Etiqueta: Literatura italiana

  • Antonio Tabucchi: hacer las cuentas con su oficio

    RESEÑA DE: Antonio Tabucchi, Autobiografías ajenas. Poéticas a posteriori, Barcelona, Anagrama, 2006. [La reseña fue hecha a partir de la versión italiana que apareció en 2003 publicada por la Editorial Feltrinelli en Milán]


    Para Antonio Tabucchi, la autobiografía, es un género literario ambiguo por naturaleza. Más aún, cuando se llega a la conclusión que este género corresponde a la narración de la propia biografía pero bajo la forma que adopta en la vida de los otros. Ser leído e interpretado por otros ojos y voces puede resultar encomiable, pero también degenerado. En particular, cuando la interpretación encuentra sus límites en el momento en que el autor objeta o rechaza la naturaleza artificial asignada a su trabajo por el lector. ¿Qué tipo entonces de naturaleza tiene el oficio de escribir? ¿Es acaso el mismo mecanismo usado cuando uno está del otro lado, es decir, el de la lectura? Resumamos así: ¿Cómo explicar este peculiar mecanismo de mimesis de la apropiación?
    Si bien es cierto este tópico es clásico de la reflexión que en distintos tiempos ha sido realizada sobre el oficio de escribir, ello no imposibilita al autor para que en su último libro, intitulado Autobiografías ajenas. Poéticas a posteriori (2006), ofrezca un conjunto de “hipótesis vagabundas” alrededor de los porqués y las contradicciones, así como de algunas posibles claves de lectura de sus libros, en tanto síntesis de un ejercicio intelectual que pretende hacer las cuentas consigo mismo.
    Para este autor, hacer las cuentas con su oficio, significa ofrecer un poco de vergüenza y honestidad al lector. La razón principal es que el escritor piensa poco en ellas; y no por desinterés, antes bien, porque su trabajo está inscrito en otro pasaje. No obstante, es aquí donde radica la paradoja en toda su extensión del oficio de escribir. Por una parte, Tabucchi habla del darse cuenta después de haber escrito un libro y con la perspectiva que expresa el alejamiento temporal, que la supuesta desaparición del escritor y su biografía de la narración son imposibles; y, por otra parte, que esta negativa a desaparecer es la que precisamente obliga al escritor a discernir sobre las dudas del oficio y del sentido que este último está expresando para él. Ya lo advierte en el epígrafe que utiliza de Joseph Conrad: “Primero se crea la obra, y sólo después se reflexiona sobre ella. Y es una actividad ociosa y egoísta que no sirve a ninguno y que frecuentemente conduce a falsas conclusiones”. Sin embargo, las conclusiones, en algunas ocasiones, no resultarán del todo falsas. En particular, porque para Tabucchi es necesario llegar al problema de la distinción efímera y borrosa entre lo real y lo no-real, en un intento, nos dice, por definir las fronteras de la verdad, pero no la verdad misma, porque en literatura su reputación siempre se volverá dudosa.
    Al mismo tiempo, insiste sobre aquel “pacto novelesco” necesario entre autor y lector: “Según las indicaciones de una cierta crítica, quizás un poco rígida pero no por ello menos útil, podemos decir que la novela, antes que establecer entre el autor y el lector un ‘pacto autobiográfico’ (en el sentido de que el lector acepta eso que el autor ha escrito sea una autobiografía), establece eso que se define como un ‘pacto novelesco’: el lector sabe que aquello que está leyendo proviene de la experiencia del autor, pero es al mismo tiempo consciente que tal experiencia ha sido transformada en ficción, es decir, en novela”. Al respecto, pareciera que la finalidad es ponerle un orden al conjunto de su obra. A posteriori. Sí, porque como bien lo explica, sólo en el después de la narración, los motivos que empujan en una determinada dirección el libro, serán posibles de comprender.
    Al ser un espacio sin tiempo, una simple fantasmagoría, el pacto de identificación vendrá definido por el autor como “un río sin orillas”. Es decir, la literatura no confirmará ningún suplemento extraordinario de la vida, ni siquiera puede ser considerada, en el mejor de los casos, un puerto seguro de emancipación. En efecto, hará referencia a la vida novelada de los personajes, así como a la experiencia de otra instancia vivida, autónoma e incontrolable, un movimiento, “un universo en expansión”, que es el momento en el cual el personaje sale del mundo de la narración y entra a la vida de todos los días. El oficio de escribir, de narrar historias, escudriña siempre en los fondos más oscuros de la existencia, pero tomando precauciones de que tal fondo no resulta esencial para narrar. Sobre todo porque se parte del hecho indiscutible de que es inagotable.
    Después de ello, es necesaria una clara distinción -y por ende- separación entre el estilo puramente literario y la biografía. La literatura es, en este sentido, un movimiento constante a lo fantástico, al ámbito de lo no-real, que siempre puede volverse real cuando salta y explota en la vida de los lectores. Dice Tabucchi: “entrar en la escritura creativa significa salir del tiempo, eso presupone una soledad absoluta, sustraerse de los otros, nosotros de los otros, nosotros mismos a nosotros mismos”. Por ejemplo, es interesante leer sobre este argumento en Autobiografías…, el reclamo de un doctor donde asegura que su vida y su frustración llevadas a un rango de tercera categoría fueron las fuentes de inspiración de Tabucchi para la creación del personaje principal de En el filo del horizonte. La respuesta de Tabucchi es clara: “No me busque en este libro. Blanchot ha dicho que el escritor ‘muere’ no apenas su escritura existe. Si entra en el espacio literario, y todo es blanco, todo es posible. Si quiere, he escrito autobiografías ajenas. ¿Me permite la expresión? Así pues, como en casi todos mis libros, he escrito autobiografías ajenas” (p. 102).
    En resumidas cuentas, el dilema es saber si la narración puede llevar consigo los gérmenes de sus delitos y sus castigos, cuyas repercusiones serán siempre aquellas que suenan en el lector, ya que el autor estará muy lejos, buscando otro horizonte narrativo. Circularidad y diferencia tal vez sean las dos palabras que definan el último trabajo de Antonio Tabucchi, vagabundear como él mismo define su libro, y que puede sugerir puntos interesantes sobre una de las mejores plumas de la literatura italiana actual.

    Publicado en El Ángel, revista cultural del periódico Reforma, núm. 457, 26 de octubre 2003, p. 5.

  • Umberto Eco: la esfera y el diálogo


    Reseña de Umberto Eco, Baudolino, Madrid, Lumen, 2001.


    Ambientada en el bajo Piemonte, al norte de Italia y en donde actualmente se encuentra Alejandría, Baudolino –la última novela de Umberto Eco- cobra forma en la carne de un adolescente épico, visionario, mentiroso, embustero, adivinador, mago, “don palabras”, que tiene el encanto de seducir al famoso Federico barba roja al punto de volverse su hijo putativo. Pero también su verdugo.


    Umberto Eco nos presenta la historia de un delito imposible, un teatro incontrolable de dimensiones lingüísticas, delirantes, que siempre celebrará la fuerza de la imaginación y de los no-lugares. Es decir, Baudolino personifica la invención como vida: lo que no se sabe tiene que ser inventado; por ello, la invención puede venir historia y la fantasía acción. Lo que predice el personaje se sucederá en las proximidades de un tiempo futuro. De aquí pues, que tanto para Baudolino como para Eco, el futuro siempre será anterior al propio tiempo.
    La peculiaridad de esta novela histórica radica en el hecho de que ninguna cosa es digna de ser repetida: se transcurre entre la construcción de una famosa carta al Papa Juan (aquel que prometió alguna vez un reino fabuloso para Occidente), y el ocaso-alba del Lejano Oriente gobernado por un rey cristiano, del cual hasta Marco Polo tuvo estuvo obligado a dar cuenta. También, se lee el paso de los 14 a los 16 años de un Baudolino que intriga y castiga al extremo de obligar a Federico a emprender un viaje, con el pretexto de una cruzada, al encuentro del Papa Juan para mostrarle la más preciosa reliquia de la cristiandad. Sin embargo, en el trayecto morirá en circunstancias misteriosas, las cuales solo le serán reservadas a Baudolino, quien sucede a su padre en la travesía al lejano oriente, y a su paso encontrará los clásicos monstruos que habita de largo bestiario medieval.
    Contada a Niceta Comiate, historiador bizantino, en el fondo de la novela observamos la manera por medio de la cual un imperio puede ser construido: aquí, Constantinopla y el cristianismo perseguirán un mismo fin. Pero la narración demuestra que una palabra puede provocar cataclismos, lo que supondrá decir que cualquiera y en el lugar que sea siempre podrá encontrarse en vilo, próximo a sucumbir.
    Baudolino es un libro colmado de claves de lectura. Es una esfera por la cual mirar al mundo no supondrá más un acto de fe: todo los puntos son fuga, avance, ruptura, extensión o rodeo, ausencia de centro, donde la palabra deviene en heterotopía, como las que encontramos en Borges –decía Foucault- pero también presentes en Cortázar: en el lugar de la “Maga” mejor Beatrice, a la cual sólo basta mirar para caer al vacío, tal y como se lee en la ardorosa narración de Dante, a la que Umberto Eco pedirá ayuda: “ En ti está mi bien, mi esperanza, mi reposo; mi ánimo te encuentra, te custodia”.
    El diálogo que se teje es aquel que oscila entre la parábola y los orígenes. Entre una Alejandría que es la tierra natal del autor y la redundante búsqueda de la originalidad del inicio, casi como la ansiada búsqueda del derecho reservado a la sorpresa. De aquí, que podamos leer el sinsentido hecho con los tirones del propio sentido de la novela, y que para Eco será la única forma de presentar la intermitente búsqueda del “sentido” de la existencia. Su soporte siempre será el diálogo, sobre todo el que descansa en la metáfora: poner a dialogar lo uno con lo múltiple, la voz con la boca: qué se dicen, cómo se dicen las cosas, que intercambian, porque son Uno y en su mismisidad se suceden, es decir, resultan ser inagotables, tal vez como una fuente, pero también como el río.


    Texto publicado en El Ángel, revista cultural del periódico Reforma, 4 de noviembre, 2001, p. 6.