como un gran empresario mundial que había invertido mil millones de dólares en el complejo siderúrgico Las Truchas, que pertenece precisamente al grupo Mittal, en Lázaro Cárdenas, Michoacán, con lo que confirma que el populismo no está negado con el gran capital. Al contrario, es su palanca política más eficaz. Parece que López Obrador no sabe o hace como que no sabe que el único fin que persigue Mittal es que “Juega con el mundo desde su fortaleza londinense. Su único fin es es ganar dinero, más dinero” (p. 123).
    Mittal representa un capitalismo que cancela toda oportunidad de futuro, inaugura un eterno presentismo en la medida en que rentabilidad o rendimiento no traducen la palabra deseo, porque este se coloca siempre más allá de nuestro alcance en el aquí y ahora, contrario a la ganancia que solo puede ser medible en tiempo presente. Si la industria siderúrgica en su momento era un orgullo nacional del país galo, hoy es una palanca que quiebra existencias a causa de las fórmulas aplicadas por el capital. Si podemos sintetizar la idea de economía caníbal presente en el subtítulo del libro, tendríamos que decir que es la pretensión de gobernar el absoluto por medios artificiales, derivados de la política del capital que no reconoce fronteras ni respeta diferencias, solo aprieta el acelerador hasta el fondo para ver hasta donde se puede llegar.
    Estamos frente a una gran historia que subraya el rol de la dignidad en el juego de la exclusión, empuja a decir “no” al agravio y a la voracidad de los que no padecen hambre. El político y el mercader quieren destruir al que se indigna porque no saben qué hacer con él, más allá de golpearlo, humillarlo y destruirlo. Aunado al hecho de que parece que el pobre tiene prohibido rechazar las migajas que les ofrecen aquellos que están en el poder. La historia personal de Martin es relevante, porque desliza la política hacia lo político, un campo donde todo es puesto en disputa.
    No sé si Martin tenía presente el eslogan que hizo célebre Dolores Ibárruri “La Pasionaria” durante la Guerra Civil española: ¡No pasarán!, en su defensa de la república y en contra del fascismo, pero su historia es heredera de esa tradición que toma la palabra para indignarse y no permitir que el interés de los muchos sea pisoteado por el ominoso apetito de un puñado de capitalistas, hoy colocados como el peor fascismo del que tengamos noticia en la historia contemporánea.

    Texto publicado en ElPost, 02/02/2024

  • Pierre Lemaitre o la literatura como punto ciego


    por Israel Covarrubias

    Pierre Lemaitre (París, 1951) es considerado una de las mejores plumas de la literatura francesa actual. Este hecho no es cosa menor en un país, como Francia, que tiene una literatura poderosa. ¿Cuáles son los rasgos que han hecho que este escritor tardío destaque con fuerza en la narrativa contemporánea?
    En primer lugar, su manejo de los planos narrativos. Lemaitre es un escritor que juega con el lector, lo lleva a mirar lo más oscuro del abismo humano, lo involucra en la trama, rompe con los desenlaces triunfalistas. En sus novelas, los héroes siempre son anti-héroes, pues no hay otro modo de armar del rompecabezas de un mundo siempre de cabeza. Fustiga las profundidades del odio, de la frustración y de las perversiones. No encubre, devela esa terrible desnudez innombrable que nos constituye.
    En segundo lugar, es un autor que tiene un gusto por las sagas, entre las que se cuentan la tetralogía fundamental para sus lectores -y también para quienes no lo conocen- que encabeza el entrañable personaje, un comandante de policía, Camille Verhoeven. Tanto en la primera novela de esta serie, Irene, como en sus siguientes entregas, Alex, Rosy & John y Camille, la justicia corrobora una vez más esa necesidad hoy milenaria de caminar por lo más injusto. Así, en el comienzo de cada historia, cotidiana o extraordinaria, hay un corte, una quiebra de la existencia. Esta funda el límite de lo posible frente a lo reconocible, de lo contingente frente a lo determinado. Si quieren comenzar la lectura de este escritor francés, recomiendo que se vayan directamente a estas cuatro novelas.
    En tercer lugar, Lemaitre subraya en sus obras, acaso con una obstinación radical, que sin crimen no hay civilidad. Este es el caso de su novela Vestido de novia, una obra de enorme consistencia e imprevisibilidad. Tanto en esta novela como en la tetralogía, los personajes sufren su condición de ausentes, devorados por la vorágine de la vida parisina y sus alrededores. Quién conozca más o menos bien las calles y los distritos de París, podrá rápidamente identificar cómo viven los personajes, así como saber por dónde van, en qué estación del metro o del autobús suben o bajan, en qué bar se detienen a comer o a tomar un aperitivo, algunos de los cuales son citados con sus nombres reales. Por ejemplo, es el caso de La Marine, un “resto” a la orilla del Canal San Martin, de estupenda relación precio-calidad.
    Asimismo, en sus novelas observamos el mosaico laberíntico del trazo urbano de París. De sus barrios burgueses a sus barrios pauperizados, hay una mezcla de zonas de migrantes, comerciantes de todo tipo, pastiche de religiones, culturas, lenguas y colores de piel, que terminan por edificar ese espacio ideal para la aventura del “bobo” (bourgeois bohème). En suma, en su trabajo aparece una fotografía detallada de sitios icónicos de la capital francesa, como sucede en la escena del secuestro en Alex, el parque donde ponen una bomba en Rosy & John, el asalto a la joyería en Camille, o el asesinato en Irene.
    Mención aparte merece su novela Recursos inhumanos, popularizada en la serie que realizó Netflix en 2020, donde el ex futbolista Éric Cantona personifica al protagonista de la trama, Alain Delambre. En esta novela encontramos un cuadro centrado en la profundidad del dolor y la crueldad que produce la pérdida del empleo, en una sociedad que es consciente de lo que esto significa aunque actúa como si nada pasara. (Lemaitre escribió esta novela basado en una historia real que encontró leyendo la prensa.) Esto provoca constantes heridas en la estima de sí del personaje principal que, buscando afanosamente un trabajo “digno”, termina enredado en un juego de roles, donde el simulacro de un secuestro en una empresa global para observar la lealtad de los empleados hacia ella, se vuelve hiperreal y el personaje principal, que descubre de qué va el juego antes de ser jugado, deja su lugar de víctima ficticia para volverse el verdadero verdugo, humillando al comando de mercenarios que fue contratado para fingir el secuestro. Aunque después regresa a su lugar de víctima, Delambre termina siendo el nuevo anti-héroe de nuestra época, ya que logró burlar al sistema y desfalca a la empresa que, en realidad, no lo iba a contratar.
    Lemaitre no es un autor sencillo. Tiene un gusto por la construcción de trampas para el lector. Por ello, los nudos ciegos de su narrativa nos resultan tan familiares que terminan por inquietarnos.

    Texto publicado en agosto de 2021 en el portal de información: consentidocomun.com

  • Estancias


    por Israel Covarrubias

    Una revista académica es un vehículo de comunicación científica envidiable e inigualable. Permite observar y dar cuenta del grado de cohesión y avance en distintos espacios académicos como una facultad, un centro de investigaciones o un departamento. En su conjunto, es un termómetro de una universidad en su vocación más esencial, que es la de alcanzar la excelencia. Los griegos tienen una palabra precisa para ello, areté, que es el ideal de la educación, el objetivo esencial de toda existencia, en cada práctica social y en cada acto del pensamiento.
    A diferencia de nuestro país donde nunca hemos tenido una política nacional clara en torno a las revistas académicas, naciones como Francia, Alemania, Estados Unidos o Inglaterra, invierten muchos esfuerzos materiales e intelectuales en las publicaciones periódicas. Pensemos que en estos países, cada centro de estudios o laboratorio de investigación, tiene varias revistas, algunas muy especializadas, otras de carácter general, algunas más técnicas, pero siempre con la convicción de que cada artículo publicado en sus páginas es una poderosa intersección entre cuatro “estancias” que están presentes en todo quehacer científico: la innovación, la creatividad, el desarrollo y el conocimiento. Una revista es justo un punto de encuentro y expansión de esas cuatro maneras de mirar el campo científico. Además, es un motor eficaz de vinculación y divulgación científica del ámbito local con el nacional y con el internacional.
    Por lo demás, una revista debe ser concebida como un espacio de atracción de diversos públicos, comenzando con sus usuarios habituales: nuestros colegas más cercanos en términos de disciplina, pero también aquellos investigadores más alejados intelectualmente; nuestros estudiantes de grado y posgrado; así como los diversos componentes interesados en lo que produce el campo científico (periodistas, legisladores, tomadores de decisiones, profesionistas varios, intelectuales, etcétera). Poner el conocimiento al alcance de diversos sectores sociales es el desafío de las publicaciones periódicas.
    Así pues, Estancias. Revista de Investigación en Derecho y Ciencias Sociales nace este año, en medio del contexto de la pandemia de Covid-19 y que es ya de reconocer la aventura de una nueva publicación en estas circunstancias, como una publicación semestral de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Querétaro en coedición con la prestigiosa Editorial Gedisa. Ha sido pensada como una publicación de alta calidad académica donde los fenómenos empíricos y teóricos que son competencia del derecho, de las ciencias jurídicas y en general de las ciencias sociales, deberán ser pensados siempre como fenómenos trans y post disciplinarios, por lo que sus expresiones y maneras de abordarlos exigirán en cada número una problematización que inicie desde una óptica de fronteras entre disciplinas. Estamos convencidos que un enfoque de este género puede permitir dar cuenta de algunos debates tanto clásicos como recientes y que se desarrollan en los campos de conocimiento donde pretendemos tener incidencia.
    La revista será un espacio académico no exclusivo, aunque tampoco excluyente, de juristas y estudiosos del derecho, ya que estará interesada en debatir las filiaciones disciplinarias tanto del derecho como del resto de las ciencias sociales, con la finalidad de lograr un producto original y consistente en el mercado de las publicaciones periódicas del derecho y de las ciencias sociales mexicanas y latinoamericanas. El primer número que ya circula está dedicado a debatir la obra de Giorgio Agamben, uno de los pensadores más originales en el panorama actual de las ciencias humanas continentales. El segundo estará dedicado al populismo, el tercero a John Rawls en su centenario, y el cuarto a cuestiones de bioética. Pueden consultar sus contenidos en http://estancias.uaq.mx/index.php/ojs.

    Reseña publicada en el sitio https://consentidocomun.mx/estancias/

  • Iusnaturalismo y neoiusnaturalismo

    Reseña de: Gabriela Aguado Romero, Iusnaturalismo y neoiusnaturalismo, Ciudad de México, Colofón-UAQ, 2020, 224 pp.


    Israel Covarrubias
    Facultad de Derecho – Universidad Autónoma de Querétaro

    Esta obra es un texto original y sugerente que, sin duda, no pasará desapercibida a los estudiosos de la teoría y la filosofía del derecho, así como a los historiadores del derecho. Aunque también llamará la atención de los estudiosos de la filosofía y la teoría política, así como a los cultores de la historia en sus vertientes de historia de las ideas políticas e historia de los conceptos. El libro de Gabriela Aguado señala decididamente la dificultad histórica y sobre todo conceptual para la cabal comprensión y la definición de la idea de “naturaleza” humana, ya que cuando se habla de derechos naturales y de la doctrina de los derechos naturales, no se puede omitir el debate sobre la naturaleza humana, contenedor precisamente de aquellos, pues, como es sabido, es la fuente del derecho natural. Una naturaleza humana, por lo demás, que es el resultado de una mezcla de “materia y espíritu, racionalidad, autoconciencia, sociabilidad, voluntad y poder creador” (p. 47).
    Este elemento que corre de manera transversal a todo lo largo del libro, es central, pues nos lleva a la ponderación y a la interrogación de si es posible que ello tenga lugar del desafío que comporta, en un momento como el actual donde es una realidad el mundo completamente post-humano y post-orgánico, la prosecución de la comprensión eficaz de “las necesidades humanas y sociales” (p. 18) a través del debate sobre el derecho natural, tanto en sus versiones clásicas como en las más recientes, presentes en el llamado neoiusnaturalismo, con lo que vuelve el debate sobre el derecho natural una encrucijada teórica y disciplinaria crucial de nuestro tiempo.
    Al respecto, pensemos un instante en el rol que juega la inteligencia artificial, el auge de los robots y de la automatización, en los múltiples dominios institucionales, sanitarios, securitarios y sociales, donde “lo humano” y su “naturaleza” se articulan, tensan y expanden sus dominios. Una inteligencia de grado diverso a la que hemos conocido humanamente, pero que paradójicamente sigue en una relación dependiente con nosotros, no obstante las múltiples narrativas (fílmicas, literarias, pero también científicas) que advierten de los efectos perniciosos de la liberalización de la tecnología del gobierno humano. Si se mira más de cerca el asunto, veremos que la cuestión de la conciencia es un problema aún no resuelto para la inteligencia artificial. ¿Cómo podemos crear un robot con conciencia del bien y del mal?, ¿con convicción sobre las ventajas de la vida asociada, de la renuncia a ciertos privilegios para que pueda surgir el bien común?, ¿con conciencia para comprender la imposibilidad humana intrínseca a cada acto de bondad y a cada acto de intolerancia?, ¿consciente de la importancia de la vida espiritual y de la vida afectiva? Basta un botón de muestra. Recientemente nos enteramos del exitoso experimento de clonación de “Elizabeth Ann”: “una hembra de hurón de patas negras (Mustela nigripes), [que] es el primer ejemplar clonado de una especie nativa de Norteamérica en peligro de extinción y la esperanza de científicos y conservacionistas para recuperar la especie”. Vaya paradoja. Nos hemos esmerado lo suficiente en el antropoceno en la destrucción del entorno del sistema social, pero también destruyendo el sistema mismo, y cuando nos damos cuenta de la irreversibilidad de esta acción, nos surge el deseo y la urgencia por “conservar”, por restituir, por reorganizar. ¿Qué sucederá cuando sea una realidad la clonación humana? ¿cómo podremos limitar este gusto por la desmesura, que es un tema que ya los griegos colocaron en su horizonte de inteligibilidad?, ¿qué pasará con los problemas que hoy aquejan nuestras sociedades: las injusticias se extinguirán en esa forma de habitabilidad del mundo que parece seguir obsesionando a la ciencia de nuestros días? Somos “humanos, demasiado humanos”, sentenciaba Nietzsche: caminanos de prisa, una y otra vez, al abismo, nos gusta el vértigo que produce la pérdida. A pesar de las técnicas de la vida ofrecen ventajas para la conservación de la especie, nuestra época es una época realmente oscura, justo con relación a la conciencia del mundo de la naturaleza (entorno) y de la naturaleza humana.
    Esto, sin duda, nos está empujando a repensar de manera urgente nuestras nociones, a veces un tanto anquilosadas, otras completamente rebasadas, de “naturaleza” en relación con la noción de vida en tanto condición de viviente (zoé), pero además de “naturaleza humana” en tanto bios. Y luego, aparece la segunda parte del relato, la cuestión de la exigencia creciente por sostener la determinación de los derechos humanos -y además de los no humanos- en la forma social del mundo democrático. El alcance de esta inflexión histórica, en el terreno específico del derecho y de la política, está aún por verse, sobre todo en la dirección de prosecusión del “bien común”, esa figura “eternamente actual” tanto en su dimensión retórica como en su vertiente práctica, ya que unen la generación de principios generales (como los del derecho) con el horizonte de su aplicabilidad en cada experiencia histórica concreta por medio de los debates en los que hoy estamos inmersos acerca de los enormes retos, presentes y futuros, de los derechos humanos y de la moral pública, dos campos, sentencia la autora, estrechamente conectados con el del derecho natural.
    Así, el debate sobre el derecho natural, sus orígenes, sus desarrollos doctrinarios, y en particular su vigencia, involucran estas líneas de problematización que apenas he esbozado. Es decir, el debate que la autora nos propone se mueve entre las posibilidades de concreción de la naturaleza humana, que ha oscilado desde siempre del ser y del no ser, de lo uno y lo múltiple, así como entre la posibilidad o no de lograr una fundamentación racional del derecho natural; y también va en la dirección, tanto simbólica como real, de constatación de la necesidad de no perder de vista la dimensión metajurídica y metapolítica del derecho y de la naturaleza humana. No solo en su orígen, sino también en su experiencia cotidiana.
    De este modo, podríamos preguntarnos, ¿qué es el derecho natural? “Es un derecho propio e inherente, a la naturaleza humana que no es creado por un órgano gubernamental como un sistema de normas para regir en un momento y lugar determinado, ya que éste cuenta con las características de ser eterno e inmutable” (p. 46). Párrafos más adelante agrega: “representa la regla fundamental de la sociedad en cuanto humana” (p. 49). Por su parte, nos señala que el isunaturalismo es una doctrina que debate sobre el estatuto epistémico, histórico, sociológico y jurídico del derecho natural, en cada época donde su preocupación y discusión se vuelven visibles.
    En este sentido, aparece con claridad una triple cuestión que la autora está poniendo en la mesa para el debate. Por un lado, la cuestión del universalismo del derecho natural, universalismo no positivista, acaso mejor dicho, un universalismo de la “diferencia”. Por el otro, la cuestión de la “autorreferencialidad” del derecho natural (que es interpretable como “derecho modelo”); y finalmente, la cuestión, cercana a esta segunda condición, de ser un derecho autopoiético.
    A la dimensión meramente prescriptiva del derecho positivo, que por mucho tiempo ha subsumido y marginalizado todo el potencial heurístico del derecho natural, la autora traza su itinerario intelectual privilegiando la dimensión conceptual-comprensiva, que en tanto método o dirección de análisis, nos ofrece un repertorio amplio y puntual de los cuatro momentos principales en los que podemos diseccionar el desarrollo histórico-conceptual del derecho natural y de las doctrinas que lo han arropado: el iusnaturalismo antiguo (que remota a los presocráticos, después los sofistas, hasta llegar a Sócrates, Platón, Aristóteles y luego el estoicismo, entre otros); el iusnaturalismo cristiano (derivado en dos direcciones: la patrística y la escolástica); el iusnaturalismo clásico o racional; y finalmente, el neoiusnaturalismo (p. 31). Describir someramente estos cuatro momentos en esta reseña sería excesivo, y hacerlo apresuradamente no lograría reconocer la consistencia de la obra. Por lo demás, esta manera de proceder me recuerda la sentencia del gran historiador de los conceptos, Reinhart Koselleck, cuando advertía que “sin acciones lingüísticas no son posibles los acontecimientos históricos; las experiencias que se adquieren desde ellos no se podrían interpretar sin lenguaje”.
    El resultado de este interesante recorrido conceptual y doctrinario, es el de tener en nuestras manos un libro que todo estudiante de derecho deberá leer, específicamente al iniciar sus estudios universitarios; un libro que para los colegas será una fuente relevante para centrar un ángulo importante del debate actual de teoría y filosofía del derecho, así como útil para los estudiosos de teoría y filosofía política. Es un libro bien escrito, se lee rápido, aunque esto no significa que no sea exigente. Lo es y mucho.
    Gabriela Aguado ha estudiado con precisión y paciencia tanto el iusnaturalismo como el neoiusnaturalismo, mostrándonos su vigencia y sus límites, pero también la necesidad de colocar este debate en nuestra realidad cultural y académica específica. Bienvenida sea esta obra que seguramente encontrará atentos lectores en las aulas, en los pasillos, en los cubículos, en las bibliotecas, así como en aquellos que toman las decisiones que nos conciernen y afectan a todos.

    Reseña publicada en Revista Piezas en diálogo filosofía y ciencias humanas, II Época, vol. 12, núm, 32, julio 2021, pp. 85-88.

  • Éric Fassin: la doble ilusión del populismo


    Reseña de: Éric Fassin, Populismo de izquierdas y neoliberalismo, Barcelona, Herder, 2018, 128 pp.

    Por Israel Covarrubias

    Los fantasmas, dicen, siempre tienen un lugar reservado cuando se observa el espectáculo que la política desarrolla por medio de sus formas, sean las más refinadas o las más burdas. Como se sabe, esas expresiones no se desarrollan de manera lineal, mucho menos sin mezclas. Quizá el populismo está en una situación parecida, al ser un fenómeno de naturaleza compleja, ya que tiende históricamente a la hibridación de sus articulaciones. Esta es la premisa que encontramos en uno de los estudios clásicos en la materia, de título Populismo (Buenos Aires, Amorrortu, 1970), donde sus compiladores, Ghita Ionescu y Ernest Gellner, sentencian: “Un fantasma se cierne sobre el mundo: el populismo” (p. 7). Un fantasma que convoca pasiones contradictorias, pero también episodios históricos extraordinarios para el estudio de las dinámicas del poder, tanto en las viejas como en las nuevas naciones. En suma, sugerir que el populismo es un “fantasma” es un recurso conceptual relevante, aunque problemático, porque lleva directamente a un callejón sin salida, que es el de la imposibilidad (junto a su ambigüedad) para definir qué es el populismo, aunado a la incapacidad de sostener una definición compartible en un área geográfica determinada o en un campo conceptual específico. Sobre este problema abundan la bibliografía, sin tener al día de hoy una respuesta clara al respecto.
    La obra de Éric Fassin, Populismos de izquierdas y neoliberalismo, señala rápidamente dos campos de batalla alrededor del fenómeno político más discutido en los últimos lustros en el ámbito de las ciencias políticas. No redunda sobre esa ambigüedad conceptual. El primer campo es la relación ilusoria entre populismo y clases populares, que coloca la retórica política en un cuadrante de eterna “deuda” con los excluidos de siempre. El segundo campo es la reificación del populismo como una totalidad cerrada (“un pueblo”), donde tiene lugar un proceso de des-diferenciación social. Por lo demás, el ensayo lo escribió inmediatamente después del triunfo electoral de Donald Trump en Estados Unidos en enero de 2017, y salió a librerías antes de la victoria electoral de Emmanuele Macron en Francia en mayo de ese mismo año.
    Lo interesante de este breve ensayo es que su autor, un sociólogo político bastante conocido en América Latina, es un estudioso serio de las mutaciones recientes que han tenido lugar en campo de las identidades y las sexualidades, así como en aquel de los racismos, que son ámbitos estrechamente conectados, no obstante que los trabaje respetando la autonomía que tiene uno respecto del otro, y con particular atención a los casos norteamericano y francés. Dos modelos, dicho sea de paso, divergentes respecto a las concepciones sobre el orden democrático global. Es con este telón de fondo, que Fassin incursiona en la reflexión sobre el llamado “populismo de izquierdas” y su vínculo no necesariamente antagónico con el neoliberalismo.
    ¿De dónde parte el autor?, ¿cómo llega al populismo? Fassin sostiene que su punto de partida es lo que llama “la politización de lo vivo” (p. 10), representado en los juegos del poder que tienen lugar en los entresijos de la “norma” y la “ley”. Estas expresiones hoy son traducidos en experiencias de enorme visibilidad como el acoso sexual o los dilemas jurídico-sociales de las familias homoparentales. Por esto, es que para el autor hablar de democracia es hablar de una forma de sociedad, más que de un régimen político. Una forma social que batalla –aquí la impronta de la escuela francesa de teoría política es evidente– con su principio de indeterminación, con la falta de normativización pre-política y pre-social. Al respecto, dice:

    “la sociedad democrática renuncia, pues, a fundar su propio orden sobre la legitimidad de verdades trascendentes (como Dios, la Tradición, la Naturaleza); su tarea consiste en basarlas en valores inmanentes: el orden de las cosas no está dado, somos nosotros quienes lo instituimos” (p. 11).


    Atento observador de los cambios políticos que han tenido lugar en Francia en los últimos años, en especial bajo las administraciones de Nicolas Sarkozy (2007-2012), y François Hollande (2012- 2017), está convencido de que la democracia liberal, basada en la garantía de derechos, se ha precarizado gracias a las políticas de confrontación y presión entre un “nosotros”, traducible como nosotros los franceses blancos, y un “ellos”, los “no franceses”, o que por su apariencia “no francesa”, son ex ante definidos y normativizados incluso penalmente como extranjeros. No olvidemos que esta andanada retórica y estratégica dio lugar durante 2015 a uno de los episodios más vergonzosos de clausura de fronteras en la Unión Europea, donde hasta la socialdemocracia terminó por aproximarse a las posiciones de la derecha tradicional, por lo menos con relación al asunto de la inmigración, provocando un replanteamiento serio de lo que significaban las prácticas políticas “desde la izquierda” en los últimos lustros, así como cuestionar si era posible contar con una opción seria desde ese cuadrante ideológico y político.
    La insurgencia del populismo es un efecto de esta presión. Su campo particular de expansión, agrega, tiene que ver con una “depresión militante” a causa del desdibujamiento de las competencias y las opciones de izquierda para la acción política (p. 16). En los ambientes tradicionales de las “izquierdas”, este es el contexto de la convicción de que es necesario “volver a empezar”, esto es, de que no hay que dejarse llevar por la marea de la “melancolía de izquierda”, como la define Enzo Traverzo, causada por la pérdida de los referentes y las brújulas intelectuales, así como por el colapso de las experiencias partidistas definibles como de “izquierda”. Volver a comenzar, para meternos al asunto del populismo, es “cambiar el pueblo” y “cambiar de pueblo” (p. 17). ¿Qué quiere decir el autor con estas dos inscripciones?

    “La primera se inscribe en la continuación de mis trabajos sobre las cuestiones sexuales y raciales; en vez de seguir una visión populista del universalismo republicano que opone el ‘pueblo’ a los bobós o incluso las clases populares a las minorías sexuales o raciales, hay que cambiar las definiciones: en vez de reducir lo social a un pueblo de hombres blancos, hay que abrirlo a un pueblo múltiple” (p. 17).

    La segunda acepción tiene que ver con el compromiso

    “con lo que el filósofo Michel Feher ha calificado como ‘política no gubernamental’, hablando de la política de los gobernados más que de los gobernantes […] prácticas de la política por parte de ciudadanos movilizados, fuera de los partidos, a favor de distintas causas –lo que llamaremos un público-. Movilizarse a favor de los sin papeles, del derecho a la vivienda o contra la violencia policial es constituirse como un público” (pp. 18-19).


    Estas dos inscripciones mueven de manera sugerente las coordenadas instrumentalizadas en nuestros días cuando se aborda el estudio del populismo, en la medida en que permite la desmonopolización de su universo interpretativo, y que redunda la mayor parte del tiempo el clivaje amigo-enemigo. Tan es así, que el autor sentencia que esta concepción sobre el populismo, es particular aunque no exclusiva de los ambientes de izquierda, ya que siempre ven en ella un nuevo comienzo, que

    “permite hacer tambalear el imperio del pueblo, a saber, el dominio de esta palabra sobre el discurso político, como si la democracia se redujera a la representación del pueblo” (p. 19).


    Un “público” no es “el pueblo”. De hecho, dice el autor, el auge de la retórica acerca del “pueblo” va “en detrimento de los ‘públicos’, o cuando menos sin relación con ellos” (p. 20). Esto cobra mayor vigencia cuando estamos hoy discutiendo sobre potenciales salidas políticas a los efectos perniciosos del neoliberalismo, y particularmente cuando es un problema global que éste proceso va en una dirección opuesta al desarrollo de la democracia. El desafío es, entonces, no perder de vista que “con el populismo, la izquierda se expone a confundir la democracia con la figura del pueblo” (p. 21).
    Para Fassin, lejos de pensar en una mera contraposición de programas políticos e ideológicos, el retrato a manera de “espejo invertido”, dice, del populismo está dado por las figuras de Donald Trump y Angela Merkel, particularmente cuando el primero sale en la portada de la influyente revista Time como el personaje del año de 2016, lugar que había ocupado justo Merkel en 2015. La distancia de uno a otra es insondable: “si se presenta a Angela Merkel como un dique de contención contra el fascismo en Europa es para poder contraponerla al populismo xenófobo del futuro presidente de los Estados Unidos” (p. 24). Sin embargo, el panorama no es tan simple, porque así como en Estados Unidos se tenía la preocupación por el nativismo de Trump, cuya campaña arreciaba en contra de los mexicanos, por su parte Francia se veía golpeada por una serie de ataques terroristas, comenzando con el asalto a las oficinas del semanario Charlie Hebdo, y que ese mismo año culmina con un trágico ataque a diversos puntos de la capital francesa durante el 13 de noviembre de 2015 (Netflix produjo un documental dividido en tres capítulos sobre este acontecimiento). Estos ataques abrieron de nuevo el debate sobre el “nosotros” y el “ellos”, en la ya de por sí polarizada sociedad francesa. Algo similar sucedió en Alemania, con la serie de “agresiones sexuales en masa, en Colonia y en otras ciudades de Alemania y de Europa” (p. 25), consolidando justo el eje principal del nativismo. Sin embargo, lejos de pensar en un supuesto efecto domino donde al ascenso de Trump, aún poco claro en aquel momento, le sucedería la salida de Reino Unido de la Unión Europea -cosa que sí sucedió contradiciendo los pronósticos más refinados de que eso no era posible- hasta llegar a un cambio en la orientación política francesa con el incremento de atendibilidad que ganaba Marine Le Pen luego de los ataques terroristas en París, lo que sí hubo fue un cambio drástico en la insurgencia populista:

    “ya no se asocia tanto a una reacción racista ante las olas migratorias y las explosiones terroristas como a un rechazo de las políticas neoliberales, en particular en las regiones industriales damnificadas, desde la Inglaterra de las Midlands hasta el Norte de Francia, pasando por el Rust Belt en los Estados Unidos” (p. 27).

    Por ello, agrega, “el populismo remite más a una lógica económica que cultural. Por eso resuena no solamente en la derecha, sino también, y cada vez más, en la izquierda” (p. 27).
    El clivaje xenofobico pierde fuerza, y queda reducido a las formaciones partidistas en ciertos ambientes de la extrema derecha, principalmente en Europa, para correrse al clivaje neoliberalismo-anti-neoliberalismo. El problema con la centralidad de un clivaje de este tipo es que clausura cualquier forma de expresión divergente a una mera constatación cerrada y absoluta. “La política de la representación nacional”, dice Fassin, “conduce a construir, no el pueblo, sino un pueblo” (p. 78). Pero, por otro lado, anuncia la pérdida de la potestad del proceso político por parte de las élites. El populismo anti-neoliberalista es una forma completamente contra-elitaria (p. 30).
    De aquí, pues, que “la palabra populismo [sea utilizada más] como un arma […] que como un concepto” (p. 31). Un arma política que funda su éxito en la exigencia de un reconocimiento no negociable del “pueblo”, esas masas de sujetos movilizados que son todo menos “ignorantes”, “denigrables”, “dóciles”, “perdidos”, “incapaces de hacer política”, “racializados”, etcétera. Esta es la clave de la insurgencia populista, o como lo señala el autor en su libro tomando prestada una expresión de Chantal Mouffe, “el momento populista” (pp. 36-37), especialmente el que corre por el carril de la izquierda. Ahora bien, la duda que trae a colación el autor es saber si el antielitismo característico del populismo reciente, donde incluso entran personajes oprobiosos como Trump, puede “hacer buenas migas con los valores de la izquierda”. Es una interrogante interesante, pero de no fácil respuesta. Lo que se juega en la respuesta es la posibilidad de “volver a reactivar” la política, determinada por la proliferación de lo que Fassin llama, repito, “los públicos”, es decir, la miríada de reivindicaciones de lo social, excluido por el neoliberalismo. Es, en suma, una interrogante que pretende problematizar la politicidad inherente al pueblo de los excluidos por las élites políticas y económicas, que en la época “dorada” del neoliberalismo contrarrestaron exitosamente sus exigencias con una creciente privatización de lo público y sobre todo de lo político.
    En este sentido, el autor define al neoliberalismo como un “despoblador” por su capacidad, siguiendo a Wendy Brown, de vaciamiento de la democracia, aunado a la exacerbación crediticia de la vida misma. Así es como se puede entender el por qué se engancha tan bien el fenómeno del populismo con la insurgencia de lo político, y que además, empuja hacia la “revitalización” de la dimensión “plebeya” de la democracia, que está compuesta no solo por clases populares, sino también por clases medias pauperizadas y clases que se sienten pasionalmente afectadas por el neoliberalismo (p. 51). El resentimiento “no es propiedad de una clase”, es “interclasista” (p. 93).
    Para Fassin, el punto de la inflexión populista es que bajo la égida de un concepto como “pueblo” se logra la convergencia de diversos públicos que están dispuestos a seguir una oferta política que rompa abiertamente con el status quo, a pesar de que quienes impulsan este rompimiento pertenezcan precisamente a esa realidad elitaria que existe dentro de las sociedades democráticas. Públicos divergentes que no son la expresión de los “excluidos” de siempre de la globalización, “sino de aquellos que, cualquiera que sea su éxito o su fracaso, insisten en que a otros, que sin embargo no les llegan a la suela de los zapatos, les estaría llendo mejor” (p. 87). Este es el auténtico coagulante del populismo, al hacer jugar el resentimiento por carriles inéditos para las formas tradicionales de participación ciudadana en las democracias.
    Si bien puede hablarse de una suerte de “coincidencia” entre los extremos, es decir, entre un populismo de derecha y otro de izquierda, ya que ambos exaltan un cierto tipo de resentimiento, aunque sus justificaciones morales e ideológicas estén orientadas a fines radicalmente diversos (por ejemplo, no son los mismos electores los que votarían a Trump o a Bernie Sander, o en el caso francés a Marine Le Pen o a Jean-Luc Mélenchon), lo cierto es que no es posible sostener empíricamente un discurso donde se pueda caminar de una orilla a la otra de modo fluido. Ambas opciones fundan su éxito en la intensificación de los afectos, pero para el autor es en este punto donde la distancia se vuelve incolmable: “El resentimiento no se convierte en rebelión, así como la indignación no se convierte en rencor” (p. 95).
    ¿Qué es lo que queda a la izquierda en esta situación histórica reciente? La respuesta es en cierto modo esperable. Fassin es un sociólogo crítico, comprometido, pero no complaciente con la izquierda “realmente existente”. Para él, un populismo de izquierda que pueda volverse una opción eficaz en el marasmo político de nuestros días, tendría que dirigir su atención a “conquistar a aquellas y aquellos que no sucumbieron a la seducción del fascismo” (p. 100), fascinación expresada con puntualidad en los “pequeños autoritarismos cotidianos” en el seno de la sociedad democrática.
    En este punto, Fassin recupera la idea de los “nanorracismos” de Achille Mbembe, que acompañan a los pequeños fascismos: “infligir de manera repetida pequeñas y grandes heridas racistas, con ‘lesiones y cortes’, es como perpetrar una forma de ‘violación repetida’” (p. 95). Esto es, confrontar una y otra vez al otro por el color de piel, por la incapacidad lexicográfica que tiene al no expresarse de manera adecuada en una determinada lengua, por la manera en cómo camina, en cómo viste o en cómo come, así como reproducir el léxico “inofensivo” de la sátira fascista justificada por una percepción ad hoc de la “libertad de expresión”, son ejemplos de esas micro narrativas que conjugan una violencia simbólica y física con la supresión de la expansión del orden político democrático.
    El trabajo político está en la recuperación de aquellos ciudadanos y ciudadanas que han preferido la opción del abstencionismo a la de la participación del “mal menor”. “Aquí –sigue Fassin- hay una verdadera reserva de votos, con la condición, en vez de abandonarlos a la abstención, de tomar partido por los abstencionistas” (p. 100). La lucha es en el orden simbólico de la democracia, ya que exige el redimensionamiento de las formas de soberanización, populares o no, que no pueden seguir siendo sostenidas en la forma de la nación y del nacionalismo (p. 102). Pero además, el debate debe hacer suya las separaciones entre las derechas y las izquierdas, así como dejar de lado la estrategia de sustitución política en las culturas de las izquierdas, para quienes a vocablos y experiencias como “socialismo” o “comunismo”, simplemente hoy se suceden con el de “populismo”, en una especie de solución de continuidad histórica, cuando precisamente advierte Fassin, lo que une a las dos primeras con la tercera experiencia es la discontinuidad, sobre todo cuando pretenden poner en relación a un populismo de izquierda con el neoliberalismo, al que siempre “es más fácil oponerse que proponer, resistir que inventar” (p. 106).
    Si la construcción de un pueblo aparece como imperativo en el manual del buen populista, hay que comenzar primero con la construcción de una izquierda que cobije al primero. Es un desafío que supera por mucho las prácticas y el pensamiento de la izquierda intelectual que hace del populismo su leitmotiv. Esto cobra una importancia mayor cuando se constata que el momento populista actual es, en realidad, un “momento neoliberal, que amenaza con ser un momento antidemocrático” (p. 128). Es esta constatación la que pone las bases de un debate intelectual, serio y plural, sobre el populismo actual.

    Reseña publicada en Literal Magazine, junio, 2021.

  • Antonio Tabucchi: hacer las cuentas con su oficio

    RESEÑA DE: Antonio Tabucchi, Autobiografías ajenas. Poéticas a posteriori, Barcelona, Anagrama, 2006. [La reseña fue hecha a partir de la versión italiana que apareció en 2003 publicada por la Editorial Feltrinelli en Milán]


    Para Antonio Tabucchi, la autobiografía, es un género literario ambiguo por naturaleza. Más aún, cuando se llega a la conclusión que este género corresponde a la narración de la propia biografía pero bajo la forma que adopta en la vida de los otros. Ser leído e interpretado por otros ojos y voces puede resultar encomiable, pero también degenerado. En particular, cuando la interpretación encuentra sus límites en el momento en que el autor objeta o rechaza la naturaleza artificial asignada a su trabajo por el lector. ¿Qué tipo entonces de naturaleza tiene el oficio de escribir? ¿Es acaso el mismo mecanismo usado cuando uno está del otro lado, es decir, el de la lectura? Resumamos así: ¿Cómo explicar este peculiar mecanismo de mimesis de la apropiación?
    Si bien es cierto este tópico es clásico de la reflexión que en distintos tiempos ha sido realizada sobre el oficio de escribir, ello no imposibilita al autor para que en su último libro, intitulado Autobiografías ajenas. Poéticas a posteriori (2006), ofrezca un conjunto de “hipótesis vagabundas” alrededor de los porqués y las contradicciones, así como de algunas posibles claves de lectura de sus libros, en tanto síntesis de un ejercicio intelectual que pretende hacer las cuentas consigo mismo.
    Para este autor, hacer las cuentas con su oficio, significa ofrecer un poco de vergüenza y honestidad al lector. La razón principal es que el escritor piensa poco en ellas; y no por desinterés, antes bien, porque su trabajo está inscrito en otro pasaje. No obstante, es aquí donde radica la paradoja en toda su extensión del oficio de escribir. Por una parte, Tabucchi habla del darse cuenta después de haber escrito un libro y con la perspectiva que expresa el alejamiento temporal, que la supuesta desaparición del escritor y su biografía de la narración son imposibles; y, por otra parte, que esta negativa a desaparecer es la que precisamente obliga al escritor a discernir sobre las dudas del oficio y del sentido que este último está expresando para él. Ya lo advierte en el epígrafe que utiliza de Joseph Conrad: “Primero se crea la obra, y sólo después se reflexiona sobre ella. Y es una actividad ociosa y egoísta que no sirve a ninguno y que frecuentemente conduce a falsas conclusiones”. Sin embargo, las conclusiones, en algunas ocasiones, no resultarán del todo falsas. En particular, porque para Tabucchi es necesario llegar al problema de la distinción efímera y borrosa entre lo real y lo no-real, en un intento, nos dice, por definir las fronteras de la verdad, pero no la verdad misma, porque en literatura su reputación siempre se volverá dudosa.
    Al mismo tiempo, insiste sobre aquel “pacto novelesco” necesario entre autor y lector: “Según las indicaciones de una cierta crítica, quizás un poco rígida pero no por ello menos útil, podemos decir que la novela, antes que establecer entre el autor y el lector un ‘pacto autobiográfico’ (en el sentido de que el lector acepta eso que el autor ha escrito sea una autobiografía), establece eso que se define como un ‘pacto novelesco’: el lector sabe que aquello que está leyendo proviene de la experiencia del autor, pero es al mismo tiempo consciente que tal experiencia ha sido transformada en ficción, es decir, en novela”. Al respecto, pareciera que la finalidad es ponerle un orden al conjunto de su obra. A posteriori. Sí, porque como bien lo explica, sólo en el después de la narración, los motivos que empujan en una determinada dirección el libro, serán posibles de comprender.
    Al ser un espacio sin tiempo, una simple fantasmagoría, el pacto de identificación vendrá definido por el autor como “un río sin orillas”. Es decir, la literatura no confirmará ningún suplemento extraordinario de la vida, ni siquiera puede ser considerada, en el mejor de los casos, un puerto seguro de emancipación. En efecto, hará referencia a la vida novelada de los personajes, así como a la experiencia de otra instancia vivida, autónoma e incontrolable, un movimiento, “un universo en expansión”, que es el momento en el cual el personaje sale del mundo de la narración y entra a la vida de todos los días. El oficio de escribir, de narrar historias, escudriña siempre en los fondos más oscuros de la existencia, pero tomando precauciones de que tal fondo no resulta esencial para narrar. Sobre todo porque se parte del hecho indiscutible de que es inagotable.
    Después de ello, es necesaria una clara distinción -y por ende- separación entre el estilo puramente literario y la biografía. La literatura es, en este sentido, un movimiento constante a lo fantástico, al ámbito de lo no-real, que siempre puede volverse real cuando salta y explota en la vida de los lectores. Dice Tabucchi: “entrar en la escritura creativa significa salir del tiempo, eso presupone una soledad absoluta, sustraerse de los otros, nosotros de los otros, nosotros mismos a nosotros mismos”. Por ejemplo, es interesante leer sobre este argumento en Autobiografías…, el reclamo de un doctor donde asegura que su vida y su frustración llevadas a un rango de tercera categoría fueron las fuentes de inspiración de Tabucchi para la creación del personaje principal de En el filo del horizonte. La respuesta de Tabucchi es clara: “No me busque en este libro. Blanchot ha dicho que el escritor ‘muere’ no apenas su escritura existe. Si entra en el espacio literario, y todo es blanco, todo es posible. Si quiere, he escrito autobiografías ajenas. ¿Me permite la expresión? Así pues, como en casi todos mis libros, he escrito autobiografías ajenas” (p. 102).
    En resumidas cuentas, el dilema es saber si la narración puede llevar consigo los gérmenes de sus delitos y sus castigos, cuyas repercusiones serán siempre aquellas que suenan en el lector, ya que el autor estará muy lejos, buscando otro horizonte narrativo. Circularidad y diferencia tal vez sean las dos palabras que definan el último trabajo de Antonio Tabucchi, vagabundear como él mismo define su libro, y que puede sugerir puntos interesantes sobre una de las mejores plumas de la literatura italiana actual.

    Publicado en El Ángel, revista cultural del periódico Reforma, núm. 457, 26 de octubre 2003, p. 5.

  • Política y transgresión

    ANTOLOGÍA DE TEXTOS DE LA REVISTA METAPOLÍTICA. EDITOR: ISRAEL COVARRUBIAS. CIUDAD DE MÉXICO: EDITORIAL ANALÉCTICA, 2021, 425 PP. ISBN: 979-851-06-5407-3. Descarga el libro aquí

    INTRODUCCIÓN: El arte de la transgresión y las fronteras de la política (extracto)

    por Israel Covarrubias


    La palabra transgresión tiene una semántica peculiar. Primero, comporta la alteración de un orden, plano, secuencia o regla. Es el punto de quiebra entre dos ángulos que curiosamente están unidos por la separación a la que empuja el acto de transgredir. La división de dos cuerpos o dos puntos en el interior de un mismo cuerpo, suponen observar y rastrear las huellas de esa distancia que hace diferente y extraño al uno del otro, para que dejen ver su total incompletud en la mutua dependencia que los exige y sofoca. Por ejemplo, cuando se sigue insistiendo en la necesidad de amplificar la ficción de aquel imperativo categórico que registra y determina la “identidad” sexual anclándola a su mero carácter biológico, se termina por confirmar que la existencia es una e indivisible, cosa más ajena de la realidad de nuestros días.

    La transgresión, por ende, es un desafío a la edificación de fronteras de todo tipo en el interior de la sociedad, comenzando con aquellas territoriales hasta llegar a las inmateriales que se encuentran subsumidas o quizá perdidas en la lógica ilusoria de lo correcto (o lo normal), presentes en muchas de nuestras sociedades. Si se habla de fronteras de la vida en sociedad, no se puede dejar de lado el carácter político que adopta la forma de la transgresión. Es decir, no hay transgresión sin relación con la política. Es, de hecho, esta última la que la modela y probablemente termina por colocarse como el dispositivo de reducción o expansión de aquella. Así, seguir insistiendo que la vida en democracia presupone que todos somos iguales frente a la ley, frente al derecho, frente a las instituciones, es una falacia, ya que aquel que puede tener y obtener poder seguro lo ejercerá en contra de aquellos que no están en posibilidades de tenerlo. Ya Claudio Magris (2008: 60) lanzaba irónicamente la sentencia de que “la ley es la tutela de los débiles, porque los fuertes no necesitan de ella”. Y tal parece que en la democracia del siglo XXI esta premisa sigue siendo moneda de uso corriente.
    De cualquier modo, la transgresión es una frontera al tiempo que inventa nuevos límites con cada movimiento que desarrolla. Al respecto, en su contribución a este volumen, Patxi Lanceros dice que: “La línea, trazo o traza, es establecimiento e institución de un principio de orden”. El derribamiento de las fronteras al momento de ser transgredidas supone el nacimiento de las separaciones y barreras entre los Estados, los sujetos, las experiencias sociales que se traslucen en ese ángulo infinito de toda frontera. Luego recomienza la transgresión y así sucesivamente… “Las fronteras”, escribe Alejandro Grimson (2003: 22), “pueden desplazarse, desdibujarse, trazarse nuevamente, pero no pueden desaparecer: son constitutivas de toda vida social”. Ergo, no hay manera de que la política permita la disolución total de las fronteras que implican a la transgresión en la creación de esos muros…

    ÍNDICE

    Introducción
    El arte de la transgresión y las fronteras de la política
    Israel Covarrubias

    Espacios políticos

    La huella del crimen. Imagen de la ciudad
    Patxi Lanceros
    Por una política más allá de los amos de la ciudad
    Rosario Herrera Guido
    Imposible, sin embargo real
    Mario Perniola
    Tiempo, orden, poder. Sobre algunos presupuestos conceptuales del programa neoliberal
    Maurizio Ricciardi
    Populismo y discurso anti-populista
    Javier Franzé
    Plétora Trashumante. Clinamen y deslizamiento existencial
    Reyna Carretero Rangel
    Las raíces de la política absoluta
    Alessandro Pizzorno
    Sobre el concepto de sociedad compleja
    Gian Enrico Rusconi

    Heterodoxias
    Guy Debord: violencia y esperanza en el último espectáculo
    Giorgio Agamben
    Miguel Abensour: el mapa del mundo y el ataúd de la utopía
    Patrice Vermeren
    María Zambrano: añoranza de la ciudad
    María Luisa Maillard García
    Pier Paolo Pasolini, un intelectual “herético”
    Giovanni Falaschi
    Eros y anomia en Georges Bataille
    Edgar Morales
    Estado, venganza y justicia en Friedrich Nietzsche
    Hugo César Moreno Hernández
    Milan Kundera: narrativa y heterodoxia
    Conrado Hernández López
    Claude Lefort, práctica y pensamiento de la desincorporación
    Gilles Bataillon
    Uexküll, Deleuze y el cuerpo sin órganos: hacia una ontología del entre
    María Luisa Bacarlett Pérez
    Kant, la larga y monotona vida de un genio revolucionario
    Franco Volpi


    Palabras-claves
    Hacer un interrogar del hacer
    Paola Martínez
    El derecho al sueño
    Emma León
    El cuerpo como lugar de la experiencia estética
    Zulai Macias Osorno
    El “verdadero obrero de nombres”: ley, derechos y principios en la era veroconstitucional
    Rafael Estrada Michel
    La violencia de la letra y post-letra.Reflexiones sobre algunos aspectos de la biopolítica
    Laurence Le Bouhellec Guyaman
    Algunas consideraciones sobre la vida cotidiana
    Michel Maffesoli


    Epílogo
    La filosofía, ¿antítesis de la transgresión?
    Juan Cristóbal Cruz Revueltas


    Procedencia de los textos

  • El populismo, aquí y ahora


    por Israel Covarrubias

    Reseña del libro Giacomo Marramao, Sobre el síndrome populista. La deslegitimación como estrategia política, Barcelona, Gedisa, 2020.

    El breve ensayo que nos presenta Giacomo Marramao es un mosaico rico en señales para la reflexión sobre la política democrática de nuestro tiempo. Su brevedad, compuesta de ocho secciones, no debe llevarnos al engaño, ya que es un ensayo clásico de intervención, un pamphlet sobre el populismo, que como es sabido, es uno de los fenómenos políticos más debatido en los últimos años, en gran medida a causa de su presencia en distintos regímenes políticos alrededor del mundo.
    El problema no es la presencia del populismo en la política actual, y la fascinación que produce, similar a la que provoca el vértigo frente al vacío. En realidad, el problema es lo que importa como conjunto de efectos. Es decir, preocupa su impacto y la transformación que imprime sobre las formas actuales de la legitimación política; así como la exacerbación de la emocionalidad y los sentimientos de frustración (agréguese la intolerancia a la frustración) de los ciudadanos por los resultados mediocres de la economía y la política a escala global; o el diseño radical de política social a través de lo que Jan-Werner Müller señala tímidamente como “legalismo discriminatorio” (que temo sea una forma de populismo casi exclusiva de América Latina, dado el diseño constitucional e institucional que tienen las imperfectas democracias latinoamericanas bajo el presidencialismo).
    Pero también la preocupación es debida por la activación de viejos fantasmas xenófobos (más claro entre los populismo de derechas) y en las nuevas vocaciones persecutorias, como lo fue la retórica de los “bad hombres” de Donald Trump, aunque también tenga vertientes diversas de concreción. Piénsese, por ejemplo, en el “populismo penal”, que advertía Luigi Ferrajoli como uno de los poderes salvajes en las democracias, y la propensión cada vez más recurrente de los políticos profesionales a pensar que los índices de criminalidad que existen en una ciudad pueden decrecer por simple retórica o por incremento de la presencia policial.
    Para comenzar, el populismo es una suerte de “estado de ánimo” de la experiencia democrática de nuestros días. Un estado de ánimo sin duda relevante, aunque no sea el único presente en la vida pública de la democracia, pues también existe un estado de ánimo melancólico vinculado simbólicamente a la pérdida biográfica y sistémica por habitar los restos de un mundo que ya no es, o aquel otro estado de ánimo férreamente anclado al ethos liberal-democrático que funciona adecuadamente en los seminarios de estudios avanzados, aunque su realización empírica sea difícil de escampar en las múltiples realidades que de lo social ofrecen las democracias.
    Para decirlo con brevedad, el populismo es una forma de concreción de lo político. Esto ya lo advertía Ernesto Laclau al inicio de su libro La razón populista. Entonces, el problema no es su definición, como muchos (y me lamento sinceramente de ello) y cada vez más colegas sociólogos y politólogos repiten por aquí y por allá: “el problema, dicen, del populismo es siempre el problema de su definición, porque es un concepto ambiguo”. En efecto, esto es un problema para los que no lo estudian seriamente; para los que leen los textos por encima o que de plano se conforman con lo que dicen algunos intelectuales sobre el fenómeno. El problema es más bien definir qué es lo político que convoca y desarrolla el populismo. Así, el problema es diametralmente opuesto a su definición, ya que el populismo es una forma específica de ejercicio del poder. Decir que es un concepto poliédrico no es directamente proporcional a suponer que es una categoría ambigua.
    Desde el inicio del ensayo de Giacomo Marramao, me llama la atención la perspectiva que utiliza para mirar al populismo y evitar justo la trampa de lo que podríamos definir tentativamente como su “imposibilidad conceptual”. Dice el autor: para pensar el presente donde aparece el populismo, con precisión, “para visualizar el presente”, tenemos que alejarnos de él, “como diría Carlo Ginzburg, con ayuda de un ‘catalejo invertido’”. Y agrega: “Sólo si se efectúa esta inversión de perspectiva puede captarse ese pliegue inactual del presente capaz de sacar a la luz las constantes y las transformaciones, las continuidades y las rupturas, el pasado de lo nuevo y la memoria del futuro”.
    La actualidad es siempre inactual, y la del populismo no es la excepción, ya que se presenta como una actualidad completamente inactual. El populismo acompaña desde hace mucho tiempo a la democracia. Es una suerte de presencia interna fuerte respecto a ella, pero también ha sido una ausencia presente a lo largo del desarrollo político democrático desde las últimas décadas del siglo XIX, cuando nace como movimiento político, primero con los naródniki en la Rusia en los años setenta de ese siglo —el historiador italiano Franco Venturi tiene una magnífica obra sobre el fenómeno—, y luego con el movimiento de los granjeros en Estados Unidos, que vio nacer al famoso People’s Party.
    Para Marramao el populismo está relacionado directamente con lo político. En específico, dice, el populismo atañe al enorme dinamismo del poder que hace del uso de la des-legitimación del oponente, el instrumento central de la confrontación entre partes en la democracia. Quitarle a cualquier formación política, o a cualquier líder oponente, toda forma de crédito es el objetivo de esta estrategia. Entonces, sin crédito alguno, ¿quién te considera atendible, es decir, por qué merecerías nuestra atención? Lo que se revela con la des-legitimación, es la instauración de un “dispositivo estratégico-retórico de des-valorización”, que ha podido enraizarse con fuerza particularmente en el contexto de la segunda posguerra, al volverse palpable “en las metamorfosis que han afectado a la esfera pública, la antítesis legitimación/deslegitimación implica un sistema de remisiones reticulares entre prácticas discursivas, lógicas estratégicas y dinámicas identitarias”. Y puntualiza:

    A caballo entre los siglos XX y XXI, estamos asistiendo al fracaso de los dos principales modelos de integración en la ciudadanía que hemos teorizado y practicado en el curso de la modernidad: el modelo universalista-asimilacionista republicano y el modelo diferencialista-multiculturalista fuerte, o ‘en mosaico’ —por retomar la metáfora de Seyla Benhabib—. Ironías de la historia: el ‘modelo République’ y el ‘modelo Londonistán’ producen las mismas formas de conflicto identitario, caracterizadas por el paso de la lógica del cálculo racional de los intereses a la lógica de la pertenencia (o, si adoptamos el léxico de Alessandro Pizzorno, de la ‘conversión’).

    Aquí estamos frente a un argumento fuerte del ensayo que no podemos dejar pasar. Dice Marramao: “Sea como sea, las prácticas de deslegitimación que caracterizan a las sociedades democráticas se sitúan a lo largo de una shadow line, una línea de sombra o zona gris en la frontera entre derecho, política y moral”. La exigencia de visibilización de aquel ciudadano que está en una posición de inferioridad frente a los ojos del superior, del estudiante frente al maestro, de la esposa frente al marido, del gobernado frente al gobernante, de lo femenino frente a lo masculino, etcétera, no solo fundan una distancia irreversible desde “lo impolítico”, sino además devienen nuevas maneras de socialización política de la diferencia. Esta posibilidad es uno de los ejes sobre los que gravita el síndrome del populismo, al empujar hacia la formación de un nuevo espacio de reconocimiento que orilla al cambio de la identidad, ya que pone en entredicho el propio pasado de cada sujeto, al grado de que éste acepta volverse otra persona, convertirse en otro. Es un espectáculo de mutación antropológica profunda, que además puede romper el vínculo con el tiempo extenso, con aquel del largo periodo, y coloca a las nuevas formas-de-vida en una constante velocización de sus propósitos.
    Ahora bien, ¿cómo ha sido posible esto? Existe, dice el autor, una suerte de descentramiento, y al mismo tiempo un incremento del policentrismo en las lógicas del poder en la democracia, consecuencia de la dispersión y excitación de sus potencialidades, confirmando su carácter tumultuario, pero que por su parte ha permitido la reproducción del populismo dentro de estas coordenadas, por lo que deviene un síndrome y no un mero síntoma de malestar o un adeudo por una promesa no cumplida. De este modo, para entender lo que está pasando con el populismo de nuestros días, necesitaríamos partir de una perspectiva post-foucaultiana sobre el poder. Esta es una necesidad urgente, ya que de otro modo no lograremos la comprensión de la institución de las dinámicas, tanto soberanistas como post-soberanistas del populismo, y de la función que están cumpliendo en el interior de la democracia. Argüir simplemente como hacen muchos comentadores, entre los que se incluyen académicos e intelectuales, que el populismo, “venga de donde venga”, es un fenómeno negativo sin mostrar más allá del ruido comunicativo en qué consiste esa negatividad, es naïf o perverso.
    Este cambio es fundamental, pues precisamente en nuestros días hay todavía algunos que sostienen que el populismo es una mera reacción a un síntoma de malestar, como hace una década se sostenía cuando se hablaba de déficits de la democracia. En realidad es un síndrome anclado a un régimen de historicidad que se basa en una concepción del tiempo ligada por completo al presentismo, tal y como lo define el historiador François Hartog en su obra Regímenes de historicidad: el aquí-ahora, el inmediatismo, pesa más que la proyección al largo plazo, concepción propia por ejemplo de la “Gran política” del siglo XX; el pasado, por su parte, termina siendo una mera construcción retórica que permite la invención de un origen ad hoc a la coyuntura. Por ello, el ascenso de una nueva clase política, que a veces se confunde con los meros diletantes de la política, con los “cualquiera” (el término italiano qualunquismo es justo en este sentido), logran o aprenden rápido a tener competencia política, social, financiera y mediática, para ganar elecciones. No cualquier persona que se postula, y mucho menos de esos diletantes que se postulan, son exitosos, hay reglas de participación incluso ubicadas en el terreno abiertamente ilegal, que son necesarias seguirlas con escrúpulo. No se puede ser populista de “salón”, o como decía Bauman respecto a los “activistas de sofá” que cambian al mundo cada día, no hay populistas “de sofá”.
    Pero en un contexto de presentismo y comunicación exponencial, donde hoy ya olvidamos los dislates de la semana pasada y de los años pasados, todo es posible en la democracia, tanto que pueden llegar al poder no los mejores, sino todo lo contrario. La discusión sobre si determinadas formas democráticas derivan en formas kakistocráticas sigue abierta, y hoy se vuelve más oportuna para el estudio del populismo.
    Ahora bien, la des-legitimación del adversario, ¿es un fenómeno nuevo o está de regreso con nuevos bríos? Para esbozar una respuesta a esta demanda, Marramao señala que es necesario cambiar el plano topológico donde la política se desarrolla, y ahí radica la importancia de un debate sobre el populismo en la clave que nos sugiere, esto es, por medio del estudio de la heterogénesis de sus fines. Esto es, constatar y observar el pasaje de la dimensión vertical de la política hacia su dimensión horizontal. El eje vertical es donde se establecen las relaciones clásicas entre derecho y política, entre justicia y ley, entre legitimidad e ilegitimidad. De hecho, páginas más adelante agrega que éste es el vector que atraviesa la relación entre gobernantes y gobernados, o dicho en pocas palabras, es el punto espacial de una concepción “arriba-abajo” donde son posibles y necesarias las relaciones de dominación (herrschaft). En cambio, el eje legitimación-des-legitimación es un clivaje que corresponde a un principio de identificación propio de la lógica del poder (macht), no de la mera dominación. Una lógica que corresponde a una inclinación en lo político en términos evidentes de la díada amigo-enemigo, y que forma parte del binarismo categorial de la modernidad a partir de los siglos XVIII y XIX, binarismo expresado en fórmulas del tipo “revolución/reacción, progreso/conservación, derecha/izquierda, nacionalismo/cosmopolitismo”.
    Si nos detenemos en el antagonismo del “amigo-enemigo”, el rasgo que lo “singulariza” está dado por la intensificación de la hostilidad pública entre partes (hostis), o sea, reparando claramente en el hecho de que la rivalidad, acaso mimética porque surge en un polo pero se reproduce con cada reacción del opositor, es posible porque el conflicto es “con aquel que nos combate” públicamente, y no “con aquel con el que tenemos odios privados” (inimicus). ¿Qué diferencia existe entre las dimensiones vertical y horizontal?, ¿qué cambio de perspectiva sucede con esa diferenciación? La diferencia radica en que el primer momento se caracteriza por “una axialidad vertical de tipo estructural-ordinamental” y el segundo por “una axialidad horizontal de tipo histórico-dinámico”.
    Este pasaje es de llamar la atención, ya que pareciera que el cambio topológico es lo que ha introducido el populismo en la escena democrática, pues la axialidad horizontal podría ser interpretada como un juego profundo de perspectivismo, esa “guerra de interpretaciones” que celaba Nietzsche, en una obra que lleva el provocador título de la Voluntad de poder. De nueva cuenta, pero con márgenes más amplios y más hondos de contingencia, aparece el dilema de la política o lo político, una guerra de interpretaciones que cobra forma bajo la égida del “politeísmo de los valores”. Lo uno y lo múltiple al mismo tiempo, ¿cómo lograrlo?
    Finalmente, una parte importante del ensayo la dedica a la recuperación y problematización del debate sobre lo político en la teoría del populismo como posibilidad no deslegitimadora, de autores como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Discute a través de ese diálogo crítico las condiciones históricas, teóricas y temporales bajo las que lo político es posible, en términos populistas tanto de su “emergencia” como de su “pertinencia”. En este sentido, se pregunta el autor: “¿Cuál es el destino, entonces, de las poliarquías democráticas? Para intentar una regeneración de la democracia no hay sino un camino: abandonar definitivamente el léxico de la legitimación/deslegitimación para trabajar en una reactivación del tema de la autoridad”.
    La comprensión del síndrome populista radica en estas dos condiciones: preguntarse por la emergencia (y las condiciones suficientes que la hicieron posible) a través de su enganchamiento con la indeterminación en la que reposa la sociedad democrática; “pertinencia” en el sentido de observar los contenidos de ruptura que introduce en una red amplia de intersecciones y combinaciones sociales que se agrupan y confluyen en un momento político determinado (critical juntures), empujando al populismo a revelar una parte de su significación, que a pesar del anti-esencialismo de sus prácticas, no deja de pervivir la fantasía del Uno, así como tampoco en la fantasía del igualitarismo radical que, por su parte, es imposible de volverla una realidad “común”. Quizá este sea uno de los nudos ciegos, tanto teórica como empíricamente relevantes, del populismo post-esencialista, ya que supone hilar finamente un argumento sobre la imposibilidad de hacer coincidir lo político con lo común, y lo singular con el plural de la democracia. “Pensar la política”, dice Marramao, “significa, por lo tanto, pensar ‘una práctica hegemónica’ que, con una estrategia unitaria, reúna un conjunto de diferencias, polaridades en conflicto y gran variedad de demandas que, de lo contrario, estarían condenadas a la dispersión”. Para ciertos populistas que van a las elecciones, que hacen política en el campo institucional, que terminan capturados por el límite diferencial entre la política y lo político, quizá esto no les guste.
    Así pues, el poder, desde una concepción profundamente anti-esencialista, se coloca como una práctica discursiva que produce momentos de confrontación intensa. La “guerra” es una metáfora, pero también es una experiencia, “intestina” en muchos sentidos, que cobra vida bajo la forma de la “guerra civil”, la stasis, que se expresa en “dinámicas policéntricas generadoras de conflicto entre diferencias irreductibles”. Un poder que es una relación social que estructura posiciones tácticas y discursivas, pero además desestructura su locus convencional, que cede su espacio a la indeterminación de lo social. El poder está siempre en construcción y, por lo tanto, en movimiento. Su veracidad y posibilidad de realización, desde un punto de vista de la radicalización democrática, es no perder de vista ese “resto excluido” desde el cual puede tener lugar el cambio y el reconocimiento, como decía líneas atrás.
    Asistimos, dice Marramao, al crecimiento de un doble espíritu de la democracia. Por un lado, tenemos el alma “madisoniana” que limita al poder; por el otro, el alma “populista” que activa la participación. El dilema de sofocar alguna de las dos dimensiones, nos empujaría definitivamente al dilema de vivir en democracias sin derechos, o bien, asegurar derechos sin democracia. Por ende, la democracia debiera ser pensada desde un punto de vista “estratigráfico”, ya que al tomar distancia de la enorme (in)actualidad del populismo, podríamos observar con precisión sus segmentaciones, sus fracturas, sus despliegues, y sobre todo lo que resta de ella en la forma hoy tradicional que hemos heredado del siglo XX y sobre la cual seguimos parados justo en ese mundo que simplemente ya no es.

    Reseña publicada en Metapolítica, Puebla: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, año 24, núm. 111, octubre-diciembre 2020, pp. 104-109.

  • Norberto Bobbio y nosotros

    Reseña de: Álvaro Aragón Rivera, Norberto Bobbio. Una teoría de la democracia, Ciudad de México, Ubijus, 2020, 184 pp.

    Israel Covarrubias

    I. Bobbio, aquí y ahora

    ¿Qué relevancia representa una nueva obra sobre Norberto Bobbio en nuestro medio académico y cultural? Quizá esta sea una pregunta obligada sobre todo si nos colocamos en medio del espectáculo de baja calidad intelectual de nuestra vida pública actual. ¿Cómo responder y por qué es necesaria una respuesta? Pienso que el autor nos está mostrando en su estudio sobre Bobbio, que nunca se regresa a Bobbio desde el punto de vista intelectual. Antes bien, la lectura de sus obras siempre son un “hasta pronto”, no un adiós. Bobbio es un clásico contemporáneo del pensamiento político y jurídico en la medida en que fue ejemplo de disciplina, responsabilidad y compromiso, tanto académico como cívico. Al hombre de letras, al filósofo político, le atrae e interesa el mundo “tal cual es”, no como debería ser. Su mirada sobre el mundo de la política, pero también sobre la sociedad, tanto la de su tiempo como aquellas otras experiencias colocadas en la enorme cornisa histórica de la modernidad, es totalmente cartesiana.

    Para aquellos que lo conocieron personalmente, siempre se habla de Bobbio como un “maître à penser” que hace suya la obligación por parte del profesor de preparar cada lección, cada conferencia, cada intervención, con un esmero y un compromiso profesional y ético admirables. Evidentemente esto dice poco a la cultura académica de nuestro tiempo, que obtusa y frágil ha terminado encarcelada en la “velocización” de sus exigencias y la precarización de sus posibilidades. Sin embargo, esa lección de Bobbio sí dice mucho a todos aquellos que Norberto Bobbio. Una teoría de la democracia convoca, comenzando por su autor. Esta es una de las señales de la necesidad de escribir sobre Bobbio en nuestros días.

    Por lo demás, no se comprende la obra y la vida de Bobbio sin hablar y sin tener presente su ciudad natal: Turín. Esa capital, en su momento, señorial, rica en cultura, epicentro industrial junto a Milán y Génova, de toda Italia. Con ironía, dice Bobbio (1996: 68) en sus apuntes biográficos que la contribución de Turín “a la historia de nuestro país no fue la creación de una revista sino la fundación de la FIAT”.

    Turín no es cualquier ciudad. Allí, el movimiento obrero tuvo una de sus estaciones más preciosas en la historia del siglo XX. Pero también ahí, Nietzsche perdió la cabeza literalmente, luego de sucumbir al encanto aristocrático de su trazo –el propio Bobbio viene de una familia de alta burguesía piemontesa-, de sus calles, de sus cafés, de su gente. Pero tampoco podemos avanzar sin nombrar a los compañeros de generación de Bobbio (nace en 1909) en Turín: el poeta Cesare Pavese (1908-1950), el editor Giulio Einaudi (1912-1999), hijo de un presidente de la república, el historiador Luigi Firpo (1915-1989), el filósofo Giorgio Colli (1917-1979), entre otros. Todos ellos autores y figuras de renombre internacional. Turín es, sin duda, un polo intelectual de primera línea en la Europa moderna.

    II. Cuatro fotografías 

    De las múltiples rutas de lectura que nos ofrece el libro Norberto Bobbio. Una teoría de la democracia, quisiera destacar y detenerme en cuatro pasajes de la prolífica biografía académica e intelectual del pensador turinés.

    El primero nos lleva a sugerir que hablar de Bobbio, dice Aragón Rivera, es hablar de un autor cuya reflexión sobre la democrática es central para la teoría de la democracia que se desarrolla a partir de la segunda posguerra en Europa. Particularmente en lo que concierne a la relación, aunque no es el único punto destacable, entre promesas políticas de la experiencia democrática y el cumplimiento de éstas. Es decir, Bobbio advierte que interrogarse sobre qué puede ofrecer la democracia no es simétricamente proporcional a la interrogación sobre qué puede llevar a cumplimiento el régimen democrático. Como lo muestra el autor de este libro, no es evidente la relación entre una y otra cuestión, ya que si nos metemos en los pasajes internos de la obra de Bobbio, sobre todo respecto a la atención que él otorga  al tratamiento de las categorías y a la reflexión política acerca de la evolución de las democracias “tal y como son”, observaremos una reflexión de largo respiro, precisa y poco proclive a la respuesta rápida o reactiva.

    El segundo pasaje es el esfuerzo académico de construcción de una teoría general de la política, con sus implicaciones para los estudios políticos en general, sean o no sean empíricos, pero también para la atención filosófica sobre lo político. Bobbio es, como saben sus lectores y estudiosos, un filósofo de la política, pero es mejor decir un filósofo realista, para caracterizar con puntualidad su lugar de habla: “El de Bobbio”, dice el autor, “es un realismo que te permite explicar teóricamente ciertos valores, pero, sobre todo, aclarar sus definiciones, mostrando la distancia que existe entre los ideales y los hechos, sus posibilidades de concreción institucional, y buscando los medios más eficaces para realizarlos” (p. 49).

    La de Bobbio es una teoría general de la política que debe ser colocada en el cuadro de ese esfuerzo que mostraron los grandes teóricos políticos del siglo XX, tanto en Europa como en Estados Unidos, pero también en América Latina. Si nos quedamos solo en el caso de Italia, piénsese qué sería de la teoría de la democracia contemporánea a nivel global sin las aportaciones de Norberto Bobbio o de Giovanni Sartori, o la obra directamente vinculada con Bobbio de Luigi Ferrajoli, o la de Leonardo Morlino que a su vez está directamente relacionada con la de Sartori. Pero esfuerzos de teorías generales de la política ya estaban presentes antes de la obra de Bobbio y de la de Sartori. Véase la obra en campo de filosofía del derecho de Bruno Leoni, la más sociológica de Antonio Gramsci, y detrás de ellos, las teorías políticas y sociales de corte general de Vilfredo Pareto, Gaetano Mosca y Robert Michels, auténticos padres fundadores del pensamiento político contemporáneo en Italia, cuyas teorías siguen siendo leídas y discutidas alrededor del mundo. Con justa razón dice Álvaro que “El legado intelectual de Bobbio es una ventana al siglo XX” (p. 26).

    Lo que quiero decir con esto es que la teoría general de Bobbio es probablemente un esfuerzo de conjunción y síntesis de una serie de preocupaciones teóricas, metodológicas y políticas, sobre la sociedad y el Estado en la época contemporánea italiana y europea, que pretenden con éxito explicar los cambios y las continuidades del poder, que dicho sea de paso es uno de los temas mejor tratados por la filosofía y la ciencia política italiana. Por ejemplo, no es fortuito que en Italia nazca el concepto de “totalitarismo” para caracterizar una forma, radical e inédita, de organización del poder político; pero también explican las bases sociales, culturales y simbólicas de la obediencia y la legitimidad; o las del cambio político. En suma, de la organización política de la sociedad. Para Bobbio, ese proyecto de desarrollar una teoría general de la política lo tendrá ocupado durante una gran parte de su vida académica.

    El tercer pasaje es el método de lectura y de estudio de la llamada “Escuela de Turín” de filosofía política. Método de lectura de los clásicos del pensamiento político, subrayando la importancia de éstos, pero también evitando el “apetito descarnado” de actualidad en la literatura teórica, cuando en aras de “innovar” perdemos muchas de las mejores filiaciones culturales, intelectuales y teóricas de aquellos que están atrás de nosotros. En Bobbio, la lección de los clásicos, dice Aragón Rivera, es una condición sin la cual no es posible comenzar el estudio de la política, porque además ese método de lectura anuncia la gran utilidad que tiene la dimensión histórica de los fenómenos políticos a través de lo que el pensador turinés solía definir como “los temas recurrentes”, cuyo lenguaje “sólo puede ser reconstruido en la historia, cada una de las palabras como política, derecho, democracia, autocracia, público, privado, etc., están cargadas del significado que los pensadores de la política le dieron en determinado contexto. Por ello, Bobbio reconstruye el lenguaje que utilizan los filósofos, entablando un diálogo con autores de distintas épocas, elaborando modelos y acuñando categorías, a partir de las afinidades y diferencias que arrojan las comparaciones” (p. 42).

    El cuarto pasaje, que ya había advertido al inicio de esta reseña, es la figura de Norberto Bobbio como académico, un profesor universitario, pero también como intelectual, que observa y debate los grandes temas de la vida pública contemporánea. Estos van del fascismo al nacionalsocialismo, de la democracia en la segunda posguerra al populismo del primer Berlusconi, es decir, de aquel personaje que llega al poder en 1994 y comienza una acelerada carrera que durará casi veinticinco años en la esfera política de Italia. En este sentido, es por destacar, y el autor lo subraya sutilmente, el carácter de la militancia académica y cultural de Bobbio. Intelectual de enorme consistencia, calidad y calidez, Bobbio es un caso excepcional de una dualidad constitutiva compuesta de un homo academicus y un homo intellectualis, que como bien sabemos, no son lo mismo. Un intelectual laico y pesimista, dice Álvaro Aragón, que vive con intensidad su propio tiempo, sobre todo cuando hace pasar su reflexión sobre la democracia por el camino minado de la guerra, de las dos grandes guerras, así como de las vías potenciales y posibles para llegar a la paz en medio de la amenaza latente de la bomba atómica, donde por ejemplo, coloca su reflexión específica sobre la cuestión de los Derechos Humanos. El carácter laico de su personalidad no es un dato accesorio, es central en su reflexión. El propio Bobbio nos dice que “Las virtudes del laico son […] el rigor crítico, la duda metódica, la moderación, no prevaricar, la tolerancia, el respeto de las ideas de los otros, virtudes mundanas y civiles” (Bobbio, 1996: 108).

    Resta decir que sus aportaciones sobre el campo de los Derechos Humanos parten de una reflexión en torno a los derechos fundamentales, que es el resultado de pensar la política y el poder desde la perspectiva de los gobernados.

    “Desde el punto de vista de Bobbio”, dice el autor de Norberto Bobbio. Una teoría de la democracia, “el tema de los derechos es una de las grandes invenciones de la Modernidad, un cambio de paradigma en las relaciones políticas, pues se trata nada menos que de asumir la prioridad lógica y axiológica de los derechos de los gobernados sobre sus deberes, que es la perspectiva dominante en la antigüedad” (p. 51).

    III. La teoría de la democracia

    Ahora bien, es la cuestión democrática el centro del ensayo de Aragón Rivera. No podría ser de otro modo tratándose de Bobbio. Para comenzar, nos volvemos a encontrar con un largo y bien tejido excurso sobre la tipología clásica de las formas de gobierno. Las preguntas “¿Quién gobierna?”, y “¿cómo gobierna?”, nos llevan a leer un puntual recorrido que inicia en Herodoto, pasa por Platón y Aristóteles, Cicerón, Maquiavelo, Montesquieu, hasta llegar a Kelsen. Excurso que sirve para nuestros estudiantes y para los colegas en las tareas de docencia, no sólo de la teoría política, sino también de las ciencias jurídicas, y otros campos de estudio afines. Para quienes no lo sepan, Bobbio pasó más de la mitad de su vida académica enseñando filosofía del derecho, por lo que el campo jurídico jamás le fue ajeno a su biografía intelectual, menos a su particular pensamiento sobre la cuestión democrática, que como se ve, en la obra de  Bobbio estará problematizada a través de ciertas dicotomías hoy clásicas: democracia antigua-democracia moderna, democracia directa-democracia representativa, democracia procedimental-democracia sustancial, democracia política-democracia social (pp. 73 y ss.). Es evidente, dice Aragón Rivera, que estas dicotomías son una expresión de los cambios y rupturas paradigmáticas, pero quizá también de sus constantes, en la evolución del sintagma “democracia” y sobre todo de sus expresiones históricas. En este punto, el autor señala atinadamente que Bobbio sostiene que “se trata de la misma forma de gobierno con un cambio notable en la manera de pensar las relaciones políticas, un cambio radical en la concepción del mundo (lo que Bobbio denominó como ‘revolución copernicana’). Este cambio él lo ha planteado a partir de la dicotomía entre organicismo e individualismo” (p. 78). Es decir, la diferencia entre la experiencia de comunidad y la experiencia de sociedad, cuando se asiste al pasaje de una a la otra, con lo que supone un profundo cambio en la concepción de la naturaleza humana, de las relaciones sociales, y de la percepción sobre el tiempo: en la comunidad orgánica, el tiempo es estático, por ende, es una sociedad donde su desarrollo tiende a la conservación y al repliegue sobre lo propio. En la experiencia moderna de sociedad, el tiempo es múltiple, dinámico, por lo que su desarrollo exige una gran movilización de recursos simbólicos en un contexto de enorme fluidez social. En este sentido, la sentencia de que la democracia no puede construir monumentos para su “culto” no es solo cierta, sino también necesaria. Este factor es esencial para entender los límites y posibilidades de la democracia como eje rector de la vida en común en las sociedades contemporáneas. Una de las aportaciones a la teoría de la democracia es su acento en los procedimientos, y en las áreas de la legitimación política de la democracia, que en palabras de Bobbio es interrogarnos sobre “quién esta autorizado para tomar las decisiones colectivas y bajo qué procedimientos” (p. 91).

    Para terminar, no quiero dejar pasar la oportunidad para decir que la influencia de Bobbio en América Latina es amplia y duradera. En México, su obra y figura empezaron a conocerse desde los primeros años cincuenta, pues su primera obra vertida al español fue El existencialismo. Ensayo de interpretación, publicada en 1949 por el Fondo de Cultura Económica. Pero su visibilidad e impacto académico son más claros durante los años setenta, y luego con más brío a partir de los ochenta, cuando tienen lugar nuevas traducciones de otros de sus libros en nuestro país, como fue Origen y fundamento del poder político, publicado por editorial Grijalbo en 1984, El futuro de la democracia, publicado por el FCE en 1986, a las que le seguirían otras obras igualmente fundamentales. Pero también Siglo XXI Editores hizo lo suyo, tradujo y publicó en 1981-1982 el Diccionario de política, una obra colectiva que dirigió Bobbio junto a Nicola Matteucci y Gianfranco Pasquino. Cabe decir que esta obra se volvería indispensable para las tareas de enseñanza de la ciencias políticas y sociales de toda América Latina.

    Ese interés por su obra en nuestro país coincide con el inicio histórico del pasaje de un orden político autoritario a otro democrático. En esta tarea, la obra de Bobbio nos ayudó a pensar las modalidades que se tenían a la mano para volver realidad esa exigencia de democratización social, política y cultural. Modalidades pero también las promesas que después serían incumplidas en nuestro medio local, casi como lo pronosticaba Bobbio en la segunda mitad de los años ochenta. Deberíamos expresarle a Bobbio nuestro reconocimiento por esa compañía, pero más aún, al autor de Norberto Bobbio. Una teoría de la democracia, que viene a recordarnos la oportuna lectura y continua relectura del pensador turinés, ya que siempre uno saldrá ganando en todos los terrenos.

    Referencia

    Noberto Bobbio, De senectute e altri scritti autobiografici, Turín, Einaudi, 1996.

    Texto publicado en la revista Estudios políticos, núm. 54, septiembre-diciembre 2021, pp. 227-232

  • Sobre Mario Perniola y Georges Bataille

    Texto publicado como Estudio Introductorio a Mario Perniola, Filosofía sexualis. Escritos sobre Georges Bataille, Ciudad de México, Ediciones Navarra, 2018.

    El 68 y sus descentramientos culturales

    Mario Perniola (1941-2018) fue un pensador italiano que ha escrito una obra vasta y compleja, donde destacan sus contribuciones al campo de la estética, la filosofía, la sociología del arte, la comunicación, así como excursiones constantes al campo de la teoría crítica y los estudios culturales, en cuyo terreno se puede incluir aproximaciones a una teoría posible sobre la política. En conjunto, su obra está interesada en describir y explicar los cambios de composición de las polémicas sobre el estado actual de la cultura y de lo político como campos de fuerza del pensamiento. Incluso se puede sugerir que es un intelectual que ha trabajado con mucho empeño en un ámbito de saberes que definiremos tentativamente como “metapolítico”, ya que su interés está concentrado en el entrecruce de saberes sobre la vida política y cultural. En sus pasajes internos de este cruce se pueden encontrar diversos análisis sobre las vanguardias artísticas, los fenómenos de decadencia de la política democrática como el populismo al estilo Berlusconi, la estética y el arte dependientes del mercado, de los curadores y de la nueva posición que ocupan frente al artista y sobre todo frente a la obra que éste último produce (una suerte de “bajo” estilo frente al “gran” estilo cultural moderno), la monumentalización y fetichización del sentir y en general del sujeto en el régimen de la comunicación, la pérdida de los cabotajes analíticos e históricos de la identidad, los rituales neo-arcaicos que colman la vida contemporánea, los fenómenos “trans” (transgresiones, transexualidades, tránsitos) y los procesos post-orgánicos que engloban las nuevas formas de vida sensible y técnica, incluso vegetal. En fin, su obra es abierta y en constante búsqueda por abrir nuevos espacios de inteligibilidad a los problemas centrales que el pensamiento actual tiene en su horizonte.[1]

    Mario Perniola

    La obra de este pensador abarca más de cincuenta años ininterrumpidos de reflexión. Como autor, es un diseminador de ideas, innovador de categorías que no pueden pasar desapercibidas en un contexto intelectual como el nuestro, pero con seguridad tampoco pasarán inadvertidas en el amplio campo cultural latinoamericano. Crítico mordaz del dandismo y divismo tanto en el mundo cultural (incluyendo su conexión con el campo académico) como en el mundo del arte, su manera de proponer conceptualizaciones y análisis realmente finos lo colocan como una de las plumas más agudas con las que cuenta el panorama europeo actual con relación a la crítica social y de los intercambios culturales. Sin embargo, también ha sido y es un agudo observador (incluso partícipe) de las parábolas que han desarrollado las vanguardias artísticas y políticas a lo largo de toda la segunda mitad del siglo pasado, indicando en ocasiones con una ironía ciertamente encarnizada las contradicciones y los derrumbamientos de la época dorada de los movimientos radicales, revolucionarios, incluso anárquicos, que tuvieron en la estación cultural de 1968 su puerto simultáneo de llegada y partida hacia su ocaso. Esto cobra mayor significatividad si se observa que estamos al borde del medio siglo de aquel acontecimiento, lo que sin duda será motivo para revisitar y observar los diversos niveles de definición que introdujeron los contenidos rupturistas de la gesta en la dimensión simbólica de la existencia política que vendría luego del acontecimiento; asimismo, quizá también permite atender sus campos de inteligibilidad y sobre todo de opacidad que dejó diseminado en la distancia que media entre su instantánea en aquel 68 y la situación global de nuestros días.

    Por ejemplo, de Guy Debord, el maitre-à penser de la Internacional Situacionista y del advenimiento de la sociedad del espectáculo,[2] quien a mediados de los años sesenta es ya un mandarín del relajo y de la crítica sórdida a la apropiación cultural sin objeciones, y con quien sostuvo una relación “amistosa”, dice que: “[…] Debord ha sido la personificación del gran estilo. ‘Doctor en nada’ pero maestro de los ambiciosos, amigo de los rebeldes y de los pobres, pero secretamente admirado por los poderosos, un hombre que suscitó grandes emociones, pero sin embargo era frío y distanciado de sí mismo y del mundo. Tal es, de hecho, la primera condición del estilo: el distanciamiento, la lejanía, la suspensión de los afectos desordenados, de la emotividad inmediata, de las pasiones sin freno. Debord ha sido una figura clásica, en absoluto romántica”.[3] De igual modo, una característica fundamental de los situacionistas es que en general fueron “personas de mal genio e intratables”, que se “limitaban a insultar y denigrar”.[4] En este contexto, Perniola agrega que Debord produjo una curiosa paradoja en la vida cultural francesa: de ser un outsider del castillo de cristal académico-intelectual francés, despreciando toda forma de reproducción de la cultura y el debate “razonado” (los libros, el periódico, las aulas, etcétera), así como el ascenso del dispositivo del “radical chic”, terminó por ser canonizado, incomprendido y peor aún usado para significar un conjunto de prácticas políticas como las del 68 y aún más allá.[5] Esto ha sido observado con claridad recientemente cuando a inicios de 2009 Debord fue declarado “tesoro nacional” francés, y “archivado” en la Biblioteca Nacional, con la justificación, de que “[e]stos archivos revisten una gran importancia para la historia de las ideas de la segunda mitad del siglo XX y para el conocimiento de uno de los mayores intelectuales franceses de ese periodo”.[6] Sin embargo, agrega Perniola, el motivo de su canonización cultural en Francia fue debida a que la Universidad de Yale tenía el interés de comprar a los herederos de Debord su archivo, y como reacción a ello, apareció su consagración oficial. La paradoja finalmente se revela con claridad, el reconocimiento institucional de Debord puede ser leído como

    una venganza póstuma, en las confrontaciones de quien [Debord] intentó mantenerse siempre alejado del lado oscuro y sórdido implícito en cualquier éxito mundano. La gratitud del Estado francés hacia un ciudadano eminente se configura como la gratitud del Estado francés en las confrontaciones de sí mismo, que ha perdido su enemigo, elevándolo a los máximos honores y mostrando que esta operación era únicamente instrumental y funcional con relación a otra guerra en la que los méritos efectivos de Debord fueron absolutamente irrelevantes.[7]

    La primera vez que Mario Perniola escucho hablar de los situacionistas y de Guy Debord fue en 1966 por la intermediación del sociólogo René Lourau, en un tren que compartieron cuando regresaban a París provenientes de Cerisy-La-Salle, ese particular espacio de pensamiento organizado a través del Centre Culturel International de Cerisy (Association des Amis de Pontigny-Cerisy), que hace posible la organización de décadas de debate alrededor de la obra de un autor o tema de interés clave de la sociedad contemporánea. Regresaban, luego de haber asistido a la que Perniola define como la “canonización académica” del movimiento surrealista,[8] del coloquio precisamente dedicado a éstos bajo el título de “Le surréalisme et son influence sur la pensée, la poésie et l’art contemporain”, evento coordinado Ferdinand Alquié (autor del libro Filosofía del surrealismo), entre el 9 y el 19 de julio de 1966, y entre sus participantes estuvieron Jean Wahl, Maurice de Gandillac, Alain Jouffroy y Paul Bénichou.[9]

    Guy Debord

    Además de estar registradas sus participaciones en las discusiones del coloquio, Perniola y Lourau junto a Robert Stuart Short y Jochen Noth redactaron un pequeño documento llamado “El surrealismo frente a la cultura”,[10] que difundieron entre los participantes del encuentro, y donde hay rastros que permiten establecer una primera aproximación a un estilo abiertamente “polemológico” en Perniola, tanto de crítica cultural como de hechura de su pensamiento. Vale la pena recuperar algunos extractos del texto:

    El surrealismo se ha colocado y se coloca aún como una crítica radical de las instituciones que garantizan el desorden social. Entre estas instituciones la cultura, con sus modos de comunicación universitarios y comerciales, con su pretensión de neutralidad, con su preocupación por la objetividad, puede y debe ser contestada, transformada positivamente, sin exclusiones, de hecho incrementando su lucidez.

    Dado que se sitúa o se ha situado, lo quiera o no, en el circuito cultural, el surrealismo prueba, a través de su historia, que no puede hacer otra cosa que entrar en conflicto con el orden cultural, sin que por ello se quede en este único campo de acción.

    Ahora, en Cerisy, todo ha sucedido como si entre la cultura (en particular la cultura filosófica porque los filósofos parecen ser más sensibles que otros al significado del surrealismo) y el surrealismo se hubiera establecido una especie de complementariedad.

    Esta falsa complementariedad ha sido posible porque fue entendida bajo una visión anti-histórica, atemporal, es decir, trascendente del surrealismo. Muchos participantes terminaron frustrados por la ausencia de referencias a los sucesos históricos y a los textos.

    Si bien es conocido, en modo deslumbrante, que el proyecto surrealista no se confunde con las finalidades y con los métodos de la cultura oficial −la cual está encargada de preservar la concepción del mundo que la sociedad desea−, en efecto, aquí se aceptó una integración del surrealismo en cuanto sector marginal y original del vasto dominio cultural. ¿No es acaso el principio mismo del surrealismo que está amenazado por este intento de integración?

    […] No ignoramos por su parte la idea de una liberalización puramente poética. Comprendemos que la revuelta individual está obligada a conciliarse con las condiciones socioculturales del momento. Pero el proyecto revolucionario del surrealismo, si quiere situarse por afuera de la historias, corre el riesgo de ser él mismo excluido de la historia.

    Si quiere salir del cuadro de la revuelta individual y buscar pacientemente una perspectiva histórica, el surrealismo debe morder sobre el sistema de las instituciones contestando donde sea posible, la regla del juego. Por ejemplo, elaborando relaciones mucho más precisas entre la teoría estética y la teoría política, relaciones que nos han parecido realmente muy alejadas aquí.[11]

    El fantasma de las revueltas estudiantiles está a la vuelta de la esquina. Aquí, la tonalidad apunta hacia el establecimiento de una clara objeción acerca de la insuficiencia intrínseca al poder de la falsificación o del arrojar golpes bajos a la cultura oficialista que hacían del rito universitario y del reconocimiento público su magnificación y legitimación por medio de las instituciones culturales. Pero también advierte la imposibilidad de centrarse en el orgullo “absoluto” que produce el vacío irrefrenable (en ocasiones iletrado) del diletantismo tan característico de los años que por venir en el espacio público francés con el alarde de la fiesta de las barricadas.[12] En efecto, en el caso del surrealismo, pero también se adapta a los situacionistas, la exigencia por “estar en contra” no hizo más que mostrar un “hambre insaciable de infinito”, que no se correspondía en ninguno de sus frentes con la vida académica y sus formas de celebración.[13]

    Todo esto viene a colación porque para Perniola “el surrealismo fue superado por la realidad, en el sentido de que al mismo tiempo fue abolido y realizado. En efecto, el movimiento surrealista termina en 1968, justo en el momento en que la realidad se vuelve surrealista o quizá mejor aún en el momento en que el surrealismo deviene realidad y personas como cualquiera […]”.[14] Un proceso de disolución del carácter extraordinario del surrealismo, incluso infra-ordinario en sus vertientes más esotéricas, que termina por volver personas como cualquier otra a todos aquellos que habían hecho de la imaginación (esa mezcla de poesía, amor loco y acciones extravagantes) su morada y espada. Como sea, el “hambre insaciable de infinito” presente en las vanguardias es la que abre la puerta al 68 no para coronar su superioridad cultural sino para consolidar su carrera hacia su desaparición. En este sentido, es interesante la posición del autor en la editorial “Dal 1968 ad oggi” del núm. 3 que corresponde al año 1971 de Agaragar, revista que fundo y dirigió entre 1971 y 1973.

    Todo aquello −es evidente− tuvo su epicentro en el fatídico 1968, el año del final de la esquizofrenia. Pareció entonces, de golpe y sin discusión, que los anormales, los extraños, los neuróticos, los desadaptados, los sin patria, los sin tiempo, los sin casa, no eran ellos, sino los otros; que la dirección de la historia pasaba ya claramente y de modo definitivo por las manos de todos aquellos que hasta entonces habían sido dejados de lado, reprimidos, explotados; que todo el dolor y la angustia de los tiempos de la alienación, de la privación y de la necesidad, estaban incluso ellos dentro de la historia y no fuera de ella.

    Toda la sociedad burguesa parecía por consiguiente próxima al colapso, como nunca se había observado antes; pero no colapsó. La convicción subjetiva de una exigua minoría por entrar en una nueva edad de la historia ha expresado con suficiencia el estado de descomposición avanzado en el que camina toda la tradición renacentista, inseparablemente conectada con el capitalismo industrial; pero la estructura fundada sobre la separación ha sido solamente rayada. La consciencia de vivir en una edad nueva no ha sido suficiente para transformar de golpe las condiciones de vida.[15]

    Si nos detenemos un momento en el caso francés, la declinación de la autoridad a lo largo de las intensas movilizaciones de mayo de 1968 siempre estuvo acompañada por un género  político menor que mezcla el furor romántico con el programa puntual de acción que desde su confección hacían de la movilización un acontecimiento que llevaría un dramático componente de liberalización regresiva (spill-over effect), dado el goce intrínseco de todos aquellos que hicieron suyo el artilugio de la “emotividad inmediata” y el “alejamiento” como militancia por medio de esa forma política que supone la declinación real de la autoridad. Su resultado, asevera Perniola, “[…] fue efímero y fuertemente condicionado por los instrumentos de comunicación de masas”.[16] En un trabajo reciente, insiste sobre este punto axial del 68 parisino: “[…] la generación del 68 no logró hacer la historia, sino sólo pequeñas historias; estas generan hilaridad o gotean sangre, pero están privadas de ejemplaridad y constituyen en cualquier caso un género menor”.[17]

    Entonces, sin ejemplaridad por seguir o imitar, esto es, sin transmisión, terminaron en erigirse como una “efectualidad” sin fin, donde el impacto del proceso en el mediano plazo es observable en la regresión que huele a “derrota”, y donde hoy por hoy se asiste a un matrimonio “deseado” entre estudiantes, padres de familia y dirección institucional-estatal que, en aras de dar respuesta a una exigencia de edificación de competencias para actuar en la fragmentación de los mercados del trabajo actuales, terminan por sofocar todo el potencial del capital simbólico que supone la escuela como disparador de innovación política y cultural.[18] Tal vez Debord se está revolcando en su tumba por este hecho, y además está convencido de que el poder de la perversión del 68 y sus secuelas son los principales enemigos del campo de la creatividad política. El título provocador de un ensayo de Perniola escrito a más de cuarenta años del 68, no deja dudas de este efecto contrario a lo que perseguía en ese momento: Berlusconi o el 68 realizado, es decir, la política puede ser realizada por cualquiera, sin necesidad de formación académica ni cultural, mucho menos política.[19]

    En esta misma dirección de discusión, llama la atención para el contexto mexicano el sugerente alegato que Perniola sostiene sobre el 68 mexicano, ocasionado por una “caótica” invitación por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 2008 para hablar a partir de los cuarenta años del acontecimiento sobre sus huellas y sus hitos.[20] En la conferencia que preparó para la ocasión, y que sería publicada como “El 68 mexicano: nacidos para ser vencidos, no para negociar”,[21] dice que después del mayo francés y de la invasión soviética a Checoslovaquia (cuyo pico fue justo agosto de ese año), la matanza de estudiantes el 2 de octubre en Tlatelolco, es el tercer gran acontecimiento que llamó toda la atención de la opinión pública internacional, pero a diferencia de los dos primeros, el caso mexicano no tuvo el eco mundial esperado, pues en realidad terminó por erigir un edificio estructurado de autorreferencialidad, donde se cuenta con una producción numerosa pero fragmentada de libros, crónicas, reportajes, investigaciones, documentales, etcétera.[22]

    Perniola subraya que en el “acontecimiento-matriz” del 2 de octubre cohabitan cinco diversos regímenes de historicidad que “le confieren [su] carácter emblemático”. Por ello, para él es el acontecimiento más importante de aquel año a nivel mundial.[23] Hay que agregar que Perniola usa la categoría de régimen de historicidad a partir de la formulación desarrollada por el historiador francés François Hartog.[24] Este historiador define la noción de régimen como lo propio del hombre que puede ser organizado “alrededor de las nociones de más o de menos, de grado, mezcla, compuesto y equilibrio siempre provisional o inestable”.[25] Después, entiende por historicidad los “momentos de crisis del tiempo, aquí y allá, justo cuando las articulaciones entre el pasado, el presente y el futuro dejan de parecer obvias”.[26] Entonces, un régimen de historicidad es la irrupción temporal donde pasado, presente y futuro no tienen un lugar específico y, por ende, plenamente identificable, dado el proceso de extrañamiento que produce la emergencia histórica. En otras palabras, estaríamos hablando de una “brecha” (gap) en el tiempo (o de un uso semántico de ella) que ya había discutido Hannah Arendt con relación a la sensación de vivir “entre” dos tiempos o épocas (in-between period), atado y jaloneado entre una serie de cosas que ya no son (things that are no longer) y cosas que todavía no son (things that are not yet).[27] Cobra importancia esta noción para la comprensión del 68 porque en este suceso parece que, en efecto, no hay por lo menos desde un punto de vista anacrónico −pero no por ello menos válido− y en paráfrasis de Arendt, nada por heredar, cuestionar, pensar o recordar, mucho menos por reconstituir (here was no mind to inherit and to question, to think about and to remember).[28] Si hace un momento observaba la imposibilidad de la transmisión, habría que agregar la imposibilidad de que el 68 haya fundado una tradición,[29] dado que es una brecha del tiempo que no pudo colocar en su horizonte una forma de resolución de lo que abrió más allá de su capacidad puramente reactiva y comunicativa.

    Así, las “brechas” encuentran su articulación en la propuesta de Perniola sobre el 68 mexicano a través de cinco regímenes de historicidad que son definidos como: “premoderno, moderno, archimítico, comunicativo e individualista”.[30] El primero constata la reproducción de la concepción del monopolio de la violencia legítima por parte del Estado y los usos represivos “desproporcionados” en contra de ciertos sectores sociales, lo que sofoca abiertamente el potencial de cambio social contenido en las expresiones de protesta: “la masacre, dice, habría constituido una manera ejemplar de castigo frente a lo que ponía en peligro su seguridad [del Estado]”.[31] El segundo, el régimen de historicidad moderno, supondría explicar la matanza de Tlatelolco como el efecto de un proceso de modernización en su vertiente social, cultural y moral que toma lugar y encarna por medio de la figura de los estudiantes, quienes se vuelven, asevera el italiano, “portavoces de una modernidad reformista” que dirige su mirada a los cambios de dirección de la sociedad contemporánea a través del espejo norteamericano.[32] Sin embargo, ataja, la tesis puede ser reversible: hay un choque violentísimo entre una juventud que observa cómo se aleja ese ímpetu modernizador, que termina objetivándose en la organización de los Juegos Olímpicos, y por su parte tenemos un estudiantado que finaliza colocado en el campo de la nostalgia del “mito de la revolución inconclusa o traicionada”.[33] Al respecto, concluye:

    La tesis que he defendido en varias ocasiones interpreta el Sesenta y ocho como la crisis de la tradición política moderna articulada sobre la estrecha relación entre saber y poder […] Dicha tradición política tenía una doble fuente de legitimidad: una de carácter electoral-procedimental, basada en la opinión pública crítica, en los partidos políticos y en las elecciones; otra de carácter administrativo-sustancial, basada en el funcionariado, la ciencia universitaria y las profesiones cultas.[34]

    El tercer régimen de historicidad, el archimítico, parte de la concepción cíclica de la historia, o con más precisión, de un “pasado presente” que colma precisamente la brecha que abrió el movimiento, organizado en la función histórica del mito y sobre todo del lugar (Tlatelolco) donde ocurrió la matanza. En este sentido, señala la lectura que hizo Octavio Paz en Postdata. Crítica de la pirámide,[35] que como es sabido intenta explicar el 68 a partir de la impermeable especificidad autorreferencial mexicana, por lo que cualquier aproximación “teórica” general al acontecimiento no se “ajusta” a la vicisitud mexicana y por lo tanto es completamente insuficiente para observa su relevancia:

    para Octavio Paz −señala− el Dos de octubre fue la repetición de un hecho ocurrido precisamente en Tlatelolco cuatro siglos antes; la matanza que los españoles llevaron a cabo la noche del 13 de agosto de 1521, y que supuso la caída de la capital mexicana y la derrota definitiva de los aztecas. En otros términos, los que ordenaron la matanza de los estudiantes serían los herederos de la mentalidad azteca. Paz considera la carnicería del 68 como una repetición del arquetipo azteca, profundamente arraigado en el pueblo mexicano, que exige un sacrificio sangriento para poder renovar la solidez del vínculo social. Existiría una continuidad ininterrumpida en la concepción del poder entre los señores aztecas, los virreyes españoles y los presidentes del Partido Revolucionario Institucional: a diferencia del poder personalista de los caudillos hispanoamericanos, en México el poder se manifestaría de modo impersonal, ritual y expiatorio. El régimen de historicidad en que se movieron las autoridades mexicanas pertenecería, no a la modernidad histórica, sino a la temporalidad mítica.[36]

    No obstante, el autor objeta una parte de la interpretación de Paz, al sostener que es muy probable que la interpretación del poeta puede ser útil para la comprensión de la “naturaleza del poder mexicano”, pero resulta “insuficiente para captar las características esenciales de la protesta”.[37] En este sentido, señala que hay una diferencia fundamental entre el 68 mexicano y los 68 de otros países: “[…] en México la revuelta de los estudiantes fue tomada por el gobierno demasiado en serio y juzgada a partir de categorías que pertenecían a una tradición política, sexual y literaria cuyo crepúsculo representaba precisamente el Sesenta y ocho”.[38] Entonces, ¿qué produjo el movimiento estudiantil mexicano?, ¿cuáles fueron sus contribuciones a la cultura y a la política mexicanas? Tal parece que lo que produjo fue un callejón sin salida; una paradoja dentro de la paradoja o una rara especie de una paradoja invertida: es en el juego de fuerzas entre la seriedad del poder autoritario y la respuesta estudiantil, que cargada de una vitalidad y una empatía profundamente heterogéneas, nunca pudo superar el “sectarismo delirante” que lo emparenta como movimiento con sus homólogos italiano y francés (régimen de historicidad individualista),[39] y que termina por adoptar también ese tono solemne de la seriedad pública mexicana. El corolario es conocido: muchos estudiantes y participantes en el 68 deciden irse mar adentro en la seriedad del poder cuando se “afilian” y participan en los diversos movimientos guerrilleros que surgieron en la época, algunos al calor del 68 o como un efecto colateral de él. Y justo el tema de la seriedad es una de las líneas de reflexión que trabaja Perniola en su ensayo sobre Bataille.

    Después está el anclaje del 68 mexicano en el régimen comunicativo, “que atribuye una importancia exclusiva al presente”.[40] Para Perniola este es el campo emblemático del 68, que no mira ni al pasado ni al futuro, únicamente al aquí y ahora, donde su comunicabilidad hace las veces de una memoria sin recursos, es decir, sin tradición y sin transmisión. En este sentido, a los estudiantes mexicanos les “interesaba más la comunicación que los resultados efectivos”;[41] por ello, utilizando una frase del libro sobre el 68 de Paco Ignacio Taibo II, concluye: el 68 mexicano es un movimiento donde los estudiantes se esmeraron demasiado en ser considerados como: “[n]acidos para ser vencidos, pero no para negociar”.[42] Así, es posible comprender cómo fue posible el pasaje de la época de la acción (el 68 como movimiento de subversión de valores y ciertas formas políticas) a la época de la comunicación, que “supone [la comunicación] el ingreso en una experiencia de instantaneidad, que se manifiesta en la alternancia de milagros y traumas. En este aspecto, el caso mexicano es emblemático y complementario respecto al Mayo francés. Allá la protesta se manifestó como un milagro, aquí como un trauma”:[43]

    En Francia el rito se limitó a la recapitulación meramente ritual de la leyenda de todas las revoluciones: en el fondo su significado era puramente conmemorativo. Entierra la idea de la historia como acción y anticipa la idea de la historia como memoria: desgraciadamente en muchos países se le ha atribuido el carácter de horizonte de expectativas. México representa el caso más significativo porque allí el aspecto ritual ha asumido el carácter de sacrificio y el aspecto comunicativo el de hazaña, ejemplarmente representada en la frase “nacidos para ser vencidos, pero no para negociar”. México sale así de su soledad y entra en la globalización y en la sociedad de la comunicación de un modo extremadamente traumático.[44]

    Si bien es cierto que el régimen de historicidad individualista es un presupuesto presente en toda la dinámica del movimiento y en su entusiasmo callejero, cabría preguntarse si no fue precisamente este individualismo el que provocó que el 68 mexicano terminara como una acto simbólico como tantos otros que irán amueblando la esfera pública mexicana en los lustros posteriores, pero que no logró la suficiente fuerza como para hacer de la dinámica celebratoria y comunicativa de su experiencia un cambio de sociedad como se esperaba a partir de la expectativa que levantó el movimiento.

    De la acción a la comunicación

    Como se puede inferir de las líneas anteriores, el régimen de historicidad abierto por la comunicación a partir de 1968 tiene una actualidad creciente, al tiempo que se vuelve una cuestión central del programa de investigación del filósofo italiano en las últimas décadas. Se puede pensar, por ejemplo, en su obra hoy clásica La sociedad de los simulacros que fue publicada originalmente en 1980 por el editor Capelli de Boloña, y luego en su segunda edición en 2009 por la editorial Mimesis, de Milán.[45] La recuperación de este libro a casi treinta años de distancia no es accidental, y sobre la importancia de esta “recuperación” en nuestros días intentaré exponer algunas ideas.[46]

                Por un lado, la publicación en español de la obra en 2011 tendría que ser colocada como parte del ciclo de estudios que Perniola le ha dedicado al argumento. En efecto, a pesar de que es una obra de 1980, en nuestra lengua fue publicada después de dos obras totalmente vinculadas a este trabajo primigenio: Contra la comunicación de 2006 y Milagros y traumas de la comunicación de 2010.[47] El primero fue publicado por Einaudi en 2004 y el segundo en 2009 igualmente por el editor turinés.

    Por el otro, en el “Prefacio a la segunda edición” se establece de inmediato el focus de toda la argumentación: “[…] la noción de simulacro no como sinónimo de falsedad, engaño, mentira, sino como algo que, al situarse más allá de lo verdadero y falso, está más cerca del juego, el arte y la cultura que de la metafísica, la ética y las ideologías políticas”.[48]

    Es posible destacar dos elementos de esta primera aproximación a la noción de simulacro. El primero y quizá el más evidente, es su pertinencia para abrir un debate filosófico y sobre todo teórico en torno a la idea tan socorrida de la “post-verdad” que anuncia la emergencia de fenómenos como el que está contenido en el rótulo fake news y su impacto real en los sistemas de creencias de las sociedades actuales. Quizá en vez de suponer las fake news como noticias falsas, tendríamos que pensarlas como eventos simulados, lo que nos coloca en otro campo de inteligibilidad de su uso en el seno de las democracias contemporáneas. El segundo es la rara continuidad con las maneras de actuación de los movimientos estudiantiles del 68, que se alejan de la estructura binaria verdadero-falso, y se aproximan más a las reglas del juego, el arte y la cultura y menos a las reglas de la consciencia ideológica (compromiso) y del espacio político territorial.

    Tal vez ambos fenómenos comparten la declinación contemporánea de la topografía del poder y son el resultado (el primero corona el proceso y el segundo se coloca como evento “inaugural” que permite el campo de historicidad de la comunicación) del incremento continuo de la topologización del poder, tema por cierto poco estudiado por la teoría política actual. En este sentido, hacia el final de La sociedad de los simulacros se lee:

    El advenimiento de la sociedad de los simulacros restablece el vínculo entre poder y seducción. El poder ya no es la representación de una voluntad política dotada de contenidos y significados, sino la operación formal que desrealiza cualquier hecho y, por lo tanto, es indiferente a los contenidos individuales concretos. Si el modelo en que se inspiraba el poder ideológico era el teatro, con su pretensión de participación emocional y el inevitable disfraz histriónico, el modelo del nuevo poder es la holografía, esto es, la versión tridimensional de la imagen de un objeto. La seducción del holograma reside justamente en que está vacío, no justifica ninguna ilusión, ninguna esperanza, y no obstante ello se lo puede experimentar y apreciar por lo que muestra.[49]

    Si regresamos al “Prefacio”, podríamos comprender mejor la definición que avanza sobre el simulacro: “El simulacro no es un espectáculo recreativo, ni una puesta en escena manipuladora y mistificadora, sino un mimetismo que implica el descubrimiento de la precariedad de la existencia y la suspensión de la subjetividad individual: es una terapia para sobrevivir, que transforma el sentimiento de extravío y desmoralización en una voluntad de desafío y una exaltación próxima al trance”.[50]

    De este modo, Perniola está proponiendo una lectura del mundo cultural contemporáneo anclado en un eje paradigmático que ya no es heredero de los mitos políticos modernos que operaban como sucedáneos de la religión, y que están colocados en la base del régimen de discurso del poder y de los universales de la modernidad (la justicia, la igualdad, la libertad, etcétera). Su lectura tampoco es simplemente interpretable como el efecto de la caída en los procesos culturales de la recepción del símbolo que producía sentido biográfico y amalgama colectiva a través de la posibilidad de que el hombre pudiera devenir objeto,[51] y frente a una realidad cada vez más diseminada en el intercambio comunicativo donde la imagen disuelve al símbolo en el momento en que captura y obnubila la distancia entre el objeto y su potencialidad intrínseca para ser representado y, por extensión, significado. Por ello, agrega, estamos en un universo donde pasamos de “convertir los simulacros del poder en el poder de los simulacros y aceptar [además] la herencia de la política”.[52]

    Esa herencia, como se ha observado líneas atrás, opera en la forma de una transmisión interrumpida que se sintetiza, en palabras de Georges Bataille, en el motivo “imposible, sin embargo real”, que recorre todas las páginas de su libro sobre el pensador francés. De hecho, en este ensayo sobre Bataille el tema de la comunicación es central. Mas aún, cuando el desarrollo y consolidación de la “sociedad de los simulacros” ha domesticado e institucionalizado todo el potencial creativo y desestabilizador que otrora tuvieron las vanguardias artísticas. Hoy, encapsulados por la dinámica del capital y la legitimación académica del diletantismo,[53] gozan de su eficaz consolidación, pero a costa de renunciar a ese carácter contestatario y totalmente político, exaltando más bien su puro carácter “fetichista” y “reificado” que viene después de su objetivación como mercancía y fuente de atracción del mercado global. Se puede decir, para usar una fórmula propia de su ensayo y de la obra misma de Bataille, la cultura de nuestros días han “perdido soberanía”, en tanto experiencias límite que permitían pensar y “sentir” la vida como “cosa” de vida o de muerte. Así, por ejemplo, interrogarse por el lugar que ocupa el arte y la poesía en el intercambio de los bienes simbólicos culturales de la edad contemporánea parece ser uno de los motores de su reflexión sobre la obra de Bataille, y será también una de las líneas de trabajo sobre las cuales Perniola ha trabajado con ímpetu en los últimos años.

    Pensar la soberanía y lo negativo en el ámbito de lo post-humano

    Más allá de ser catalogado como “esteta”, “filósofo” o “profesor universitario”, y sobre todo preguntándonos si es posible catalogar hoy un autor en un campo exclusivo de inteligibilidad y de adscripción, Perniola es un autor original que ha contribuido a la teoría crítica actual a través de una serie de categorías muy sólidas para analizar nuestra época. Con un pie en el campo académico, pero con el otro fuera de él, donde siempre está muy atento a las escansiones y expresiones de la cultura post-académica, aparece en un lugar  destacado de su obra la noción de lo inorgánico, que hoy cobra una importancia creciente. Al ser Perniola un exponete desatacado del pensamiento de la diferencia (¿qué otra cosa podría ligar su interés en Bataille si no es el de la pregunta por la diferencia y sus abismos?) en su trabajo sobre Bataille es posible encontrar incluso las huellas de esa rara especie de ontología de la vida que sella el carácter definitorio del pensamiento italiano. Ya desde su clásico Sex appeal de lo inorgánico, pasando por su ensayo sobre Bataille, así como en Del sentir,[54] hasta llegar a sus libros más recientes que colocan a lo político o quizá tendríamos que llamarlo en las palabras de Perniola a lo “post-político” (i.e. la comunicación en el lugar de la acción) en un espacio privilegiado,[55] lo inorgánico, en específico el sentir inorgánico, es un concepto-clave que permite la comprensión de la aceleración del tiempo y de la subjetividad en la vida contemporánea. En este sentido, una de las direcciones de discusión de su libro El sex appeal de lo inorgánico es precisamente abordar y preguntarse sobre el significado y el sentido que tienen las transformaciones de la percepción del y sobre el cuerpo (qué lugar ocupa en la cultura y en general en la sociedad actual), su potencialidad emancipatoria, su capacidad de articulación estética y religiosa y su percepción como “lo propio” del sujeto que, en una de sus variantes más relevantes y sugerentes, cobra la forma batailleana precisamente de la soberanía erótica y quizá, como se ha señalado antes, de la pérdida de ésta.[56] No es fortuito que para Bataille sea evidente señalar a su época como minotauresca, donde a la figura del minotauro el pensador francés le otorga un campo de hibridez que conecta lo humano con su animalidad, y que por su parte lleva a pensar en el campo post-humano de la existencia y de “la cosa que siente”.[57] Aquí sin duda entran las contribuciones de Perniola a un pensamiento sobre el ritual de la existencia y de la vida (a través de la obra de Bataille, Perniola lee que “la existencia [es una] fiesta desmotivada”) ancladas ambas en los estudios culturales (así como en la antropología cultural) pero que caminan hacia los estudios estéticos y sociológicos.[58]

    Georges Bataille

    La publicación en español de Filosofía sexualis. Escritos sobre Georges Bataille colma una terrible laguna en el campo de las humanidades y las ciencias sociales en nuestra lengua. Si bien es cierto que Bataille es un autor “de culto” en el mundo cultural y académico en español, esto no supone que contemos con su traducción integral a nuestra lengua del conjunto de su obra. Al día de hoy hay muchísimas páginas de su obra que no están vertidas al español, y quizá cabe preguntarnos si lo estarán en algún momento. Es un trabajo que se antoja a la letra imposible.[59] Por lo tanto, el estudio de Perniola sobre el autor francés es esencial para comprender la recepción contemporánea de la obra de este segundo, ya que contribuye decididamente a revitalizar una parte significativa de su pensamiento al indicar las explosivas y seductoras relaciones entre filosofía y poesía, entre soberanía y vida, entre libertad y desvalorización del sujeto. De hecho, en este ensayo que ahora presentamos, Perniola discute y problematiza la teoría batailleana de la soberanía a partir de su complejidad, que cobra doble valor en el momento histórico presente donde la soberanía es una categoría y un proceso global que ha sufrido múltiples transformaciones y tergiversaciones a causa de su radicalización y contracción continua.

    En fin, Georges Bataille, ese gran provocador que hizo de la experiencia soberana una experiencia recargada totalmente en la agonía del juego y del azar, nos revela acaso sin proponérselo algunos de los pasajes más ricos del laberinto infinito que supone el pensamiento metapolítico, pensamiento lleno de una negatividad sin ataduras, es decir, de una negación que no tiene más horizonte que su liberalización en la muerte y en la inmanencia de su potencialidad, jamás anhela llegar a una positividad que procure una zona de confort existencial. Una negatividad que se vuelve, si se puede dar una expresión aproximada, una pura “singularidad paradigmática”, dejando su ejemplaridad fuera de toda proporción o equivalencia, y más bien aventurándose al bosque impenetrable de la violencia se subyace a toda decisión realmente soberana, con lo que nos estaríamos aproximando a un campo minado por la discordia sin limite que es el leitmotiv de toda forma de sociedad y de toda forma de vida. En este sentido, sentencia Bataille citado por Perniola en este estudio que: “Donde, en los sentidos más opuestos, todo se vuelve igualmente posible, comenzó un caos […] Las contradicciones […] cesaron de ser escuchadas, en un mundo donde la realidad era detestable tanto más cuando era públicamente la medida del hombre […]. La libertad en todos los sentidos quería decir que el hombre, considerado en su unidad (en la masa indiferenciada) aceptaba ser sólo una cosa”. Y frente a la negación de “de ser sólo una cosa” es que Bataille nos deja páginas memorables.

    En el corpus de Filosofía sexualis, el lector encuentra un pasaje que Perniola dedica a recuperar y discutir las reflexiones que Blanchot virtió sobre su amigo donde es posible observar un diálogo “a voz baja” sobre la escritura y la indecibilidad de la experiencia-limite. Pero más aún, sobre la escritura como figura a un tiempo de lo neutro y de la negación, a pesar de que ambas opciones no puedan mantenerse en el mismo campo discursivo. Estamos pues frente a un ensayo fresco y bien articulado desde el punto de vista intelectual, que vuelve una y otra vez sobre el caracter heterodoxo del pensamiento del autor francés, cuya radicalidad está compuesta precisamente por su capacidad de permanecer vigente en el tiempo.

    La traducción de esta obra tiene un doble propósito: poner a disposición de los lectores en español un ensayo fundamental sobre Georges Bataille y al mismo tiempo ofrecerles una mínima parte de la obra de Mario Perniola. Entonces, la celebración es por partida doble. Asimismo, es necesario destacar que el estilo de Mario Perniola es el de hacer del pensamiento un laboratorio donde coloca a la escritura no sólo como cuestión de reflexión sino como un método que se ocupa incansablemente de fustigar el lenguaje para lograr una articulación semántica de enorme calidad filosófica y literaria. Con este libro de Perniola sobre Bataille, el lector mexicano podrá acceder a la obra de un pensador indispensable de nuestro tiempo. Este ensayo es el primero de una serie de libros que publicaremos del autor italiano en México. De hecho, Filosofía sexualis. Ensayos sobre Georges Bataille inaugura la Biblioteca Mario Perniola de la Editorial Navarra, que por su parte viene a colmar un vacío editorial en nuestro país, por lo que resulta necesario expresar todo nuestro reconocimiento y aplaudir el interés intelectual de Ediciones Navarra por presentar a un autor como Perniola al público mexicano. Estamos seguros que su impacto será significativo para todos.


    NOTAS

    [1] Vid. Mario Perniola, L’arte espansa, Turín, Einaudi, 2015; Mario Perniola, “Del sentir inorgánico al sentir vegetal”, Disputatio. Philosophical Research Bulletin, vol. 5, núm. 6, diciembre, 2016, pp. 307-334; y Mario Perniola, “El sex appeal del bisturí”, Metapolítica, vol. 14, abril-junio, 2010, p. 24.

    [2] Vid. Guy Debord, La sociedad del espectáculo, Valencia, Pre-textos, 2007. Para una idea más profunda de la trayectoria intelectual de Debord, es recomendable leer los doce números de la publicación periódica de la Internacional situacionista, quedirigió Debord y que fueron publicados en un volumen como Internationale Situationniste 1958-69, Ámsterdam, Van Gennep, 1970. Asimismo, hoy pueden ser descargadas las versiones facsímiles de los doce número en: http://www.larevuedesressources.org/internationale-situationniste-integrale-des-12-numeros-de-la-revue-parus-entre-1958-et,2548.html.

    [3] Mario Perniola, Los situacionistas. Historia crítica de la última vanguardia del siglo XX, Madrid, Ediciones Acuarela & Machado Libros, 2007, p. 170.

    [4] Mario Perniola, Del terrorismo come una delle belle arti. Storiette, Milán, Mimesis, 2016, p. 16.

    [5] M. Perniola, Los situacionistas. Historia crítica…, op. cit., p. 170.

    [6] Mario Perniola, Da Berlusconi a Monti. Disaccordi imperfetti, Milán, Mimesis, 2012, p. 107.

    [7] Ibid, p. 108.

    [8] M. Perniola, Del terrorismo come…, op. cit., pp. 93-94.

    [9] Vid. el programa del coloquio en: http://www.ccic-cerisy.asso.fr/surrealismeTM68.html.

    [10] M. Perniola, Del terrorismo come…, op. cit., p. 94.

    [11] René Lourau, Jochen Noth, Mario Perniola y Robert Stuart Short, “Il surrealismo davanti alla cultura”, Cerisy La Salle, 18 de julio de 1966. Versión italiana en Ibid, pp. pp. 96-97. Mario Perniola publicó una versión de este documento con el título “Il surrealismo oggi” en la revista italiana Tempo presente (septiembre-octubre de 1966) dirigida en aquel momento por Ignazio Silone y Nicola Chiaramonte. Como dato curioso, es la misma revista donde Giorgio Agamben publicará sus primeros artículos.

    [12] Cf. Philippe Labro, Les barricades de Mai, París, Solar, 1968.

    [13] M. Perniola, Del terrorismo come…, op. cit., p. 100.

    [14] Ibid, pp. 124-125.

    [15] Ibid, p. 145.

    [16] Mario Perniola, “Cuando el arte se vuelve política”, Metapolítica, vol. 17, núm. 81, abril-junio de 2013, p. 17.

    [17] M. Perniola, Del terrorismo come…, op. cit., p. 32.

    [18] Francois-Xavier Bellamy, Les déshérités ou l’urgence de transmettre, París, Plon, 2014, passim.

    [19] Cf. Mario Perniola, Berlusconi o il 68 realizzato, Milán, Mimesis, 2011. Este texto dio pauta a un debate muy interesante en Italia entre su autor y diversos exponentes de la vida cultural italiana, por lo que luego sería recuperado en una segunda edición ampliada en Da Berlusconi a Monti…, op. cit. Sobre esta última versión, existe traducción al español del ensayo central. Vid. Mario Perniola, “Berlusconi o el 68 realizado”, Metapolítica, año 17, núm. 82, julio-septiembre, 2013, pp. 66-81.

    [20] El autor narra de manera pormenorizada su visita a México en 2008 en M. Perniola, Del terrorismo come…, op. cit., pp. 126 y ss.

    [21] Mario Perniola, “El 68 mexicano: nacidos para ser vencidos, no para negociar”, Revista de Occidente, núm. 332, enero, 2009, pp. 25-40.

    [22] Ibid, pp. 25-26.

    [23] Ibid, p. 27.

    [24] François Hartog, Regímenes de historicidad, Ciudad de México, UIA, 2007. La primera vez que Perniola usa la noción de régimen de historicidad es en su libro Miracoli e traumi della comunicazione, Turín, Einaudi, 2009 (hay traducción de este libro: Milagros y traumas de la comunicación, Buenos Aires, Amorrortu, 2010). Este uso tiene un antecedente en dos artículos (en realidad, dos versiones del mismo texto), publicados como “Imposible pero real. Memoria e historia (de Mayo del 68 al 11-S)”, Revista de Occidente, núm. 325, 2008, pp. 19-31; e “Imposible, sin embargo real”, Metapolítica, vol. 12, núm. 62, noviembre-diciembre, 2008, pp. 17-21.

    [25] F. Hartog, Regímenes de…, op. cit., p. 15.

    [26] Ibid, p. 38.

    [27] Hannah Arendt, Between Past and Future. Six Exercises in Political Thought, Nueva York, The Viking Press, 1961, p. 9.

    [28] Ibid, p. 6.

    [29] Sobre la posibilidad de construir un puente entre el “ya no” y “el no todavía”, Arendt afirma: “his gap was bridged over by what, since the Romans, we have called tradition”. Ibid, pp. 13-14.

    [30] M. Perniola, “El 68 mexicano…”, op. cit., p. 28.

    [31] Ídem.

    [32] Ibid, p. 29.

    [33] Ídem.

    [34] Ídem.

    [35] Cf. Octavio Paz, Postdata. Crítica de la pirámide, en Octavio Paz, El peregrino en su patria. Historia y política de México, vol. 8: Obras completas de Octavio Paz, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 2004, pp. 267-324.

    [36] M. Perniola, “El 68 mexicano…”, op. cit., p. 31.

    [37] Ibid, p. 33.

    [38] Ibid, p. 34. Las cursivas son mías.

    [39] Ídem.

    [40] Ibid, p. 35.

    [41] Ibid, p. 36.

    [42] Ídem.

    [43] Ibid, p. 35.

    [44] Ibid, p. 38.

    [45] Cf. Mario Perniola, La sociedad de los simulacros, Buenos Aires, Amorrortu, 2011.

    [46] En algunos trabajos anteriores he dedicado particular atención a este y otros libros del autor que van en la misma dirección de pensamiento en torno al régimen comunicativo, y a los cuales remito. Vid. Israel Covarrubias, “El efecto dumbing down”, en Israel Covarrubias, Los espejos de la democracia. Ley, espacio político y exclusión, Ciudad de México, UACM-Gedisa, 2015, pp. 125-145; Israel Covarrubias, “¿Es posible pensar la política como simulacro?”, Revista de filosofía, año 44, núm. 133 julio-diciembre, 2012, pp. 269-275; Israel Covarrubias, “El asedio a la democracia. Régimen comunicativo y gubernamentalidad contemporánea”, Metapolítica, vol. 15, núm. 72, enero-marzo, 2011, pp. 99-104.

    [47] Vid. Mario Perniola, Contra la comunicación, Buenos Aires, Amorrortu, 2006, y M. Perniola, Milagros y traumas…, op. cit.

    [48] M. Perniola, La sociedad de los…, op. cit., p.- 9.

    [49] Ibid, p. 228.

    [50] Ibid, p. 10.

    [51] Precisamente este es el argumento de Mario Perniola, El sex appeal de lo inorgánico, Madrid, Trama, 1998.

    [52] M. Perniola, La sociedad de los…, op. cit., pp. 26-27.

    [53] Al respecto, asevera que: “La debilitación del vínculo entre la universidad y las profesiones cultas provoca un embrutecimiento general del trabajo intelectual, que se manifiesta no sólo en la proliferación de los incompetentes y los charlatanes, sino especialmente en la decadencia del significado y el valor de las actividades profesionales en las sociedades modernas”. Ibid, p. 66.

    [54] Mario Perniola, Del sentir, Valencia, Pre-textos, 2008.

    [55] Mario Perniola, Presa diretta. Estetica e politica. Da Nietzsche a Breivik, Ágalma. Rivista di studi culturali e di estetica, núm. 24, octubre, 2012, passim.

    [56] M. Perniola, El sex appeal…, op. cit. Vid. también Mario Perniola, “Entre vestido y desnudo”, en Ramona Naddaff y Nadia Tazi (coords.), Fragmentos para una historia del cuerpo humano, vol. 2, Madrid, Taurus, 1991, pp. 237-265.

    [57] M. Perniola, El sex appeal…, op. cit.

    [58] En esta dirección de trabajo, además puede consultarse Mario Perniola (coord.), Il pensiero neo-antico. Tecniche e possesione nell’arte e nel sapere del mondo contemporaneo, Milán, Mimesis, 1995.

    [59] Como sea, hay que reconocer el esfuerzo que llevaron a cargo Ignacio Díaz de la Serna y Philippe Ollé-Laprune, en la selección textos que organizaron con el título: Georges Bataille, Para leer a Georges Bataille, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 2012.

  • Cartógrafos del pensamiento político latinoamericano

    Extracto de la Introducción al libro Israel Covarrubias (coord.), Figuras, historias y territorios. Cartógrafos contemporáneos de la indagación política en América Latina, Ciudad de México,Facultad de Economía “Vasco de Quiroga” de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo-Publicaciones Cruz O., 2015 (El libro completo puede descargarse aquí)

    Algunas reseñas sobre el libro

    Javier Vega Gómez, Foro interno. Anuario de teoría política, Madrid, núm. 16 pp. 170-173.

    Olivia Gómez Lezama, “Sobre los estrechos vínculos entre historia y teoría política en América Latina”, Andamios. Revista de investigación social, vol. 14, núm. 34, mayo-agosto, 2017, pp. 371-374.

    Horacio Cerruti-Guldberg, “Anotaciones sobre la historia de la teoría política en América Latina”, Metapolítica, año 19, núm. 91, octubre-diciembre, 2015, pp. 98-100.


    Ideas y presencias de la teoría política contemporánea en América Latina

    Figuras, historias y territorios. Cartógrafos contemporáneos de la indagación política en América Latina es un esfuerzo que discute y da cuenta de una serie restringida de autores clásicos contemporáneos del pensamiento político, maitre à penser que indagan sobre los campos de la política y la constitución simbólica de lo político en aquellos que podríamos definir como espacios “otros”, es decir, a través de diversos territorios que con el paso del tiempo fundan en casi todos los casos aquí tratados escuelas y estilos particulares de reflexión y en algunos casos “militancia académica” a partir de los años sesenta del siglo XX. De hecho, esta convocatoria encuentra su especificidad en el interior de la teoría política que se ha venido desarrollando en los últimos decenios en Latinoamérica, en particular, en sus variantes menos rígidas y menos ortodoxas (1), si se piensa la idea de “cartógrafos contemporáneos de la indagación política” como aquel conjunto de autores que han construido algunos de los mapas intelectuales más significativos con los cuales se han formado varias generaciones de estudiantes y estudiosos latinoamericanos, al tiempo de volverse las referencias obligadas para explicar ciertos problemas del presente. Sus esfuerzos fueron y siguen siendo apuestas que en modo abierto proponen problemas y generan explicaciones desde esos espacios “otros” de indagación, a pesar de que es un “estilo” de académico en vías de “extinción” en el desarrollo actual de nuestras ciencias sociales en el nivel regional.
    El objetivo que nos hemos trazado en esta obra ha sido el de producir un vector sólido de relación entre distintas figuras y territorios de saberes y ciertos dominios disciplinarios que se ocupan de la reflexión tanto teórica como empírica sobre la política y lo político desde y a través del subcontinente latinoamericano. Si bien América Latina no es el problema a dilucidar como categoría social o filosófica, sí resulta ser el lugar desde donde se han desarrollado una serie de cartografías del pensamiento y de la teoría política, así como diversas constelaciones de conceptos e ideas que abonan con precisión a la explicación de sus múltiples realidades (Osorio, 2014: 23-48). Este libro además no se aleja demasiado de las tradiciones intelectuales y académicas “locales”, mucho menos del desarrollo de la cultura del análisis político puramente regional, por lo que se mantiene atado a la reflexión en el campo de la historia de las ideas políticas, incluso en el área de la historia conceptual, a pesar de que estos dos últimos campos definan sus objetivos analíticos en modo distinto a la convocatoria que aquí presentamos (2).
    Para los estudiosos de la democracia, el Estado y las paradojas de los procesos políticos contemporáneos de América Latina no son ajenos los nombres de Albert O. Hirschman, Guillermo O’Donnell, Gino Germani, Hugo Celso Felipe Mansilla (más conocido simplemente como H. C. F. Mansilla), Florestan Fernandes, Fernando Henrique Cardoso, Juan Carlos Portantiero, Dieter Nohlen, Ernesto Laclau o Leonardo Boff. Esta lista pone de manifiesto que la convocatoria fue plural, y que otro de sus objetivos “secretos” era no encubrir aquello que señala Nora Rabotnikof (1992: 207) como las “defensas casi corporativas de [las] especialidades”, que abrevan de las “distinciones ‘departamentales’” y encapsulan la posibilidad de reunir trayectorias disímbolas en un corpus compatible que expresa la fertilidad y los desarrollos poliédricos de la teoría política en nuestra región. Más aún, si pensamos que estos cartógrafos son académicos, militantes y/o pensadores —incluso, las tres figuras al mismo tiempo— de distintas generaciones que viven en una suerte de continua “disonancia” académica y cultural al encontrarse entre dos tiempos, dos siglos, el XX y el XXI, al grado de que sus indagaciones políticas siempre estarán adelantadas a su tiempo, y/o paradójicamente son discutidas, incluso con intensidad, mucho antes de que su tiempo la exija, esto es, antes de que dieran cuenta de esa serie de transformaciones que estaban desarrollándose como “problemas vivos” a su mirada. Me viene a la mente el comienzo de la compilación que Guillermo O’Donnell publica en 2007 donde desde su título advierte la cuestión de las “disonancias” académicas y políticas:

    […] Disonancias, expresa mis sentimientos ante las democracias que hemos conquistado y mi convicción de que ellas deben ser sometidas a lo que indica el subtítulo: Críticas democráticas a la democracia.
    Esto expresa una doble referencia. Por un lado, no debemos olvidar jamás el horror de los regímenes autoritarios que asolaron nuestro país y otros de América Latina. Ellos marcan un punto de no retorno, algo a lo que nada jamás justificará intentar regresar. Por el otro lado, las fallas de estas democracias son tan graves como evidentes. Ante ello, no pocas opiniones fluctúan entre condenarlas como meras farsas cuya única verdad es encubrir siniestros intereses, y la resignación conservadora de que “somos así y las cosas no pueden ser de otra manera”.
    Frente a esto creo que todos, los intelectuales especialmente incluidos, tenemos el deber de hacer una crítica severa y detallada de las características y funcionamiento de estas democracias, pero siempre teniendo en cuenta aquel punto de no retorno e intentando contribuir a la vasta tarea de mejorarlas. No siempre es esto fácil; a los gobernantes no suelen gustarles las críticas y los beneficiarios del status quo tienen en su favor poderosas ideologías, a veces vestidas con el ropaje de una (seudo) ciencia económica, que nos dicen que lo mejor (y en el fondo lo único) a que debemos aspirar es a una democracia muy reducida y, en el fondo, despolitizada (O’Donnell, 2007: 13).

    Tengo la impresión que los cartógrafos que en este volumen son discutidos podrían suscribir sin problema la aseveración “disonante” de O’Donnell con relación al proceso democrático reciente en la región. En las diversas personalidades y cartografías de los autores aquí tratados, la “hibridez” que los caracteriza así como su “desmesura” académica y cierta ambición individual pueden ser interpretables como un contenedor conceptual que aún podríamos utilizar para estatuir las filiaciones y las referencias obligadas de nuestros trabajos académicos. Pensemos, por ejemplo, en el adjetivo que remarca O’Donnell en torno a la democracia en América Latina (democracia delegativa) para darnos cuenta de la enorme pertinencia de sus categorías.
    Es posible argüir que la democracia, en mayor o menor medida dependiendo del personaje bajo análisis, ha sido una suerte de presencia “espectral” en muchas de las páginas que nos legaron. Si bien se puede decir que su horizonte de inteligibilidad fue la segunda mitad del siglo XX, donde las maneras de pensar su tiempo están, sin duda, en sintonía con un mundo político internacional y regional en rápida transformación entre los años cincuenta y los años setenta, sus reflexiones siguen siendo necesarias en algunos de sus puntos neurálgicos. Lo fascinante en sus obras, incluida su frugal inactualidad, es que no podemos dejar de leerlas, como tampoco podemos no dejar de ocuparlas en nuestras actividades de enseñanza. En gran medida aparece aquel fenómeno que Italo Calvino definiera en su artículo “Italiani, vi esorto ai classici”, publicado en la revista L’Espresso el 28 de junio de 1981, en el cual proponía catorce “macro-definiciones” de un clásico, y en la cuarta y quinta definición se leía: “4. De un clásico cada relectura es una lectura de descubrimiento como la primera vez. / 5. De un clásico cada primera lectura es en realidad una relectura” (Calvino, 2002: 7). No hay modo, pues, de eludirlos.
    Cabe agregar que a pesar de que en la actualidad contamos con historias nacionales que puntualizan los desarrollos propios de la ciencia política, de la sociología política, de la filosofía y de la teoría política, incluso de la economía política, por citar direcciones de indagación donde muchos de los autores discutidos en esta obra producirán sus mejores reflexiones, no es fácil encontrar en el panorama editorial mexicano obras colectivas recientes que puedan ofrecerle al lector además de las maneras de recepción de una disciplina y de los ámbitos de evolución institucional en la cual se ha desarrollado, la importancia heurística de recuperar y transferir en el trabajo académico en general, en la docencia y en la investigación, la herencia y la vigencia, que es el signo de su contemporaneidad, de una serie de maestros de la indagación sobre la política contemporánea en Latinoamérica. Autores y maestros que manifiestan, con mayor o menor intensidad, un común denominador: pasar del lugar de vehículo (por ejemplo, “traductor de…”) al lugar de traducible, y en muchas ocasiones de intraducible (3) lo que significa el reconocimiento general y más allá de las fronteras latinoamericanas de una semántica académica e intelectual “originaria” que logra establecer (de ahí su relativo éxito) formas de reflexión realmente anticipatorias sobre el universo de la política y sus direcciones interpretativas.
    Desde un punto de vista deconstructivo, la posibilidad de anticipación sugiere que estos autores se preguntan en modo agudo por la situación que guarda una sociedad, un paradigma, un tipo o conjunto de fenómenos que no han sido tratados con la debida suficiencia. Luego, a partir de este examen indican aquello que está por ocurrir o que ya ocurrió pero sobre el cual no se formulan las preguntas pertinentes, sobre todo cuando es difícil referir las consecuencias que ese conjunto de fenómenos tendrá. Entonces, las formas de anticipación tienen que ver con las indicaciones teóricas que desarrollaron, pero también se pueden vincular con perspectivas, hipótesis e instrumentos en el campo de la investigación empírica que resultaron extremadamente útiles para su época. En este sentido, quizá sus aportaciones sean aún útiles hoy día, ya que nos permiten observar las maneras en cómo fueron abordados los fenómenos políticos de su tiempo y las maneras en cómo resolvieron los problemas teóricos y metodológicos inherentes a los primeros. Su relectura puede contribuir al descubrimiento de los registros y las huellas de su originalidad en los campos de conocimiento que instituyeron, por lo cual tienden a ser un espacio de inspiración académica al permitir la profundización de la creatividad en la investigación acerca de los procesos políticos de nuestros días. Asimismo, es oportuno decir que otro elemento que permite identificar y, al mismo tiempo, corroborar la importancia de un cartógrafo contemporáneo es que sus obras no son de vida breve, sino de largo respiro. A diferencia de muchas de las investigaciones que en nuestros días se llevan a cabo, el trabajo académico de los cartógrafos citados no sufre la usura del tiempo, tal y como sucede con nuestros libros de coyuntura o de “actualidad” política y con aquellos otros de investigación pero de una vida brevísima, causada con probabilidad por el establecimiento de patrones puramente cronológicos para construir las unidades de análisis que se ponen bajo investigación.

    NOTAS

    (1) Véase, entre otros, el volumen de principios de la década de los ochenta que edita Norbert Lechner (1981), y que incluye a ciertos politólogos y sociólogos políticos que son referencia obligada hasta nuestros días en sus distintos campos disciplinarios, entre los cuales están Ernesto Laclau, Sergio Zermeño, Guillermo O’Donnell, Adam Przeworski y Fernando Henrique Cardoso. De igual modo, variaciones incluso encontradas unas de otras de ciertas perspectivas de teoría política abiertamente heterodoxas a partir de las décadas de los ochenta y los noventa del siglo XX se encuentran en Cardoso (1981: 25-34); Foxley (1989: 202-227); Dos Santos (1984: 67-71); Kay (1991: 31-66); y Rabotnikof (1991: 207-225). Véase algunos aportes más recientes en Vázquez Calero (2005: 197-221) y Calderón Rodríguez (2012: 11-29).
    (2) Véase, por ejemplo, los múltiples trabajos contenidos en la reciente historia de los intelectuales en Latinoamérica dirigida por Carlos Altamirano (2008 y 2010).
    (3) Pensemos en la categoría de “caciquismo” de gran utilidad para definir ciertas formas tradicionales de organización del poder político en contextos no democráticos.


    Bibliografía
    Altamirano, C. (dir.), (2008), Historia de los intelectuales en América Latina. I. La ciudad letrada, de la conquista al modernismo, Buenos Aires, Katz editores.
    _, (2010), Historia de los intelectuales en América Latina. II. Los avatares de la “ciudad letrada” en el siglo XX, Buenos Aires, Katz editores.
    Calderón Rodríguez, J. M. (2012), “(Des)anudando a la democracia. Una propuesta para América Latina”, Estudios latinoamericanos, nueva época, núm. 29, enero-junio.
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    Dos Santos, M. (1984), “Concertación social: redistribución del poder”, Nueva sociedad, núm. 70, enero-febrero.
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    Vázquez Calero, F. (2005), “Ciudadanía y gestión democrática en América Latina”, en E. Esquivel e I. Covarrubias (coords.), La sociedad civil en la encrucijada. Los retos de la ciudadanía en un contexto global, México, Miguel Ángel Porrúa/Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey-Campus Estado de México/Cámara de Diputados