Categoría: Capítulos de libro

  • Sobre Mario Perniola y Georges Bataille

    Texto publicado como Estudio Introductorio a Mario Perniola, Filosofía sexualis. Escritos sobre Georges Bataille, Ciudad de México, Ediciones Navarra, 2018.

    El 68 y sus descentramientos culturales

    Mario Perniola (1941-2018) fue un pensador italiano que ha escrito una obra vasta y compleja, donde destacan sus contribuciones al campo de la estética, la filosofía, la sociología del arte, la comunicación, así como excursiones constantes al campo de la teoría crítica y los estudios culturales, en cuyo terreno se puede incluir aproximaciones a una teoría posible sobre la política. En conjunto, su obra está interesada en describir y explicar los cambios de composición de las polémicas sobre el estado actual de la cultura y de lo político como campos de fuerza del pensamiento. Incluso se puede sugerir que es un intelectual que ha trabajado con mucho empeño en un ámbito de saberes que definiremos tentativamente como “metapolítico”, ya que su interés está concentrado en el entrecruce de saberes sobre la vida política y cultural. En sus pasajes internos de este cruce se pueden encontrar diversos análisis sobre las vanguardias artísticas, los fenómenos de decadencia de la política democrática como el populismo al estilo Berlusconi, la estética y el arte dependientes del mercado, de los curadores y de la nueva posición que ocupan frente al artista y sobre todo frente a la obra que éste último produce (una suerte de “bajo” estilo frente al “gran” estilo cultural moderno), la monumentalización y fetichización del sentir y en general del sujeto en el régimen de la comunicación, la pérdida de los cabotajes analíticos e históricos de la identidad, los rituales neo-arcaicos que colman la vida contemporánea, los fenómenos “trans” (transgresiones, transexualidades, tránsitos) y los procesos post-orgánicos que engloban las nuevas formas de vida sensible y técnica, incluso vegetal. En fin, su obra es abierta y en constante búsqueda por abrir nuevos espacios de inteligibilidad a los problemas centrales que el pensamiento actual tiene en su horizonte.[1]

    Mario Perniola

    La obra de este pensador abarca más de cincuenta años ininterrumpidos de reflexión. Como autor, es un diseminador de ideas, innovador de categorías que no pueden pasar desapercibidas en un contexto intelectual como el nuestro, pero con seguridad tampoco pasarán inadvertidas en el amplio campo cultural latinoamericano. Crítico mordaz del dandismo y divismo tanto en el mundo cultural (incluyendo su conexión con el campo académico) como en el mundo del arte, su manera de proponer conceptualizaciones y análisis realmente finos lo colocan como una de las plumas más agudas con las que cuenta el panorama europeo actual con relación a la crítica social y de los intercambios culturales. Sin embargo, también ha sido y es un agudo observador (incluso partícipe) de las parábolas que han desarrollado las vanguardias artísticas y políticas a lo largo de toda la segunda mitad del siglo pasado, indicando en ocasiones con una ironía ciertamente encarnizada las contradicciones y los derrumbamientos de la época dorada de los movimientos radicales, revolucionarios, incluso anárquicos, que tuvieron en la estación cultural de 1968 su puerto simultáneo de llegada y partida hacia su ocaso. Esto cobra mayor significatividad si se observa que estamos al borde del medio siglo de aquel acontecimiento, lo que sin duda será motivo para revisitar y observar los diversos niveles de definición que introdujeron los contenidos rupturistas de la gesta en la dimensión simbólica de la existencia política que vendría luego del acontecimiento; asimismo, quizá también permite atender sus campos de inteligibilidad y sobre todo de opacidad que dejó diseminado en la distancia que media entre su instantánea en aquel 68 y la situación global de nuestros días.

    Por ejemplo, de Guy Debord, el maitre-à penser de la Internacional Situacionista y del advenimiento de la sociedad del espectáculo,[2] quien a mediados de los años sesenta es ya un mandarín del relajo y de la crítica sórdida a la apropiación cultural sin objeciones, y con quien sostuvo una relación “amistosa”, dice que: “[…] Debord ha sido la personificación del gran estilo. ‘Doctor en nada’ pero maestro de los ambiciosos, amigo de los rebeldes y de los pobres, pero secretamente admirado por los poderosos, un hombre que suscitó grandes emociones, pero sin embargo era frío y distanciado de sí mismo y del mundo. Tal es, de hecho, la primera condición del estilo: el distanciamiento, la lejanía, la suspensión de los afectos desordenados, de la emotividad inmediata, de las pasiones sin freno. Debord ha sido una figura clásica, en absoluto romántica”.[3] De igual modo, una característica fundamental de los situacionistas es que en general fueron “personas de mal genio e intratables”, que se “limitaban a insultar y denigrar”.[4] En este contexto, Perniola agrega que Debord produjo una curiosa paradoja en la vida cultural francesa: de ser un outsider del castillo de cristal académico-intelectual francés, despreciando toda forma de reproducción de la cultura y el debate “razonado” (los libros, el periódico, las aulas, etcétera), así como el ascenso del dispositivo del “radical chic”, terminó por ser canonizado, incomprendido y peor aún usado para significar un conjunto de prácticas políticas como las del 68 y aún más allá.[5] Esto ha sido observado con claridad recientemente cuando a inicios de 2009 Debord fue declarado “tesoro nacional” francés, y “archivado” en la Biblioteca Nacional, con la justificación, de que “[e]stos archivos revisten una gran importancia para la historia de las ideas de la segunda mitad del siglo XX y para el conocimiento de uno de los mayores intelectuales franceses de ese periodo”.[6] Sin embargo, agrega Perniola, el motivo de su canonización cultural en Francia fue debida a que la Universidad de Yale tenía el interés de comprar a los herederos de Debord su archivo, y como reacción a ello, apareció su consagración oficial. La paradoja finalmente se revela con claridad, el reconocimiento institucional de Debord puede ser leído como

    una venganza póstuma, en las confrontaciones de quien [Debord] intentó mantenerse siempre alejado del lado oscuro y sórdido implícito en cualquier éxito mundano. La gratitud del Estado francés hacia un ciudadano eminente se configura como la gratitud del Estado francés en las confrontaciones de sí mismo, que ha perdido su enemigo, elevándolo a los máximos honores y mostrando que esta operación era únicamente instrumental y funcional con relación a otra guerra en la que los méritos efectivos de Debord fueron absolutamente irrelevantes.[7]

    La primera vez que Mario Perniola escucho hablar de los situacionistas y de Guy Debord fue en 1966 por la intermediación del sociólogo René Lourau, en un tren que compartieron cuando regresaban a París provenientes de Cerisy-La-Salle, ese particular espacio de pensamiento organizado a través del Centre Culturel International de Cerisy (Association des Amis de Pontigny-Cerisy), que hace posible la organización de décadas de debate alrededor de la obra de un autor o tema de interés clave de la sociedad contemporánea. Regresaban, luego de haber asistido a la que Perniola define como la “canonización académica” del movimiento surrealista,[8] del coloquio precisamente dedicado a éstos bajo el título de “Le surréalisme et son influence sur la pensée, la poésie et l’art contemporain”, evento coordinado Ferdinand Alquié (autor del libro Filosofía del surrealismo), entre el 9 y el 19 de julio de 1966, y entre sus participantes estuvieron Jean Wahl, Maurice de Gandillac, Alain Jouffroy y Paul Bénichou.[9]

    Guy Debord

    Además de estar registradas sus participaciones en las discusiones del coloquio, Perniola y Lourau junto a Robert Stuart Short y Jochen Noth redactaron un pequeño documento llamado “El surrealismo frente a la cultura”,[10] que difundieron entre los participantes del encuentro, y donde hay rastros que permiten establecer una primera aproximación a un estilo abiertamente “polemológico” en Perniola, tanto de crítica cultural como de hechura de su pensamiento. Vale la pena recuperar algunos extractos del texto:

    El surrealismo se ha colocado y se coloca aún como una crítica radical de las instituciones que garantizan el desorden social. Entre estas instituciones la cultura, con sus modos de comunicación universitarios y comerciales, con su pretensión de neutralidad, con su preocupación por la objetividad, puede y debe ser contestada, transformada positivamente, sin exclusiones, de hecho incrementando su lucidez.

    Dado que se sitúa o se ha situado, lo quiera o no, en el circuito cultural, el surrealismo prueba, a través de su historia, que no puede hacer otra cosa que entrar en conflicto con el orden cultural, sin que por ello se quede en este único campo de acción.

    Ahora, en Cerisy, todo ha sucedido como si entre la cultura (en particular la cultura filosófica porque los filósofos parecen ser más sensibles que otros al significado del surrealismo) y el surrealismo se hubiera establecido una especie de complementariedad.

    Esta falsa complementariedad ha sido posible porque fue entendida bajo una visión anti-histórica, atemporal, es decir, trascendente del surrealismo. Muchos participantes terminaron frustrados por la ausencia de referencias a los sucesos históricos y a los textos.

    Si bien es conocido, en modo deslumbrante, que el proyecto surrealista no se confunde con las finalidades y con los métodos de la cultura oficial −la cual está encargada de preservar la concepción del mundo que la sociedad desea−, en efecto, aquí se aceptó una integración del surrealismo en cuanto sector marginal y original del vasto dominio cultural. ¿No es acaso el principio mismo del surrealismo que está amenazado por este intento de integración?

    […] No ignoramos por su parte la idea de una liberalización puramente poética. Comprendemos que la revuelta individual está obligada a conciliarse con las condiciones socioculturales del momento. Pero el proyecto revolucionario del surrealismo, si quiere situarse por afuera de la historias, corre el riesgo de ser él mismo excluido de la historia.

    Si quiere salir del cuadro de la revuelta individual y buscar pacientemente una perspectiva histórica, el surrealismo debe morder sobre el sistema de las instituciones contestando donde sea posible, la regla del juego. Por ejemplo, elaborando relaciones mucho más precisas entre la teoría estética y la teoría política, relaciones que nos han parecido realmente muy alejadas aquí.[11]

    El fantasma de las revueltas estudiantiles está a la vuelta de la esquina. Aquí, la tonalidad apunta hacia el establecimiento de una clara objeción acerca de la insuficiencia intrínseca al poder de la falsificación o del arrojar golpes bajos a la cultura oficialista que hacían del rito universitario y del reconocimiento público su magnificación y legitimación por medio de las instituciones culturales. Pero también advierte la imposibilidad de centrarse en el orgullo “absoluto” que produce el vacío irrefrenable (en ocasiones iletrado) del diletantismo tan característico de los años que por venir en el espacio público francés con el alarde de la fiesta de las barricadas.[12] En efecto, en el caso del surrealismo, pero también se adapta a los situacionistas, la exigencia por “estar en contra” no hizo más que mostrar un “hambre insaciable de infinito”, que no se correspondía en ninguno de sus frentes con la vida académica y sus formas de celebración.[13]

    Todo esto viene a colación porque para Perniola “el surrealismo fue superado por la realidad, en el sentido de que al mismo tiempo fue abolido y realizado. En efecto, el movimiento surrealista termina en 1968, justo en el momento en que la realidad se vuelve surrealista o quizá mejor aún en el momento en que el surrealismo deviene realidad y personas como cualquiera […]”.[14] Un proceso de disolución del carácter extraordinario del surrealismo, incluso infra-ordinario en sus vertientes más esotéricas, que termina por volver personas como cualquier otra a todos aquellos que habían hecho de la imaginación (esa mezcla de poesía, amor loco y acciones extravagantes) su morada y espada. Como sea, el “hambre insaciable de infinito” presente en las vanguardias es la que abre la puerta al 68 no para coronar su superioridad cultural sino para consolidar su carrera hacia su desaparición. En este sentido, es interesante la posición del autor en la editorial “Dal 1968 ad oggi” del núm. 3 que corresponde al año 1971 de Agaragar, revista que fundo y dirigió entre 1971 y 1973.

    Todo aquello −es evidente− tuvo su epicentro en el fatídico 1968, el año del final de la esquizofrenia. Pareció entonces, de golpe y sin discusión, que los anormales, los extraños, los neuróticos, los desadaptados, los sin patria, los sin tiempo, los sin casa, no eran ellos, sino los otros; que la dirección de la historia pasaba ya claramente y de modo definitivo por las manos de todos aquellos que hasta entonces habían sido dejados de lado, reprimidos, explotados; que todo el dolor y la angustia de los tiempos de la alienación, de la privación y de la necesidad, estaban incluso ellos dentro de la historia y no fuera de ella.

    Toda la sociedad burguesa parecía por consiguiente próxima al colapso, como nunca se había observado antes; pero no colapsó. La convicción subjetiva de una exigua minoría por entrar en una nueva edad de la historia ha expresado con suficiencia el estado de descomposición avanzado en el que camina toda la tradición renacentista, inseparablemente conectada con el capitalismo industrial; pero la estructura fundada sobre la separación ha sido solamente rayada. La consciencia de vivir en una edad nueva no ha sido suficiente para transformar de golpe las condiciones de vida.[15]

    Si nos detenemos un momento en el caso francés, la declinación de la autoridad a lo largo de las intensas movilizaciones de mayo de 1968 siempre estuvo acompañada por un género  político menor que mezcla el furor romántico con el programa puntual de acción que desde su confección hacían de la movilización un acontecimiento que llevaría un dramático componente de liberalización regresiva (spill-over effect), dado el goce intrínseco de todos aquellos que hicieron suyo el artilugio de la “emotividad inmediata” y el “alejamiento” como militancia por medio de esa forma política que supone la declinación real de la autoridad. Su resultado, asevera Perniola, “[…] fue efímero y fuertemente condicionado por los instrumentos de comunicación de masas”.[16] En un trabajo reciente, insiste sobre este punto axial del 68 parisino: “[…] la generación del 68 no logró hacer la historia, sino sólo pequeñas historias; estas generan hilaridad o gotean sangre, pero están privadas de ejemplaridad y constituyen en cualquier caso un género menor”.[17]

    Entonces, sin ejemplaridad por seguir o imitar, esto es, sin transmisión, terminaron en erigirse como una “efectualidad” sin fin, donde el impacto del proceso en el mediano plazo es observable en la regresión que huele a “derrota”, y donde hoy por hoy se asiste a un matrimonio “deseado” entre estudiantes, padres de familia y dirección institucional-estatal que, en aras de dar respuesta a una exigencia de edificación de competencias para actuar en la fragmentación de los mercados del trabajo actuales, terminan por sofocar todo el potencial del capital simbólico que supone la escuela como disparador de innovación política y cultural.[18] Tal vez Debord se está revolcando en su tumba por este hecho, y además está convencido de que el poder de la perversión del 68 y sus secuelas son los principales enemigos del campo de la creatividad política. El título provocador de un ensayo de Perniola escrito a más de cuarenta años del 68, no deja dudas de este efecto contrario a lo que perseguía en ese momento: Berlusconi o el 68 realizado, es decir, la política puede ser realizada por cualquiera, sin necesidad de formación académica ni cultural, mucho menos política.[19]

    En esta misma dirección de discusión, llama la atención para el contexto mexicano el sugerente alegato que Perniola sostiene sobre el 68 mexicano, ocasionado por una “caótica” invitación por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 2008 para hablar a partir de los cuarenta años del acontecimiento sobre sus huellas y sus hitos.[20] En la conferencia que preparó para la ocasión, y que sería publicada como “El 68 mexicano: nacidos para ser vencidos, no para negociar”,[21] dice que después del mayo francés y de la invasión soviética a Checoslovaquia (cuyo pico fue justo agosto de ese año), la matanza de estudiantes el 2 de octubre en Tlatelolco, es el tercer gran acontecimiento que llamó toda la atención de la opinión pública internacional, pero a diferencia de los dos primeros, el caso mexicano no tuvo el eco mundial esperado, pues en realidad terminó por erigir un edificio estructurado de autorreferencialidad, donde se cuenta con una producción numerosa pero fragmentada de libros, crónicas, reportajes, investigaciones, documentales, etcétera.[22]

    Perniola subraya que en el “acontecimiento-matriz” del 2 de octubre cohabitan cinco diversos regímenes de historicidad que “le confieren [su] carácter emblemático”. Por ello, para él es el acontecimiento más importante de aquel año a nivel mundial.[23] Hay que agregar que Perniola usa la categoría de régimen de historicidad a partir de la formulación desarrollada por el historiador francés François Hartog.[24] Este historiador define la noción de régimen como lo propio del hombre que puede ser organizado “alrededor de las nociones de más o de menos, de grado, mezcla, compuesto y equilibrio siempre provisional o inestable”.[25] Después, entiende por historicidad los “momentos de crisis del tiempo, aquí y allá, justo cuando las articulaciones entre el pasado, el presente y el futuro dejan de parecer obvias”.[26] Entonces, un régimen de historicidad es la irrupción temporal donde pasado, presente y futuro no tienen un lugar específico y, por ende, plenamente identificable, dado el proceso de extrañamiento que produce la emergencia histórica. En otras palabras, estaríamos hablando de una “brecha” (gap) en el tiempo (o de un uso semántico de ella) que ya había discutido Hannah Arendt con relación a la sensación de vivir “entre” dos tiempos o épocas (in-between period), atado y jaloneado entre una serie de cosas que ya no son (things that are no longer) y cosas que todavía no son (things that are not yet).[27] Cobra importancia esta noción para la comprensión del 68 porque en este suceso parece que, en efecto, no hay por lo menos desde un punto de vista anacrónico −pero no por ello menos válido− y en paráfrasis de Arendt, nada por heredar, cuestionar, pensar o recordar, mucho menos por reconstituir (here was no mind to inherit and to question, to think about and to remember).[28] Si hace un momento observaba la imposibilidad de la transmisión, habría que agregar la imposibilidad de que el 68 haya fundado una tradición,[29] dado que es una brecha del tiempo que no pudo colocar en su horizonte una forma de resolución de lo que abrió más allá de su capacidad puramente reactiva y comunicativa.

    Así, las “brechas” encuentran su articulación en la propuesta de Perniola sobre el 68 mexicano a través de cinco regímenes de historicidad que son definidos como: “premoderno, moderno, archimítico, comunicativo e individualista”.[30] El primero constata la reproducción de la concepción del monopolio de la violencia legítima por parte del Estado y los usos represivos “desproporcionados” en contra de ciertos sectores sociales, lo que sofoca abiertamente el potencial de cambio social contenido en las expresiones de protesta: “la masacre, dice, habría constituido una manera ejemplar de castigo frente a lo que ponía en peligro su seguridad [del Estado]”.[31] El segundo, el régimen de historicidad moderno, supondría explicar la matanza de Tlatelolco como el efecto de un proceso de modernización en su vertiente social, cultural y moral que toma lugar y encarna por medio de la figura de los estudiantes, quienes se vuelven, asevera el italiano, “portavoces de una modernidad reformista” que dirige su mirada a los cambios de dirección de la sociedad contemporánea a través del espejo norteamericano.[32] Sin embargo, ataja, la tesis puede ser reversible: hay un choque violentísimo entre una juventud que observa cómo se aleja ese ímpetu modernizador, que termina objetivándose en la organización de los Juegos Olímpicos, y por su parte tenemos un estudiantado que finaliza colocado en el campo de la nostalgia del “mito de la revolución inconclusa o traicionada”.[33] Al respecto, concluye:

    La tesis que he defendido en varias ocasiones interpreta el Sesenta y ocho como la crisis de la tradición política moderna articulada sobre la estrecha relación entre saber y poder […] Dicha tradición política tenía una doble fuente de legitimidad: una de carácter electoral-procedimental, basada en la opinión pública crítica, en los partidos políticos y en las elecciones; otra de carácter administrativo-sustancial, basada en el funcionariado, la ciencia universitaria y las profesiones cultas.[34]

    El tercer régimen de historicidad, el archimítico, parte de la concepción cíclica de la historia, o con más precisión, de un “pasado presente” que colma precisamente la brecha que abrió el movimiento, organizado en la función histórica del mito y sobre todo del lugar (Tlatelolco) donde ocurrió la matanza. En este sentido, señala la lectura que hizo Octavio Paz en Postdata. Crítica de la pirámide,[35] que como es sabido intenta explicar el 68 a partir de la impermeable especificidad autorreferencial mexicana, por lo que cualquier aproximación “teórica” general al acontecimiento no se “ajusta” a la vicisitud mexicana y por lo tanto es completamente insuficiente para observa su relevancia:

    para Octavio Paz −señala− el Dos de octubre fue la repetición de un hecho ocurrido precisamente en Tlatelolco cuatro siglos antes; la matanza que los españoles llevaron a cabo la noche del 13 de agosto de 1521, y que supuso la caída de la capital mexicana y la derrota definitiva de los aztecas. En otros términos, los que ordenaron la matanza de los estudiantes serían los herederos de la mentalidad azteca. Paz considera la carnicería del 68 como una repetición del arquetipo azteca, profundamente arraigado en el pueblo mexicano, que exige un sacrificio sangriento para poder renovar la solidez del vínculo social. Existiría una continuidad ininterrumpida en la concepción del poder entre los señores aztecas, los virreyes españoles y los presidentes del Partido Revolucionario Institucional: a diferencia del poder personalista de los caudillos hispanoamericanos, en México el poder se manifestaría de modo impersonal, ritual y expiatorio. El régimen de historicidad en que se movieron las autoridades mexicanas pertenecería, no a la modernidad histórica, sino a la temporalidad mítica.[36]

    No obstante, el autor objeta una parte de la interpretación de Paz, al sostener que es muy probable que la interpretación del poeta puede ser útil para la comprensión de la “naturaleza del poder mexicano”, pero resulta “insuficiente para captar las características esenciales de la protesta”.[37] En este sentido, señala que hay una diferencia fundamental entre el 68 mexicano y los 68 de otros países: “[…] en México la revuelta de los estudiantes fue tomada por el gobierno demasiado en serio y juzgada a partir de categorías que pertenecían a una tradición política, sexual y literaria cuyo crepúsculo representaba precisamente el Sesenta y ocho”.[38] Entonces, ¿qué produjo el movimiento estudiantil mexicano?, ¿cuáles fueron sus contribuciones a la cultura y a la política mexicanas? Tal parece que lo que produjo fue un callejón sin salida; una paradoja dentro de la paradoja o una rara especie de una paradoja invertida: es en el juego de fuerzas entre la seriedad del poder autoritario y la respuesta estudiantil, que cargada de una vitalidad y una empatía profundamente heterogéneas, nunca pudo superar el “sectarismo delirante” que lo emparenta como movimiento con sus homólogos italiano y francés (régimen de historicidad individualista),[39] y que termina por adoptar también ese tono solemne de la seriedad pública mexicana. El corolario es conocido: muchos estudiantes y participantes en el 68 deciden irse mar adentro en la seriedad del poder cuando se “afilian” y participan en los diversos movimientos guerrilleros que surgieron en la época, algunos al calor del 68 o como un efecto colateral de él. Y justo el tema de la seriedad es una de las líneas de reflexión que trabaja Perniola en su ensayo sobre Bataille.

    Después está el anclaje del 68 mexicano en el régimen comunicativo, “que atribuye una importancia exclusiva al presente”.[40] Para Perniola este es el campo emblemático del 68, que no mira ni al pasado ni al futuro, únicamente al aquí y ahora, donde su comunicabilidad hace las veces de una memoria sin recursos, es decir, sin tradición y sin transmisión. En este sentido, a los estudiantes mexicanos les “interesaba más la comunicación que los resultados efectivos”;[41] por ello, utilizando una frase del libro sobre el 68 de Paco Ignacio Taibo II, concluye: el 68 mexicano es un movimiento donde los estudiantes se esmeraron demasiado en ser considerados como: “[n]acidos para ser vencidos, pero no para negociar”.[42] Así, es posible comprender cómo fue posible el pasaje de la época de la acción (el 68 como movimiento de subversión de valores y ciertas formas políticas) a la época de la comunicación, que “supone [la comunicación] el ingreso en una experiencia de instantaneidad, que se manifiesta en la alternancia de milagros y traumas. En este aspecto, el caso mexicano es emblemático y complementario respecto al Mayo francés. Allá la protesta se manifestó como un milagro, aquí como un trauma”:[43]

    En Francia el rito se limitó a la recapitulación meramente ritual de la leyenda de todas las revoluciones: en el fondo su significado era puramente conmemorativo. Entierra la idea de la historia como acción y anticipa la idea de la historia como memoria: desgraciadamente en muchos países se le ha atribuido el carácter de horizonte de expectativas. México representa el caso más significativo porque allí el aspecto ritual ha asumido el carácter de sacrificio y el aspecto comunicativo el de hazaña, ejemplarmente representada en la frase “nacidos para ser vencidos, pero no para negociar”. México sale así de su soledad y entra en la globalización y en la sociedad de la comunicación de un modo extremadamente traumático.[44]

    Si bien es cierto que el régimen de historicidad individualista es un presupuesto presente en toda la dinámica del movimiento y en su entusiasmo callejero, cabría preguntarse si no fue precisamente este individualismo el que provocó que el 68 mexicano terminara como una acto simbólico como tantos otros que irán amueblando la esfera pública mexicana en los lustros posteriores, pero que no logró la suficiente fuerza como para hacer de la dinámica celebratoria y comunicativa de su experiencia un cambio de sociedad como se esperaba a partir de la expectativa que levantó el movimiento.

    De la acción a la comunicación

    Como se puede inferir de las líneas anteriores, el régimen de historicidad abierto por la comunicación a partir de 1968 tiene una actualidad creciente, al tiempo que se vuelve una cuestión central del programa de investigación del filósofo italiano en las últimas décadas. Se puede pensar, por ejemplo, en su obra hoy clásica La sociedad de los simulacros que fue publicada originalmente en 1980 por el editor Capelli de Boloña, y luego en su segunda edición en 2009 por la editorial Mimesis, de Milán.[45] La recuperación de este libro a casi treinta años de distancia no es accidental, y sobre la importancia de esta “recuperación” en nuestros días intentaré exponer algunas ideas.[46]

                Por un lado, la publicación en español de la obra en 2011 tendría que ser colocada como parte del ciclo de estudios que Perniola le ha dedicado al argumento. En efecto, a pesar de que es una obra de 1980, en nuestra lengua fue publicada después de dos obras totalmente vinculadas a este trabajo primigenio: Contra la comunicación de 2006 y Milagros y traumas de la comunicación de 2010.[47] El primero fue publicado por Einaudi en 2004 y el segundo en 2009 igualmente por el editor turinés.

    Por el otro, en el “Prefacio a la segunda edición” se establece de inmediato el focus de toda la argumentación: “[…] la noción de simulacro no como sinónimo de falsedad, engaño, mentira, sino como algo que, al situarse más allá de lo verdadero y falso, está más cerca del juego, el arte y la cultura que de la metafísica, la ética y las ideologías políticas”.[48]

    Es posible destacar dos elementos de esta primera aproximación a la noción de simulacro. El primero y quizá el más evidente, es su pertinencia para abrir un debate filosófico y sobre todo teórico en torno a la idea tan socorrida de la “post-verdad” que anuncia la emergencia de fenómenos como el que está contenido en el rótulo fake news y su impacto real en los sistemas de creencias de las sociedades actuales. Quizá en vez de suponer las fake news como noticias falsas, tendríamos que pensarlas como eventos simulados, lo que nos coloca en otro campo de inteligibilidad de su uso en el seno de las democracias contemporáneas. El segundo es la rara continuidad con las maneras de actuación de los movimientos estudiantiles del 68, que se alejan de la estructura binaria verdadero-falso, y se aproximan más a las reglas del juego, el arte y la cultura y menos a las reglas de la consciencia ideológica (compromiso) y del espacio político territorial.

    Tal vez ambos fenómenos comparten la declinación contemporánea de la topografía del poder y son el resultado (el primero corona el proceso y el segundo se coloca como evento “inaugural” que permite el campo de historicidad de la comunicación) del incremento continuo de la topologización del poder, tema por cierto poco estudiado por la teoría política actual. En este sentido, hacia el final de La sociedad de los simulacros se lee:

    El advenimiento de la sociedad de los simulacros restablece el vínculo entre poder y seducción. El poder ya no es la representación de una voluntad política dotada de contenidos y significados, sino la operación formal que desrealiza cualquier hecho y, por lo tanto, es indiferente a los contenidos individuales concretos. Si el modelo en que se inspiraba el poder ideológico era el teatro, con su pretensión de participación emocional y el inevitable disfraz histriónico, el modelo del nuevo poder es la holografía, esto es, la versión tridimensional de la imagen de un objeto. La seducción del holograma reside justamente en que está vacío, no justifica ninguna ilusión, ninguna esperanza, y no obstante ello se lo puede experimentar y apreciar por lo que muestra.[49]

    Si regresamos al “Prefacio”, podríamos comprender mejor la definición que avanza sobre el simulacro: “El simulacro no es un espectáculo recreativo, ni una puesta en escena manipuladora y mistificadora, sino un mimetismo que implica el descubrimiento de la precariedad de la existencia y la suspensión de la subjetividad individual: es una terapia para sobrevivir, que transforma el sentimiento de extravío y desmoralización en una voluntad de desafío y una exaltación próxima al trance”.[50]

    De este modo, Perniola está proponiendo una lectura del mundo cultural contemporáneo anclado en un eje paradigmático que ya no es heredero de los mitos políticos modernos que operaban como sucedáneos de la religión, y que están colocados en la base del régimen de discurso del poder y de los universales de la modernidad (la justicia, la igualdad, la libertad, etcétera). Su lectura tampoco es simplemente interpretable como el efecto de la caída en los procesos culturales de la recepción del símbolo que producía sentido biográfico y amalgama colectiva a través de la posibilidad de que el hombre pudiera devenir objeto,[51] y frente a una realidad cada vez más diseminada en el intercambio comunicativo donde la imagen disuelve al símbolo en el momento en que captura y obnubila la distancia entre el objeto y su potencialidad intrínseca para ser representado y, por extensión, significado. Por ello, agrega, estamos en un universo donde pasamos de “convertir los simulacros del poder en el poder de los simulacros y aceptar [además] la herencia de la política”.[52]

    Esa herencia, como se ha observado líneas atrás, opera en la forma de una transmisión interrumpida que se sintetiza, en palabras de Georges Bataille, en el motivo “imposible, sin embargo real”, que recorre todas las páginas de su libro sobre el pensador francés. De hecho, en este ensayo sobre Bataille el tema de la comunicación es central. Mas aún, cuando el desarrollo y consolidación de la “sociedad de los simulacros” ha domesticado e institucionalizado todo el potencial creativo y desestabilizador que otrora tuvieron las vanguardias artísticas. Hoy, encapsulados por la dinámica del capital y la legitimación académica del diletantismo,[53] gozan de su eficaz consolidación, pero a costa de renunciar a ese carácter contestatario y totalmente político, exaltando más bien su puro carácter “fetichista” y “reificado” que viene después de su objetivación como mercancía y fuente de atracción del mercado global. Se puede decir, para usar una fórmula propia de su ensayo y de la obra misma de Bataille, la cultura de nuestros días han “perdido soberanía”, en tanto experiencias límite que permitían pensar y “sentir” la vida como “cosa” de vida o de muerte. Así, por ejemplo, interrogarse por el lugar que ocupa el arte y la poesía en el intercambio de los bienes simbólicos culturales de la edad contemporánea parece ser uno de los motores de su reflexión sobre la obra de Bataille, y será también una de las líneas de trabajo sobre las cuales Perniola ha trabajado con ímpetu en los últimos años.

    Pensar la soberanía y lo negativo en el ámbito de lo post-humano

    Más allá de ser catalogado como “esteta”, “filósofo” o “profesor universitario”, y sobre todo preguntándonos si es posible catalogar hoy un autor en un campo exclusivo de inteligibilidad y de adscripción, Perniola es un autor original que ha contribuido a la teoría crítica actual a través de una serie de categorías muy sólidas para analizar nuestra época. Con un pie en el campo académico, pero con el otro fuera de él, donde siempre está muy atento a las escansiones y expresiones de la cultura post-académica, aparece en un lugar  destacado de su obra la noción de lo inorgánico, que hoy cobra una importancia creciente. Al ser Perniola un exponete desatacado del pensamiento de la diferencia (¿qué otra cosa podría ligar su interés en Bataille si no es el de la pregunta por la diferencia y sus abismos?) en su trabajo sobre Bataille es posible encontrar incluso las huellas de esa rara especie de ontología de la vida que sella el carácter definitorio del pensamiento italiano. Ya desde su clásico Sex appeal de lo inorgánico, pasando por su ensayo sobre Bataille, así como en Del sentir,[54] hasta llegar a sus libros más recientes que colocan a lo político o quizá tendríamos que llamarlo en las palabras de Perniola a lo “post-político” (i.e. la comunicación en el lugar de la acción) en un espacio privilegiado,[55] lo inorgánico, en específico el sentir inorgánico, es un concepto-clave que permite la comprensión de la aceleración del tiempo y de la subjetividad en la vida contemporánea. En este sentido, una de las direcciones de discusión de su libro El sex appeal de lo inorgánico es precisamente abordar y preguntarse sobre el significado y el sentido que tienen las transformaciones de la percepción del y sobre el cuerpo (qué lugar ocupa en la cultura y en general en la sociedad actual), su potencialidad emancipatoria, su capacidad de articulación estética y religiosa y su percepción como “lo propio” del sujeto que, en una de sus variantes más relevantes y sugerentes, cobra la forma batailleana precisamente de la soberanía erótica y quizá, como se ha señalado antes, de la pérdida de ésta.[56] No es fortuito que para Bataille sea evidente señalar a su época como minotauresca, donde a la figura del minotauro el pensador francés le otorga un campo de hibridez que conecta lo humano con su animalidad, y que por su parte lleva a pensar en el campo post-humano de la existencia y de “la cosa que siente”.[57] Aquí sin duda entran las contribuciones de Perniola a un pensamiento sobre el ritual de la existencia y de la vida (a través de la obra de Bataille, Perniola lee que “la existencia [es una] fiesta desmotivada”) ancladas ambas en los estudios culturales (así como en la antropología cultural) pero que caminan hacia los estudios estéticos y sociológicos.[58]

    Georges Bataille

    La publicación en español de Filosofía sexualis. Escritos sobre Georges Bataille colma una terrible laguna en el campo de las humanidades y las ciencias sociales en nuestra lengua. Si bien es cierto que Bataille es un autor “de culto” en el mundo cultural y académico en español, esto no supone que contemos con su traducción integral a nuestra lengua del conjunto de su obra. Al día de hoy hay muchísimas páginas de su obra que no están vertidas al español, y quizá cabe preguntarnos si lo estarán en algún momento. Es un trabajo que se antoja a la letra imposible.[59] Por lo tanto, el estudio de Perniola sobre el autor francés es esencial para comprender la recepción contemporánea de la obra de este segundo, ya que contribuye decididamente a revitalizar una parte significativa de su pensamiento al indicar las explosivas y seductoras relaciones entre filosofía y poesía, entre soberanía y vida, entre libertad y desvalorización del sujeto. De hecho, en este ensayo que ahora presentamos, Perniola discute y problematiza la teoría batailleana de la soberanía a partir de su complejidad, que cobra doble valor en el momento histórico presente donde la soberanía es una categoría y un proceso global que ha sufrido múltiples transformaciones y tergiversaciones a causa de su radicalización y contracción continua.

    En fin, Georges Bataille, ese gran provocador que hizo de la experiencia soberana una experiencia recargada totalmente en la agonía del juego y del azar, nos revela acaso sin proponérselo algunos de los pasajes más ricos del laberinto infinito que supone el pensamiento metapolítico, pensamiento lleno de una negatividad sin ataduras, es decir, de una negación que no tiene más horizonte que su liberalización en la muerte y en la inmanencia de su potencialidad, jamás anhela llegar a una positividad que procure una zona de confort existencial. Una negatividad que se vuelve, si se puede dar una expresión aproximada, una pura “singularidad paradigmática”, dejando su ejemplaridad fuera de toda proporción o equivalencia, y más bien aventurándose al bosque impenetrable de la violencia se subyace a toda decisión realmente soberana, con lo que nos estaríamos aproximando a un campo minado por la discordia sin limite que es el leitmotiv de toda forma de sociedad y de toda forma de vida. En este sentido, sentencia Bataille citado por Perniola en este estudio que: “Donde, en los sentidos más opuestos, todo se vuelve igualmente posible, comenzó un caos […] Las contradicciones […] cesaron de ser escuchadas, en un mundo donde la realidad era detestable tanto más cuando era públicamente la medida del hombre […]. La libertad en todos los sentidos quería decir que el hombre, considerado en su unidad (en la masa indiferenciada) aceptaba ser sólo una cosa”. Y frente a la negación de “de ser sólo una cosa” es que Bataille nos deja páginas memorables.

    En el corpus de Filosofía sexualis, el lector encuentra un pasaje que Perniola dedica a recuperar y discutir las reflexiones que Blanchot virtió sobre su amigo donde es posible observar un diálogo “a voz baja” sobre la escritura y la indecibilidad de la experiencia-limite. Pero más aún, sobre la escritura como figura a un tiempo de lo neutro y de la negación, a pesar de que ambas opciones no puedan mantenerse en el mismo campo discursivo. Estamos pues frente a un ensayo fresco y bien articulado desde el punto de vista intelectual, que vuelve una y otra vez sobre el caracter heterodoxo del pensamiento del autor francés, cuya radicalidad está compuesta precisamente por su capacidad de permanecer vigente en el tiempo.

    La traducción de esta obra tiene un doble propósito: poner a disposición de los lectores en español un ensayo fundamental sobre Georges Bataille y al mismo tiempo ofrecerles una mínima parte de la obra de Mario Perniola. Entonces, la celebración es por partida doble. Asimismo, es necesario destacar que el estilo de Mario Perniola es el de hacer del pensamiento un laboratorio donde coloca a la escritura no sólo como cuestión de reflexión sino como un método que se ocupa incansablemente de fustigar el lenguaje para lograr una articulación semántica de enorme calidad filosófica y literaria. Con este libro de Perniola sobre Bataille, el lector mexicano podrá acceder a la obra de un pensador indispensable de nuestro tiempo. Este ensayo es el primero de una serie de libros que publicaremos del autor italiano en México. De hecho, Filosofía sexualis. Ensayos sobre Georges Bataille inaugura la Biblioteca Mario Perniola de la Editorial Navarra, que por su parte viene a colmar un vacío editorial en nuestro país, por lo que resulta necesario expresar todo nuestro reconocimiento y aplaudir el interés intelectual de Ediciones Navarra por presentar a un autor como Perniola al público mexicano. Estamos seguros que su impacto será significativo para todos.


    NOTAS

    [1] Vid. Mario Perniola, L’arte espansa, Turín, Einaudi, 2015; Mario Perniola, “Del sentir inorgánico al sentir vegetal”, Disputatio. Philosophical Research Bulletin, vol. 5, núm. 6, diciembre, 2016, pp. 307-334; y Mario Perniola, “El sex appeal del bisturí”, Metapolítica, vol. 14, abril-junio, 2010, p. 24.

    [2] Vid. Guy Debord, La sociedad del espectáculo, Valencia, Pre-textos, 2007. Para una idea más profunda de la trayectoria intelectual de Debord, es recomendable leer los doce números de la publicación periódica de la Internacional situacionista, quedirigió Debord y que fueron publicados en un volumen como Internationale Situationniste 1958-69, Ámsterdam, Van Gennep, 1970. Asimismo, hoy pueden ser descargadas las versiones facsímiles de los doce número en: http://www.larevuedesressources.org/internationale-situationniste-integrale-des-12-numeros-de-la-revue-parus-entre-1958-et,2548.html.

    [3] Mario Perniola, Los situacionistas. Historia crítica de la última vanguardia del siglo XX, Madrid, Ediciones Acuarela & Machado Libros, 2007, p. 170.

    [4] Mario Perniola, Del terrorismo come una delle belle arti. Storiette, Milán, Mimesis, 2016, p. 16.

    [5] M. Perniola, Los situacionistas. Historia crítica…, op. cit., p. 170.

    [6] Mario Perniola, Da Berlusconi a Monti. Disaccordi imperfetti, Milán, Mimesis, 2012, p. 107.

    [7] Ibid, p. 108.

    [8] M. Perniola, Del terrorismo come…, op. cit., pp. 93-94.

    [9] Vid. el programa del coloquio en: http://www.ccic-cerisy.asso.fr/surrealismeTM68.html.

    [10] M. Perniola, Del terrorismo come…, op. cit., p. 94.

    [11] René Lourau, Jochen Noth, Mario Perniola y Robert Stuart Short, “Il surrealismo davanti alla cultura”, Cerisy La Salle, 18 de julio de 1966. Versión italiana en Ibid, pp. pp. 96-97. Mario Perniola publicó una versión de este documento con el título “Il surrealismo oggi” en la revista italiana Tempo presente (septiembre-octubre de 1966) dirigida en aquel momento por Ignazio Silone y Nicola Chiaramonte. Como dato curioso, es la misma revista donde Giorgio Agamben publicará sus primeros artículos.

    [12] Cf. Philippe Labro, Les barricades de Mai, París, Solar, 1968.

    [13] M. Perniola, Del terrorismo come…, op. cit., p. 100.

    [14] Ibid, pp. 124-125.

    [15] Ibid, p. 145.

    [16] Mario Perniola, “Cuando el arte se vuelve política”, Metapolítica, vol. 17, núm. 81, abril-junio de 2013, p. 17.

    [17] M. Perniola, Del terrorismo come…, op. cit., p. 32.

    [18] Francois-Xavier Bellamy, Les déshérités ou l’urgence de transmettre, París, Plon, 2014, passim.

    [19] Cf. Mario Perniola, Berlusconi o il 68 realizzato, Milán, Mimesis, 2011. Este texto dio pauta a un debate muy interesante en Italia entre su autor y diversos exponentes de la vida cultural italiana, por lo que luego sería recuperado en una segunda edición ampliada en Da Berlusconi a Monti…, op. cit. Sobre esta última versión, existe traducción al español del ensayo central. Vid. Mario Perniola, “Berlusconi o el 68 realizado”, Metapolítica, año 17, núm. 82, julio-septiembre, 2013, pp. 66-81.

    [20] El autor narra de manera pormenorizada su visita a México en 2008 en M. Perniola, Del terrorismo come…, op. cit., pp. 126 y ss.

    [21] Mario Perniola, “El 68 mexicano: nacidos para ser vencidos, no para negociar”, Revista de Occidente, núm. 332, enero, 2009, pp. 25-40.

    [22] Ibid, pp. 25-26.

    [23] Ibid, p. 27.

    [24] François Hartog, Regímenes de historicidad, Ciudad de México, UIA, 2007. La primera vez que Perniola usa la noción de régimen de historicidad es en su libro Miracoli e traumi della comunicazione, Turín, Einaudi, 2009 (hay traducción de este libro: Milagros y traumas de la comunicación, Buenos Aires, Amorrortu, 2010). Este uso tiene un antecedente en dos artículos (en realidad, dos versiones del mismo texto), publicados como “Imposible pero real. Memoria e historia (de Mayo del 68 al 11-S)”, Revista de Occidente, núm. 325, 2008, pp. 19-31; e “Imposible, sin embargo real”, Metapolítica, vol. 12, núm. 62, noviembre-diciembre, 2008, pp. 17-21.

    [25] F. Hartog, Regímenes de…, op. cit., p. 15.

    [26] Ibid, p. 38.

    [27] Hannah Arendt, Between Past and Future. Six Exercises in Political Thought, Nueva York, The Viking Press, 1961, p. 9.

    [28] Ibid, p. 6.

    [29] Sobre la posibilidad de construir un puente entre el “ya no” y “el no todavía”, Arendt afirma: “his gap was bridged over by what, since the Romans, we have called tradition”. Ibid, pp. 13-14.

    [30] M. Perniola, “El 68 mexicano…”, op. cit., p. 28.

    [31] Ídem.

    [32] Ibid, p. 29.

    [33] Ídem.

    [34] Ídem.

    [35] Cf. Octavio Paz, Postdata. Crítica de la pirámide, en Octavio Paz, El peregrino en su patria. Historia y política de México, vol. 8: Obras completas de Octavio Paz, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 2004, pp. 267-324.

    [36] M. Perniola, “El 68 mexicano…”, op. cit., p. 31.

    [37] Ibid, p. 33.

    [38] Ibid, p. 34. Las cursivas son mías.

    [39] Ídem.

    [40] Ibid, p. 35.

    [41] Ibid, p. 36.

    [42] Ídem.

    [43] Ibid, p. 35.

    [44] Ibid, p. 38.

    [45] Cf. Mario Perniola, La sociedad de los simulacros, Buenos Aires, Amorrortu, 2011.

    [46] En algunos trabajos anteriores he dedicado particular atención a este y otros libros del autor que van en la misma dirección de pensamiento en torno al régimen comunicativo, y a los cuales remito. Vid. Israel Covarrubias, “El efecto dumbing down”, en Israel Covarrubias, Los espejos de la democracia. Ley, espacio político y exclusión, Ciudad de México, UACM-Gedisa, 2015, pp. 125-145; Israel Covarrubias, “¿Es posible pensar la política como simulacro?”, Revista de filosofía, año 44, núm. 133 julio-diciembre, 2012, pp. 269-275; Israel Covarrubias, “El asedio a la democracia. Régimen comunicativo y gubernamentalidad contemporánea”, Metapolítica, vol. 15, núm. 72, enero-marzo, 2011, pp. 99-104.

    [47] Vid. Mario Perniola, Contra la comunicación, Buenos Aires, Amorrortu, 2006, y M. Perniola, Milagros y traumas…, op. cit.

    [48] M. Perniola, La sociedad de los…, op. cit., p.- 9.

    [49] Ibid, p. 228.

    [50] Ibid, p. 10.

    [51] Precisamente este es el argumento de Mario Perniola, El sex appeal de lo inorgánico, Madrid, Trama, 1998.

    [52] M. Perniola, La sociedad de los…, op. cit., pp. 26-27.

    [53] Al respecto, asevera que: “La debilitación del vínculo entre la universidad y las profesiones cultas provoca un embrutecimiento general del trabajo intelectual, que se manifiesta no sólo en la proliferación de los incompetentes y los charlatanes, sino especialmente en la decadencia del significado y el valor de las actividades profesionales en las sociedades modernas”. Ibid, p. 66.

    [54] Mario Perniola, Del sentir, Valencia, Pre-textos, 2008.

    [55] Mario Perniola, Presa diretta. Estetica e politica. Da Nietzsche a Breivik, Ágalma. Rivista di studi culturali e di estetica, núm. 24, octubre, 2012, passim.

    [56] M. Perniola, El sex appeal…, op. cit. Vid. también Mario Perniola, “Entre vestido y desnudo”, en Ramona Naddaff y Nadia Tazi (coords.), Fragmentos para una historia del cuerpo humano, vol. 2, Madrid, Taurus, 1991, pp. 237-265.

    [57] M. Perniola, El sex appeal…, op. cit.

    [58] En esta dirección de trabajo, además puede consultarse Mario Perniola (coord.), Il pensiero neo-antico. Tecniche e possesione nell’arte e nel sapere del mondo contemporaneo, Milán, Mimesis, 1995.

    [59] Como sea, hay que reconocer el esfuerzo que llevaron a cargo Ignacio Díaz de la Serna y Philippe Ollé-Laprune, en la selección textos que organizaron con el título: Georges Bataille, Para leer a Georges Bataille, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 2012.

  • Cartógrafos del pensamiento político latinoamericano

    Extracto de la Introducción al libro Israel Covarrubias (coord.), Figuras, historias y territorios. Cartógrafos contemporáneos de la indagación política en América Latina, Ciudad de México,Facultad de Economía “Vasco de Quiroga” de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo-Publicaciones Cruz O., 2015 (El libro completo puede descargarse aquí)

    Algunas reseñas sobre el libro

    Javier Vega Gómez, Foro interno. Anuario de teoría política, Madrid, núm. 16 pp. 170-173.

    Olivia Gómez Lezama, “Sobre los estrechos vínculos entre historia y teoría política en América Latina”, Andamios. Revista de investigación social, vol. 14, núm. 34, mayo-agosto, 2017, pp. 371-374.

    Horacio Cerruti-Guldberg, “Anotaciones sobre la historia de la teoría política en América Latina”, Metapolítica, año 19, núm. 91, octubre-diciembre, 2015, pp. 98-100.


    Ideas y presencias de la teoría política contemporánea en América Latina

    Figuras, historias y territorios. Cartógrafos contemporáneos de la indagación política en América Latina es un esfuerzo que discute y da cuenta de una serie restringida de autores clásicos contemporáneos del pensamiento político, maitre à penser que indagan sobre los campos de la política y la constitución simbólica de lo político en aquellos que podríamos definir como espacios “otros”, es decir, a través de diversos territorios que con el paso del tiempo fundan en casi todos los casos aquí tratados escuelas y estilos particulares de reflexión y en algunos casos “militancia académica” a partir de los años sesenta del siglo XX. De hecho, esta convocatoria encuentra su especificidad en el interior de la teoría política que se ha venido desarrollando en los últimos decenios en Latinoamérica, en particular, en sus variantes menos rígidas y menos ortodoxas (1), si se piensa la idea de “cartógrafos contemporáneos de la indagación política” como aquel conjunto de autores que han construido algunos de los mapas intelectuales más significativos con los cuales se han formado varias generaciones de estudiantes y estudiosos latinoamericanos, al tiempo de volverse las referencias obligadas para explicar ciertos problemas del presente. Sus esfuerzos fueron y siguen siendo apuestas que en modo abierto proponen problemas y generan explicaciones desde esos espacios “otros” de indagación, a pesar de que es un “estilo” de académico en vías de “extinción” en el desarrollo actual de nuestras ciencias sociales en el nivel regional.
    El objetivo que nos hemos trazado en esta obra ha sido el de producir un vector sólido de relación entre distintas figuras y territorios de saberes y ciertos dominios disciplinarios que se ocupan de la reflexión tanto teórica como empírica sobre la política y lo político desde y a través del subcontinente latinoamericano. Si bien América Latina no es el problema a dilucidar como categoría social o filosófica, sí resulta ser el lugar desde donde se han desarrollado una serie de cartografías del pensamiento y de la teoría política, así como diversas constelaciones de conceptos e ideas que abonan con precisión a la explicación de sus múltiples realidades (Osorio, 2014: 23-48). Este libro además no se aleja demasiado de las tradiciones intelectuales y académicas “locales”, mucho menos del desarrollo de la cultura del análisis político puramente regional, por lo que se mantiene atado a la reflexión en el campo de la historia de las ideas políticas, incluso en el área de la historia conceptual, a pesar de que estos dos últimos campos definan sus objetivos analíticos en modo distinto a la convocatoria que aquí presentamos (2).
    Para los estudiosos de la democracia, el Estado y las paradojas de los procesos políticos contemporáneos de América Latina no son ajenos los nombres de Albert O. Hirschman, Guillermo O’Donnell, Gino Germani, Hugo Celso Felipe Mansilla (más conocido simplemente como H. C. F. Mansilla), Florestan Fernandes, Fernando Henrique Cardoso, Juan Carlos Portantiero, Dieter Nohlen, Ernesto Laclau o Leonardo Boff. Esta lista pone de manifiesto que la convocatoria fue plural, y que otro de sus objetivos “secretos” era no encubrir aquello que señala Nora Rabotnikof (1992: 207) como las “defensas casi corporativas de [las] especialidades”, que abrevan de las “distinciones ‘departamentales’” y encapsulan la posibilidad de reunir trayectorias disímbolas en un corpus compatible que expresa la fertilidad y los desarrollos poliédricos de la teoría política en nuestra región. Más aún, si pensamos que estos cartógrafos son académicos, militantes y/o pensadores —incluso, las tres figuras al mismo tiempo— de distintas generaciones que viven en una suerte de continua “disonancia” académica y cultural al encontrarse entre dos tiempos, dos siglos, el XX y el XXI, al grado de que sus indagaciones políticas siempre estarán adelantadas a su tiempo, y/o paradójicamente son discutidas, incluso con intensidad, mucho antes de que su tiempo la exija, esto es, antes de que dieran cuenta de esa serie de transformaciones que estaban desarrollándose como “problemas vivos” a su mirada. Me viene a la mente el comienzo de la compilación que Guillermo O’Donnell publica en 2007 donde desde su título advierte la cuestión de las “disonancias” académicas y políticas:

    […] Disonancias, expresa mis sentimientos ante las democracias que hemos conquistado y mi convicción de que ellas deben ser sometidas a lo que indica el subtítulo: Críticas democráticas a la democracia.
    Esto expresa una doble referencia. Por un lado, no debemos olvidar jamás el horror de los regímenes autoritarios que asolaron nuestro país y otros de América Latina. Ellos marcan un punto de no retorno, algo a lo que nada jamás justificará intentar regresar. Por el otro lado, las fallas de estas democracias son tan graves como evidentes. Ante ello, no pocas opiniones fluctúan entre condenarlas como meras farsas cuya única verdad es encubrir siniestros intereses, y la resignación conservadora de que “somos así y las cosas no pueden ser de otra manera”.
    Frente a esto creo que todos, los intelectuales especialmente incluidos, tenemos el deber de hacer una crítica severa y detallada de las características y funcionamiento de estas democracias, pero siempre teniendo en cuenta aquel punto de no retorno e intentando contribuir a la vasta tarea de mejorarlas. No siempre es esto fácil; a los gobernantes no suelen gustarles las críticas y los beneficiarios del status quo tienen en su favor poderosas ideologías, a veces vestidas con el ropaje de una (seudo) ciencia económica, que nos dicen que lo mejor (y en el fondo lo único) a que debemos aspirar es a una democracia muy reducida y, en el fondo, despolitizada (O’Donnell, 2007: 13).

    Tengo la impresión que los cartógrafos que en este volumen son discutidos podrían suscribir sin problema la aseveración “disonante” de O’Donnell con relación al proceso democrático reciente en la región. En las diversas personalidades y cartografías de los autores aquí tratados, la “hibridez” que los caracteriza así como su “desmesura” académica y cierta ambición individual pueden ser interpretables como un contenedor conceptual que aún podríamos utilizar para estatuir las filiaciones y las referencias obligadas de nuestros trabajos académicos. Pensemos, por ejemplo, en el adjetivo que remarca O’Donnell en torno a la democracia en América Latina (democracia delegativa) para darnos cuenta de la enorme pertinencia de sus categorías.
    Es posible argüir que la democracia, en mayor o menor medida dependiendo del personaje bajo análisis, ha sido una suerte de presencia “espectral” en muchas de las páginas que nos legaron. Si bien se puede decir que su horizonte de inteligibilidad fue la segunda mitad del siglo XX, donde las maneras de pensar su tiempo están, sin duda, en sintonía con un mundo político internacional y regional en rápida transformación entre los años cincuenta y los años setenta, sus reflexiones siguen siendo necesarias en algunos de sus puntos neurálgicos. Lo fascinante en sus obras, incluida su frugal inactualidad, es que no podemos dejar de leerlas, como tampoco podemos no dejar de ocuparlas en nuestras actividades de enseñanza. En gran medida aparece aquel fenómeno que Italo Calvino definiera en su artículo “Italiani, vi esorto ai classici”, publicado en la revista L’Espresso el 28 de junio de 1981, en el cual proponía catorce “macro-definiciones” de un clásico, y en la cuarta y quinta definición se leía: “4. De un clásico cada relectura es una lectura de descubrimiento como la primera vez. / 5. De un clásico cada primera lectura es en realidad una relectura” (Calvino, 2002: 7). No hay modo, pues, de eludirlos.
    Cabe agregar que a pesar de que en la actualidad contamos con historias nacionales que puntualizan los desarrollos propios de la ciencia política, de la sociología política, de la filosofía y de la teoría política, incluso de la economía política, por citar direcciones de indagación donde muchos de los autores discutidos en esta obra producirán sus mejores reflexiones, no es fácil encontrar en el panorama editorial mexicano obras colectivas recientes que puedan ofrecerle al lector además de las maneras de recepción de una disciplina y de los ámbitos de evolución institucional en la cual se ha desarrollado, la importancia heurística de recuperar y transferir en el trabajo académico en general, en la docencia y en la investigación, la herencia y la vigencia, que es el signo de su contemporaneidad, de una serie de maestros de la indagación sobre la política contemporánea en Latinoamérica. Autores y maestros que manifiestan, con mayor o menor intensidad, un común denominador: pasar del lugar de vehículo (por ejemplo, “traductor de…”) al lugar de traducible, y en muchas ocasiones de intraducible (3) lo que significa el reconocimiento general y más allá de las fronteras latinoamericanas de una semántica académica e intelectual “originaria” que logra establecer (de ahí su relativo éxito) formas de reflexión realmente anticipatorias sobre el universo de la política y sus direcciones interpretativas.
    Desde un punto de vista deconstructivo, la posibilidad de anticipación sugiere que estos autores se preguntan en modo agudo por la situación que guarda una sociedad, un paradigma, un tipo o conjunto de fenómenos que no han sido tratados con la debida suficiencia. Luego, a partir de este examen indican aquello que está por ocurrir o que ya ocurrió pero sobre el cual no se formulan las preguntas pertinentes, sobre todo cuando es difícil referir las consecuencias que ese conjunto de fenómenos tendrá. Entonces, las formas de anticipación tienen que ver con las indicaciones teóricas que desarrollaron, pero también se pueden vincular con perspectivas, hipótesis e instrumentos en el campo de la investigación empírica que resultaron extremadamente útiles para su época. En este sentido, quizá sus aportaciones sean aún útiles hoy día, ya que nos permiten observar las maneras en cómo fueron abordados los fenómenos políticos de su tiempo y las maneras en cómo resolvieron los problemas teóricos y metodológicos inherentes a los primeros. Su relectura puede contribuir al descubrimiento de los registros y las huellas de su originalidad en los campos de conocimiento que instituyeron, por lo cual tienden a ser un espacio de inspiración académica al permitir la profundización de la creatividad en la investigación acerca de los procesos políticos de nuestros días. Asimismo, es oportuno decir que otro elemento que permite identificar y, al mismo tiempo, corroborar la importancia de un cartógrafo contemporáneo es que sus obras no son de vida breve, sino de largo respiro. A diferencia de muchas de las investigaciones que en nuestros días se llevan a cabo, el trabajo académico de los cartógrafos citados no sufre la usura del tiempo, tal y como sucede con nuestros libros de coyuntura o de “actualidad” política y con aquellos otros de investigación pero de una vida brevísima, causada con probabilidad por el establecimiento de patrones puramente cronológicos para construir las unidades de análisis que se ponen bajo investigación.

    NOTAS

    (1) Véase, entre otros, el volumen de principios de la década de los ochenta que edita Norbert Lechner (1981), y que incluye a ciertos politólogos y sociólogos políticos que son referencia obligada hasta nuestros días en sus distintos campos disciplinarios, entre los cuales están Ernesto Laclau, Sergio Zermeño, Guillermo O’Donnell, Adam Przeworski y Fernando Henrique Cardoso. De igual modo, variaciones incluso encontradas unas de otras de ciertas perspectivas de teoría política abiertamente heterodoxas a partir de las décadas de los ochenta y los noventa del siglo XX se encuentran en Cardoso (1981: 25-34); Foxley (1989: 202-227); Dos Santos (1984: 67-71); Kay (1991: 31-66); y Rabotnikof (1991: 207-225). Véase algunos aportes más recientes en Vázquez Calero (2005: 197-221) y Calderón Rodríguez (2012: 11-29).
    (2) Véase, por ejemplo, los múltiples trabajos contenidos en la reciente historia de los intelectuales en Latinoamérica dirigida por Carlos Altamirano (2008 y 2010).
    (3) Pensemos en la categoría de “caciquismo” de gran utilidad para definir ciertas formas tradicionales de organización del poder político en contextos no democráticos.


    Bibliografía
    Altamirano, C. (dir.), (2008), Historia de los intelectuales en América Latina. I. La ciudad letrada, de la conquista al modernismo, Buenos Aires, Katz editores.
    _, (2010), Historia de los intelectuales en América Latina. II. Los avatares de la “ciudad letrada” en el siglo XX, Buenos Aires, Katz editores.
    Calderón Rodríguez, J. M. (2012), “(Des)anudando a la democracia. Una propuesta para América Latina”, Estudios latinoamericanos, nueva época, núm. 29, enero-junio.
    Calvino, I. (2002), Perché leggere i classici, Milán, Oscar Mondadori.
    Cardoso, F. H. (1981), “La democracia en las sociedades contemporáneas”, Nueva sociedad, núm. 55, julio-agosto.
    Dos Santos, M. (1984), “Concertación social: redistribución del poder”, Nueva sociedad, núm. 70, enero-febrero.
    Foxley, A. (1989), “Opciones para la política posautoritaria”, en A. Foxley, M. S. McPherson y G. O’Donnell (comps.), Democracia, desarrollo y el arte de traspasar fronteras. Ensayos en homenaje a Albert O. Hirschman, México, FCE.
    Kay, C. (1993), “Estudios del desarrollo, neoliberalismo y teorías latinoamericanas”, Revista mexicana de sociología, año LV, núm. 3, julio-septiembre.
    Lechner, N. (ed.), (1981), Estado y política en América Latina, México, Siglo XXI Editores.
    O’Donnell, G. (2007), Disonancias. Críticas democráticas a la democracia, Buenos Aires, Prometeo libros.
    Osorio, J. (2014), “La cuestión latinoamericana”, Estudios latinoamericanos, nueva época, núm. 34, julio-diciembre.
    Rabotnikof, N. (1992), “El retorno de la filosofía política: notas sobre el clima teórico de una década”, Revista mexicana de sociología, año LIV, núm. 4, octubre-diciembre.
    Vázquez Calero, F. (2005), “Ciudadanía y gestión democrática en América Latina”, en E. Esquivel e I. Covarrubias (coords.), La sociedad civil en la encrucijada. Los retos de la ciudadanía en un contexto global, México, Miguel Ángel Porrúa/Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey-Campus Estado de México/Cámara de Diputados

  • Weber y la política como vocación. Estudios y reflexiones a cien años de distancia

    En 2019 se cumplen cien años de la conferencia que, con el título “La política como vocación”, Max Weber dictara en enero de 1919 y publicara unos meses después. Se trata de una de las obras más leídas y comentadas de toda la enorme producción weberiana. Es por eso que ponemos en manos del lector una serie de reflexiones sobre tan importante texto, esperando contribuir a la mejor comprensión de Weber y a llamar la atención sobre la importancia que sigue teniendo dicha obra para las ciencias sociales y humanistas de nuestros días. Evidentemente, todos los autores que participan en esta obra leen y discuten diversos aspectos de la conferencia con relación al conjunto de la obra weberiana, así como frente a su complejo contexto histórico que la vio nacer, y finalmente queda siempre la inquietud por preguntarse junto con Weber por los problemas político, sociales e institucionales de nuestro tiempo. En este sentido, estamos convencidos de que es difícil que Weber pierda la batalla frente a la usura del tiempo.


    CONTENIDO

    Para ver el libro completo dé clic aquí (PDF)

    Preliminares (PDF)

    Prólogo. De la experiencia. El camino hacia Max Weber (PDF)

    Nohlen, Dieter

    Al lector (PDF)

    Covarrubias, Israel

    Sánchez de la Barquera y Arroyo, Herminio

    “La política como vocación”. Un estudio preliminar a cien años de distancia (PDF)

    Sánchez de la Barquera y Arroyo, Herminio

    El porvenir de la política como vocación (PDF)

    Borisonik, Hernán

    Covarrubias, Israel

    Weber y Nietzsche: voluntad de poder y asimetrías de la política (PDF)

    Moreno Hernández, Hugo César

    ¿Es posible pensar el populismo desde la obra de Max Weber? (PDF)

    Cruz Revueltas, Juan Cristóbal

    La ética de la responsabilidad de Weber en la política de seguridad (PDF)

    García Morales, Verónica Yazmín

    Entre Beruf y Policy: más allá de la administración pública weberiana (PDF)

    Torrens, Xavier

    Acerca de los autores (PDF)


  • Nietzsche, la voluntad de poder por enésima vez

    texto incluido en mi libro Lo político y sus huellas. Ensayos sobre la relación entre tiempo y democracia, Ciudad de México, Ediciones Navarra-UAQ, 2019, pp. 53-58 (Aquí puedes ver la presentación del libro).

    Es un tópico común partir de la constatación de que el pensamiento de Nietzsche es un proyecto asistemático basado en el “juego cósmico de construcción y destrucción simultáneas”,[1] juego representado en las figuras clásicas de Apolo (orden) y Dionisos (cambio), que por su parte operan como las alegorías que han apuntalado el centro de la reflexión política moderna: institución y movimiento, Estado y revolución, nomos y anomia. Por ello, quizá sea oportuno revisitar hoy a este autor y preguntarnos a través de él lo siguiente: ¿cómo y en qué medida la voluntad de poderío es un instrumento que ayuda a pensar lo político de nuestro tiempo? Es decir, ¿cómo y en qué medida Nietzsche nos ayuda a realizar una lectura profunda acerca de los debates contemporáneos en torno a las maneras de integración de lo social y lo político?

                Para comenzar, con Nietzsche se observa la caída del fundamento de la verdad en la filosofía, ya que su ontología es una ontología del valor.[2] Si es posible aproximarse a la noción de voluntad de poderío, esta encierra a un solo tiempo y en una sorprendente intuición filosófica, la noción básica, junto a la cuestión del eterno retorno, de su trabajo.[3] Es toda su filosofía. Es la radicalización extrema de la metafísica de la presencia que venía desde Platón (es decir, la filosofía como pura representación) y Parménides (“no se piensa lo que no es”) y que Eugene Fink define como la “ontología negativa de la cosa”.[4] Puede ser ubicada en estos términos porque Nietzsche no realiza un movimiento lógico de sustitución. No es simplemente el reverso de la ontología, sino que la traspasa y reconfigura de manera radical. La ontología de Nietzsche es negativa porque toma como horizonte y campo de batalla a los nudos tradicionales de ella. Asimismo, en su obra observamos un incesante parpadeo de la azarosa posibilidad por abordar el problema del conocimiento desde un camino nuevo, y que es un carácter único en autores tan distantes unos de otros como Nicolás Maquiavelo, Baruch Spinoza y Karl Marx.

                En este sentido, en Nietzsche ya no opera aquel proceso mediante el cual era posible construir parcelas de conocimiento a partir de un sujeto que conoce y un objeto hacia el cual se le dirige la mirada para conocerlo. La separación sujeto-objeto es una falsificación, ya que el sujeto en Nietzsche pierde su centralidad y sobre todo su unidad, para revelarse como una pluralidad en medio de un juego continuo de diferencias. Al respecto, dice Nietzsche: “Quizá no sea necesaria la suposición de un sujeto: quizá sea lícito admitir una pluralidad de sujetos, cuyo juego y cuya lucha sean la base de nuestra ideación […] Mi hipótesis: el sujeto como pluralidad”.[5]

                El dilema que ofrece esta concepción es la de pensar al mundo social como una construcción radical, un “movimiento continuo”.[6] Un mundo donde las diferencias son fundamentales en tanto que es necesario su reconocimiento para pensar problemas del campo de lo político en términos de relación y apertura, es decir, en términos de constatar la imposibilidad de cerrar completamente una disputa, un conflicto, un debate, y que con ello se permita la superación de las dramáticas experiencias que derivan del dilema del prisionero: jugar siempre a sumar cero.

    Friedrich Nietzsche

                Por su parte, en Nietzsche la autenticidad del ser forma parte del continuo movimiento del mundo, de su constante devenir. El ser observa el mundo en su desordenada transparencia y desde ahí le es posible construir su conocimiento a través del juego siempre incompleto de la representación y por medio de perspectivas sin fundamento. El panorama que se nos presenta es un conocimiento y su construcción a partir de la intuición y de la voluntad de poderío. Esto quiere decir que el movimiento es lo más próximo a la naturaleza humana, en contraposición abierta al orden, que es un puro artificio que en su seno puede llegar a engendrar las más altas expectativas, llegando incluso a su extremo como sucede en el caso del terrorismo y sus pretensiones de inscribir un mundo de vida como universalidad. Por consiguiente, entre el conocimiento, su creación y las cosas por conocer sólo existe una relación de violencia en su estado más primitivo. Al respecto, un autor cercano a Nietzsche sentenciaba que: “[…] Entre el conocimiento y las cosas que éste tiene por conocer no puede haber ninguna relación de continuidad natural. Sólo puede haber una relación de violencia, dominación, poder y fuerza, una relación de violación. El conocimiento sólo puede ser una violación de las cosas a conocer y no percepción, reconocimiento de o con ellas”.[7]

                Así, el sujeto en Nietzsche ha sido arrojado a un mar sin principio ni fin. No tiene posibilidad alguna de regreso al puerto de partida, se vuelve el monstruo de su inacabamiento. Ergo, el sujeto y el mundo son inteligibles como devenir. Sin embargo, en el devenir es imposible la vida social, ya que en él están los contornos de lo imposible. De tal forma, siempre es necesario edificar redes conceptuales y explicativas que sirvan como anclajes para domesticar y falsificar la continua corriente del devenir, anclajes que no son estables ni seguros, ya que su principio es el movimiento. Es decir, en el violento juego de fuerzas, es la voluntad de poderío la que se define como el elemento “diferencial”, como la potencia que domestica a las demás fuerzas, las retrae, las subordina. La voluntad de poderío que sirve como anclaje en medio del juego de fuerzas siempre está en continua confrontación con las otras fuerzas, al grado de que en algún momento los anclajes cambian y van rotando de fuerza a fuerza.[8] En ocasiones su poder es simultáneo, aunque siempre termine revelándose una fuerza con mayor potencia. Cito en extenso:

    Se trata más bien de una fijación absoluta de relaciones de poder: lo más fuerte se apodera de lo más débil, en la medida en que esto no puede conservar su grado de autonomía […] La cantidad de fuerza se define por la acción que realiza y por la que resiste […] Es importante una voluntad de violentar y defenderse de la violencia. No conservación en sí mismo: todo el átomo actúa sobre el ser, eliminando con el pensamiento este irradiar de voluntad de poderío. Por eso yo lo considero como una cantidad de “voluntad de poder”, así expreso el carácter que no se puede eliminar con el pensamiento del orden mecánico sin destruir con la imaginación ese mismo orden.[9]

    Luego entonces, en Nietzsche el discurso como conocimiento no tiene origen (Ursprung), ya que éste es una invención (Erfindung):

    El conocimiento […] fue inventado. Decir que fue inventado es decir que no tuvo origen, o lo que es lo mismo y de manera más precisa aunque parezca paradójico, que el conocimiento no está en absoluto inscrito en la naturaleza humana. El conocimiento no constituye el instinto más antiguo del hombre, o a la inversa, no hay en el comportamiento humano, en los apetitos, en el instinto humano, algo que se parezca a un germen de conocimiento. Dice Nietzsche que el conocimiento está de hecho relacionado con los instintos, pero no puede estar presente en ellos ni ser siquiera un instinto entre otros; el conocimiento es simplemente el resultado del juego, del enfrentamiento, la confluencia, la lucha y el compromiso entre los instintos. Es precisamente debido a que los instintos chocan entre sí, se baten y llegan finalmente al término de sus batallas, que hay un compromiso y algo se produce. Ese algo es el conocimiento.[10]

    Así, el conocimiento deja de ser la premisa y se vuelve resultante, al constituirse siempre en una continua confrontación y guerra de interpretaciones que, en Nietzsche, adoptan el carácter novedoso del perspectivismo: “[…] sólo una forma compleja de la especificidad. Mi concepto es que todo cuerpo específico se esfuerza por hacerse dueño de todo espacio y por extender su propia fuerza (su voluntad de poderío) y por rechazar todo lo que se opone a su expansión. Pero choca continuamente con esfuerzos iguales de otros cuerpos y termina ajustándose (“unificándose”) con aquellos que le son suficientemente afines, y entonces conspiran juntos por el poder. Y el proceso continua…”.[11]

    Son el desorden, la falta de origen, las falsificaciones y no la esencia basada en una concepción fundacional, lo que opera a manera de impulso vital del sujeto, del mundo social donde se encuentra y del conocimiento que se produce en su relación. Es su núcleo articulador. Este es el cambio que se observa en la filosofía de Nietzsche con relación a la metafísica de la presencia. Es desde esta suerte de burla trágica donde se puede inscribir e instituir un nuevo horizonte de conocimiento y la aventura por derroteros distintos para el estudio de lo político en la época contemporánea.

                Ontología negativa, voluntad de poderío y perspectivismo no son secuencias de un mismo proceso. Son complejidades prácticamente indefinibles desde las antiguas coordenadas de la metafísica y de la ontología clásica. Son salidas, discontinuidades de un excesos (devenir) que no puede ser colmado plenamente, con lo que permiten esbozar los elementos que pudieran dar cuenta de la definición y redefinición de los contornos de lo político y del sujeto en nuestros días. Abierta al juego de fuerzas de la pluralidad de Nietzsche, la democracia, por ejemplo, es una opción riesgosa y en constante cambio y lucha por afirmarse y reafirmar sus límites, así como sus espacios sociales, en un contexto caracterizado por sociedades cada vez más “autoinstituyentes y autónomas”.[12] Además, esto está teniendo lugar en un momento donde resulta urgente recuperar la discusión sobre la libertad y la participación en sistemas políticos post-autoritarios.

                Si lo político es movimiento, con Nietzsche podemos argüir que está destinado a seguir desarrollándose como un eterno Prometeo, ya que cualquier intento de captura siempre termina como una forma puramente administrativa de las caras más visibles del poder. No hay reposo, sólo contradicción. Por ello, no existen los consensos definitivos, únicamente visiones sobre el mundo social que hoy por hoy son las principales articuladoras del juego político democrático. La voluntad de poderío, que es el “santo patrono” de lo político, resulta ser cada vez más un campo social sin forma definida, donde la interdependencia sustituye cada vez más a la decisión. Quizá tenemos que comenzar la celebración de nuestra desgracia.


    Notas

    [1] Eugene Fink, La filosofía de Nietzsche, Madrid, Alianza, 1976, p. 196.

    [2] Ibid, p. 192.

    [3] Ibid, pp. 191-193.

    [4] Ibid, pp. 194-196.

    [5] Friedrich Nietzsche, La voluntad de poderío, Madrid, EDAF, 1981, § 485, p. 281.

    [6] Fink, La filosofía de…, op. cit., p. 194.

    [7] Michael Foucault, La verdad y las formas jurídicas, Ciudad de México, Gedisa, 1990, p. 24.

    [8] Cf. Gilles Deleuze, Nietzsche y la filosofía, Barcelona, Anagrama, 1998, pp. 73 y ss.

    [9] Nietzsche, La voluntad…, op. cit., § 622 y 627.

    [10] Foucault, La verdad y…, op. cit., p. 22.

    [11] Nietzsche, La voluntad…, op. cit., § 629, p. 350.

    [12] Cf. Cornelius Castoriadis, “Institución de la sociedad y religión”, Vuelta, núm. 93, 1984, p. 4-10.

  • Leer a Maquiavelo hoy


    Introducción del libro que coordiné con el título de Maquiavelo. Una guía contemporánea de lectura sobre lo político y el Estado, Ciudad de México, Editorial Taurus, 2017, pp. 9-20.

    Después de cinco siglos, Nicolás Maquiavelo no ha dejado de llamar la atención de investigadores, estudiantes, políticos profesionales, religiosos, periodistas, así como del vasto público de seguidores de diversa extracción que el pensador florentino convoca. Personaje citado por lectores y estudiosos, también es utilizado mediante su paráfrasis como arma intelectual o justificación de cualquier decisión política. La persistencia académica pero también histórica y política de su obra y personalidad se debe en gran medida a la sencillez de su reflexión. Maquiavelo confirma la paradoja, quizá central, de la teoría política: jamás tuvo en su horizonte de inteligibilidad la intención ni el objetivo de escribir tratados exhaustivos de ciencia política, en el sentido de organizar y sistematizar un conjunto de saberes sobre la política a partir de la división y modelación de los fundamentos de ésta en sus conceptos clave, así como en sus tipologías del poder y el gobierno, o en todas aquellas dimensiones analíticas que cualquier programa de investigación necesita en nuestros días para colocarnos en el terreno particular de la teoría política. Sus intenciones eran otras, ya que pasaban por el fenómeno a un tiempo radicalmente moderno y clásico que podríamos enunciar como el arte de la escritura de la política.

    A pesar de este hecho irónico, su figura y sobre todo su altura intelectual es persistente en el campo de la teoría política moderna y contemporánea. Por ejemplo, si nos adentramos en el campo del pensamiento y de la teoría política contemporánea, veremos que algunos de los más grandes teóricos y filósofos políticos de nuestro tiempo le han dedicado estudios a su obra, y en muchos casos son contribuciones que al día de hoy siguen sin ser superadas. En un rápido vistazo a las generaciones de pensadores que están cortadas por el siglo XX, antes o después de la segunda posguerra, aparece una serie de figuras entre las cuales destacan Louis Althusser, Hannah Arendt, Raymond Aron, Edmond Barincou, Isaiah Berlin, Norberto Bobbio, Federico Chabod, Roberto Esposito, Hanna Fenichel Pitkin, Felix Gilbert, Carlo Ginzburg, Antonio Gramsci, Claude Lefort, Pierre Manent, Harvey C. Mansfield Jr., Antonio Negri, John Pocock, Roberto Ridolfi, George H. Sabine, Gennaro Sasso, Carl Schmitt, Quentin Skinner, Leo Strauss, Maurizio Viroli, José Luis Villacañas, Simone Weil, Yves Charles Zarka, y muchos otros. La lista es amplia y un trabajo sobre las interpretaciones de Maquiavelo a partir del siglo XX se vuelve una tarea por cumplir en el futuro próximo, pues este interés contemporáneo puede ser leído como un largo prefacio para que los estudios sobre su figura y obra sigan siendo necesarios en nuestros días.

    ¿Para qué sirve leer a Maquiavelo hoy? La respuesta supone pero también yuxtapone el despliegue de otras dos preguntas. Primero, con Maquiavelo, ¿de qué tipo de clásico estaríamos hablando? Segundo, ¿tiene sentido seguir empecinados en sostener la necesidad de confrontarnos directamente con un clásico como Maquiavelo y sobre todo con su obra? Maquiavelo es un autor necesario para cualquier curso de teoría política y para cualquier reflexión sobre la historia del tiempo presente de la política, dado que muestra los ángulos centrales del arte de lo político, al grado de que su lectura termina volviéndose una fuente de sospechas y desasosiego, sobre todo porque se puede concluir que su obra es un índice agudo de las extrañas formas del amplio campo que marca la circunferencia del poder. En este sentido, Maquiavelo puede ser definido como un diseminador inigualable de ideas políticas para la articulación de las categorizaciones que desarrollamos en el campo de la teoría política moderna y contemporánea. Al mismo tiempo, es una figura que tuvo una gran capacidad de integrar en uno o varios ciclos de conocimiento una lectura totalmente innovadora de su tiempo histórico, compartida o disputada con sus contemporáneos, pero que termina como obsequio a sus herederos. Por ello, lo que intentamos desarrollar en este libro es la valorización de nuestro propio tiempo histórico a partir de atravesar diversos pasajes de la obra del florentino para el planteamiento de algunos problemas políticos “comunes”, como lo es precisamente el fenómeno del nacimiento y la distribución del poder en sociedades y épocas de cambio.[1]

    ¿Un autor clásico es contemporáneo desde el momento en que se estatuye como clásico de una disciplina o de un campo de saber? O bien, ¿existen diversos modos de mostrar su vigencia además de su fijación con ese campo de estudios que lo llama constantemente para comprender las filigranas de lo contemporáneo? Lo clásico y lo contemporáneo están siempre relacionados pero su vínculo no es simétricamente proporcional. Se puede ser un clásico sin volverse contemporáneo y viceversa, ser totalmente contemporáneo sin tener filiación con un pasado, ideal o real, que suponga una adscripción histórica que garantice a ese autor la pertenencia a una “tradición” cultural determinada.

    Para François Dubet, el “eterno retorno” a los clásicos es consecuencia de la forma de compartimentación de la enseñanza y el desarrollo histórico de las ciencias sociales en la modernidad.[2] En el caso particular de la sociología, nos dice, siempre se ha llamado la atención sobre los “padres fundadores” por medio del magisterio de la sociología clásica, etiquetada en concepciones en las que aparece como obligada la lectura de “los precursores del pensamiento social” o de los “clásicos” de la teoría sociológica (de Maquiavelo a Hobbes, de Montesquieu a Marx, de Tocqueville a Weber),[3] y que puede ser también extensiva en la búsqueda de los orígenes de la ciencia política cuando estos mismos autores se presentan como clásicos de la teoría política. Sin embargo, la vuelta a los clásicos también se debe por la producción analítica que inauguraron todos estos autores a partir del momento en que sus aportaciones fueron seminales en el umbral que corta la especificidad del mundo y de las formas de comunidad tradicional frente a la apuesta de la modernidad (individualización, racionalización, pluralismo, secularización, entre otras). Además, estos autores han sido originales en sus campos de estudio, quizá sobre todo aquellos que ya están parados en un espacio intelectual postilustrado, porque para ellos la sociedad ha sido y es, por un lado, una categorización, es decir, una abstracción del pensamiento que permite la construcción de teorías de corte general (o con posibilidades de generalización); por el otro, la producción de núcleos categoriales para la descripción y explicación del mundo social y político señaló con claridad que la modernidad es un proceso de articulación de lo disperso, que tiene su corolario en el desarrollo decimonónico de múltiples programas de investigación sobre los cambios y permanencias de lo social (o de la sociedad), entendida precisamente como amalgama de tradiciones culturales, de valores, pero también de conflictos.

    En este sentido, si para Dubet “la sociedad [y particularmente el concepto de sociedad] es la construcción teórica y general del Estado-nación”,[4] entonces los clásicos de la teoría social son aquellos autores que colocan las categorías principales de análisis sobre la sociedad moderna en el centro de la discusión de la ciencia social, en específico porque para la “sociología clásica” ésta no tenía “[…] por objeto lo social o los hechos sociales, sino la sociedad concebida como la manera en la que la vida social se organiza en la modernidad”.[5] Desde este punto de vista, la sociedad se vuelve una prosa de uso común que aglutina analíticamente a los actores sociales en la génesis del orden jurídico-político moderno, al terminar cobijados con cada discurso y con cada toma de la palabra, hasta lograr con éxito una forma de escritura de lo social. En cambio, los clásicos de la teoría política son aquellos pensadores que comenzaron a delinear un conjunto de categorizaciones en torno al Estado (principalmente al interrogar sobre qué es, qué lo define y qué lo suprime) y su despliegue en los diversos contextos históricos en los que se desarrolló por medio de su positividad, para decirlo con Hegel, a partir del siglo XVI.[6] En ambos casos, es posible afirmar que toda “tradición sociológica [y agregaríamos, politológica] funciona[n] como una fuente de inspiración y sobre todo como un recurso inagotable de investigación”.[7] En síntesis, el nacimiento de una “tradición” de pensamiento, que también propone estrategias metodológicas y conceptuales, involucra una fuerte dosis de innovación lexicográfica, junto con un profundo conocimiento de la historia y de las experiencias más allá de sus propias fronteras territoriales, es decir, más allá de su nacionalidad, así como la preocupación por las dinámicas sociales y políticas de su tiempo.

    En una de las definiciones más utilizadas para aproximar cualquier categorización de lo que significa ser clásico, y en relación directa con la llamada “lección de los clásicos” en el campo de la filosofía y la teoría política, Norberto Bobbio atribuía tres rasgos esenciales de un autor clásico:

    a) es considerado como un intérprete auténtico y privilegiado de su propio tiempo, en el sentido de que su obra es usada como un instru- mento indispensable para comprenderlo […]; b) es siempre actual en el sentido que en todas las edades, incluso las generaciones, tienen la necesidad de releerlo y releyéndolo de reinterpretarlo […]; c) produjo modelos de teorías o teorías-modelo de las cuales nos servimos constan- temente para comprender la realidad, aunque ésta sea distinta de la cual derivó la teoría y en la cual fue aplicada, y se han vuelto en el transcur- so del tiempo auténticas categorías mentales.[8]

    En su definición, Bobbio pone el acento en la originalidad, en la vigencia de la obra y en la construcción de teorías para “comprender” la realidad, lo que implica una fuerte dosis de interpretación y también de explicación tanto del contexto histórico en el que vivió el autor considerado como clásico como de aquellas realidades totalmente ajenas a la primera, pero que dada la originalidad y la elaboración de “teorías-modelo”, han podido “viajar” precisamente a esos otros contextos analíticos e históricos.

    Desde un punto de vista parcialmente diverso del que trabajó Bobbio, aunque se aproxima, pues parte de una perspectiva de teoría social, Jeffrey C. Alexander define a un clásico (y defiende su centralidad) a partir de objetar la supuesta incapacidad de establecer en el interior de la ciencia social un vínculo provechoso y necesario entre los clásicos de una o de un conjunto de disciplinas y el desarrollo (de talante positivista) de la investigación empírica:

    Los clásicos son productos de la investigación a la que se concede un rango privilegiado frente a las investigaciones contemporáneas del mismo campo. El concepto de rango privilegiado significa que los científicos contemporáneos dedicados a esa disciplina creen que entendiendo dichas obras anteriores pueden aprender de su campo de investigación tanto como puedan aprender de la obra de sus propios contemporáneos. La atribución de semejante rango privilegiado implica, además, que en el trabajo cotidiano del científico medio esta distinción se concede sin demostración previa; se da por supuesto que, en calidad de clásica, tal obra establece criterios fundamentales en ese campo particular. Es por razón de esta posición privilegiada por lo que la exégesis y reinterpretación de los clásicos —dentro o fuera de un contexto histórico— llega a constituir corrientes destacadas en varias disciplinas, pues lo que se considera el “verdadero significado” de una obra clásica tiene una amplia influencia.[9]

    Como es claro, Alexander señala la especificidad de la obra y la figura de un clásico a partir de ese “rango privilegiado” que es otorgado por los cultores de una disciplina. Incluso la noción de “rango privilegiado” puede llevarnos a la discusión, propia de los clásicos, de la diferencia fundamental entre las figuras latinas del exemplar y la del exemplum. Para el filósofo italiano Giorgio Agamben, la figura del exemplar define “lo que debemos imitar […] ejemplar y modelo, que impone la constitución de una ciencia normal”.[10] En cambio, la figura del exemplum “permite reunir enunciados y prácticas discursivas en un nuevo conjunto inteligible y en un nuevo contexto problemático”.[11]

    La sensación que deja Maquiavelo es la de ser una figura cuya obra cubre el rango privilegiado de ser exemplar y exemplum al mismo tiempo. Es modelo de análisis político al tiempo de que abre la posibilidad a partir de sus esfuerzos, intuiciones políticas e intelectuales, de reconocer la autonomía de la política frente a la moral y a la religión en el momento histórico en el que vivió, y como se sabe éste fue uno de los rasgos de distanciamiento e innovación de la política moderna y de la obra del florentino frente al tiempo y a la cultura de sus predecesores. Al abrir esas posibilidades, Maquiavelo potencialmente se vuelve un pensador clásico en lo “contemporáneo”, porque es precisamente a partir de la posibilidad de autonomía de la política de otros campos de significatividad (como lo era el moral o el religioso) donde comienza el desarrollo histórico de la semántica moderna y contemporánea de la teoría política.

    Ahora bien, detengámonos un instante en la categoría de lo contemporáneo. De nueva cuenta utilicemos a Giorgio Agamben para nuestro cometido. Para este autor, lo contemporáneo es la posibilidad de concentrar la mirada en la “oscuridad” y no en la “luminosidad” del tiempo o época a la cual se pertenece, pues quien coincide plenamente con su tiempo confunde la contemporaneidad con el sentimiento de actualidad, y por ende tiene una incapacidad de observarse en ese tiempo que le ha tocado vivir, por lo que no logra entender su tiempo en relación con sus antecedentes, con su pasado. Por ello, aquel que logra volverse contemporáneo a su tiempo puede comprenderlo si captura “en esa oscuridad una luz que, dirigida hacia nosotros, se aleja infinitamente de nosotros”.[12] La asimetría que propone al jugar con el frágil vínculo entre el presente y el pasado podría ser comprendida con mayor amplitud si partimos alegóricamente del anacronismo intrínseco al pasaje constante de una luz “arcaica” del tiempo que irradia de manera intermitente la oscuridad de nuestra época. Un anacronismo que en la línea de Walter Benjamin y Michel Foucault lo define como “desfases”, o sea, “discontinuidades” del tiempo que hunden sus raíces en la asimetría entre lo que “ya no es” y lo que “todavía no es”.[13] Ese “arcaísmo”, continúa, es el que revela los espacios de vigencia de la contemporaneidad, ya que se

    inscribe, en efecto, en el presente señalándolo sobre todo como arcaico y sólo quien percibe en lo más moderno y reciente los índices y las signaturas de lo arcaico, puede ser contemporáneo. Arcaico significa: próximo a la arké, es decir, al origen […] El residuo —y conjuntamente la proximidad— que define a la contemporaneidad tiene su fundamento en esta proximidad con el origen, que en ningún punto late con tanta fuerza que en el presente.[14]

    De tal modo se puede derivar que el trabajo de la teoría política contemporánea pasa por esa búsqueda continua de los lazos categoriales que la unen y a la vez distancian con la modernidad y sobre todo con sus comienzos para arrojar un poco de luminosidad a la oscura transparencia de nuestro tiempo presente. Por ello, Maquiavelo es un clásico en lo contemporáneo del pensamiento político y de la teoría política, lugar que se ha ganado no por el hecho de que muchos escriban sobre él, sino por una cuestión de método: podemos alejarnos de él, criticarlo, desarticular la lógica de los distintos regímenes de su discurso, incluso para mostrar sus limitaciones “científicas”, pero no podemos comenzar sin él.

    El objetivo que nos mueve para convocar a diversos estudiosos nacionales e internacionales de Nicolás Maquiavelo en esta guía contemporánea de lectura parte de una serie de necesidades analíticas e históricas que involucran tanto el campo de la teoría y la filosofía política como el de la historia, y marcadamente el de la ciencia política, frente a la obra del pensador florentino. Nuestro interés se concentra en leer y discutir diversas secciones y pasajes de la obra de Maquiavelo a partir de los filtros y puentes teóricos que tenemos a nuestra disposición, signados en todos los capítulos por la formación específica de cada uno de los colaboradores, y por su interés y posicionamiento en el campo de la teoría política. Sobre todo porque nos hemos propuesto “apuntalar” la figura de Maquiavelo sin la escisión que nos lleva a un Maquiavelo “republicano” frente a un Maquiavelo “realista”. Nuestra preocupación intelectual comienza con preguntarnos si es posible separar la concepción republicana de Maquiavelo de su realismo político, cuando la primera es una concepción eminentemente realista (y en ello radica la virtud del lenguaje de Maquiavelo). En otras palabras, su empeño republicano no puede ser separado de su “crudeza” intelectual al momento de pensar la política. En específico, porque en Maquiavelo aparece con fuerza el rasgo intrínseco de la inmanencia del conflicto en la dinámica social de lo político,[15] así como en los espejos que la política de su tiempo logra reflejar en los desarrollos históricos de lo que a partir de entonces comenzaremos a llamar Estado.[16]

    La tensión evidente entre los valores y las acciones que produjo la política moderna en su horizonte de comprensión histórica a causa de su autonomía llevaron al florentino a trabajar una parte considerable de su obra a partir de una suerte de desprendimiento material y sobre todo simbólico de la viscosa densidad que la religión otorgaba a los asuntos humanos, para empujar el ascenso de la lógica y del trazo (im)posible del arte como dispositivo de lo político, cosa que hizo suya la expansión del espacio social donde tiene lugar la organización de los asuntos humanos en una comunidad política fundada en nuevas texturas simbólicas, donde la apuesta por la escisión identitaria en ese común atravesado por conflictividades hace que cada pacificación suponga siempre una nueva contradicción, en una realidad palpable y perdurable. Es, en pocas palabras, uno de los cimientos del mundo moderno y que sigue siendo un motor relevante de la vida política contemporánea.

    Huelga decir que este gesto constitutivo de la reflexión del florentino supone el nacimiento de una tradición teórica (la “tradición” de pensamiento político italiano) que produce conceptos a través de los usos semánticos específicos de éstos, desplegados en el campo de lo social y de la historia. Por ello, el pensamiento italiano se funda en la conexión con el dispositivo histórico que lo ha visto nacer. Es decir, nos encontramos con un pensamiento político totalmente alejado de la tradición escolástica y de su método de trabajo que hizo de la repetición y la imitación la forma más convencional de transmisión del conocimiento.[17]

    En segundo lugar, esta obra también ofrece un apoyo al trabajo de enseñanza de la teoría política en los diversos países de procedencia de sus colaboradores, donde la revisión de la obra de Maquiavelo es, por decir lo menos, obligada. De hecho, la mayor parte de los cursos de teoría política moderna parten precisamente de El príncipe de Maquiavelo. Además de ser un apoyo para la enseñanza, pensamos que podemos ofrecer algunas herramientas conceptuales, históricas y politológicas, para ir al encuentro de la figura y la obra de Maquiavelo y su tiempo, con lo que se estaría en posibilidades de comprender la relevancia metodológica del estudio de la producción de léxicos específicos que han definido a la política en diversas épocas y lugares, pero que siempre tienen aún algo por señalar de nuestra propia circunstancia.

    En tercer lugar, a lo largo de los diversos capítulos estamos convencidos de que es posible volvernos contemporáneos a la obra de Maquiavelo al tiempo de que él sea nuestro contemporáneo. Es decir, resulta indispensable comenzar a estudiar su obra desde claves de lectura innovadoras. De otro modo, no dejaremos de leerlo por medio de sus lugares comunes. En este sentido, en términos de enseñanza son claras nuestras intenciones: volver contemporáneo a un autor y una obra como la de Maquiavelo, sugiere abrir ciertas direcciones de reflexión para que el lector (principalmente profesores, investigadores estudiantes, periodistas, políticos profesionales, entre otros) pueda comprender el verdadero punto de quiebre paradigmático (exemplum) que sugiere la obra ejemplar (exemplar) del florentino en la historia moderna del pensamiento político.

    Asimismo, este libro está acompañado, y de hecho es una forma de leer a Maquiavelo hoy, por el grabado realizado expresamente para la portada del libro por el artista plástico mexicano Orlando Delgado Piñón, en el que Maquiavelo aparece en medio del juego constante de espejos de su rostro y pensamiento. Sin embargo, lo que más llama la atención de la representación fijada en el grabado es la mirada de Maquiavelo que se pierde en un punto indeterminado del espacio que ocupa el lector. Tal vez esa indeterminación es el verdadero propósito de nuestro trabajo, al colocarse como un intento por ocupar un ángulo del amplio y muchas veces inabarcable campo de la lectura de aquel que termina por ser siempre el objetivo final de una obra como la que ahora ofrecemos.

    Finalmente, la redacción y edición de esta obra colectiva se ha beneficiado de una serie de apoyos sin los cuales el resultado hubiera sido totalmente diferente a lo que le ofrecemos al lector. En primer lugar, agradezco al conjunto de autores que hicieron suya la convocatoria, y que entregaron con puntualidad sus contribuciones. De igual modo, aprovechando mi año sabático en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), he tenido la oportunidad de desarrollar durante casi todo 2016 una estancia de investigación en el Centro de Estudios Sociológicos y Politológicos Raymond Aron de París, Francia, centro de investigaciones que pertenece a la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Esto me permitió afinar, editar y definir el sentido que quería imprimirle a esta obra colectiva. En este orden de ideas, muchos de los materiales que me permitieron redactar mi contribución para el volumen y para la introducción fueron consultados en la biblioteca del Centro Raymond Aron. Por ello, agradezco a Elisabeth Dutartre-Michaud, encargada del archivo del Centro, por su profesionalismo y cortesía al permitirme acceder y trabajar sobre los materiales que me interesaban; igualmente, a Gilles Bataillon, quien me abrió las puertas del Centro desde el momento en que lo contacté a mediados de 2015 y después cuando aceptó ser mi contraparte francesa para trabajar y discutir algunos temas de teoría política, así como compartir preocupaciones comunes sobre los procesos políticos contemporáneos. A Horacio Castro y Hervé Brejón, amigos y libreros, quienes fueron una fuente inagotable de conversación y bibliografía. También extiendo mi gratitud a Cristian Pereira y Coraline Prin, por su hospitalidad y cordialidad, a Pepe Vázquez, una amistad que se coronó con un chapeau bas que recordamos con cierta complicidad irónica. Asimismo, quiero dar un agradecimiento muy especial a mi compañera Paola Martínez Hernández, primera lectora de este libro, quien me ha compartido su gracia y obsequiado su talento para poder llevar a cabo mi trabajo.

    Paul Valery ha dicho de Leonardo da Vinci, ese otro genio terrible del Renacimiento, y particularmente de su método de trabajo, que como autor, Leonardo: “imita […] innova […] no rechaza lo antiguo, porque es antiguo; ni lo nuevo porque puede ser nuevo; antes bien, él mira en sí mismo aquello que contiene de eternamente actual”.[18] Maquiavelo es un autor que en el múltiple juego de los espejos de la política moderna contiene un rasgo de eterna actualidad. Sin equivocación, todos los autores de este libro están de acuerdo con la aseveración, ya que lejos de sufrir la usura precisamente del tiempo que toda figura clásica comporta en algún momento, y además lejos del saqueo descontextualizado que supone la obra del florentino, paradójicamente su obra sigue tan vigente, además de las razones académicas que referimos en cada capítulo y en los objetivos antes descritos, por una razón “histórico-política” que se relaciona directamente con la “esclerosis” del quehacer político de nuestro tiempo, en el que plutocracias, oligarquías y tecnocracias han colonizado y monopolizado el terreno de la “verdad efectiva” de la política al punto de que Maquiavelo se vuelve una lectura obligada para repensar los fundamentos de la política moderna y sobre todo de la contemporánea. Esperamos que esta obra abra la puerta para leer más a Maquiavelo al tiempo que nos obligue a dejar de lado la actitud “maquiavélica” que tanta fascinación produce en nuestra oscura y convulsa actualidad.

    Bibliografía

    Agamben, Giorgio, Che cos’è il contemporaneo?, Roma, Nottetempo, 2008. , Signatura rerum. Sobre el método, Barcelona, Anagrama, 2010.

    Alexander, Jeffrey C., “La centralidad de los clásicos”, en Anthony Giddens, Jonathan Turner et al., La teoría social hoy, Ciudad de México, Alianza-Co- naculta, 1991.

    Aron, Raymond, Les étapes de la pensée sociologique. Montesquieu, Comte, Marx, Tocqueville, Durkheim, Pareto, Weber, París, Gallimard, 1967.

    Bobbio, Noberto, “Weber e i classici”, Mondoperaio, año 33, núms. 7-8, julio-agosto (1980), pp. 79-88.

    Dubet, François, “Pourquoi rester ‘classique’?”, Revue du MAUSS, núm. 24 (2004), pp. 219-232.

    Esposito, Roberto, Pensiero vivente. Origine e attualità della filosofia italiana, Turín, Einaudi, 2010.

    Mairet, Gérard, Le principe de souveraineté. Histoires et fondements du pouvoir moderne, París, Gallimard, 1997.

    Skinner, Quentin, “From the State of Princes to the Person of the State”, en Quentin Skinner, Visions of Politics, vol. 2. Renaissance Virtues, Cambridge, Cambridge University Press, 2002.

    Valery, Paul, Introduction à la méthode de Léonard de Vinci, París, Gallimard, 1992.

    Vivanti, Corrado, Maquiavelo. Los tiempos de la política, Barcelona, Paidós, 2013.


    Notas

    [1] Cf. Corrado Vivanti, Maquiavelo. Los tiempos de la política (2013), passim.

    [2] François Dubet, “Pourquoi rester ‘classique’?”, Revue du MAUSS, núm. 24 (2004), pp. 219-232.

    [3] De las múltiples lecturas introductorias sobre los clásicos del pensamiento sociológico, véase la estructuración del libro “clásico” de Raymond Aron, Les étapes de la pensée sociologique. Montesquieu, Comte, Marx, Tocqueville, Durkheim, Pareto, Weber (1967), que como lo indica su título original, se comienza con Montesquieu, luego Comte, Marx, Tocqueville, para desplazarse a Durkheim, Pareto y finalizar con Weber.

    [4] F. Dubet, op. cit., p. 220.

    [5] Ibidem, p. 221.

    [6] Gérard Maire, Le principe de souveraineté. Histoires et fondements du pouvoir moderne (1997), pp. 17-181.

    [7] F. Dubet, op. cit., p. 222.

    [8] Norberto Bobbio, “Weber e i classici”, Mondoperaio, año 33, núms. 7-8, julio-agosto (1980), p. 80.

    [9] Jeffrey C. Alexander, “La centralidad de los clásicos” en Anthony Giddens, Jonathan Turner, et al., La teoría social hoy (1991), p. 23.

    [10] Giorgio Agamben, Signatura rerum. Sobre el método (2010), p. 24.

    [11] Ibidem, p. 24.

    [12] Giorgio Agamben, Che cos’è il contemporaneo? (2008), pp. 15-16.

    [13] Ibidem, p. 17.

    [14] Ibidem, pp. 20-21.

    [15] Roberto Esposito, Pensiero vivente. Origine e attualità della filosofia italiana (2010), pp. 47-60.

    [16] Cf. Quentin Skinner, “From the State of Princes to the Person of the State”, en Quentin Skinner, Visions of Politics. Volumen 2: Renaissance Virtues (2002), pp. 368-413.

    [17] R. Esposito, op. cit., pp. 3-33.

    [18] Paul Valery, Introduction à la méthode de Léonard de Vinci (1992), p. 86.

    RESEÑAS:

    -Fabián Martínez, “Maquiavelo y la contemporaneidad”.

    -Armando Luna Franco, “La mundanidad de Maquiavelo”.

    -Álvaro Cepeda Neri, “Maquiavelo: el teórico de los fines políticos de la autocracia y la democracia”.

    -Álvaro Aragón Rivera, Diseminaciones. Revista de Investigación y Crítica en Humanidades y Ciencias Sociale

    -Eduardo Bautista, Maquiavelo para intrusos.

    ENTREVISTAS:

    Radio BUAP

    Reporte Índigo

  • Campanella revisitado


    «Epílogo» de mi libro Los espejos de la democracia. Ley, espacio político y exclusión, Ciudad de México, Gedisa-UACM, 2015.

    Israel Covarrubias

    El vocablo religión política forma parte de una serie de cambios semánticos en la lengua acuñada en Europa entre los siglos XVI y XVII para explicar las formas de producción del universo político de la época y como reacción al proceso de su autonomía frente a la moral y la Iglesia en los inicios de la formación del Estado moderno. Por tal motivo, es necesario hacer algunas aclaraciones en torno al tema que pretendo desarrollar, sobre todo para decir e insistir en lo que este capítulo final no abordará. Podemos comenzar con la constatación ⎯casi por default⎯ de que hablar de religión política no supone ni mucho menos impone dar cuenta de la relación entre política y religión. Ni siquiera pensar, entonces, en tocar la cuestión ⎯aunque no sea posible eludirla⎯ que ha ocasionado históricamente círculos concéntricos alrededor de la politización de la religión, manifestada en una serie de prácticas de prohibición y escándalos viejos y nuevos por parte de sectores medulares de las distintas Iglesias en múltiples experiencias pasadas y presentes. De igual modo, no hablaré de los vínculos casi obvios entre religión política y religión civil, ya que a pesar de que se apoyan una en la otra, su ámbito de comprensión no pertenece al mismo espacio discursivo. Tampoco hablaré de la sacralización del poder político bajo la forma de la supuesta monopolización del mismo en el vértice del Estado. Es decir, bajo la confusión analítica e histórica, reproducida en el saqueo sistemático que siempre termina por aludir a Max Weber, de que el monopolio de la violencia legítima es una variante del monopolio del poder legítimo, lo que no presupone el monopolio absoluto de la violencia y el poder, y mucho menos el secuestro del ejercicio de ambos. (Esta confusión ha tenido efectos desastrosos en las democracias actuales como lo ha sido la llamada Acta patriótica en Estados Unidos después del 11 de septiembre de 2001.)
    Entonces, ¿de qué hablaré? Básicamente de la religión política entendida como el resultado de la producción de un dispositivo de sacralización de la política que, para Emilio Gentile (2007), tiene lugar

    […] cuando la dimensión política, después de haber conquistado su autonomía institucional en las confrontaciones de la religión tradicional, adquiere una dimensión religiosa, en el sentido de que asume un carácter propio de sacralidad, hasta llegar a reivindicar para sí la prerrogativa de definir el significado y el fin fundamental de la existencia humana, por lo menos sobre esta tierra, para el individuo y la colectividad. Y eso sucede cada vez que una entidad política, por ejemplo, la nación, el Estado, la raza, la clase, el partido, el movimiento, son transformados en una entidad sacra, es decir, se vuelven trascendentes, indiscutibles, intangibles y, como tales, colocados en el centro de un sistema, más o menos elaborado, de creencias, mitos, valores, mandamientos, ritos y símbolos, volviéndose de este modo un objeto de fe, reverencia, culto, fidelidad, dedición, hasta llegar, si es necesario, al sacrificio de la vida (pp. XVII-XVIII).

    Por lo tanto, la religión política es un sistema de cruces de entidades políticas como las apenas citadas (incluso, basta una sola de ellas) que se ubican y afirman como las intérpretes exclusivas que definen, por una parte, el proyecto y el proceso histórico de invención de la ciudad “naciente”, modelada a partir de un profundo y agudo trabajo de reingeniería respecto a sus formas y artes, así como de sus técnicas labradas sobre el espacio político, acompañado con la aparición de la figura del “hombre nuevo” en el centro de su paisaje (por supuesto, con su reverso inmanente: “la mujer nueva”), que terminan situados en el límite simbólico y real que confiere la producción sacralizada del mundo (Burleigh, 2006, p. 15). Por consiguiente, hacen depender el “destino del individuo y de la colectividad a la subordinación de una entidad suprema” (Gentile, 2007, p. XVIII). ¿Cuál destino? La persecución de “forjar una comunidad sentimental (en la que la resonancia emotiva [es] la norma) reorganizando espacio y tiempo para envolver a las masas en una ideología dominante” (Burleigh, 2006, p. 15).


    Luego entonces, ¿por qué problematizar a la religión política con la ciudad soñada de Tommaso Campanella y en el conjunto de una reflexión sobre las ansiedades contemporáneas en torno a la ley, el espacio político y la exclusión? Porque Campanella es el primer escritor político moderno que empezó a hablar de “religiones políticas” como respuesta al proceso gradual de autonomía de la política frente a la caída de la representación de los espejos de la moral y la religión (Burleigh, 2006, p. 35), y quizá entonces su enseñanza sigue vigente a pesar del anacronismo evidente en nuestro esfuerzo de volverlo nuestro contemporáneo. De este modo, su obra La ciudad del Sol es una búsqueda política con un fuerte componente de sacralización para encontrar un principio nuevo de orden efectivo con el objeto de dar una serie de certezas existenciales a los individuos. Además, puede ser interpretada como una obra que explora y conlleva la intención de elaborar un nuevo referente de significatividad respecto al orden político, al construirle un fundamento metapolítico y metaracional a la autoridad en los primeros pasos históricos de la formación del Estado moderno.
    Así pues, el objetivo que persigue este epílogo es la realización de un ejercicio de lectura a esta obra campanelliana basado en algunas “palabras sueltas”, que funcionan como metáforas y fundaciones políticas (una suerte de génesis interna) que aparecen por aquí y por allá a lo largo de la misma. Esta lectura, por su parte, se encuadra en un número restringido de intereses politológicos y sociológicos que pretenden ir tras las huellas de los efectos del cambio semántico que permiten dar cuenta de la pretensión de fundación europea de una lengua común sobre la política y el Estado.
    Es necesario tomar en consideración un elemento del contexto histórico en el cual Campanella escribirá su obra. Esto es, la invención moderna ⎯a partir de finales del siglo XVI y consolidado a lo largo del siglo XVII⎯ de un lenguaje distinto sobre la política en general y sobre el poder político en particular, y que establecen una quiebra semántica de los lenguajes tradicionales y pre-modernos acerca de la misma (Viroli, 1994, p. VII). Es en el siglo XVII, sobre todo a partir de las reflexiones de Thomas Hobbes, donde comienza la producción de una nueva gramática del mundo que no expresaba una solución de continuidad, mucho menos el triunfo del largo proceso de “unificación” de los lenguajes políticos que tuvo lugar desde la segunda mitad del siglo XIII, cuando aparece la traducción en latín de Aristóteles y, por ende, una lectura distinta de él en Europa, ya que “deja de ser auctoritas para volverse un pensador como todos los demás, definido en su propio tiempo” (Garin, 2008, pp. 13-14). El colofón es que esta nueva forma de leer a Aristóteles, quien quedará “atrapado” en el ropaje simbólico de la escolástica y frente a la cual surgirá la confrontación en la misma época con el neoplatonismo humanista, termina modelada y mezclada con la enorme influencia que hasta ese entonces había tenido y seguirá teniendo en los siglos posteriores la reflexión sobre las virtudes políticas y el significado abiertamente normativo de la república ciceroniana, para concluir en la conjugación de ambas tradiciones (la aristotélica y la ciceroniana) de lo que tentativamente puede definirse como “los mayores componentes de la concepción convencional de la política y del hombre político” (Viroli, 1994, p. XII).
    Se puede sugerir que Hobbes es una continuidad, un cambio semántico “radical”, sobre todo por el uso cultural específico de los vocablos que utiliza y la “carga” de teológica “negativa” que le imprime a las palabras que usa al nombrar la política. Por ello hay que insistir también en un hecho fundamental: Hobbes supone una ruptura con el lenguaje formado a partir del siglo XIII en el viejo continente, es la re-semantización de las palabras, la invención de significantes distintos a pesar de la invariabilidad en el tiempo de los significados de determinados conceptos-clave de la política. Recordemos el frontispicio de acompaña la primera edición del Leviatán: observamos a un hombre producido y animado por una multitud de hombres que componen el cuerpo real del Estado y de cuyos brazos ⎯a partir del símbolo de la espada y el báculo⎯ están anudadas la representación de la soberanía en dos tiempos: poder temporal y poder espiritual, gobierno del interés común ⎯adherible a la concepción de la política como razón de Estado⎯ y gobierno del deseo y la pasión. Con este mecanismo, nos dice Bobbio (1999, p. 9), Hobbes creó el mito del Estado moderno en la tensión de una relación simplemente imposible: el principio de la autoridad está fundado en la negación de la libertad.
    Hay que subrayar que no estamos sólo frente a un cambio de palabras, sino en la evidencia más palpable del “proceso de agotamiento [que con el] cambio de los tiempos, el lenguaje de la política [sufre y] se vuelve gradualmente obsoleto” (Viroli, 1994, p. XI). Es decir, pasamos de una semántica donde existe una clara identificación entre la política como “arte de gobernar una república o reino según la justicia y la razón”, hacia el llamado a la razón de Estado, concebida como “el arte de conservar y expandir el Estado, en el sentido de dominio sobre un pueblo” (Viroli, 1994, p. VIII). La noción de razón de Estado irá más allá, ya que tendrá un fuerte vínculo no sólo con Maquiavelo ⎯es oportuno no perder de vista que parte de la obra de Campanella se mueve precisamente como una reacción crítica a Maquiavelo⎯, sino con algunos de sus “apologistas”, como es el caso de Gabriel Naudé que en 1639 publica su Considération politiques sur les coups d’etat, una obra célebre y precisa sobre el argumento (curiosa coincidencia, es el año en que muere Campanella), donde define a la razón de Estado como “aquello que deroga al derecho común en ventaja del interés público” (Naudé, 1958, p. 68). Entonces, el interés ⎯que se ha vuelto público⎯ es el nuevo centro de gravedad en la formación y reproducción del Estado moderno.


    La tensión que conecta una orilla a la otra es evidente. Disuelta la relación armoniosa ⎯no sólo conceptual entre Estado y república⎯, el mundo político da paso a dos concepciones completamente distintas acerca del orden político. Por un lado, decae la virtud latina que se concretizaba en la forma de la república cristiana y más cuando pretendía ser el mecanismo de acceso y garantía indiscutible de la felicidad del hombre y su equilibrio con el mundo. Por el otro, crece una realidad cada vez más plural (y “agrietada”) que se opone a esta concepción tardo medieval para dar vida a una nueva lengua común donde la razón de Estado no excluye el gobierno de las pasiones, si bien lo domestica ⎯ya Maquiavelo lo advertía⎯, no lo puede anular por completo.
    Con ello es palpable un desplazamiento interesante. En la concepción tradicional de la política, Estado y república eran conceptos excluyentes, a diferencia del mundo moderno, donde existe la posibilidad de incluirse uno al otro. Es decir, la exclusión ocupará un lugar distinto, puesto que ya no son las palabras las que se oponen al grado de no jugar en el mismo campo semántico, son los sujetos los que terminan excluidos, separados y escindidos, y no porque antes no existiera exclusión, sino porque su relevancia no era juzgada como cosa de interés público. De aquí, por ejemplo, es posible conjugar a un solo tiempo Estado y monarquía o Estado y democracia, ya que al volverse formas de constitución, terminan por pertenecer al ámbito del orden estatal y por extensión al de la comunidad política, en cuyo interior la forma de gobierno se revela como un momento de suma importancia, pero no es el momento histórico de inicio del Estado moderno.
    En este pasaje, la producción de orden (entendida como fundamento del nomos estatal) y forma de gobierno no son caras de una misma moneda, son realidades distintas desde el punto de vista de los procesos históricos. De hecho, su separación permite vislumbrar tanto el origen de los mecanismos metapolíticos y materiales que dan vida al orden y su reproducción como aquellos mecanismos sociales que dan movimiento a las formas de gobierno. Por lo tanto, los primeros son necesarios para la producción de orden en el interior de la sociedad y como realidad política, esto es, son una forma de determinar materialmente la subjetividad. Los segundos son importantes en la medida de que permiten la socialización y sacralización de la política (legitimación) en el escenario de la vida en común. La sacralización como forma de legitimación es el elemento que trasciende el universo de la racionalidad política para conectar la determinación material de la subjetividad con la dimensión espacial (territorio) del poder político desde el momento en que enlaza de manera litúrgica ambas dimensiones.


    Esta realidad que se pluraliza y abre perspectivas hasta ese entonces inéditas para la producción de sentido y orden en el interior de sociedades que están buscando distintas salidas a la época que las ha precedido, tendrán una estación histórica fundamental de su desarrollo en el humanismo renacentista, que no presupone sólo “un regreso” a los antiguos como modelos por imitar, sino es una manera original de hacer filosofía, ya que lo que estaba en crisis y en proceso de transformación era precisamente la filosofía (Garin, 2008). Es decir, es un proyecto filosófico que pretende “reproponer el verdadero y libre método de filosofar y otorgar a la ciencia una vida nueva y noble” (Passerini, 1836, p. V), y que está presente en los principales exponentes de la escuela italiana: Petrarca, Coluccio Salutati, Leonardo Bruni, etcétera.
    Asimismo, la transformación del mundo político tendrá un empuje esencial con los efectos que exportó la llamada libertad de conversión y confesión que abrevó de la Reforma protestante, para forjar la garantía del pluralismo religioso y que luego se extendería al pluralismo político al permitir el aseguramiento de las libertades. La libertad religiosa pretendía volverse una “escuela de posibilidades” para dejarse convertir sin necesidad de pasar por los dominios del poder político y el Estado. De este modo, era un fenómeno horizontal que se dirigía a los otros con la puesta en marcha de un mecanismo simbólico en el interior del cual el pasado podía ser puesto en completo entredicho al tener la opción de devenir otra persona. Finalmente, fue una expresión de un conjunto de relaciones privadas (“entre pares”) que no tenían presente, por lo menos no con claridad, la obligatoriedad del mandado territorial del naciente Estado.
    El resultado es que cuando el discurso que emparenta virtud y felicidad es volcado por completo, la lengua tradicional de la política se reduce a “un lenguaje de la nostalgia o de la utopía, un lenguaje puesto en acción para soñar repúblicas del pasado o para desear repúblicas por venir” (Viroli, 1994, p. XV). Sin embargo, poner en un mismo ámbito de significatividad, como lo es el de la “lengua tradicional” de la política, el concepto de nostalgia con aquel de utopía puede llevarnos al equívoco, ya que rápidamente podría concluirse que toda manifestación de nostalgia en la vida política presupone un deseo exclusivo por la imaginación de repúblicas soñadas o inexistentes, inconcebible ⎯siguiendo esta lógica⎯ para el imperio de la razón que está haciendo suya la bandera de la modernidad naciente. Por lo menos en los inicios del Estado moderno y en la política que éste inventará, la razón es razón de Estado, lo que quiere decir violencia “pura” o “divina”. La confusión radica, en consecuencia, en reproducir la creencia de que la constitucionalización del Estado moderno con la invención del derecho moderno frente a la violencia de la vida no asociada es un dominio que no tiene su origen precisamente en la violencia pura o divina, lo que lo hace un argumento insostenible, ya que no hay derecho en la modernidad que no esté fundado en el exceso de una violencia interna a éste (Benjamin, 2007, pp. 113-138; Benjamin, 1973, pp. 193-194).
    Por consiguiente, hay que insistir que se trata de una nostalgia por una pérdida, por un “coagulante” que falta y que, conjuntamente con la aceleración de una auténtica política de la imaginación renacentista donde tiene lugar un sistemático “comercio con los fantasmas” (Agamben, 2006, p. 31) que pretende darle un cuerpo a aquello que se presenta como un “humor” incorpóreo, se reproducirá obsesivamente a partir del humanismo renacentista en la forma de la melancolía, que termina por ser “la heredera laica de la tristeza claustral” (Agamben, 2006, p. 18). Por ello, la inauguración de un nuevo modo de mirar filosófico que está presente en el humanismo renacentista es una respuesta sutil y respetuosa en las confrontaciones de la Iglesia a la posibilidad de volver a la filosofía un remedio y un cuidado del espíritu (Garin, 2008). Entonces, ante las enfermedades del espíritu, incluida la dimensión irrenunciable y por momentos incontrolable del deseo (después desarrollada por Diderot), se les dará respuesta con la redacción filosófica de distintos proyectos utópicos, que precisamente pueden ser leídos como un efecto del recambio semántico que abre el tiempo histórico a las oposiciones clásicas entre política de los antiguos y política de los modernos, entre lo viejo y lo nuevo, entre tradición y modernidad. En pocas palabras, es el comienzo de la constitucionalización del Estado moderno y de la sociedad que le resultó inherente. Por ello, y junto con Marco Revelli (2008, pp. 45 y ss.), se puede sugerir que la constitucionalización del Estado moderno es el movimiento definitivo de ruptura entre la escritura de “la política de los antiguos” frente a la escritura “política de los modernos”. Derivada del deseo de asociación para producir un “poder común”, la pragmática cristiana que vinculaba la injusticia de los hombres con el primado del mal ⎯inherente a la naturaleza humana⎯, con el miedo que genera la vida no asociada y con el espíritu de competencia de los hombres que los llevará a enfrentarse unos contra otros, gradualmente perderá su densidad simbólica para dar paso a la construcción de una oposición social y política a la sintáctica teológica del mundo y la justicia divina por una parte, y al “arte del bien común” (Revelli, 2008, pp. 47; Bobbio: 2004, pp. 239-253), entendido como el campo semántico de los antiguos por la otra, asumiendo por accidente en el momento de romper con la escritura de la política de los antiguos ⎯en los términos incluso confesionales donde toda sintáctica no es letra muerta, antes bien es un acto performativo⎯, los efectos y costos de la competencia y de la constatación de un mundo sin medidas fijas: la desconfianza, la avidez y la guerra. No hay que olvidar que ésta última se origina cuando todos quieren un bien que es escaso en un contexto de creciente “discrepancia de los deseos” (Piccinini, 2005, p. 101). De lo que se trataba era transformar el deseo en un interés en común que obligara al individuo tanto a subjetivarse con los otros (experiencia de sociedad) como a sujetarse al Otro (Estado). Lo evidente en ese momento es la imposibilidad de alcanzar el bien común que cede su lugar al interés común de la razón de Estado. (Es una disyuntiva que reaparece en el horizonte de la democracia a partir del siglo XIX en la pretensión por “armonizar” la representación política territorial y la representación de los intereses.)

    Tommasso Campanella


    El resultado fue la cimentación de un tiempo sin origen e inicio, y en el cual la utopía ⎯y también sus reversos bajo la forma de la heterotopía⎯ se fundan en una trama que pretende resolver desde una exigencia ética el problema ya sin respuesta de la indecibilidad: los proyectos utópicos perseguirán una “idealidad [que] nunca puede realizarse por completo” (Hubig, 1991, p. 61). Por ello, la reacción a la pluralización y al cambio semántico del lenguaje sobre la política tendrá en la utopía una doble inscripción: “hacia afuera” del universo relacional de la comunidad como forma metapolítica y autorreferencial respecto al dispositivo del orden, pero también “hacia adentro” con la puesta en acción de un proceso de sacralización de la política que necesita de ambas direcciones para su conclusión, ya que sólo así es posible relocalizar ese tiempo perdido y fundacional en el espacio social de la experiencia cotidiana.
    Este larguísimo rodeo tiene su razón de ser en el hecho de que no podemos entender el nacimiento de la “república apostólica” de Campanella (2009, p. 296) si no observamos el fenómeno histórico del cambio de la semántica sobre la política que culminará con la respuesta utópica a los desafíos que el nacimiento del Estado moderno estaba exigiendo.
    República del pasado o república del porvenir, la aparición casi anónima en los primeros años del siglo XVII de La ciudad del Sol termina por ser considerada como el texto utópico más famoso del mundo moderno. Para comenzar, La ciudad del Sol es un texto que vive y camina por un campo minado, pues su nacimiento público está cubierto por la sombra de la cruzada “anti-astrológica” declarada y sostenida por Urbano VIII en la Bula papal Inscrutabilis de 1631, que a su vez está relacionada con las pretensiones políticas papales de frenar la individualidad y el secreto inherente a la primera de lo que podríamos llamar el gobierno y la técnica astrológica, la cual formaba parte del dominio intelectual de Campanella (Ernst, 2008, pp. 64-65).
    El manuscrito fue redactado en italiano y terminado hacia 1602, cuando Campanella se encuentra en prisión en Nápoles, acusado de ser el artífice de una intentona de revuelta contra la Iglesia y la Corona española, acompañada por la “maquinación de una nueva religión y un nuevo Estado” (Passerini, 1836, p. VIII). En ese primer borrador están presentes las preocupaciones que por aquel entonces Campanella tiene respecto a la posibilidad de construir una salida filosófica y política al Renacimiento a partir de una serie de reflexiones circulares que construyen puertas y ventanas para cimentar el desarrollo de la naturaleza humana con el mundo viviente. De hecho, gran parte de su obra es una reflexión profunda y ambiciosa encaminada a la construcción de una nueva filosofía de lo viviente (Passerini, 1836, p. XII). Así pues, por ejemplo, frente a un contemporáneo suyo como René Descartes para quien el sujeto que piensa es el inicio de todo filosofar, Campanella antepone el mundo como totalidad, dentro del cual el sujeto existe como focus inicial de la filosofía (Passerini, 1836, p. XIII). De este modo, se puede decir que Descartes descubre el mundo de la racionalidad del sujeto. En cambio, Campanella lo crea a partir del “arte” de la intuición. (Recordemos que este apetito por el absoluto será consolidado mucho tiempo después por la filosofía hegeliana.)
    Agreguemos que la peculiaridad de los umbrales de salida de la filosofía campanelliana radican en que desde su confección están cerrados. Sin embargo, habría que apuntar que el discurso de las “puertas” y “ventanas” se desdobla en dos tiempos distintos: hacia el interior de la ciudad, imaginan espacios abiertos; hacia el exterior, las ventanas están clausuradas, de hecho, son inexistentes. Esto se explica, señala Hubig (1991, p. 61), porque “Las utopías son imágenes de la competencia humana. Por eso tienen que ser universales, es decir, presentar una unidad y un orden cerrados respecto al ser humano, y al mismo tiempo determinar su relación con la naturaleza”. Asimismo, estas reflexiones fueron pensadas para ser presentadas en el Jubileo romano de 1600, donde, por cierto, caerá la condena sobre Giordano Bruno. Sin embargo, eso no sucedió. El manuscrito empezará a circular hasta 1607, gracias a su amigo alemán Gaspar Schoppe, a quien Campanella le confía todas sus obras escritas hasta el momento con la esperanza de volverlas libro. Cosa que tampoco sucedió, pero las copias manuscritas empezaron a reproducirse y circular, hasta que finalmente aparecerá en 1623 su primera edición como libro en latín (Servier, 1995, p. 53).
    Hay que agregar que La ciudad del Sol es un texto que tiene 17 versiones que la hace por sí misma una obra de singularización fijada en lo mínimo y en el detalle, de lo cual le sigue que cualquier aproximación a su historia interna obliga a hacerle una hermenéutica y una disección, ya que cada versión no deja de abrir y cerrar puertas y ventanas (Ernst, 2008, p. 84). Al respecto, me parece que la metáfora del “abrir” y el “cerrar” corresponden con el hecho de que Campanella tuvo particular interés por la lengua de los umbrales y zonas de frontera, tanto territoriales como subjetivas. Así queda de manifiesto su particular fascinación por las disecciones oculares y la forma esférica del ojo, como lo muestra su brevísima estancia en Padua, donde llevaría a cabo “disecciones finísimas para investigar la anatomía y la funcionalidad visiva del ojo humano” (Firpo, 2008, p. XXV). Es decir, una necesidad siempre creciente por los “misterios” de la mirada y sus ángulos, que se reflejarán precisamente en La ciudad del Sol y sus versiones, ya que es una obra esférica donde cada versión lleva consigo un original y, por consiguiente, cada edición encierra su antecedente y abre su campo semántico a un original sin tiempo. Por ende, es una obra en 17 movimientos fundada precisamente en las huellas que deja como reminiscencias de cada una de sus escrituras pasadas y de aquellas por venir, es decir, huellas que pueden ser interpretadas, para usar una expresión precisa de Agamben (2007, p. 18), como “cristales de memoria histórica […] alrededor de los cuales el tiempo escribe su coreografía”.
    Ahora bien, podemos decir que La ciudad del Sol es el dibujo de una ciudad donde estalla con fuerza la voz de la falta de herencia y, por consiguiente, la discontinuidad aparece bajo la figura del desheredado que encausa con intensidad un “lamento profético, soportado en ecos bíblicos y dantescos” (Firpo, 2008, p. XVII), y en el cual uno de los objetivos que se traza su autor es otorgar una respuesta urgente a la cuestión del sufrimiento humano ⎯en la parábola, me parece, no tan clara del “justo que sufre”⎯, entendiendo por ello un movimiento de “desmesurada resistencia [que pretende la] reconstrucción de un mundo ético después de haber deconstruido la fe en la justicia de Dios” (Negri, 2002, p. 25). Insistir sobre este punto particular tiene una importante razón de ser en Campanella, ya que en él existencia y sufrimiento son inseparables, como lo demuestran los apuntes de los años más severos de su encierro. En particular, cuando este último supuso una capacidad “por afuera” de lo común para soportar condiciones inhumanas de aislamiento, y por ello la libertad opera como su horizonte intelectual, filosófico y religioso, pero también como alegoría viva y ética de su propia desaparición pública al pasar 27 años en cárcel, lo que lo volvería el preso político más célebre de la época, al grado de llamar la atención de viajeros y visitantes de todo tipo. Fuera del encierro, Campanella intenta coordinar y llevar a cabo una explicación metaracional acerca del orden del mundo; cuando está encerrado, sus preocupaciones gravitan sobre los misterios del ser y de sus enfermedades (Firpo, 2008, p. XXV).
    En consecuencia, tenemos una ciudad naciente donde sobresale un insistente discurso acerca del papel que juegan los muros, interpretables como fronteras de exclusión, pero sobre todo de recomposición entre lo justo y lo injusto del mundo. De este modo, los muros son la precondición sin la cual no es posible lograr el no lugar de la felicidad, la utopía. Después, Campanella pasa a la descripción de la forma de gobierno de su república, que se funda en una monarquía sacralizada desde el punto de vista político, e identificable en la figura del Uno (llamado Metafísico) que se “halla al frente de todas las cosas temporales y espirituales. Y en todos los asuntos y causas su decisión es inapelable” (Campanella, 2009, p. 189). Junto a estos rasgos, aparece como constante, la obligación y disposición tanto de hombres como mujeres a la guerra, cuyo entrenamiento lo juzga “género de vida”, es decir, una forma normal de relacionarse con aquellos que rodean los muros de la ciudad del sol.
    De igual modo, hay que insistir en el vocablo común que recorre toda la obra: las materialidades, los oficios, las técnicas, los modos de dormir, las maneras de vestir, la sexualidad fundada exclusivamente en su variante reproductiva, la disposición de los comedores y la comida (que se hace en silencio absoluto) y sus tipos; por ejemplo, una dieta otoñal basada en uvas como “remedio contra la bilis negra y la melancolía” (Campanella, 2009, p. 230), sugieren decir que precisamente el lenguaje de la nostalgia está fundado como una respuesta a los “inconvenientes” de las enfermedades del espíritu. Al ser lo común de todos y ninguno, esboza uno de los rasgos centrales de La ciudad del Sol: el sacrificio que anhela un sueño escrito “despierto” sobre la igualdad total (Burleigh, 2006, p. 37).
    Por lo tanto, La ciudad del Sol puede ser considerada un llamado violentísimo al orden perfecto, ya que para que este último pueda tener lugar, es necesaria la aparición de una forma autolegisladora donde el Uno, él, es “la eficiencia”, la respuesta, y los sujetos son “la falta”, están incompletos (Campanella, 2009, p. 247). En Campanella, al estar fundidos poder temporal con poder espiritual (Servier, 1995, p. 56), la religión política ocupará el lugar de todos y de ninguno (¡es la soberanía!).
    Lo anterior se traducirá en la punta de lanza para el largo peregrinaje de las ideologías modernas que inician con la experiencia democrática continental en la ruptura que supuso la Revolución francesa a partir de 1789 (Burleigh, 2006, p. 35). No es fortuito en este sentido que el vocablo “ideología” aparezca por vez primera en 1797, acuñado por Antoine Destutt de Tracy para denotar a la ciencia de las ideas y que inmediatamente será deslizado hacia una negatividad casi constitutiva: la ideología es una palabra que indica el universo político de la demagogia como predicación, por extensión, el ideólogo es un demagogo o predicador (Elliott, 2006, pp. 393-394). Para Napoleón el ideólogo era un demagogo, lo que le dio un carácter despectivo a la categoría. Esta operación política (tiene que ver con una nueva política de la palabra) podría ser definida como una “retórica en reversa”: si el demagogo tiene un carácter negativo por edificar un principio total de identidad (A = A; “la ley es la ley porque es la ley”), su apuesta por “tener” la razón es una apuesta por detentar la verdad mediante la puesta en acción litúrgica del primado de la comunicación (“cómo puedo decir algo”) en vez de operar una querella por la materia profunda del dicho; es decir, estamos en una querella por el lugar desde el cual se habla, no de la cosa que queremos desarrollar a través de la toma de la palabra.
    Este discurso que desplaza históricamente el sentido original de la ideología, puede tener anacrónicamente su correlato en la fraseología del “fin de las ideologías”, el “fin de la historia”, el “fin del hombre”, “fin del mundo”, que no hacen más que consolidar las narrativas del final (cuya salida más evidente es la utopía) o bien de la neutralización de los fines; por ejemplo, con el vocablo ideológico y jurídico de la “representación” se asiste a un principio de desplazamiento de la política: la categoría de representación no es propiamente hablando empírica, su origen es completamente discursivo e ideológico. Es una suma de diversos lenguajes que no logran componer un espacio en común. “La representación política”, advierte Rosanvallon (2004, p. 314), “se ejercita en la escritura de una novela de la sociedad al mismo tiempo que los individuos redactan su diario íntimo”.
    Si la ideología fue una categoría desconocida en el léxico de la política ilustrada, ella pretendió instituirse como un conjunto de “narrativas” en un intento de oposición al oscurantismo religioso. De tal suerte que es posible sugerir que era necesario el nacimiento del pluralismo y de la política de la conversión como paso previo a la constitución de ideologías robustas. En consecuencia, no podemos olvidar ⎯advierte el historiador inglés Michael Burleigh (2006, p. 63) ⎯ la tendencia moderna de que “todo movimiento político, incluidos los que intentan abolir el pasado, procura tarde o temprano fabricarse un linaje”.
    En el caso de la Revolución francesa no es un ejercicio vano sugerir que el dispositivo de sacralización de la política fusionó y dilató a un solo tiempo religión política e ideología, ya que esta última se volvía y ocupaba el lugar del nuevo fundamento del poder político. Es decir, en el fondo hay un desplazamiento de la nostalgia por lo que se está perdiendo a la urgencia de lo que está por aparecer, que terminarán mediados por la forma que adopta precisamente la violencia pura que está en la base como excepción del nacimiento de la ley y su fuerza en términos de actos estatales “supremos” (Agamben, 2003, p. 50). Es por ello que los discursos utópicos como lo es el de Campanella no son simplemente un regreso a un paraíso perdido, sino ante todo una salida de emergencia a la imposibilidad de reconectar una realidad que ya no puede ser encapsulada racional ni simbólicamente por completo pues está en constante proceso de disolución y cambio, a pesar de que jamás llega a su propia aniquilación.
    Para terminar, es oportuno agregar que Campanella fue un fraile ejemplar e indisciplinado, un conspirador de tiempo completo y católico “disidente”. Sediento de conocimiento, la lectura ocupó un lugar central en su existencia, aun antes de su encierro. Por lo tanto, el lenguaje fue su tierra y la palabra su casa, tanto oral como escrita. Hay que leerlo como un “herético” que al final encontró su tierra en el sol y sus brillantes arenas, y que al decir de uno de sus más agudos estudiosos ⎯como es el caso de Luigi Firpo⎯, fue un intento admirable por recuperar algunos tirones de la libertad en una época en la cual siempre estuvo en vías de extinción, tanto la de su autor como la de su tiempo, con la furibunda guerra de religiones (“Guerra de los Treinta Años”): “Campanella no repite solamente motivos platónicos, esquemas espartanos, reglas conventuales: en realidad anuncia las instancias profundas de la justicia social, entendida no sólo como igualitarismo mecánico, nivelador y libertino, sino como recuperación de la dignidad del hombre” (Firpo, 2008, p. XXXV). Esta puede ser por su parte una salida “excepcional” a las nociones clásicas acerca de los discursos utópicos, pues Campanella cimentó el horizonte que el pensamiento revolucionario hará suyo no sólo en 1789, sino a lo largo de los siglos XIX y XX bajo las formas de las exigencias de la justicia, la dignidad, la socialización del trabajo y la política, así como en la politización de lo cotidiano y la subjetividad y que terminaron por configurar a su modo un “imperio donde jamás se oculta el sol” (Firpo, 2008, p. XXIX).
    Quizá podríamos concluir, por nuestra parte, que la imagen del sol y a pesar de la alergia que provocó en los revolucionarios franceses que harían de la religión civil su Iglesia (incluido el saqueo y destrucción del convento parisino de los dominicos de la Rue St. Honoré donde fue enterrado Campanella en 1639), es siempre la metáfora dramática de esa libertad humana contradictoria e imposible de callar y que, en oposición no sólo al sufrimiento sino también al poder político terrenal, podría ser leída todavía hoy como una respuesta humana al abandono del sujeto en las confrontaciones con cualquier dispositivo discursivo de ley y autoridad. Es decir, el abandono del hombre al destino que él mismo está incapacitado para leer “correctamente”, pero que desea conquistarlo y alargarlo en su propia historia, será desde el humanismo renacentista y con mayor fuerza en las salidas políticas a éste como sucede con Campanella, una tensión creciente entre melancolía y ley, pues si existieran buenas leyes en el interior de una sociedad, la melancolía no estaría presente, mucho menos el hombre se lanzaría a la aventura quijotesca por intentar llenar políticamente el vacío entre un paraíso perdido o faltante y una tierra por venir que termina por concatenar espera y promesa en el horizonte del tiempo (Servier, 1995, pp. 19, 58, 139).

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