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  • Éric Fassin: la doble ilusión del populismo


    Reseña de: Éric Fassin, Populismo de izquierdas y neoliberalismo, Barcelona, Herder, 2018, 128 pp.

    Por Israel Covarrubias

    Los fantasmas, dicen, siempre tienen un lugar reservado cuando se observa el espectáculo que la política desarrolla por medio de sus formas, sean las más refinadas o las más burdas. Como se sabe, esas expresiones no se desarrollan de manera lineal, mucho menos sin mezclas. Quizá el populismo está en una situación parecida, al ser un fenómeno de naturaleza compleja, ya que tiende históricamente a la hibridación de sus articulaciones. Esta es la premisa que encontramos en uno de los estudios clásicos en la materia, de título Populismo (Buenos Aires, Amorrortu, 1970), donde sus compiladores, Ghita Ionescu y Ernest Gellner, sentencian: “Un fantasma se cierne sobre el mundo: el populismo” (p. 7). Un fantasma que convoca pasiones contradictorias, pero también episodios históricos extraordinarios para el estudio de las dinámicas del poder, tanto en las viejas como en las nuevas naciones. En suma, sugerir que el populismo es un “fantasma” es un recurso conceptual relevante, aunque problemático, porque lleva directamente a un callejón sin salida, que es el de la imposibilidad (junto a su ambigüedad) para definir qué es el populismo, aunado a la incapacidad de sostener una definición compartible en un área geográfica determinada o en un campo conceptual específico. Sobre este problema abundan la bibliografía, sin tener al día de hoy una respuesta clara al respecto.
    La obra de Éric Fassin, Populismos de izquierdas y neoliberalismo, señala rápidamente dos campos de batalla alrededor del fenómeno político más discutido en los últimos lustros en el ámbito de las ciencias políticas. No redunda sobre esa ambigüedad conceptual. El primer campo es la relación ilusoria entre populismo y clases populares, que coloca la retórica política en un cuadrante de eterna “deuda” con los excluidos de siempre. El segundo campo es la reificación del populismo como una totalidad cerrada (“un pueblo”), donde tiene lugar un proceso de des-diferenciación social. Por lo demás, el ensayo lo escribió inmediatamente después del triunfo electoral de Donald Trump en Estados Unidos en enero de 2017, y salió a librerías antes de la victoria electoral de Emmanuele Macron en Francia en mayo de ese mismo año.
    Lo interesante de este breve ensayo es que su autor, un sociólogo político bastante conocido en América Latina, es un estudioso serio de las mutaciones recientes que han tenido lugar en campo de las identidades y las sexualidades, así como en aquel de los racismos, que son ámbitos estrechamente conectados, no obstante que los trabaje respetando la autonomía que tiene uno respecto del otro, y con particular atención a los casos norteamericano y francés. Dos modelos, dicho sea de paso, divergentes respecto a las concepciones sobre el orden democrático global. Es con este telón de fondo, que Fassin incursiona en la reflexión sobre el llamado “populismo de izquierdas” y su vínculo no necesariamente antagónico con el neoliberalismo.
    ¿De dónde parte el autor?, ¿cómo llega al populismo? Fassin sostiene que su punto de partida es lo que llama “la politización de lo vivo” (p. 10), representado en los juegos del poder que tienen lugar en los entresijos de la “norma” y la “ley”. Estas expresiones hoy son traducidos en experiencias de enorme visibilidad como el acoso sexual o los dilemas jurídico-sociales de las familias homoparentales. Por esto, es que para el autor hablar de democracia es hablar de una forma de sociedad, más que de un régimen político. Una forma social que batalla –aquí la impronta de la escuela francesa de teoría política es evidente– con su principio de indeterminación, con la falta de normativización pre-política y pre-social. Al respecto, dice:

    “la sociedad democrática renuncia, pues, a fundar su propio orden sobre la legitimidad de verdades trascendentes (como Dios, la Tradición, la Naturaleza); su tarea consiste en basarlas en valores inmanentes: el orden de las cosas no está dado, somos nosotros quienes lo instituimos” (p. 11).


    Atento observador de los cambios políticos que han tenido lugar en Francia en los últimos años, en especial bajo las administraciones de Nicolas Sarkozy (2007-2012), y François Hollande (2012- 2017), está convencido de que la democracia liberal, basada en la garantía de derechos, se ha precarizado gracias a las políticas de confrontación y presión entre un “nosotros”, traducible como nosotros los franceses blancos, y un “ellos”, los “no franceses”, o que por su apariencia “no francesa”, son ex ante definidos y normativizados incluso penalmente como extranjeros. No olvidemos que esta andanada retórica y estratégica dio lugar durante 2015 a uno de los episodios más vergonzosos de clausura de fronteras en la Unión Europea, donde hasta la socialdemocracia terminó por aproximarse a las posiciones de la derecha tradicional, por lo menos con relación al asunto de la inmigración, provocando un replanteamiento serio de lo que significaban las prácticas políticas “desde la izquierda” en los últimos lustros, así como cuestionar si era posible contar con una opción seria desde ese cuadrante ideológico y político.
    La insurgencia del populismo es un efecto de esta presión. Su campo particular de expansión, agrega, tiene que ver con una “depresión militante” a causa del desdibujamiento de las competencias y las opciones de izquierda para la acción política (p. 16). En los ambientes tradicionales de las “izquierdas”, este es el contexto de la convicción de que es necesario “volver a empezar”, esto es, de que no hay que dejarse llevar por la marea de la “melancolía de izquierda”, como la define Enzo Traverzo, causada por la pérdida de los referentes y las brújulas intelectuales, así como por el colapso de las experiencias partidistas definibles como de “izquierda”. Volver a comenzar, para meternos al asunto del populismo, es “cambiar el pueblo” y “cambiar de pueblo” (p. 17). ¿Qué quiere decir el autor con estas dos inscripciones?

    “La primera se inscribe en la continuación de mis trabajos sobre las cuestiones sexuales y raciales; en vez de seguir una visión populista del universalismo republicano que opone el ‘pueblo’ a los bobós o incluso las clases populares a las minorías sexuales o raciales, hay que cambiar las definiciones: en vez de reducir lo social a un pueblo de hombres blancos, hay que abrirlo a un pueblo múltiple” (p. 17).

    La segunda acepción tiene que ver con el compromiso

    “con lo que el filósofo Michel Feher ha calificado como ‘política no gubernamental’, hablando de la política de los gobernados más que de los gobernantes […] prácticas de la política por parte de ciudadanos movilizados, fuera de los partidos, a favor de distintas causas –lo que llamaremos un público-. Movilizarse a favor de los sin papeles, del derecho a la vivienda o contra la violencia policial es constituirse como un público” (pp. 18-19).


    Estas dos inscripciones mueven de manera sugerente las coordenadas instrumentalizadas en nuestros días cuando se aborda el estudio del populismo, en la medida en que permite la desmonopolización de su universo interpretativo, y que redunda la mayor parte del tiempo el clivaje amigo-enemigo. Tan es así, que el autor sentencia que esta concepción sobre el populismo, es particular aunque no exclusiva de los ambientes de izquierda, ya que siempre ven en ella un nuevo comienzo, que

    “permite hacer tambalear el imperio del pueblo, a saber, el dominio de esta palabra sobre el discurso político, como si la democracia se redujera a la representación del pueblo” (p. 19).


    Un “público” no es “el pueblo”. De hecho, dice el autor, el auge de la retórica acerca del “pueblo” va “en detrimento de los ‘públicos’, o cuando menos sin relación con ellos” (p. 20). Esto cobra mayor vigencia cuando estamos hoy discutiendo sobre potenciales salidas políticas a los efectos perniciosos del neoliberalismo, y particularmente cuando es un problema global que éste proceso va en una dirección opuesta al desarrollo de la democracia. El desafío es, entonces, no perder de vista que “con el populismo, la izquierda se expone a confundir la democracia con la figura del pueblo” (p. 21).
    Para Fassin, lejos de pensar en una mera contraposición de programas políticos e ideológicos, el retrato a manera de “espejo invertido”, dice, del populismo está dado por las figuras de Donald Trump y Angela Merkel, particularmente cuando el primero sale en la portada de la influyente revista Time como el personaje del año de 2016, lugar que había ocupado justo Merkel en 2015. La distancia de uno a otra es insondable: “si se presenta a Angela Merkel como un dique de contención contra el fascismo en Europa es para poder contraponerla al populismo xenófobo del futuro presidente de los Estados Unidos” (p. 24). Sin embargo, el panorama no es tan simple, porque así como en Estados Unidos se tenía la preocupación por el nativismo de Trump, cuya campaña arreciaba en contra de los mexicanos, por su parte Francia se veía golpeada por una serie de ataques terroristas, comenzando con el asalto a las oficinas del semanario Charlie Hebdo, y que ese mismo año culmina con un trágico ataque a diversos puntos de la capital francesa durante el 13 de noviembre de 2015 (Netflix produjo un documental dividido en tres capítulos sobre este acontecimiento). Estos ataques abrieron de nuevo el debate sobre el “nosotros” y el “ellos”, en la ya de por sí polarizada sociedad francesa. Algo similar sucedió en Alemania, con la serie de “agresiones sexuales en masa, en Colonia y en otras ciudades de Alemania y de Europa” (p. 25), consolidando justo el eje principal del nativismo. Sin embargo, lejos de pensar en un supuesto efecto domino donde al ascenso de Trump, aún poco claro en aquel momento, le sucedería la salida de Reino Unido de la Unión Europea -cosa que sí sucedió contradiciendo los pronósticos más refinados de que eso no era posible- hasta llegar a un cambio en la orientación política francesa con el incremento de atendibilidad que ganaba Marine Le Pen luego de los ataques terroristas en París, lo que sí hubo fue un cambio drástico en la insurgencia populista:

    “ya no se asocia tanto a una reacción racista ante las olas migratorias y las explosiones terroristas como a un rechazo de las políticas neoliberales, en particular en las regiones industriales damnificadas, desde la Inglaterra de las Midlands hasta el Norte de Francia, pasando por el Rust Belt en los Estados Unidos” (p. 27).

    Por ello, agrega, “el populismo remite más a una lógica económica que cultural. Por eso resuena no solamente en la derecha, sino también, y cada vez más, en la izquierda” (p. 27).
    El clivaje xenofobico pierde fuerza, y queda reducido a las formaciones partidistas en ciertos ambientes de la extrema derecha, principalmente en Europa, para correrse al clivaje neoliberalismo-anti-neoliberalismo. El problema con la centralidad de un clivaje de este tipo es que clausura cualquier forma de expresión divergente a una mera constatación cerrada y absoluta. “La política de la representación nacional”, dice Fassin, “conduce a construir, no el pueblo, sino un pueblo” (p. 78). Pero, por otro lado, anuncia la pérdida de la potestad del proceso político por parte de las élites. El populismo anti-neoliberalista es una forma completamente contra-elitaria (p. 30).
    De aquí, pues, que “la palabra populismo [sea utilizada más] como un arma […] que como un concepto” (p. 31). Un arma política que funda su éxito en la exigencia de un reconocimiento no negociable del “pueblo”, esas masas de sujetos movilizados que son todo menos “ignorantes”, “denigrables”, “dóciles”, “perdidos”, “incapaces de hacer política”, “racializados”, etcétera. Esta es la clave de la insurgencia populista, o como lo señala el autor en su libro tomando prestada una expresión de Chantal Mouffe, “el momento populista” (pp. 36-37), especialmente el que corre por el carril de la izquierda. Ahora bien, la duda que trae a colación el autor es saber si el antielitismo característico del populismo reciente, donde incluso entran personajes oprobiosos como Trump, puede “hacer buenas migas con los valores de la izquierda”. Es una interrogante interesante, pero de no fácil respuesta. Lo que se juega en la respuesta es la posibilidad de “volver a reactivar” la política, determinada por la proliferación de lo que Fassin llama, repito, “los públicos”, es decir, la miríada de reivindicaciones de lo social, excluido por el neoliberalismo. Es, en suma, una interrogante que pretende problematizar la politicidad inherente al pueblo de los excluidos por las élites políticas y económicas, que en la época “dorada” del neoliberalismo contrarrestaron exitosamente sus exigencias con una creciente privatización de lo público y sobre todo de lo político.
    En este sentido, el autor define al neoliberalismo como un “despoblador” por su capacidad, siguiendo a Wendy Brown, de vaciamiento de la democracia, aunado a la exacerbación crediticia de la vida misma. Así es como se puede entender el por qué se engancha tan bien el fenómeno del populismo con la insurgencia de lo político, y que además, empuja hacia la “revitalización” de la dimensión “plebeya” de la democracia, que está compuesta no solo por clases populares, sino también por clases medias pauperizadas y clases que se sienten pasionalmente afectadas por el neoliberalismo (p. 51). El resentimiento “no es propiedad de una clase”, es “interclasista” (p. 93).
    Para Fassin, el punto de la inflexión populista es que bajo la égida de un concepto como “pueblo” se logra la convergencia de diversos públicos que están dispuestos a seguir una oferta política que rompa abiertamente con el status quo, a pesar de que quienes impulsan este rompimiento pertenezcan precisamente a esa realidad elitaria que existe dentro de las sociedades democráticas. Públicos divergentes que no son la expresión de los “excluidos” de siempre de la globalización, “sino de aquellos que, cualquiera que sea su éxito o su fracaso, insisten en que a otros, que sin embargo no les llegan a la suela de los zapatos, les estaría llendo mejor” (p. 87). Este es el auténtico coagulante del populismo, al hacer jugar el resentimiento por carriles inéditos para las formas tradicionales de participación ciudadana en las democracias.
    Si bien puede hablarse de una suerte de “coincidencia” entre los extremos, es decir, entre un populismo de derecha y otro de izquierda, ya que ambos exaltan un cierto tipo de resentimiento, aunque sus justificaciones morales e ideológicas estén orientadas a fines radicalmente diversos (por ejemplo, no son los mismos electores los que votarían a Trump o a Bernie Sander, o en el caso francés a Marine Le Pen o a Jean-Luc Mélenchon), lo cierto es que no es posible sostener empíricamente un discurso donde se pueda caminar de una orilla a la otra de modo fluido. Ambas opciones fundan su éxito en la intensificación de los afectos, pero para el autor es en este punto donde la distancia se vuelve incolmable: “El resentimiento no se convierte en rebelión, así como la indignación no se convierte en rencor” (p. 95).
    ¿Qué es lo que queda a la izquierda en esta situación histórica reciente? La respuesta es en cierto modo esperable. Fassin es un sociólogo crítico, comprometido, pero no complaciente con la izquierda “realmente existente”. Para él, un populismo de izquierda que pueda volverse una opción eficaz en el marasmo político de nuestros días, tendría que dirigir su atención a “conquistar a aquellas y aquellos que no sucumbieron a la seducción del fascismo” (p. 100), fascinación expresada con puntualidad en los “pequeños autoritarismos cotidianos” en el seno de la sociedad democrática.
    En este punto, Fassin recupera la idea de los “nanorracismos” de Achille Mbembe, que acompañan a los pequeños fascismos: “infligir de manera repetida pequeñas y grandes heridas racistas, con ‘lesiones y cortes’, es como perpetrar una forma de ‘violación repetida’” (p. 95). Esto es, confrontar una y otra vez al otro por el color de piel, por la incapacidad lexicográfica que tiene al no expresarse de manera adecuada en una determinada lengua, por la manera en cómo camina, en cómo viste o en cómo come, así como reproducir el léxico “inofensivo” de la sátira fascista justificada por una percepción ad hoc de la “libertad de expresión”, son ejemplos de esas micro narrativas que conjugan una violencia simbólica y física con la supresión de la expansión del orden político democrático.
    El trabajo político está en la recuperación de aquellos ciudadanos y ciudadanas que han preferido la opción del abstencionismo a la de la participación del “mal menor”. “Aquí –sigue Fassin- hay una verdadera reserva de votos, con la condición, en vez de abandonarlos a la abstención, de tomar partido por los abstencionistas” (p. 100). La lucha es en el orden simbólico de la democracia, ya que exige el redimensionamiento de las formas de soberanización, populares o no, que no pueden seguir siendo sostenidas en la forma de la nación y del nacionalismo (p. 102). Pero además, el debate debe hacer suya las separaciones entre las derechas y las izquierdas, así como dejar de lado la estrategia de sustitución política en las culturas de las izquierdas, para quienes a vocablos y experiencias como “socialismo” o “comunismo”, simplemente hoy se suceden con el de “populismo”, en una especie de solución de continuidad histórica, cuando precisamente advierte Fassin, lo que une a las dos primeras con la tercera experiencia es la discontinuidad, sobre todo cuando pretenden poner en relación a un populismo de izquierda con el neoliberalismo, al que siempre “es más fácil oponerse que proponer, resistir que inventar” (p. 106).
    Si la construcción de un pueblo aparece como imperativo en el manual del buen populista, hay que comenzar primero con la construcción de una izquierda que cobije al primero. Es un desafío que supera por mucho las prácticas y el pensamiento de la izquierda intelectual que hace del populismo su leitmotiv. Esto cobra una importancia mayor cuando se constata que el momento populista actual es, en realidad, un “momento neoliberal, que amenaza con ser un momento antidemocrático” (p. 128). Es esta constatación la que pone las bases de un debate intelectual, serio y plural, sobre el populismo actual.

    Reseña publicada en Literal Magazine, junio, 2021.

  • El populismo, aquí y ahora


    por Israel Covarrubias

    Reseña del libro Giacomo Marramao, Sobre el síndrome populista. La deslegitimación como estrategia política, Barcelona, Gedisa, 2020.

    El breve ensayo que nos presenta Giacomo Marramao es un mosaico rico en señales para la reflexión sobre la política democrática de nuestro tiempo. Su brevedad, compuesta de ocho secciones, no debe llevarnos al engaño, ya que es un ensayo clásico de intervención, un pamphlet sobre el populismo, que como es sabido, es uno de los fenómenos políticos más debatido en los últimos años, en gran medida a causa de su presencia en distintos regímenes políticos alrededor del mundo.
    El problema no es la presencia del populismo en la política actual, y la fascinación que produce, similar a la que provoca el vértigo frente al vacío. En realidad, el problema es lo que importa como conjunto de efectos. Es decir, preocupa su impacto y la transformación que imprime sobre las formas actuales de la legitimación política; así como la exacerbación de la emocionalidad y los sentimientos de frustración (agréguese la intolerancia a la frustración) de los ciudadanos por los resultados mediocres de la economía y la política a escala global; o el diseño radical de política social a través de lo que Jan-Werner Müller señala tímidamente como “legalismo discriminatorio” (que temo sea una forma de populismo casi exclusiva de América Latina, dado el diseño constitucional e institucional que tienen las imperfectas democracias latinoamericanas bajo el presidencialismo).
    Pero también la preocupación es debida por la activación de viejos fantasmas xenófobos (más claro entre los populismo de derechas) y en las nuevas vocaciones persecutorias, como lo fue la retórica de los “bad hombres” de Donald Trump, aunque también tenga vertientes diversas de concreción. Piénsese, por ejemplo, en el “populismo penal”, que advertía Luigi Ferrajoli como uno de los poderes salvajes en las democracias, y la propensión cada vez más recurrente de los políticos profesionales a pensar que los índices de criminalidad que existen en una ciudad pueden decrecer por simple retórica o por incremento de la presencia policial.
    Para comenzar, el populismo es una suerte de “estado de ánimo” de la experiencia democrática de nuestros días. Un estado de ánimo sin duda relevante, aunque no sea el único presente en la vida pública de la democracia, pues también existe un estado de ánimo melancólico vinculado simbólicamente a la pérdida biográfica y sistémica por habitar los restos de un mundo que ya no es, o aquel otro estado de ánimo férreamente anclado al ethos liberal-democrático que funciona adecuadamente en los seminarios de estudios avanzados, aunque su realización empírica sea difícil de escampar en las múltiples realidades que de lo social ofrecen las democracias.
    Para decirlo con brevedad, el populismo es una forma de concreción de lo político. Esto ya lo advertía Ernesto Laclau al inicio de su libro La razón populista. Entonces, el problema no es su definición, como muchos (y me lamento sinceramente de ello) y cada vez más colegas sociólogos y politólogos repiten por aquí y por allá: “el problema, dicen, del populismo es siempre el problema de su definición, porque es un concepto ambiguo”. En efecto, esto es un problema para los que no lo estudian seriamente; para los que leen los textos por encima o que de plano se conforman con lo que dicen algunos intelectuales sobre el fenómeno. El problema es más bien definir qué es lo político que convoca y desarrolla el populismo. Así, el problema es diametralmente opuesto a su definición, ya que el populismo es una forma específica de ejercicio del poder. Decir que es un concepto poliédrico no es directamente proporcional a suponer que es una categoría ambigua.
    Desde el inicio del ensayo de Giacomo Marramao, me llama la atención la perspectiva que utiliza para mirar al populismo y evitar justo la trampa de lo que podríamos definir tentativamente como su “imposibilidad conceptual”. Dice el autor: para pensar el presente donde aparece el populismo, con precisión, “para visualizar el presente”, tenemos que alejarnos de él, “como diría Carlo Ginzburg, con ayuda de un ‘catalejo invertido’”. Y agrega: “Sólo si se efectúa esta inversión de perspectiva puede captarse ese pliegue inactual del presente capaz de sacar a la luz las constantes y las transformaciones, las continuidades y las rupturas, el pasado de lo nuevo y la memoria del futuro”.
    La actualidad es siempre inactual, y la del populismo no es la excepción, ya que se presenta como una actualidad completamente inactual. El populismo acompaña desde hace mucho tiempo a la democracia. Es una suerte de presencia interna fuerte respecto a ella, pero también ha sido una ausencia presente a lo largo del desarrollo político democrático desde las últimas décadas del siglo XIX, cuando nace como movimiento político, primero con los naródniki en la Rusia en los años setenta de ese siglo —el historiador italiano Franco Venturi tiene una magnífica obra sobre el fenómeno—, y luego con el movimiento de los granjeros en Estados Unidos, que vio nacer al famoso People’s Party.
    Para Marramao el populismo está relacionado directamente con lo político. En específico, dice, el populismo atañe al enorme dinamismo del poder que hace del uso de la des-legitimación del oponente, el instrumento central de la confrontación entre partes en la democracia. Quitarle a cualquier formación política, o a cualquier líder oponente, toda forma de crédito es el objetivo de esta estrategia. Entonces, sin crédito alguno, ¿quién te considera atendible, es decir, por qué merecerías nuestra atención? Lo que se revela con la des-legitimación, es la instauración de un “dispositivo estratégico-retórico de des-valorización”, que ha podido enraizarse con fuerza particularmente en el contexto de la segunda posguerra, al volverse palpable “en las metamorfosis que han afectado a la esfera pública, la antítesis legitimación/deslegitimación implica un sistema de remisiones reticulares entre prácticas discursivas, lógicas estratégicas y dinámicas identitarias”. Y puntualiza:

    A caballo entre los siglos XX y XXI, estamos asistiendo al fracaso de los dos principales modelos de integración en la ciudadanía que hemos teorizado y practicado en el curso de la modernidad: el modelo universalista-asimilacionista republicano y el modelo diferencialista-multiculturalista fuerte, o ‘en mosaico’ —por retomar la metáfora de Seyla Benhabib—. Ironías de la historia: el ‘modelo République’ y el ‘modelo Londonistán’ producen las mismas formas de conflicto identitario, caracterizadas por el paso de la lógica del cálculo racional de los intereses a la lógica de la pertenencia (o, si adoptamos el léxico de Alessandro Pizzorno, de la ‘conversión’).

    Aquí estamos frente a un argumento fuerte del ensayo que no podemos dejar pasar. Dice Marramao: “Sea como sea, las prácticas de deslegitimación que caracterizan a las sociedades democráticas se sitúan a lo largo de una shadow line, una línea de sombra o zona gris en la frontera entre derecho, política y moral”. La exigencia de visibilización de aquel ciudadano que está en una posición de inferioridad frente a los ojos del superior, del estudiante frente al maestro, de la esposa frente al marido, del gobernado frente al gobernante, de lo femenino frente a lo masculino, etcétera, no solo fundan una distancia irreversible desde “lo impolítico”, sino además devienen nuevas maneras de socialización política de la diferencia. Esta posibilidad es uno de los ejes sobre los que gravita el síndrome del populismo, al empujar hacia la formación de un nuevo espacio de reconocimiento que orilla al cambio de la identidad, ya que pone en entredicho el propio pasado de cada sujeto, al grado de que éste acepta volverse otra persona, convertirse en otro. Es un espectáculo de mutación antropológica profunda, que además puede romper el vínculo con el tiempo extenso, con aquel del largo periodo, y coloca a las nuevas formas-de-vida en una constante velocización de sus propósitos.
    Ahora bien, ¿cómo ha sido posible esto? Existe, dice el autor, una suerte de descentramiento, y al mismo tiempo un incremento del policentrismo en las lógicas del poder en la democracia, consecuencia de la dispersión y excitación de sus potencialidades, confirmando su carácter tumultuario, pero que por su parte ha permitido la reproducción del populismo dentro de estas coordenadas, por lo que deviene un síndrome y no un mero síntoma de malestar o un adeudo por una promesa no cumplida. De este modo, para entender lo que está pasando con el populismo de nuestros días, necesitaríamos partir de una perspectiva post-foucaultiana sobre el poder. Esta es una necesidad urgente, ya que de otro modo no lograremos la comprensión de la institución de las dinámicas, tanto soberanistas como post-soberanistas del populismo, y de la función que están cumpliendo en el interior de la democracia. Argüir simplemente como hacen muchos comentadores, entre los que se incluyen académicos e intelectuales, que el populismo, “venga de donde venga”, es un fenómeno negativo sin mostrar más allá del ruido comunicativo en qué consiste esa negatividad, es naïf o perverso.
    Este cambio es fundamental, pues precisamente en nuestros días hay todavía algunos que sostienen que el populismo es una mera reacción a un síntoma de malestar, como hace una década se sostenía cuando se hablaba de déficits de la democracia. En realidad es un síndrome anclado a un régimen de historicidad que se basa en una concepción del tiempo ligada por completo al presentismo, tal y como lo define el historiador François Hartog en su obra Regímenes de historicidad: el aquí-ahora, el inmediatismo, pesa más que la proyección al largo plazo, concepción propia por ejemplo de la “Gran política” del siglo XX; el pasado, por su parte, termina siendo una mera construcción retórica que permite la invención de un origen ad hoc a la coyuntura. Por ello, el ascenso de una nueva clase política, que a veces se confunde con los meros diletantes de la política, con los “cualquiera” (el término italiano qualunquismo es justo en este sentido), logran o aprenden rápido a tener competencia política, social, financiera y mediática, para ganar elecciones. No cualquier persona que se postula, y mucho menos de esos diletantes que se postulan, son exitosos, hay reglas de participación incluso ubicadas en el terreno abiertamente ilegal, que son necesarias seguirlas con escrúpulo. No se puede ser populista de “salón”, o como decía Bauman respecto a los “activistas de sofá” que cambian al mundo cada día, no hay populistas “de sofá”.
    Pero en un contexto de presentismo y comunicación exponencial, donde hoy ya olvidamos los dislates de la semana pasada y de los años pasados, todo es posible en la democracia, tanto que pueden llegar al poder no los mejores, sino todo lo contrario. La discusión sobre si determinadas formas democráticas derivan en formas kakistocráticas sigue abierta, y hoy se vuelve más oportuna para el estudio del populismo.
    Ahora bien, la des-legitimación del adversario, ¿es un fenómeno nuevo o está de regreso con nuevos bríos? Para esbozar una respuesta a esta demanda, Marramao señala que es necesario cambiar el plano topológico donde la política se desarrolla, y ahí radica la importancia de un debate sobre el populismo en la clave que nos sugiere, esto es, por medio del estudio de la heterogénesis de sus fines. Esto es, constatar y observar el pasaje de la dimensión vertical de la política hacia su dimensión horizontal. El eje vertical es donde se establecen las relaciones clásicas entre derecho y política, entre justicia y ley, entre legitimidad e ilegitimidad. De hecho, páginas más adelante agrega que éste es el vector que atraviesa la relación entre gobernantes y gobernados, o dicho en pocas palabras, es el punto espacial de una concepción “arriba-abajo” donde son posibles y necesarias las relaciones de dominación (herrschaft). En cambio, el eje legitimación-des-legitimación es un clivaje que corresponde a un principio de identificación propio de la lógica del poder (macht), no de la mera dominación. Una lógica que corresponde a una inclinación en lo político en términos evidentes de la díada amigo-enemigo, y que forma parte del binarismo categorial de la modernidad a partir de los siglos XVIII y XIX, binarismo expresado en fórmulas del tipo “revolución/reacción, progreso/conservación, derecha/izquierda, nacionalismo/cosmopolitismo”.
    Si nos detenemos en el antagonismo del “amigo-enemigo”, el rasgo que lo “singulariza” está dado por la intensificación de la hostilidad pública entre partes (hostis), o sea, reparando claramente en el hecho de que la rivalidad, acaso mimética porque surge en un polo pero se reproduce con cada reacción del opositor, es posible porque el conflicto es “con aquel que nos combate” públicamente, y no “con aquel con el que tenemos odios privados” (inimicus). ¿Qué diferencia existe entre las dimensiones vertical y horizontal?, ¿qué cambio de perspectiva sucede con esa diferenciación? La diferencia radica en que el primer momento se caracteriza por “una axialidad vertical de tipo estructural-ordinamental” y el segundo por “una axialidad horizontal de tipo histórico-dinámico”.
    Este pasaje es de llamar la atención, ya que pareciera que el cambio topológico es lo que ha introducido el populismo en la escena democrática, pues la axialidad horizontal podría ser interpretada como un juego profundo de perspectivismo, esa “guerra de interpretaciones” que celaba Nietzsche, en una obra que lleva el provocador título de la Voluntad de poder. De nueva cuenta, pero con márgenes más amplios y más hondos de contingencia, aparece el dilema de la política o lo político, una guerra de interpretaciones que cobra forma bajo la égida del “politeísmo de los valores”. Lo uno y lo múltiple al mismo tiempo, ¿cómo lograrlo?
    Finalmente, una parte importante del ensayo la dedica a la recuperación y problematización del debate sobre lo político en la teoría del populismo como posibilidad no deslegitimadora, de autores como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Discute a través de ese diálogo crítico las condiciones históricas, teóricas y temporales bajo las que lo político es posible, en términos populistas tanto de su “emergencia” como de su “pertinencia”. En este sentido, se pregunta el autor: “¿Cuál es el destino, entonces, de las poliarquías democráticas? Para intentar una regeneración de la democracia no hay sino un camino: abandonar definitivamente el léxico de la legitimación/deslegitimación para trabajar en una reactivación del tema de la autoridad”.
    La comprensión del síndrome populista radica en estas dos condiciones: preguntarse por la emergencia (y las condiciones suficientes que la hicieron posible) a través de su enganchamiento con la indeterminación en la que reposa la sociedad democrática; “pertinencia” en el sentido de observar los contenidos de ruptura que introduce en una red amplia de intersecciones y combinaciones sociales que se agrupan y confluyen en un momento político determinado (critical juntures), empujando al populismo a revelar una parte de su significación, que a pesar del anti-esencialismo de sus prácticas, no deja de pervivir la fantasía del Uno, así como tampoco en la fantasía del igualitarismo radical que, por su parte, es imposible de volverla una realidad “común”. Quizá este sea uno de los nudos ciegos, tanto teórica como empíricamente relevantes, del populismo post-esencialista, ya que supone hilar finamente un argumento sobre la imposibilidad de hacer coincidir lo político con lo común, y lo singular con el plural de la democracia. “Pensar la política”, dice Marramao, “significa, por lo tanto, pensar ‘una práctica hegemónica’ que, con una estrategia unitaria, reúna un conjunto de diferencias, polaridades en conflicto y gran variedad de demandas que, de lo contrario, estarían condenadas a la dispersión”. Para ciertos populistas que van a las elecciones, que hacen política en el campo institucional, que terminan capturados por el límite diferencial entre la política y lo político, quizá esto no les guste.
    Así pues, el poder, desde una concepción profundamente anti-esencialista, se coloca como una práctica discursiva que produce momentos de confrontación intensa. La “guerra” es una metáfora, pero también es una experiencia, “intestina” en muchos sentidos, que cobra vida bajo la forma de la “guerra civil”, la stasis, que se expresa en “dinámicas policéntricas generadoras de conflicto entre diferencias irreductibles”. Un poder que es una relación social que estructura posiciones tácticas y discursivas, pero además desestructura su locus convencional, que cede su espacio a la indeterminación de lo social. El poder está siempre en construcción y, por lo tanto, en movimiento. Su veracidad y posibilidad de realización, desde un punto de vista de la radicalización democrática, es no perder de vista ese “resto excluido” desde el cual puede tener lugar el cambio y el reconocimiento, como decía líneas atrás.
    Asistimos, dice Marramao, al crecimiento de un doble espíritu de la democracia. Por un lado, tenemos el alma “madisoniana” que limita al poder; por el otro, el alma “populista” que activa la participación. El dilema de sofocar alguna de las dos dimensiones, nos empujaría definitivamente al dilema de vivir en democracias sin derechos, o bien, asegurar derechos sin democracia. Por ende, la democracia debiera ser pensada desde un punto de vista “estratigráfico”, ya que al tomar distancia de la enorme (in)actualidad del populismo, podríamos observar con precisión sus segmentaciones, sus fracturas, sus despliegues, y sobre todo lo que resta de ella en la forma hoy tradicional que hemos heredado del siglo XX y sobre la cual seguimos parados justo en ese mundo que simplemente ya no es.

    Reseña publicada en Metapolítica, Puebla: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, año 24, núm. 111, octubre-diciembre 2020, pp. 104-109.