El informe. Trabajo intelectual y tristeza burocrática (Anagrama, 2024) de Remedios Zafra es un ensayo crítico sobre la creciente despersonalización en las relaciones sociales dentro de la universidad a causa de la innegociable exigencia de eficiencia en sus prácticas. La autora ofrece un auténtico cuadro de época de la violencia burocrática anudada a la creciente cuantificación del trabajo inmaterial académico. Escrito en primera persona, el ensayo es un reclamo conciso a la desaparición de la dimensión afectiva y existencial de los sujetos frente a la máquina ciega del aparato burocrático. Las profesoras y los profesores son tratados como indicadores a partir de la métrica intelectual que, con un descarado eufemismo, es llamado factor de impacto. Vivimos en la tiranía de la homogeneidad y el número. De igual modo, esta situación aplica para los trabajadores de la cultura, de las artes plásticas a la música, del teatro al cine, del arte urbano y callejero a las nuevas expresiones culturales que no nacieron en el privilegio de la familia o la clase. Como lo anuncia su título, la melancolía del animal académico es un efecto de las presiones actuales sobre el sistema universitario, tanto políticas como del mercado, donde el control administrativo de los tiempos y los movimientos de las académicas y los académicos, junto a la dosificación de los pocos recursos para la investigación, dependen más de la unilateralidad administrativa en la toma de decisiones que de la importancia de la originalidad y creatividad en la investigación, y mucho menos del estrecho vínculo que existe entre la investigación y la formación de miles de jóvenes que año con año siguen abarrotando las universidades. Para Remedios Zafra, la tristeza no significa inmovilidad ni renuncia. En realidad, supone estar dentro de la universidad pero en contra de esta situación, porque la tristeza es el resultado de una violencia sistémica que la contiene a través del llenado infinito de formatos para cualquier cosa: para viajar a un congreso, para pedir apoyo a la publicación de una obra individual o colectiva, para pedir la sustitución de la computadora, que es el pretexto que llevó a Zafra a escribir el libro. La autora sugiere que este problema se traduce en un “ hacer vacío” que solo sirve precisamente para entregar informes y llenar formatos. Una vacuidad institucional que anula la consciencia del tiempo vivido, suspende la experiencia, y clausura el tiempo que no está dedicado a la actividad académica. En este sentido, los periodos de vacaciones son un pequeño consuelo, pues muchas veces se utilizan para “ponerse al día en el trabajo”, dejando para las próximas vacaciones el cuidado de sí. De hecho, la autora insiste mucho en cómo nos hemos apropiado del léxico de la tecnología para dar sentido a la vida personal, cuando uno se “desconecta” o se toma unos días de descanso para “recargarse”. Se puede decir que asistimos a una suerte de biopolitización del saber y de la transmisión en el que la intolerancia a la libertad de pensamiento y a la creación intelectual corresponde un incremento en la aceleración y colonización del tiempo por parte de las instituciones involucradas en el diseño y puesta en marcha de las políticas públicas sobre la ciencia y la investigación. Quienes trabajamos en el campo académico, sabemos que el cambio de los lineamientos de última hora en las convoctorias para financiar nuestras investigaciones, o la apertura de las convocatorias, responden al ritmo y al tiempo de la institución convocante, lo que exige que dejemos lo que estamos haciendo para atender el concurso. Lo anterior confirma que existe poco y nada de respeto por el trabajo intelectual. La autora señala algunos de los síntomas en los que esta tristeza se expresa: el problema de la pauperización salarial que sufren las y los colegas en los niveles más desprotegidos de la carrera académica, donde la incertidumbre por no saber si serán recontratados genera angustia neurótica, potencia la enfermedad psíquica y corpórea, el bajo salario que muchas y muchos perciben por una enorme cantidad de pequeñas actividades administrativas encubiertas como “actividad académica” y que además exige gratitud infinita hacia la institución, el fomento al modelo corporativo de universidad basado en la rentabilidad, la política institucional que premia la obediencia y el silencio, el individualismo exacerbado entre universidades, departamentos y entre colegas de una misma facultad, la expectralidad de las relaciones sociales entre colegas que se acentúa con el trabajo a distancia, la desvalorización de la curiosidad y el descubrimiento, etcétera. Para rematar, en la universidad, en los centros de investigación o en las comunidades culturales, el “éxito” está basado en la desconfianza total sobre sus hacedores. La autora afirma que la cancelación de la autocrítica dentro de la universidad está acompañada con la internalización de formas de autoalienación y autoexplotación. “Ante la presión de la desconfianza”, comenta, “y la sensación de que el teletrabajo siempre está en juego, muchos trabajadores se esmeran en demostrar que son más productivos que nadie, que ese pequeño regalo de la flexibilidad de espacios y tiempos no es solo una ganancia para ellos, sino también para quienes le contratan, y que ante el temor a perderla, sienten que deben devolver más de lo que les piden. Si el sistema en el que se inscriben nuestros trabajos busca la productividad, la inseguridad de que el teletrabajo esté en juego beneficia nuestra entrega, perjudica nuestros tiempos y lastra nuestra salud” (pp. 86-87). Quizá hoy debemos aceptar que la universidad y los espacios de creación cultural están colapsados, por lo que debemos aprender a vivir entre las ruinas de su caída. El ensayo de Remedios Zafra nos obsequia diversos niveles de inteligibilidad para dar fuerza a la voz de aquellas y aquellos que están en situaciones similares en distintas latitudes, pues este no es un problema individual. Nos recuerda que la escritura siempre es lo que salva en el campo intelectual y cultural frente a la catástrofe. Por ello, para la autora, es urgente “resituar los trabajos intelectuales y darles el valor social que merecen. Porque a todas luces el menosprecio a la cultura ha contribuido a su sobreexposición burocrática, a dejarla languidecer entre trámites y requerimientos que la apagan y neutralizan” (p. 192).
El pasado 16 de diciembre murió en París el pensador político Antonio Negri. Su pérdida es significativa para el campo de las Ciencias Humanas, ya que no solo perdemos a un exponente de primera línea de los sectores más originales y consistentes que ha dado la izquierda radical europea en los últimos cincuenta años, sino también perdemos a un polemista que realizó contribuciones fundamentales a las ideas políticas de nuestro tiempo.
Pensador en exilio, perseguido, ninguneado, vilipendiado con el mote de “cattivo maestro” que sus detractores utilizaban sin empacho, sobre todo en los círculos italianos más reactivos tanto de derecha como de izquierda para descalificarlo y negarle su “voz”, Negri tuvo una vida azarosa y nada fácil, pero sin duda este rasgo es lo que empujó a que su reflexión no estuviera comprometida con ninguna forma de poder. Al contrario, fue un autor comprometido con la tarea crítica de perforar toda expresión arbitraria del poder que se ejerce desde arriba. En este sentido, su probidad intelectual, contra todo pronóstico, no es regateable. Muestra de ello es el largo periplo que lo llevó a pasar cuatro años en prisión entre 1979 y 1983, motivado por una acusación jamás comprobada de pertenecer a las Brigadas Rojas, el grupo terrorista italiano de extrema izquierda que estuvo activo principalmente durante los años setenta, además de ser señalado como el autor intelectual del asesinato de Aldo Moro, líder de la Democracia Cristiana, en 1978. En 1983, luego de ser electo como diputado por el Partido Radical fue liberado, pero inmediatamente se le canceló la inmunidad parlamentaria en un intento de encarcelarlo de nuevo, por lo que Negri decidió huir a Francia, donde vivió 14 años bajo prácticamente un estatus de inmigrante ilegal. En 1997, en una decisión audaz y que refleja su coherencia intelectual y política, decide regresar a Italia. Una vez que pisa suelo italiano, es arrestado y llevado a prisión por siete años más, hasta 2004, para cumplir la condena de ser responsable, por sus escritos y publicaciones, de la violencia surgida durante el periodo de los “años de plomo”, que durante los años setenta había desarrollado una serie de luchas políticas y sociales muy intensas, encauzadas por ciclos de protestas, huelgas salvajes y violencia terrorista a lo largo de toda la península. Casado con sus causas políticas, muchas de ellas perdidas en el camino, nunca termino seducido por la fascinación del vértice o del imperativo que fantaseaba una y otra vez con la posibilidad de tener un ejército a su disposición para completar el círculo al que el liderazgo de los movimientos comunistas estaba llamado a encabezar, quizá por un motivo más delirante que razonable. Para él, la idea, el concepto, no podían ser escindidos del universo donde tenía lugar el teatro de la acción humana, y por ello está colocado en las antípodas del pensamiento que abreva del liberalismo democrático tan manido en nuestro tiempo. En efecto, las causas que dinamitaban su pensamiento estuvieron supeditadas al signo de la lucha contra las formas de explotación en el capitalismo tardío, donde produjo algunas de las mejores paginas para entender la mutación antropológica que el capitalismo experimentó a partir de los años setenta del siglo pasado, sobre todo en relación al trabajo vivo y, en general, a la posibilidad o no de pensar a la vida desde un punto de vista político. En este sentido, se puede leer en su obra que el mecanismo que produce el desarrollo contemporáneo del capitalismo para atragantarse, es el mismo que también puede permitir la recuperación de una forma de vida en perpetuo devenir que llamará multitud, logrando perforar la lógica del capital a través de la rebeldía, la desobediencia y la protesta cotidiana en los pliegues internos a ese sistema. La especificidad de la multitud es que no se despliega como pueblo, sino como forma de vida incompleta próxima a la figura del monstruo político; por lo tanto, nunca regresa al principio de la identificación política esencializada. Quizá esta sea una de las objeciones más relevantes que desarrollará a la cultura y la practica comunista contemporánea. Así, la inmanencia implícita a todo actuar humano será una de sus coordenadas esenciales en su despliegue teórico y que, adelanta por mucho, por ejemplo, el debate acerca del posthumanismo que ha tenido lugar en las últimas décadas. Nos es privativo que en la obra de Negri las figuras de Spinoza o Maquiavelo, ambos pensadores de lo contingente, dialoguen continuamente con Marx, Hegel, Lenin, etcétera. Toni Negri, como llegó a firmar muchos de sus libros, fue un teórico político de gran solidez y de largo respiro, que supo desarrollar una lectura precisa de su tiempo de manera visionaria, acaso meramente intuitiva, pero que lo llevaron a la fama mundial en las tres últimas décadas de su existencia, sobre todo luego de la publicación de Imperio en el 2000, en coautoría con Michael Hardt. Este libro fue seminal en el debate sobre los efectos perversos de la globalización. Obra original, mezcla de hibridez conceptual y cierta aspereza expositiva, Imperio adviertía el ascenso del nuevo poder postsoberano, frente al que los propios Estados nación poco o nada podían hacer para reaccionar frente a él. Pero su trabajo más fino, donde es un pensador político en el más clásico de los términos, aun está por ser aquilatado. Una guía de lectura en este campo nos llevaría a revisitar su ensayo La anomalía salvaje. Ensayo sobre poder y potencia en Baruch Spinoza, o al que le dedica a Job. La fuerza del exclavo, así como sus ensayos autobiográficos sobre su primer arresto y fuga, El tren de Finlandia, y a sus memorias, compuestas en una amplia trilogía titulada Historia de un comunista. Luego están sus libros sobre Marx, no sobre marxismo, uno de los principales se llama Marx más allá de Marx: Nueve lecciones en torno a los Grundisse. Finalmente aparecen sus trabajos sobre biopolítica que siguen las huellas de Imperio: Multitud y Commonwealth: El proyecto de una revolución del común, también escritos en coautoría con Hardt. Sostener que con su partida solo perdemos a un pensador comunista es apresurado. En efecto, el comunismo siempre fue una suerte de fantasma que lo siguió toda su vida intelectual, pero su legado va más allá de los márgenes de un pensamiento en torno al comunismo. Su contribución al debate sobre la biopolítica, pensada abiertamente como una ontología política de la vida, es importante desde el punto de vista académico y también militante. Quizá es el autor que abrió una ventana de pensamiento sobre lo político que en las últimas décadas se ha identificado como italian theory, en la que destacan, entre otros, Roberto Esposito o Giorgio Agamben. Este último escribió después del fallecimiento de Negri que su ausencia no sólo es una pérdida personal, ya que involucra además “a todo nuestro país y a su historia, cada vez más falsa, cada vez más olvidada, como demuestran los odiosos obituarios, que sólo recuerdan al mal maestro y no al mal y atroz país en el que le tocó vivir y que intentó, quizá equivocadamente, mejorar”.
Esta obra es el resultado de un esfuerzo colectivo que describe y explica los planos de originalidad cultural y académica desarrollados en América Latina en el último medio siglo con relación a los fenómenos de la democracia, el cambio político, la vida pública y las formas históricas bajo las que se han desarrollado las dinámicas del poder en la región. En sus páginas, el lector encontrará un conjunto de reflexiones escritas por destacadas/os investigadoras/es sobre las principales figuras intelectuales que formaron las cartografías a través de las cuales navegamos en el campo de la teoría política latinoamericana.
Israel Covarrubias (coord.), La teoría política en América Latina. Un mapa de navegación a través de sus cartógrafos, Ciudad de México, UAQ-Tirant lo Blanch, 2022, 388 pp.
En México, existen varios factores en el mundo académico para entender que la crítica bibliográfica sea considerada un plato de segunda o una actividad para principiantes. Para la mayor parte de los académicos en nuestro país, la reseña de libros y, en general, la crítica bibliográfica, han sido consideradas como un plato de segunda o un ejercicio para principiantes. Esto no sucede en el caso de los escritores e intelectuales, tanto de México como de otras latitudes, que hacen de la crítica tanto de libros como de autores, una de sus actividades y quizá pasiones más consistentes y polémicas. Piénsese, por ejemplo, en el caso de George Steiner (1929-2020), profesor de las universidades de Cambridge y Oxford, quién fue uno de los críticos literarios más reconocidos y brillantes de Europa desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días, y quien además nos enseñó que la crítica bibliográfica es una forma clásica donde la glosa, una combinación de arte y técnica, es un instrumento esencial de comunicación académica y transmisión cultural.[1]
En primer lugar, porque nuestro mundo académico es una auténtica fiesta de las vanidades, donde el hambre de reconocimiento se confunde con el narcisismo, y termina consolidando el pequeño imperio egocrático que se alimenta del rechazo y la invisibilización de los otros. En este mundo habitado por fantasías ingobernables, no hay lugar para obsequiar comentarios a la obra de los otros, y menos si éstos no citan el trabajo del narcisista, que juzga como “indispensable”. La máxima “elogio en boca propia es vituperio” es oportuna en este caso.
En segundo lugar, es un hecho histórico que la mayor parte de las revistas mexicanas llamadas científicas, por lo menos en el campo de las ciencias sociales y humanidades, no cuentan con una política editorial clara respecto a las secciones bibliográficas. En el mejor de los casos, son secciones de “relleno”: se publican las reseñas que llegan de vez en cuando al correo o a la redacción de la revista, pero no se parte de la idea de trazar una línea editorial precisa de qué autores, con qué temas, de cuáles editoriales y en qué lenguas se podrían recibir o pedir reseñar de libros recientes en los campos de dominio intelectual y académico que la revista pretende cubrir con su presencia en el mercado académico. Además, contraria a la convicción kantiana de que la crítica es el epicentro de la ciencia en la modernidad, las publicaciones periódicas de nuestro país evitan meterse o comprar “gratuitamente” problemas con los autores reseñados, al no fomentar la actividad crítica sobre la obra puesta bajo consideración, sobre todo cuando aquellos son “autoridad” —esta es un efecto indirecto de la egocracia— en los mismos campos en los cuales la publicación desarrolla sus propósitos.
En tercer lugar, tengo la impresión que la cuestión también está relacionada con las estructuras de incentivos económicos que priman en las universidades, las cuales no premian el escrito “breve” que sale de una crítica bibliográfica. En pocas palabras, no contabiliza en el puntaje para lograr los estímulos económicos que están en juego. Ni siquiera el Sistema Nacional de Investigadores del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología tiene una política clara respecto a este género. Desde hace varios lustros, este órgano estatal divide las reseñas en informativas y críticas, tomando en consideración únicamente las del segundo tipo. A pesar de que se le toma en cuenta, termina siempre recluida como parte de los “productos” secundarios en evaluación, al tiempo que se le deja a la consideración de la comisión dictaminadora respectiva juzgar el estatuto de la crítica bibliográfica con relación al grado de desarrollo de las áreas de investigación de los y las postulantes. Esto se vuelve más relevante para el discurso que quiero puntualizar, si observamos que muchos de esos miembros evaluadores nunca han escrito reseñas, o solo lo han hecho en contadas ocasiones. En este sentido, pensemos que una reseña cruzada donde se problematiza el régimen de discursividad cognitivo de varios libros puede ser un auténtico artículo académico, ya que aporta nuevo conocimiento en una materia específica. Es decir, podría ser tomada en consideración para una evaluación como un artículo de investigación, pues el resultado es un efecto de la competencia y la profundización que el/la investigador/a tiene sobre los temas que tratan los libros.
Sin duda, la crítica bibliográfica es un punto de convergencia que cobra hoy una relevancia creciente en el terreno de la comunicación científica. Más aún, si pensamos que la comunicación científica tiene que ver directamente con la obtención de un campo de visibilización y reconocimiento del quehacer de un científico o investigador frente a sus pares. Aunque también está involucrada la dinámica de la transmisión inherente a la actividad de formación de los recursos humanos, así como la respuesta profesional a las exigencias de evaluación nacional e internacional de los académicos.
En este sentido, cuando se habla de comunicación científica se parte del supuesto que todos los involucrados saben de qué trata el asunto, esto es, que todos saben qué tienen que hacer para lograr enganchar un resultado de investigación con sus canales de comunicación. Lo particular del asunto es que si esto es así, no tendríamos artículos rechazados en las revistas especializadas; tampoco libros no publicados por la falta de rigor; mucho menos un interés creciente desde el punto de vista universitario en la profesionalización de los canales de la comunicación de la ciencia.
Por ello, la crítica bibliografía es indispensable, ya que conecta a los autores con un determinado público, a las editoriales con sus potenciales consumidores; indica el grado de avance de una disciplina, de un dominio específico de saber; así como del grado de consistencia y originalidad de la ciencia local, tanto en el centro como en la periferia, frente a sus pares de otras latitudes. Desenmascara, o ese debería ser uno de sus objetivos, la mala literatura científica de la buena literatura, los refritos de los libros originales, sean de autor o colectivos; las obras ambiciosas de las obras modestas; los recambios y las continuidades generacionales, donde una buena reseña (que no necesariamente es complaciente con los contenidos bajo escrutinio) puede indicar el reconocimiento de las lecturas realizadas por los “nuevos académicos”; o la reticencia a su aceptación a causa de esos pequeños autoritarismos que aún definen las instituciones universitarias y los centros de investigación, que a su vez los editores de las revistas de esas instituciones terminan reproduciendo. Es una actividad vital que debe ser reivindicada dentro del conjunto de las actividades académicas y de investigación en las instituciones de educación superior, tanto públicos como privados.
La comunicación científica tiene variadas formas de expresión. Con frecuencia es el resultado de la combinación de actividades de difusión y divulgación. Este conjunto va de los congresos, coloquios y seminarios a las ferias científicas, donde también debemos incluir las ferias del libro que se han vuelto auténticos espacios de comunicación científica para los académicos; así como los programas de televisión y radio, las presentaciones de libros, las conferencias para públicos no especializados y en muchos casos excluidos de los beneficios sociales de la ciencia, hasta llegar a las publicaciones impresas y electrónicas, medio por excelencia de este tipo de comunicación.
En este campo, tenemos dos tipos predominantes de comunicación científica. El primero está representado por las revistas especializadas, arbitradas y/o indexadas. Tienen una periodicidad semestral, cuatrimestral o trimestral, y sus contenidos son dictaminados en general por el método doble ciego. Con la excepción precisamente de las reseñas, que en el mejor de los casos son evaluadas por el consejo editorial o la dirección en turno de la revista, pero sin una estructura o maqueta de evaluación similar como la que utilizan los dictaminadores para el caso de los artículos. El segundo está organizado alrededor de las publicaciones para el “gran público”: los periódicos, los suplementos semanales, quincenales o mensuales de literatura y cultura, las revistas llamadas por una convención tipológica como culturales, tanto impresos como digitales.[2]
Aunado a ello, otro problema es que nuestro país carece de una revista dedicada a la crítica de libros, como son los casos del The New York Review of Books, o su filial inglesa, que luego se separó de la empresa norteamericana, London Review of Books. Probablemente el suplemento Hoja por Hoja (1997-2008), dirigido por Tomás Granados, hoy director de la estupenda editorial Grano de Sal, y que se encartaba en siete periódicos del país, fue el esfuerzo más importante en los años recientes de un espacio dedicado íntegramente al libro y su cultura.[3] Pero en general, la crítica bibliográfica se parapeta en los pocos espacios que tienen los suplementos culturales de los periódicos, aunque el interés primordial es por la reseña de narrativa, poesía o ensayo cultural y literario, no por el texto académico.[4]
Desde hace algunos años dirijo un seminario doctoral sobre comunicación científica, donde reviso con los/as estudiantes, entre otras cosas, la relevancia y el estatuto de la crítica bibliográfica como actividad necesaria de la comunicación científica. En particular, discutimos el rol de la lectura previo a la construcción del lugar del autor, ya que la lectura determina el nacimiento del autor. Esto es significativo para un/a joven estudiante doctoral que está construyendo sus primeros textos académicos, y no conoce, por ejemplo, la importancia de la lectura, la crítica bibliográfica y el fenómeno de la escritura para la construcción de los estados del conocimiento en las áreas específicas donde coloca sus intereses dentro de su disciplina.[5] De hecho, uno de los requisitos que pido a las/os estudiantes para aprobar el seminario es la entrega de una reseña que problematice una obra de reciente publicación vinculada con el tema que desarrollan en sus respectivas tesis doctorales.
La idea de esta compilación es la de ofrecerle al lector un libro de difusión, breve y accesible, que sea una herramienta de apoyo para la docencia y para formación de recursos. Está pensado principalmente para estudiantes de grado y posgrado en las áreas de las ciencias sociales y las humanidades, a quienes les quisiera compartir ciertas maneras de abordaje sobre un libro o un autor. Por ello, reúno aquí un conjunto de reseñas, informativas y críticas, que he publicado entre 2001 y 2021 precisamente tanto en suplementos culturales semanales, así como en revistas culturales y especializadas. Es una enciclopedia portátil de teoría política, ya que a pesar de que muchas de las reseñas son de libros y autores no “originarios” de esa área de trabajo, lo que sí pertenece definitivamente al campo de la teoría política es la manera de leer las obras en revisión.
Este breve itinerario bibliográfico también significa poner a consideración de los lectores una suerte de playlist de los autores y temas sobre los cuales un académico va y viene en su trayectoria profesional. Esto significa no ocultar las filiaciones ni las obsesiones intelectuales que animan nuestra tarea.
[1]Vid. por ejemplo, George Steiner en The New Yorker, Ciudad de México, Siruela-FCE, 2009.
[2]Cf. Lauro Zavala, De la investigación al libro. Estudios y crónicas de bibliofilia, Ciudad de México, UNAM, 2007, pp. 55-81.
[4]Cf. Xavier Rodríguez Ledesma, “Follaje de tinta: revistas y suplementos culturales en México (1968-2000)”, Metapolítica, núms. 24-25, julio-octubre 2002.
[5] Sobre esta cuestión, sugiero el estupendo libro de Howard Becker, Manual de escritura para científicos sociales. Cómo empezar y terminar una tesis, un libro o un artículo, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2011; o el ensayo del premio nobel de medicina, Peter. B. Medawar, Consejos a un joven científico, Barcelona, Crítica, 2011.
La biopolítica se ha vuelto una palabra clave en el léxico del pensamiento contemporáneo. Sin embargo, es relevante también en el lenguaje específico que utilizamos para referir la relación entre tecnología y vida, lugar donde encuentra su verdadera utilidad intelectual y cultural. “Biopolítica” une dos conceptos por sí mismos centrales en el pensamiento contemporáneo, el vocablo griego bios o bien la noción de una vida calificada a través de su declinación política, y lo político, la conjunción de los muchos en la ficción de un “cuerpo” colectivo denominado “vida en común”. Ahora bien, parece que en el campo de las ciencias sociales y de las humanidades es un lugar común la presuposición de que la biopolítica ha sido una moda intelectual, vinculada sobre todo con el pensamiento francés contemporáneo, con la denominada “French Theory”, y en especial con la figura del filósofo Michel Foucault (1926-1984). En realidad, él redimensiona el concepto en los años setenta el siglo pasado. No obstante, hay que decir que el concepto tiene alrededor de cien años, ya que fue utilizado por primera vez por el politólogo sueco Rudolf Kjellén en su obra Sistema de política de 1920. Para este personaje, la biopolítica era una palabra que pone en relación al Estado con la noción de vida, pero desde un punto de vista meramente organicista, que es un resabio de las teorías evolucionistas y organicistas del siglo XIX. Véase la obra Bios. Biopolítica y filosofía de Roberto Esposito para conocer más de la historia del concepto. Lo interesante es que el de biopolítica es un vocablo que aparece en un momento histórico donde también se está desarrollando el concepto de “genética”, de la mano de William Bateson, padre del pensador contemporáneo de los sistemas complejos, Gregory Bateson. Con la genética, pronto se comienza a hablar de eugenesia, como una derivación política y médica de la primera. En los años veinte y treinta cobra forma en las experiencias del nacional socialismo y luego del fascismo, donde el sueño de la pureza racial deviene una de las derivaciones biopolíticas más atroces de las cuales tenemos noticias en la historia contemporánea. Aparece la exigencia y la convicción de que es posible el mejoramiento técnico de los cuerpos. Incluso, para el filósofo Víctor Farías, un personaje como el depuesto presidente chileno, Salvador Allende, sucumbió a la fascinación de esta fuerza biopolítica. Me parece que es una intuición exitosa del filósofo francés la proposición del concepto en el debate que tenía lugar en la segunda mitad de los setenta. Como bien saben los lectores de Foucault, prácticamente la última década de su trabajo intelectual redunda el tema de la vida y la posibilidad o no de pensarla políticamente. Sobre ella reflexiona con mucho interés y precisión. Así pues, con su obra tenemos un replanteamiento que tiene ecos claros hasta nuestros días. Ofrezco solo tres razones. Primera, una razón intelectual que tiene su epicentro en el interés creciente que tenemos por los cuerpos en las concepciones post-humanistas. Por ejemplo, los robots humanoides ya son una realidad para cubrir y responder a múltiples competencias humanas. Estamos en pleno ascenso de una carrera tecno y biocientífica donde hay una biopolitización que dirige su mirada hacia el aumento de las nuevas tecnologías del poder sobre la vida. Segundo, la cuestión coyuntural de la pandemia de la Covid 19, donde se ha revelado con total claridad que el control territorial de la pandemia es biopolítico. Entonces no es una sorpresa cuando miramos que la actual política de confinamiento viene desde hace siglos, como lo muestra precisamente Michel Foucault en sus estudios sobre los dispositivos de control de la peste, la pandemia por excelencia del mundo clásico y de la primera modernidad. Tercero, la situación actual de nuestro país, aunque es una situación compartida por otros países, y que expresa una enorme obsesión por los fenómenos necropolíticos. Estos son una derivación, probablemente la peor de todas, de la biopolítica. Aquí, no solo hablamos de la gestión de los cuerpos y la vida, sino más bien de cómo se organizan las técnicas que determinan quién debe morir, expresables en problemas tan cercanos a nosotros como la desaparición forzada o la migración trasnacional. Esto hace que la biopolítica no sea una moda, ya que nuestro siglo XXI es un siglo irremediablemente biopolítico.
Texto publicado en septiembre de 2021 en el portal de información: consentidocomun.com.
Reseña de Miguel Bonilla López, Los jueces electrónicos, Ciudad de México, Ubijus, 2020.
por Israel Covarrubias
Nuestra época está marcada por las múltiples potencialidades que ofrecen las tecnologías sobre la vida. Sin embargo, aún no hemos terminado de valorar el impacto que tienen en nuestras existencias individuales, mucho menos para la vida en común. Pensemos, por ejemplo, en la marcha imparable de la inteligencia artificial. ¿Qué sabemos de ella?, ¿cómo nos determina?, ¿hacia dónde encamina nuestras existencias? Ahora bien, el rasgo abiertamente distópico que tienen muchos dispositivos tecnológicos ha permitido ensayar escenarios poco placenteros, invivibles. El deseo muy humano de control total por parte de máquinas post-humanas no es un cuento de ciencia ficción. Hoy es una realidad concreta que interactúa entre nosotros. Sobre esta cuestión, el magistrado Miguel Bonilla López nos ofrece una brevísima ficción, haciendo suya la relación entre literatura y derecho, titulada Los jueces electrónicos (México, Ubijus, 2020), donde aborda el rol que jugaría en un futuro aparentemente “lejano”, la impartición de la justicia en manos de robots. En este escenario, regresan con fuerza las interrogantes clásicas en torno a la justicia: ¿cómo lograr una sociedad más justa, menos hostil?, ¿cómo podríamos pensar un orden político y jurídico donde sus miembros sean capaces de aceptar sus fallas? O como pregunta el autor, “¿quién define lo que es justo?” (p. 14).
Estas preguntas son más relevantes cuando de mundos futuros se trata. Ya las grandes industrias culturales habían creado décadas atrás narrativas fílmicas, literarias, musicales y visuales excepcionales sobre los efectos que las tecnologías producían, fueran positivas o negativas. En Los jueces electrónicos, el autor nos ofrece trece viñetas que operan como palabras-clave del mundo justiciero: “origen, virtudes, burocracia, instructor, filósofo, aprendiz, inocente, equidad, desperfectos, hoguera, captor, clave y preso”. Nadie puede negar que esta concatenación de sustantivos permite una aproximación hacia el universo contradictorio y temible de la justicia en la actualidad, ya que se colocan como una metáfora precisa de la sequedad, el vacío y la reificación que la colma. Pensado para estudiantes que quieren volverse abogadas/os, el lector puede comprender el rol que juegan los jueces electrónicos, dotados de infinidad de combinaciones de anónimos algoritmos sobre casos hipotéticos que tienen que ser resueltos frente a un juez, posibilidades que podrían rozar el infinito. Sabemos que las máquinas pueden pensar, por eso son “inteligentes”, pero lo inquietante es saber si están dotadas de juicio, es decir, si podemos confiarles la acción de juzgar asuntos enteramente humanos. La paradoja es más interesante cuando nos detenemos a pensar en cómo los robots juzgarán, cargados ex ante de la información necesaria para “juzgar” los elementos de prueba de una y otra parte en cada caso particular en litigio, si una vez encendidos se emancipan de sus arquitectos -recordemos que son sistemas autopoiéticos y autorreferenciales. Lo que surge con este dilema puede abrir una discusión interesante sobre la justicia en nuestros días: los robots despacharían los asuntos judiciales con más celeridad, reduciendo significativamente el tiempo y la tasa de error en cada decisión, pero en cualquier caso eso no quiere decir que las máquinas sean infalibles. Cuando emiten un dictamen de justicia, los robots pueden juzgar erróneamente, a pesar de que su naturaleza es menos accidentada que la humana. Este es el punto de no regreso entre la vida humana y la inteligencia artificial respecto al campo pedregoso de la justicia. ¿Algo aún alejado de nuestra realidad cotidiana? No se sabe. Lo que sí es cierto es que en el paisaje post-apocalíptico en el cual vivimos, la justicia sigue siendo una exigencia “humana, demasiado humana”. Los jueces electrónicos son un factor que imanta a los robots con nosotros y con el futuro que imaginamos y que está ya entre nosotros. ¡Vaya dilema!
Texto publicado en agosto de 2021 en el portal de información: consentidocomun.com
Reseña de: Éric Fassin, Populismo de izquierdas y neoliberalismo, Barcelona, Herder, 2018, 128 pp.
Por Israel Covarrubias
Los fantasmas, dicen, siempre tienen un lugar reservado cuando se observa el espectáculo que la política desarrolla por medio de sus formas, sean las más refinadas o las más burdas. Como se sabe, esas expresiones no se desarrollan de manera lineal, mucho menos sin mezclas. Quizá el populismo está en una situación parecida, al ser un fenómeno de naturaleza compleja, ya que tiende históricamente a la hibridación de sus articulaciones. Esta es la premisa que encontramos en uno de los estudios clásicos en la materia, de título Populismo (Buenos Aires, Amorrortu, 1970), donde sus compiladores, Ghita Ionescu y Ernest Gellner, sentencian: “Un fantasma se cierne sobre el mundo: el populismo” (p. 7). Un fantasma que convoca pasiones contradictorias, pero también episodios históricos extraordinarios para el estudio de las dinámicas del poder, tanto en las viejas como en las nuevas naciones. En suma, sugerir que el populismo es un “fantasma” es un recurso conceptual relevante, aunque problemático, porque lleva directamente a un callejón sin salida, que es el de la imposibilidad (junto a su ambigüedad) para definir qué es el populismo, aunado a la incapacidad de sostener una definición compartible en un área geográfica determinada o en un campo conceptual específico. Sobre este problema abundan la bibliografía, sin tener al día de hoy una respuesta clara al respecto. La obra de Éric Fassin, Populismos de izquierdas y neoliberalismo, señala rápidamente dos campos de batalla alrededor del fenómeno político más discutido en los últimos lustros en el ámbito de las ciencias políticas. No redunda sobre esa ambigüedad conceptual. El primer campo es la relación ilusoria entre populismo y clases populares, que coloca la retórica política en un cuadrante de eterna “deuda” con los excluidos de siempre. El segundo campo es la reificación del populismo como una totalidad cerrada (“un pueblo”), donde tiene lugar un proceso de des-diferenciación social. Por lo demás, el ensayo lo escribió inmediatamente después del triunfo electoral de Donald Trump en Estados Unidos en enero de 2017, y salió a librerías antes de la victoria electoral de Emmanuele Macron en Francia en mayo de ese mismo año. Lo interesante de este breve ensayo es que su autor, un sociólogo político bastante conocido en América Latina, es un estudioso serio de las mutaciones recientes que han tenido lugar en campo de las identidades y las sexualidades, así como en aquel de los racismos, que son ámbitos estrechamente conectados, no obstante que los trabaje respetando la autonomía que tiene uno respecto del otro, y con particular atención a los casos norteamericano y francés. Dos modelos, dicho sea de paso, divergentes respecto a las concepciones sobre el orden democrático global. Es con este telón de fondo, que Fassin incursiona en la reflexión sobre el llamado “populismo de izquierdas” y su vínculo no necesariamente antagónico con el neoliberalismo. ¿De dónde parte el autor?, ¿cómo llega al populismo? Fassin sostiene que su punto de partida es lo que llama “la politización de lo vivo” (p. 10), representado en los juegos del poder que tienen lugar en los entresijos de la “norma” y la “ley”. Estas expresiones hoy son traducidos en experiencias de enorme visibilidad como el acoso sexual o los dilemas jurídico-sociales de las familias homoparentales. Por esto, es que para el autor hablar de democracia es hablar de una forma de sociedad, más que de un régimen político. Una forma social que batalla –aquí la impronta de la escuela francesa de teoría política es evidente– con su principio de indeterminación, con la falta de normativización pre-política y pre-social. Al respecto, dice:
“la sociedad democrática renuncia, pues, a fundar su propio orden sobre la legitimidad de verdades trascendentes (como Dios, la Tradición, la Naturaleza); su tarea consiste en basarlas en valores inmanentes: el orden de las cosas no está dado, somos nosotros quienes lo instituimos” (p. 11).
Atento observador de los cambios políticos que han tenido lugar en Francia en los últimos años, en especial bajo las administraciones de Nicolas Sarkozy (2007-2012), y François Hollande (2012- 2017), está convencido de que la democracia liberal, basada en la garantía de derechos, se ha precarizado gracias a las políticas de confrontación y presión entre un “nosotros”, traducible como nosotros los franceses blancos, y un “ellos”, los “no franceses”, o que por su apariencia “no francesa”, son ex ante definidos y normativizados incluso penalmente como extranjeros. No olvidemos que esta andanada retórica y estratégica dio lugar durante 2015 a uno de los episodios más vergonzosos de clausura de fronteras en la Unión Europea, donde hasta la socialdemocracia terminó por aproximarse a las posiciones de la derecha tradicional, por lo menos con relación al asunto de la inmigración, provocando un replanteamiento serio de lo que significaban las prácticas políticas “desde la izquierda” en los últimos lustros, así como cuestionar si era posible contar con una opción seria desde ese cuadrante ideológico y político. La insurgencia del populismo es un efecto de esta presión. Su campo particular de expansión, agrega, tiene que ver con una “depresión militante” a causa del desdibujamiento de las competencias y las opciones de izquierda para la acción política (p. 16). En los ambientes tradicionales de las “izquierdas”, este es el contexto de la convicción de que es necesario “volver a empezar”, esto es, de que no hay que dejarse llevar por la marea de la “melancolía de izquierda”, como la define Enzo Traverzo, causada por la pérdida de los referentes y las brújulas intelectuales, así como por el colapso de las experiencias partidistas definibles como de “izquierda”. Volver a comenzar, para meternos al asunto del populismo, es “cambiar el pueblo” y “cambiar de pueblo” (p. 17). ¿Qué quiere decir el autor con estas dos inscripciones?
“La primera se inscribe en la continuación de mis trabajos sobre las cuestiones sexuales y raciales; en vez de seguir una visión populista del universalismo republicano que opone el ‘pueblo’ a los bobós o incluso las clases populares a las minorías sexuales o raciales, hay que cambiar las definiciones: en vez de reducir lo social a un pueblo de hombres blancos, hay que abrirlo a un pueblo múltiple” (p. 17).
La segunda acepción tiene que ver con el compromiso
“con lo que el filósofo Michel Feher ha calificado como ‘política no gubernamental’, hablando de la política de los gobernados más que de los gobernantes […] prácticas de la política por parte de ciudadanos movilizados, fuera de los partidos, a favor de distintas causas –lo que llamaremos un público-. Movilizarse a favor de los sin papeles, del derecho a la vivienda o contra la violencia policial es constituirse como un público” (pp. 18-19).
Estas dos inscripciones mueven de manera sugerente las coordenadas instrumentalizadas en nuestros días cuando se aborda el estudio del populismo, en la medida en que permite la desmonopolización de su universo interpretativo, y que redunda la mayor parte del tiempo el clivaje amigo-enemigo. Tan es así, que el autor sentencia que esta concepción sobre el populismo, es particular aunque no exclusiva de los ambientes de izquierda, ya que siempre ven en ella un nuevo comienzo, que
“permite hacer tambalear el imperio del pueblo, a saber, el dominio de esta palabra sobre el discurso político, como si la democracia se redujera a la representación del pueblo” (p. 19).
Un “público” no es “el pueblo”. De hecho, dice el autor, el auge de la retórica acerca del “pueblo” va “en detrimento de los ‘públicos’, o cuando menos sin relación con ellos” (p. 20). Esto cobra mayor vigencia cuando estamos hoy discutiendo sobre potenciales salidas políticas a los efectos perniciosos del neoliberalismo, y particularmente cuando es un problema global que éste proceso va en una dirección opuesta al desarrollo de la democracia. El desafío es, entonces, no perder de vista que “con el populismo, la izquierda se expone a confundir la democracia con la figura del pueblo” (p. 21). Para Fassin, lejos de pensar en una mera contraposición de programas políticos e ideológicos, el retrato a manera de “espejo invertido”, dice, del populismo está dado por las figuras de Donald Trump y Angela Merkel, particularmente cuando el primero sale en la portada de la influyente revista Time como el personaje del año de 2016, lugar que había ocupado justo Merkel en 2015. La distancia de uno a otra es insondable: “si se presenta a Angela Merkel como un dique de contención contra el fascismo en Europa es para poder contraponerla al populismo xenófobo del futuro presidente de los Estados Unidos” (p. 24). Sin embargo, el panorama no es tan simple, porque así como en Estados Unidos se tenía la preocupación por el nativismo de Trump, cuya campaña arreciaba en contra de los mexicanos, por su parte Francia se veía golpeada por una serie de ataques terroristas, comenzando con el asalto a las oficinas del semanario Charlie Hebdo, y que ese mismo año culmina con un trágico ataque a diversos puntos de la capital francesa durante el 13 de noviembre de 2015 (Netflix produjo un documental dividido en tres capítulos sobre este acontecimiento). Estos ataques abrieron de nuevo el debate sobre el “nosotros” y el “ellos”, en la ya de por sí polarizada sociedad francesa. Algo similar sucedió en Alemania, con la serie de “agresiones sexuales en masa, en Colonia y en otras ciudades de Alemania y de Europa” (p. 25), consolidando justo el eje principal del nativismo. Sin embargo, lejos de pensar en un supuesto efecto domino donde al ascenso de Trump, aún poco claro en aquel momento, le sucedería la salida de Reino Unido de la Unión Europea -cosa que sí sucedió contradiciendo los pronósticos más refinados de que eso no era posible- hasta llegar a un cambio en la orientación política francesa con el incremento de atendibilidad que ganaba Marine Le Pen luego de los ataques terroristas en París, lo que sí hubo fue un cambio drástico en la insurgencia populista:
“ya no se asocia tanto a una reacción racista ante las olas migratorias y las explosiones terroristas como a un rechazo de las políticas neoliberales, en particular en las regiones industriales damnificadas, desde la Inglaterra de las Midlands hasta el Norte de Francia, pasando por el Rust Belt en los Estados Unidos” (p. 27).
Por ello, agrega, “el populismo remite más a una lógica económica que cultural. Por eso resuena no solamente en la derecha, sino también, y cada vez más, en la izquierda” (p. 27). El clivaje xenofobico pierde fuerza, y queda reducido a las formaciones partidistas en ciertos ambientes de la extrema derecha, principalmente en Europa, para correrse al clivaje neoliberalismo-anti-neoliberalismo. El problema con la centralidad de un clivaje de este tipo es que clausura cualquier forma de expresión divergente a una mera constatación cerrada y absoluta. “La política de la representación nacional”, dice Fassin, “conduce a construir, no el pueblo, sino un pueblo” (p. 78). Pero, por otro lado, anuncia la pérdida de la potestad del proceso político por parte de las élites. El populismo anti-neoliberalista es una forma completamente contra-elitaria (p. 30). De aquí, pues, que “la palabra populismo [sea utilizada más] como un arma […] que como un concepto” (p. 31). Un arma política que funda su éxito en la exigencia de un reconocimiento no negociable del “pueblo”, esas masas de sujetos movilizados que son todo menos “ignorantes”, “denigrables”, “dóciles”, “perdidos”, “incapaces de hacer política”, “racializados”, etcétera. Esta es la clave de la insurgencia populista, o como lo señala el autor en su libro tomando prestada una expresión de Chantal Mouffe, “el momento populista” (pp. 36-37), especialmente el que corre por el carril de la izquierda. Ahora bien, la duda que trae a colación el autor es saber si el antielitismo característico del populismo reciente, donde incluso entran personajes oprobiosos como Trump, puede “hacer buenas migas con los valores de la izquierda”. Es una interrogante interesante, pero de no fácil respuesta. Lo que se juega en la respuesta es la posibilidad de “volver a reactivar” la política, determinada por la proliferación de lo que Fassin llama, repito, “los públicos”, es decir, la miríada de reivindicaciones de lo social, excluido por el neoliberalismo. Es, en suma, una interrogante que pretende problematizar la politicidad inherente al pueblo de los excluidos por las élites políticas y económicas, que en la época “dorada” del neoliberalismo contrarrestaron exitosamente sus exigencias con una creciente privatización de lo público y sobre todo de lo político. En este sentido, el autor define al neoliberalismo como un “despoblador” por su capacidad, siguiendo a Wendy Brown, de vaciamiento de la democracia, aunado a la exacerbación crediticia de la vida misma. Así es como se puede entender el por qué se engancha tan bien el fenómeno del populismo con la insurgencia de lo político, y que además, empuja hacia la “revitalización” de la dimensión “plebeya” de la democracia, que está compuesta no solo por clases populares, sino también por clases medias pauperizadas y clases que se sienten pasionalmente afectadas por el neoliberalismo (p. 51). El resentimiento “no es propiedad de una clase”, es “interclasista” (p. 93). Para Fassin, el punto de la inflexión populista es que bajo la égida de un concepto como “pueblo” se logra la convergencia de diversos públicos que están dispuestos a seguir una oferta política que rompa abiertamente con el status quo, a pesar de que quienes impulsan este rompimiento pertenezcan precisamente a esa realidad elitaria que existe dentro de las sociedades democráticas. Públicos divergentes que no son la expresión de los “excluidos” de siempre de la globalización, “sino de aquellos que, cualquiera que sea su éxito o su fracaso, insisten en que a otros, que sin embargo no les llegan a la suela de los zapatos, les estaría llendo mejor” (p. 87). Este es el auténtico coagulante del populismo, al hacer jugar el resentimiento por carriles inéditos para las formas tradicionales de participación ciudadana en las democracias. Si bien puede hablarse de una suerte de “coincidencia” entre los extremos, es decir, entre un populismo de derecha y otro de izquierda, ya que ambos exaltan un cierto tipo de resentimiento, aunque sus justificaciones morales e ideológicas estén orientadas a fines radicalmente diversos (por ejemplo, no son los mismos electores los que votarían a Trump o a Bernie Sander, o en el caso francés a Marine Le Pen o a Jean-Luc Mélenchon), lo cierto es que no es posible sostener empíricamente un discurso donde se pueda caminar de una orilla a la otra de modo fluido. Ambas opciones fundan su éxito en la intensificación de los afectos, pero para el autor es en este punto donde la distancia se vuelve incolmable: “El resentimiento no se convierte en rebelión, así como la indignación no se convierte en rencor” (p. 95). ¿Qué es lo que queda a la izquierda en esta situación histórica reciente? La respuesta es en cierto modo esperable. Fassin es un sociólogo crítico, comprometido, pero no complaciente con la izquierda “realmente existente”. Para él, un populismo de izquierda que pueda volverse una opción eficaz en el marasmo político de nuestros días, tendría que dirigir su atención a “conquistar a aquellas y aquellos que no sucumbieron a la seducción del fascismo” (p. 100), fascinación expresada con puntualidad en los “pequeños autoritarismos cotidianos” en el seno de la sociedad democrática. En este punto, Fassin recupera la idea de los “nanorracismos” de Achille Mbembe, que acompañan a los pequeños fascismos: “infligir de manera repetida pequeñas y grandes heridas racistas, con ‘lesiones y cortes’, es como perpetrar una forma de ‘violación repetida’” (p. 95). Esto es, confrontar una y otra vez al otro por el color de piel, por la incapacidad lexicográfica que tiene al no expresarse de manera adecuada en una determinada lengua, por la manera en cómo camina, en cómo viste o en cómo come, así como reproducir el léxico “inofensivo” de la sátira fascista justificada por una percepción ad hoc de la “libertad de expresión”, son ejemplos de esas micro narrativas que conjugan una violencia simbólica y física con la supresión de la expansión del orden político democrático. El trabajo político está en la recuperación de aquellos ciudadanos y ciudadanas que han preferido la opción del abstencionismo a la de la participación del “mal menor”. “Aquí –sigue Fassin- hay una verdadera reserva de votos, con la condición, en vez de abandonarlos a la abstención, de tomar partido por los abstencionistas” (p. 100). La lucha es en el orden simbólico de la democracia, ya que exige el redimensionamiento de las formas de soberanización, populares o no, que no pueden seguir siendo sostenidas en la forma de la nación y del nacionalismo (p. 102). Pero además, el debate debe hacer suya las separaciones entre las derechas y las izquierdas, así como dejar de lado la estrategia de sustitución política en las culturas de las izquierdas, para quienes a vocablos y experiencias como “socialismo” o “comunismo”, simplemente hoy se suceden con el de “populismo”, en una especie de solución de continuidad histórica, cuando precisamente advierte Fassin, lo que une a las dos primeras con la tercera experiencia es la discontinuidad, sobre todo cuando pretenden poner en relación a un populismo de izquierda con el neoliberalismo, al que siempre “es más fácil oponerse que proponer, resistir que inventar” (p. 106). Si la construcción de un pueblo aparece como imperativo en el manual del buen populista, hay que comenzar primero con la construcción de una izquierda que cobije al primero. Es un desafío que supera por mucho las prácticas y el pensamiento de la izquierda intelectual que hace del populismo su leitmotiv. Esto cobra una importancia mayor cuando se constata que el momento populista actual es, en realidad, un “momento neoliberal, que amenaza con ser un momento antidemocrático” (p. 128). Es esta constatación la que pone las bases de un debate intelectual, serio y plural, sobre el populismo actual.
ANTOLOGÍA DE TEXTOS DE LA REVISTA METAPOLÍTICA. EDITOR: ISRAEL COVARRUBIAS. CIUDAD DE MÉXICO: EDITORIAL ANALÉCTICA, 2021, 425 PP. ISBN: 979-851-06-5407-3. Descarga el libro aquí
INTRODUCCIÓN: El arte de la transgresión y las fronteras de la política (extracto)
por Israel Covarrubias
La palabra transgresión tiene una semántica peculiar. Primero, comporta la alteración de un orden, plano, secuencia o regla. Es el punto de quiebra entre dos ángulos que curiosamente están unidos por la separación a la que empuja el acto de transgredir. La división de dos cuerpos o dos puntos en el interior de un mismo cuerpo, suponen observar y rastrear las huellas de esa distancia que hace diferente y extraño al uno del otro, para que dejen ver su total incompletud en la mutua dependencia que los exige y sofoca. Por ejemplo, cuando se sigue insistiendo en la necesidad de amplificar la ficción de aquel imperativo categórico que registra y determina la “identidad” sexual anclándola a su mero carácter biológico, se termina por confirmar que la existencia es una e indivisible, cosa más ajena de la realidad de nuestros días.
La transgresión, por ende, es un desafío a la edificación de fronteras de todo tipo en el interior de la sociedad, comenzando con aquellas territoriales hasta llegar a las inmateriales que se encuentran subsumidas o quizá perdidas en la lógica ilusoria de lo correcto (o lo normal), presentes en muchas de nuestras sociedades. Si se habla de fronteras de la vida en sociedad, no se puede dejar de lado el carácter político que adopta la forma de la transgresión. Es decir, no hay transgresión sin relación con la política. Es, de hecho, esta última la que la modela y probablemente termina por colocarse como el dispositivo de reducción o expansión de aquella. Así, seguir insistiendo que la vida en democracia presupone que todos somos iguales frente a la ley, frente al derecho, frente a las instituciones, es una falacia, ya que aquel que puede tener y obtener poder seguro lo ejercerá en contra de aquellos que no están en posibilidades de tenerlo. Ya Claudio Magris (2008: 60) lanzaba irónicamente la sentencia de que “la ley es la tutela de los débiles, porque los fuertes no necesitan de ella”. Y tal parece que en la democracia del siglo XXI esta premisa sigue siendo moneda de uso corriente. De cualquier modo, la transgresión es una frontera al tiempo que inventa nuevos límites con cada movimiento que desarrolla. Al respecto, en su contribución a este volumen, Patxi Lanceros dice que: “La línea, trazo o traza, es establecimiento e institución de un principio de orden”. El derribamiento de las fronteras al momento de ser transgredidas supone el nacimiento de las separaciones y barreras entre los Estados, los sujetos, las experiencias sociales que se traslucen en ese ángulo infinito de toda frontera. Luego recomienza la transgresión y así sucesivamente… “Las fronteras”, escribe Alejandro Grimson (2003: 22), “pueden desplazarse, desdibujarse, trazarse nuevamente, pero no pueden desaparecer: son constitutivas de toda vida social”. Ergo, no hay manera de que la política permita la disolución total de las fronteras que implican a la transgresión en la creación de esos muros…
ÍNDICE
Introducción El arte de la transgresión y las fronteras de la política Israel Covarrubias
Espacios políticos
La huella del crimen. Imagen de la ciudad Patxi Lanceros Por una política más allá de los amos de la ciudad Rosario Herrera Guido Imposible, sin embargo real Mario Perniola Tiempo, orden, poder. Sobre algunos presupuestos conceptuales del programa neoliberal Maurizio Ricciardi Populismo y discurso anti-populista Javier Franzé Plétora Trashumante. Clinamen y deslizamiento existencial Reyna Carretero Rangel Las raíces de la política absoluta Alessandro Pizzorno Sobre el concepto de sociedad compleja Gian Enrico Rusconi
Heterodoxias Guy Debord: violencia y esperanza en el último espectáculo Giorgio Agamben Miguel Abensour: el mapa del mundo y el ataúd de la utopía Patrice Vermeren María Zambrano: añoranza de la ciudad María Luisa Maillard García Pier Paolo Pasolini, un intelectual “herético” Giovanni Falaschi Eros y anomia en Georges Bataille Edgar Morales Estado, venganza y justicia en Friedrich Nietzsche Hugo César Moreno Hernández Milan Kundera: narrativa y heterodoxia Conrado Hernández López Claude Lefort, práctica y pensamiento de la desincorporación Gilles Bataillon Uexküll, Deleuze y el cuerpo sin órganos: hacia una ontología del entre María Luisa Bacarlett Pérez Kant, la larga y monotona vida de un genio revolucionario Franco Volpi
Palabras-claves Hacer un interrogar del hacer Paola Martínez El derecho al sueño Emma León El cuerpo como lugar de la experiencia estética Zulai Macias Osorno El “verdadero obrero de nombres”: ley, derechos y principios en la era veroconstitucional Rafael Estrada Michel La violencia de la letra y post-letra.Reflexiones sobre algunos aspectos de la biopolítica Laurence Le Bouhellec Guyaman Algunas consideraciones sobre la vida cotidiana Michel Maffesoli
Epílogo La filosofía, ¿antítesis de la transgresión? Juan Cristóbal Cruz Revueltas
Extracto de la Introducción al libro Israel Covarrubias (coord.), Figuras, historias y territorios. Cartógrafos contemporáneos de la indagación política en América Latina, Ciudad de México,Facultad de Economía “Vasco de Quiroga” de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo-Publicaciones Cruz O., 2015 (El libro completo puede descargarse aquí)
Ideas y presencias de la teoría política contemporánea en América Latina
Figuras, historias y territorios. Cartógrafos contemporáneos de la indagación política en América Latina es un esfuerzo que discute y da cuenta de una serie restringida de autores clásicos contemporáneos del pensamiento político, maitre à penser que indagan sobre los campos de la política y la constitución simbólica de lo político en aquellos que podríamos definir como espacios “otros”, es decir, a través de diversos territorios que con el paso del tiempo fundan en casi todos los casos aquí tratados escuelas y estilos particulares de reflexión y en algunos casos “militancia académica” a partir de los años sesenta del siglo XX. De hecho, esta convocatoria encuentra su especificidad en el interior de la teoría política que se ha venido desarrollando en los últimos decenios en Latinoamérica, en particular, en sus variantes menos rígidas y menos ortodoxas (1), si se piensa la idea de “cartógrafos contemporáneos de la indagación política” como aquel conjunto de autores que han construido algunos de los mapas intelectuales más significativos con los cuales se han formado varias generaciones de estudiantes y estudiosos latinoamericanos, al tiempo de volverse las referencias obligadas para explicar ciertos problemas del presente. Sus esfuerzos fueron y siguen siendo apuestas que en modo abierto proponen problemas y generan explicaciones desde esos espacios “otros” de indagación, a pesar de que es un “estilo” de académico en vías de “extinción” en el desarrollo actual de nuestras ciencias sociales en el nivel regional. El objetivo que nos hemos trazado en esta obra ha sido el de producir un vector sólido de relación entre distintas figuras y territorios de saberes y ciertos dominios disciplinarios que se ocupan de la reflexión tanto teórica como empírica sobre la política y lo político desde y a través del subcontinente latinoamericano. Si bien América Latina no es el problema a dilucidar como categoría social o filosófica, sí resulta ser el lugar desde donde se han desarrollado una serie de cartografías del pensamiento y de la teoría política, así como diversas constelaciones de conceptos e ideas que abonan con precisión a la explicación de sus múltiples realidades (Osorio, 2014: 23-48). Este libro además no se aleja demasiado de las tradiciones intelectuales y académicas “locales”, mucho menos del desarrollo de la cultura del análisis político puramente regional, por lo que se mantiene atado a la reflexión en el campo de la historia de las ideas políticas, incluso en el área de la historia conceptual, a pesar de que estos dos últimos campos definan sus objetivos analíticos en modo distinto a la convocatoria que aquí presentamos (2). Para los estudiosos de la democracia, el Estado y las paradojas de los procesos políticos contemporáneos de América Latina no son ajenos los nombres de Albert O. Hirschman, Guillermo O’Donnell, Gino Germani, Hugo Celso Felipe Mansilla (más conocido simplemente como H. C. F. Mansilla), Florestan Fernandes, Fernando Henrique Cardoso, Juan Carlos Portantiero, Dieter Nohlen, Ernesto Laclau o Leonardo Boff. Esta lista pone de manifiesto que la convocatoria fue plural, y que otro de sus objetivos “secretos” era no encubrir aquello que señala Nora Rabotnikof (1992: 207) como las “defensas casi corporativas de [las] especialidades”, que abrevan de las “distinciones ‘departamentales’” y encapsulan la posibilidad de reunir trayectorias disímbolas en un corpus compatible que expresa la fertilidad y los desarrollos poliédricos de la teoría política en nuestra región. Más aún, si pensamos que estos cartógrafos son académicos, militantes y/o pensadores —incluso, las tres figuras al mismo tiempo— de distintas generaciones que viven en una suerte de continua “disonancia” académica y cultural al encontrarse entre dos tiempos, dos siglos, el XX y el XXI, al grado de que sus indagaciones políticas siempre estarán adelantadas a su tiempo, y/o paradójicamente son discutidas, incluso con intensidad, mucho antes de que su tiempo la exija, esto es, antes de que dieran cuenta de esa serie de transformaciones que estaban desarrollándose como “problemas vivos” a su mirada. Me viene a la mente el comienzo de la compilación que Guillermo O’Donnell publica en 2007 donde desde su título advierte la cuestión de las “disonancias” académicas y políticas:
[…] Disonancias, expresa mis sentimientos ante las democracias que hemos conquistado y mi convicción de que ellas deben ser sometidas a lo que indica el subtítulo: Críticas democráticas a la democracia. Esto expresa una doble referencia. Por un lado, no debemos olvidar jamás el horror de los regímenes autoritarios que asolaron nuestro país y otros de América Latina. Ellos marcan un punto de no retorno, algo a lo que nada jamás justificará intentar regresar. Por el otro lado, las fallas de estas democracias son tan graves como evidentes. Ante ello, no pocas opiniones fluctúan entre condenarlas como meras farsas cuya única verdad es encubrir siniestros intereses, y la resignación conservadora de que “somos así y las cosas no pueden ser de otra manera”. Frente a esto creo que todos, los intelectuales especialmente incluidos, tenemos el deber de hacer una crítica severa y detallada de las características y funcionamiento de estas democracias, pero siempre teniendo en cuenta aquel punto de no retorno e intentando contribuir a la vasta tarea de mejorarlas. No siempre es esto fácil; a los gobernantes no suelen gustarles las críticas y los beneficiarios del status quo tienen en su favor poderosas ideologías, a veces vestidas con el ropaje de una (seudo) ciencia económica, que nos dicen que lo mejor (y en el fondo lo único) a que debemos aspirar es a una democracia muy reducida y, en el fondo, despolitizada (O’Donnell, 2007: 13).
Tengo la impresión que los cartógrafos que en este volumen son discutidos podrían suscribir sin problema la aseveración “disonante” de O’Donnell con relación al proceso democrático reciente en la región. En las diversas personalidades y cartografías de los autores aquí tratados, la “hibridez” que los caracteriza así como su “desmesura” académica y cierta ambición individual pueden ser interpretables como un contenedor conceptual que aún podríamos utilizar para estatuir las filiaciones y las referencias obligadas de nuestros trabajos académicos. Pensemos, por ejemplo, en el adjetivo que remarca O’Donnell en torno a la democracia en América Latina (democracia delegativa) para darnos cuenta de la enorme pertinencia de sus categorías. Es posible argüir que la democracia, en mayor o menor medida dependiendo del personaje bajo análisis, ha sido una suerte de presencia “espectral” en muchas de las páginas que nos legaron. Si bien se puede decir que su horizonte de inteligibilidad fue la segunda mitad del siglo XX, donde las maneras de pensar su tiempo están, sin duda, en sintonía con un mundo político internacional y regional en rápida transformación entre los años cincuenta y los años setenta, sus reflexiones siguen siendo necesarias en algunos de sus puntos neurálgicos. Lo fascinante en sus obras, incluida su frugal inactualidad, es que no podemos dejar de leerlas, como tampoco podemos no dejar de ocuparlas en nuestras actividades de enseñanza. En gran medida aparece aquel fenómeno que Italo Calvino definiera en su artículo “Italiani, vi esorto ai classici”, publicado en la revista L’Espresso el 28 de junio de 1981, en el cual proponía catorce “macro-definiciones” de un clásico, y en la cuarta y quinta definición se leía: “4. De un clásico cada relectura es una lectura de descubrimiento como la primera vez. / 5. De un clásico cada primera lectura es en realidad una relectura” (Calvino, 2002: 7). No hay modo, pues, de eludirlos. Cabe agregar que a pesar de que en la actualidad contamos con historias nacionales que puntualizan los desarrollos propios de la ciencia política, de la sociología política, de la filosofía y de la teoría política, incluso de la economía política, por citar direcciones de indagación donde muchos de los autores discutidos en esta obra producirán sus mejores reflexiones, no es fácil encontrar en el panorama editorial mexicano obras colectivas recientes que puedan ofrecerle al lector además de las maneras de recepción de una disciplina y de los ámbitos de evolución institucional en la cual se ha desarrollado, la importancia heurística de recuperar y transferir en el trabajo académico en general, en la docencia y en la investigación, la herencia y la vigencia, que es el signo de su contemporaneidad, de una serie de maestros de la indagación sobre la política contemporánea en Latinoamérica. Autores y maestros que manifiestan, con mayor o menor intensidad, un común denominador: pasar del lugar de vehículo (por ejemplo, “traductor de…”) al lugar de traducible, y en muchas ocasiones de intraducible (3) lo que significa el reconocimiento general y más allá de las fronteras latinoamericanas de una semántica académica e intelectual “originaria” que logra establecer (de ahí su relativo éxito) formas de reflexión realmente anticipatorias sobre el universo de la política y sus direcciones interpretativas. Desde un punto de vista deconstructivo, la posibilidad de anticipación sugiere que estos autores se preguntan en modo agudo por la situación que guarda una sociedad, un paradigma, un tipo o conjunto de fenómenos que no han sido tratados con la debida suficiencia. Luego, a partir de este examen indican aquello que está por ocurrir o que ya ocurrió pero sobre el cual no se formulan las preguntas pertinentes, sobre todo cuando es difícil referir las consecuencias que ese conjunto de fenómenos tendrá. Entonces, las formas de anticipación tienen que ver con las indicaciones teóricas que desarrollaron, pero también se pueden vincular con perspectivas, hipótesis e instrumentos en el campo de la investigación empírica que resultaron extremadamente útiles para su época. En este sentido, quizá sus aportaciones sean aún útiles hoy día, ya que nos permiten observar las maneras en cómo fueron abordados los fenómenos políticos de su tiempo y las maneras en cómo resolvieron los problemas teóricos y metodológicos inherentes a los primeros. Su relectura puede contribuir al descubrimiento de los registros y las huellas de su originalidad en los campos de conocimiento que instituyeron, por lo cual tienden a ser un espacio de inspiración académica al permitir la profundización de la creatividad en la investigación acerca de los procesos políticos de nuestros días. Asimismo, es oportuno decir que otro elemento que permite identificar y, al mismo tiempo, corroborar la importancia de un cartógrafo contemporáneo es que sus obras no son de vida breve, sino de largo respiro. A diferencia de muchas de las investigaciones que en nuestros días se llevan a cabo, el trabajo académico de los cartógrafos citados no sufre la usura del tiempo, tal y como sucede con nuestros libros de coyuntura o de “actualidad” política y con aquellos otros de investigación pero de una vida brevísima, causada con probabilidad por el establecimiento de patrones puramente cronológicos para construir las unidades de análisis que se ponen bajo investigación.
NOTAS
(1) Véase, entre otros, el volumen de principios de la década de los ochenta que edita Norbert Lechner (1981), y que incluye a ciertos politólogos y sociólogos políticos que son referencia obligada hasta nuestros días en sus distintos campos disciplinarios, entre los cuales están Ernesto Laclau, Sergio Zermeño, Guillermo O’Donnell, Adam Przeworski y Fernando Henrique Cardoso. De igual modo, variaciones incluso encontradas unas de otras de ciertas perspectivas de teoría política abiertamente heterodoxas a partir de las décadas de los ochenta y los noventa del siglo XX se encuentran en Cardoso (1981: 25-34); Foxley (1989: 202-227); Dos Santos (1984: 67-71); Kay (1991: 31-66); y Rabotnikof (1991: 207-225). Véase algunos aportes más recientes en Vázquez Calero (2005: 197-221) y Calderón Rodríguez (2012: 11-29). (2) Véase, por ejemplo, los múltiples trabajos contenidos en la reciente historia de los intelectuales en Latinoamérica dirigida por Carlos Altamirano (2008 y 2010). (3) Pensemos en la categoría de “caciquismo” de gran utilidad para definir ciertas formas tradicionales de organización del poder político en contextos no democráticos.
Bibliografía Altamirano, C. (dir.), (2008), Historia de los intelectuales en América Latina. I. La ciudad letrada, de la conquista al modernismo, Buenos Aires, Katz editores. _, (2010), Historia de los intelectuales en América Latina. II. Los avatares de la “ciudad letrada” en el siglo XX, Buenos Aires, Katz editores. Calderón Rodríguez, J. M. (2012), “(Des)anudando a la democracia. Una propuesta para América Latina”, Estudios latinoamericanos, nueva época, núm. 29, enero-junio. Calvino, I. (2002), Perché leggere i classici, Milán, Oscar Mondadori. Cardoso, F. H. (1981), “La democracia en las sociedades contemporáneas”, Nueva sociedad, núm. 55, julio-agosto. Dos Santos, M. (1984), “Concertación social: redistribución del poder”, Nueva sociedad, núm. 70, enero-febrero. Foxley, A. (1989), “Opciones para la política posautoritaria”, en A. Foxley, M. S. McPherson y G. O’Donnell (comps.), Democracia, desarrollo y el arte de traspasar fronteras. Ensayos en homenaje a Albert O. Hirschman, México, FCE. Kay, C. (1993), “Estudios del desarrollo, neoliberalismo y teorías latinoamericanas”, Revista mexicana de sociología, año LV, núm. 3, julio-septiembre. Lechner, N. (ed.), (1981), Estado y política en América Latina, México, Siglo XXI Editores. O’Donnell, G. (2007), Disonancias. Críticas democráticas a la democracia, Buenos Aires, Prometeo libros. Osorio, J. (2014), “La cuestión latinoamericana”, Estudios latinoamericanos, nueva época, núm. 34, julio-diciembre. Rabotnikof, N. (1992), “El retorno de la filosofía política: notas sobre el clima teórico de una década”, Revista mexicana de sociología, año LIV, núm. 4, octubre-diciembre. Vázquez Calero, F. (2005), “Ciudadanía y gestión democrática en América Latina”, en E. Esquivel e I. Covarrubias (coords.), La sociedad civil en la encrucijada. Los retos de la ciudadanía en un contexto global, México, Miguel Ángel Porrúa/Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey-Campus Estado de México/Cámara de Diputados
En 2019 se cumplen cien años de la conferencia que, con el título “La política como vocación”, Max Weber dictara en enero de 1919 y publicara unos meses después. Se trata de una de las obras más leídas y comentadas de toda la enorme producción weberiana. Es por eso que ponemos en manos del lector una serie de reflexiones sobre tan importante texto, esperando contribuir a la mejor comprensión de Weber y a llamar la atención sobre la importancia que sigue teniendo dicha obra para las ciencias sociales y humanistas de nuestros días. Evidentemente, todos los autores que participan en esta obra leen y discuten diversos aspectos de la conferencia con relación al conjunto de la obra weberiana, así como frente a su complejo contexto histórico que la vio nacer, y finalmente queda siempre la inquietud por preguntarse junto con Weber por los problemas político, sociales e institucionales de nuestro tiempo. En este sentido, estamos convencidos de que es difícil que Weber pierda la batalla frente a la usura del tiempo.