-
No pasarán
Por Israel Covarrubias
Édouard Martin es un obrero francés de origen español en la industria siderúrgica. Trabajador migrante enraizado en la región de Lorraine (Lorena), en Francia, es un activista sindical relevante por su sinceridad y franqueza política. No pasarán. Contra la economía canibal (Malpaso, 2013) es un relato autobiográfico que describe la parábola del trabajo en el último medio siglo a partir de la singularidad contenida en su vida de líder sindical. En términos generales, la narración va del ascenso de las grandes industrias nacionales que despuntan poco tiempo después de la segunda posguerra a su declive, causado por la nueva configuración del capitalismo, que deja su marcado corte político y cede su lugar al capitalismo pospolítico en la transición del siglo XX al XXI.
Hijo de un obrero de la misma industria siderurgia, el autor nos cuenta cómo se convirtió también en obrero de esa gran industria ícono de la Francia moderna, expresado con todas sus letras en su monumento público más célebre, la Torre Eiffel, cuyo hierro pudelado proviene precisamente de la región de Lorena. En su libro, aborda los problemas internos de la industria, la solidaridad de clase entre sus compañeros obreros, el oficio siderúrgico que se aprende en la práctica diaria, donde mucho del aprendizaje es debido a la transmisión de saberes por parte de los obreros más viejos a los más jóvenes –lo que sugiere que no es un oficio que “se aprende por ciencia infusa” (p. 69)–, la división social de los barrios, el salario mínimo, el discreto welfare para los obreros y sus familias, así como el trayecto que siguió al sindicalismo, que lo llevaron a volverse europarlamentario y uno de los principales críticos de la Arcelor Mittal, empresa líder mundial en la producción de acero.
Martin no deja de llamar la atención en el cambio de velocidad que estaba teniendo lugar frente a sus ojos con la compra de la Arcelor por parte del grupo Mittal, encabezado por el empresario indio Lakshmi Mittal. En particular, subraya la dislocación que introduce el nuevo capitalismo en las relaciones obrero-patronales, que de un modo abrupto hacen a un lado toda la operación histórica que había tenido lugar en la mayor etapa de expansión del welfare en Europa, por una modalidad completamenre verticalizada que, en el caso de Mittal, se traduce en la incorporación de su familia a los puestos de dirección de la empresa, así como en un trato poco solidario y distante con los obreros y sus representantes sindicales, entre los que está Martin. Todo ello en el contexto de la administración de Nicolas Sarkozy (2007-2012), quien dejo a la deriva a los obreros, mostrándose como un cretino cuando Mittal estaba engolosinado con la desarticulación de algunas fábricas de la industria siderurgica como fue el caso de los altos hornos de Florange, pese a que dejaba ganancias aceptables, con lo que se confirma que el poder económico siempre está por encima del poder político. Paso algo similar con el siguiente presidente francés, François Hollande (2012-2017), que mostró mucho interés en el asunto, pero poca capacidad política para decidir a favor de los obreros. Es evidente que había una sensibilidad política diferente en ambos personajes, pero al final del día usaban el viejo recurso de aventar a la policía cuando los obreros querían acercarse al Elíseo. Los detalles de la historia que escribe Édouard Martin dicen mucho del espectáculo de travestismo ideológico y clasista de la política democrática de nuestro tiempo: siempre estamos de parte de los de abajo, pero no podemos favorecerlos.
No perdamos de vista el origen de Mittal, que lejos de cualquier tipo de chovinismo o colonialismo perverso, permite pensar que estamos en presencia de una suerte de variante descentrada, en este caso asiática, del nuevo orden global, regido precisamente por la forma caníbal que adoptó el nuevo capitalismo en su carrera hacia el siglo XXI. Es un capitalismo diferente, aunque igual de impertinente y destructor como el que encabezan los magos de la tecnología del tipo Elon Musk. De cualquier modo, son formas de hacer negocios a gran escala que han llevado al capitalismo a un punto de no retorno, ya que es ciego de sus consecuencias e intolerante con la vida humana y no humana. Están convencidos de que encabezan un nuevo orden mundial, donde el aspiracionismo hace las veces de aspirina para paliar la catástrofe, pues para ellos solo se debe atender a los“términos como rentabilidad, rendimiento, cash… Si en sus dominios una fábrica tiene problemas, pone en marcha el rodillo y, si hace falta despedir personal, lo hace sin escrúpulo alguno y sin, por supuesto, preocuparse por saber si hay o no hay familias detrás cuya suerte dependa de sus codiciosos caprichitos” (p. 68).
¿Cuál puede ser el interés de una historia como la de Édouard Martin para nosotros que vivimos en México? En su momento, Andrés Manuel López Obrador presentó a Lakshmi Mittal como un gran empresario mundial que había invertido mil millones de dólares en el complejo siderúrgico Las Truchas, que pertenece precisamente al grupo Mittal, en Lázaro Cárdenas, Michoacán, con lo que confirma que el populismo no está negado con el gran capital. Al contrario, es su palanca política más eficaz. Parece que López Obrador no sabe o hace como que no sabe que el único fin que persigue Mittal es que “Juega con el mundo desde su fortaleza londinense. Su único fin es es ganar dinero, más dinero” (p. 123).
Mittal representa un capitalismo que cancela toda oportunidad de futuro, inaugura un eterno presentismo en la medida en que rentabilidad o rendimiento no traducen la palabra deseo, porque este se coloca siempre más allá de nuestro alcance en el aquí y ahora, contrario a la ganancia que solo puede ser medible en tiempo presente. Si la industria siderúrgica en su momento era un orgullo nacional del país galo, hoy es una palanca que quiebra existencias a causa de las fórmulas aplicadas por el capital. Si podemos sintetizar la idea de economía caníbal presente en el subtítulo del libro, tendríamos que decir que es la pretensión de gobernar el absoluto por medios artificiales, derivados de la política del capital que no reconoce fronteras ni respeta diferencias, solo aprieta el acelerador hasta el fondo para ver hasta donde se puede llegar.
Estamos frente a una gran historia que subraya el rol de la dignidad en el juego de la exclusión, empuja a decir “no” al agravio y a la voracidad de los que no padecen hambre. El político y el mercader quieren destruir al que se indigna porque no saben qué hacer con él, más allá de golpearlo, humillarlo y destruirlo. Aunado al hecho de que parece que el pobre tiene prohibido rechazar las migajas que les ofrecen aquellos que están en el poder. La historia personal de Martin es relevante, porque desliza la política hacia lo político, un campo donde todo es puesto en disputa.
No sé si Martin tenía presente el eslogan que hizo célebre Dolores Ibárruri “La Pasionaria” durante la Guerra Civil española: ¡No pasarán!, en su defensa de la república y en contra del fascismo, pero su historia es heredera de esa tradición que toma la palabra para indignarse y no permitir que el interés de los muchos sea pisoteado por el ominoso apetito de un puñado de capitalistas, hoy colocados como el peor fascismo del que tengamos noticia en la historia contemporánea.Texto publicado en ElPost, 02/02/2024
-
Weber y la política como vocación. Estudios y reflexiones a cien años de distancia

En 2019 se cumplen cien años de la conferencia que, con el título “La política como vocación”, Max Weber dictara en enero de 1919 y publicara unos meses después. Se trata de una de las obras más leídas y comentadas de toda la enorme producción weberiana. Es por eso que ponemos en manos del lector una serie de reflexiones sobre tan importante texto, esperando contribuir a la mejor comprensión de Weber y a llamar la atención sobre la importancia que sigue teniendo dicha obra para las ciencias sociales y humanistas de nuestros días. Evidentemente, todos los autores que participan en esta obra leen y discuten diversos aspectos de la conferencia con relación al conjunto de la obra weberiana, así como frente a su complejo contexto histórico que la vio nacer, y finalmente queda siempre la inquietud por preguntarse junto con Weber por los problemas político, sociales e institucionales de nuestro tiempo. En este sentido, estamos convencidos de que es difícil que Weber pierda la batalla frente a la usura del tiempo.
CONTENIDOPara ver el libro completo dé clic aquí (PDF)
Prólogo. De la experiencia. El camino hacia Max Weber (PDF)
Nohlen, Dieter
Covarrubias, Israel
Sánchez de la Barquera y Arroyo, Herminio
“La política como vocación”. Un estudio preliminar a cien años de distancia (PDF)
Sánchez de la Barquera y Arroyo, Herminio
El porvenir de la política como vocación (PDF)
Borisonik, Hernán
Covarrubias, Israel
Weber y Nietzsche: voluntad de poder y asimetrías de la política (PDF)
Moreno Hernández, Hugo César
¿Es posible pensar el populismo desde la obra de Max Weber? (PDF)
Cruz Revueltas, Juan Cristóbal
La ética de la responsabilidad de Weber en la política de seguridad (PDF)
García Morales, Verónica Yazmín
Entre Beruf y Policy: más allá de la administración pública weberiana (PDF)
Torrens, Xavier
-
Umberto Eco: la esfera y el diálogo
Reseña de Umberto Eco, Baudolino, Madrid, Lumen, 2001.
Ambientada en el bajo Piemonte, al norte de Italia y en donde actualmente se encuentra Alejandría, Baudolino –la última novela de Umberto Eco- cobra forma en la carne de un adolescente épico, visionario, mentiroso, embustero, adivinador, mago, “don palabras”, que tiene el encanto de seducir al famoso Federico barba roja al punto de volverse su hijo putativo. Pero también su verdugo.
Umberto Eco nos presenta la historia de un delito imposible, un teatro incontrolable de dimensiones lingüísticas, delirantes, que siempre celebrará la fuerza de la imaginación y de los no-lugares. Es decir, Baudolino personifica la invención como vida: lo que no se sabe tiene que ser inventado; por ello, la invención puede venir historia y la fantasía acción. Lo que predice el personaje se sucederá en las proximidades de un tiempo futuro. De aquí pues, que tanto para Baudolino como para Eco, el futuro siempre será anterior al propio tiempo.
La peculiaridad de esta novela histórica radica en el hecho de que ninguna cosa es digna de ser repetida: se transcurre entre la construcción de una famosa carta al Papa Juan (aquel que prometió alguna vez un reino fabuloso para Occidente), y el ocaso-alba del Lejano Oriente gobernado por un rey cristiano, del cual hasta Marco Polo tuvo estuvo obligado a dar cuenta. También, se lee el paso de los 14 a los 16 años de un Baudolino que intriga y castiga al extremo de obligar a Federico a emprender un viaje, con el pretexto de una cruzada, al encuentro del Papa Juan para mostrarle la más preciosa reliquia de la cristiandad. Sin embargo, en el trayecto morirá en circunstancias misteriosas, las cuales solo le serán reservadas a Baudolino, quien sucede a su padre en la travesía al lejano oriente, y a su paso encontrará los clásicos monstruos que habita de largo bestiario medieval.
Contada a Niceta Comiate, historiador bizantino, en el fondo de la novela observamos la manera por medio de la cual un imperio puede ser construido: aquí, Constantinopla y el cristianismo perseguirán un mismo fin. Pero la narración demuestra que una palabra puede provocar cataclismos, lo que supondrá decir que cualquiera y en el lugar que sea siempre podrá encontrarse en vilo, próximo a sucumbir.
Baudolino es un libro colmado de claves de lectura. Es una esfera por la cual mirar al mundo no supondrá más un acto de fe: todo los puntos son fuga, avance, ruptura, extensión o rodeo, ausencia de centro, donde la palabra deviene en heterotopía, como las que encontramos en Borges –decía Foucault- pero también presentes en Cortázar: en el lugar de la “Maga” mejor Beatrice, a la cual sólo basta mirar para caer al vacío, tal y como se lee en la ardorosa narración de Dante, a la que Umberto Eco pedirá ayuda: “ En ti está mi bien, mi esperanza, mi reposo; mi ánimo te encuentra, te custodia”.
El diálogo que se teje es aquel que oscila entre la parábola y los orígenes. Entre una Alejandría que es la tierra natal del autor y la redundante búsqueda de la originalidad del inicio, casi como la ansiada búsqueda del derecho reservado a la sorpresa. De aquí, que podamos leer el sinsentido hecho con los tirones del propio sentido de la novela, y que para Eco será la única forma de presentar la intermitente búsqueda del “sentido” de la existencia. Su soporte siempre será el diálogo, sobre todo el que descansa en la metáfora: poner a dialogar lo uno con lo múltiple, la voz con la boca: qué se dicen, cómo se dicen las cosas, que intercambian, porque son Uno y en su mismisidad se suceden, es decir, resultan ser inagotables, tal vez como una fuente, pero también como el río.
Texto publicado en El Ángel, revista cultural del periódico Reforma, 4 de noviembre, 2001, p. 6. -
Cemento de sangre
Reseña de Sergio González Rodríguez, Huesos en el desierto, Barcelona, Anagrama, 2002, 334 pp.
Concentrada en parte sobre los aspectos corpóreos de las dinámicas de la violencia, los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, frontera norte, han llamado la atención de actores políticos y sociales nacionales e internacionales. Dicha movilización, tanto de recursos y fuerzas, así como de inéditas formas de hacer política en el país, ha ocasionado después de diez años una llamada para moralizar a la política –en su más estricto sentido weberiano-. Ello confirma el signo particular de este fenómeno social al hacer realidad una terrible premonición: en el futuro inmediato de la frontera norte nada podrá ser de nuevo como antes. Al mismo tiempo, representa uno de los fenómenos de violencia de mayor trascendencia política en la última década en el país, así como una de las múltiples deudas que en la actualidad la governance democrática tendrá que pagar. Por lo menos en el intento de garantizar una plena y eficiente procuración de la justicia respecto a la consolidación de la llamada Rule of law o Estado de derecho.

Cuando en México, la discusión sobre la violencia estaba dirigida hacia su significación política en la versión del sureste mexicano (EZLN), o bien, sobre las consecuencias perversas del binomio corrupción-violencia del tráfico de drogas y la industria del secuestro, así como de lo problemático que resultaba gestionar políticamente la pequeña criminalidad (violencia difusa), los asesinatos de mujeres emergen bajo dinámicas del asesinato que antes no estaban presentes ni en las grandes ciudades (cabe recordar que Ciudad Juárez es la quinta ciudad en tamaño del país), ni en las medianas y pequeñas comunidades semi-rurales y rurales (que a su vez comenzaban a expresar un fenómeno de violencia olvidado como lo han sido los linchamientos).
No dudaría decir que los asesinatos de mujeres comportan tres momentos que permiten un mejor acercamiento a su cabal comprensión: su visibilidad que inicia en los medios de información al ser un fenómeno de violencia extrema, la cifra y sus cualidades, los cambios y continuidades de la representación social que nacen como efecto del asesinato.
La salida a luz de los asesinatos por lo menos desde su irrupción en 1993 hasta 1995, manifestará un paso gradual de una marginalidad real o imaginaria, expresada en la tímida atención que merecieron en el contexto nacional, a lo que González Rodríguez define como «estrago colectivo». Sobre todo cuando las autoridades locales y del estado de Chihuahua, crean un primer sospechoso («El egipcio») transformado en autor intelectual y material de 35 homicidios de mujeres del total que en aquel entonces ya expresaban un crecimiento importante.
Después de ello, está el uso político de la cifra, que gravita en un primer momento en un número cercano al doscientos asesinatos (hacia finales de 1999) y ahora, a mitad del 2003, en un número igualmente cercano al trescientos. Este hecho obliga a detenernos en las distorsiones que la retórica de la violencia tiene cuando es referida con cifras –punto del cual toma distancia acertadamente González Rodríguez-, ya que el feminicidio en Ciudad Juárez introducirá elementos simbólicos de suma importancia, en particular, con relación a las fantasías sociales en la frontera. Hablar en términos de números sobre los asesinatos dinamitó el florecimiento de reminiscencias culturales que definirán el carácter principal del fenómeno en tanto expresión de una suerte de animalidad dirigida a la mujer. Por ejemplo, me viene a la mente una sugerencia: entre el llamado público tanto del doscientos como del trescientos, y el contenido de una obra como Los 120 días de Sodoma, del Marqués de Sade, existe la misma intención de puntualizar mediante una cifra, un fenómeno sexual circunscrito al tiempo y al espacio, brutal por sus características y consecuencias, y que puede volverse patrón común de una determinada organización societal a pesar de sus aparatosos efectos contrarios al orden social.
Soporte cultural y legalista del asesinato, así como del crimen en general, el uso político de la cifra se confirmará también en su prolongación a otro fenómeno como lo son las desapariciones que en una década han dejado un número aproximado de setecientas personas en esta frontera. La cifra, exagerándola o reduciéndola, según la conveniencia política, tuvo su punto de mayor trascendencia cuando el entonces gobernador de Chihuahua, Francisco Barrio, en su último informe de gobierno (1998) expresó que el número de asesinatos no era mayor al que se cometían en otras ciudades y poco significativo cuando era relacionado al total de la población de Ciudad Juárez. Al mismo tiempo, instituyó un umbral de significación desde donde las percepciones sociales sobre los asesinatos pudieron tener lugar. Es decir, la cifra tomó tales cualidades al punto de volverse elemento central de las reiteradas peticiones de justicia, disputa y lucha, por parte de familiares, grupos de apoyo, feministas, periodistas, organizaciones dedicadas al respeto de los derechos humanos. Al mismo tiempo, comportaba una peligrosa conexión con una lógica de desbordamientos antisociales donde el asesinato de mujeres cumplía una función central para activar nuevos roles políticos. Entre los cuales tendremos a la extinta organización «Voces sin eco» (autora de pintar más de 2000 mil postes de la CFE en todo Ciudad Juárez con una cruz negra en un fondo rosa para evidenciar la tragedia), la Coordinadora de ONG’s en Pro de la Mujer que agrupaba más o menos a quince grupos civiles, los grupos de ciudadanos organizados en brigadas de radio civil que por algún tiempo se dieron a la tarea de dirigir literalmente caravanas en el desierto para buscar los cuerpos de las jóvenes asesinadas.

Por otra parte, un elemento importante del trabajo de González Rodríguez es la prosa utilizada. Inteligible, no mistifica, no oculta ni exagera. Señala, toma distancia y recupera tanto los hechos como su representación. De igual forma, su libro está organizado a partir de una lógica de los indicios. En su obra existe un verdadero avance de hipótesis sobre las posibles causas de los asesinatos y sus autores, abre vías alternativas de explicación y documenta los presupuestos y las tentativas conclusiones. Todo ello bajo la brújula analítica y profesional de no desechar ningún elemento por extraordinario o increíble que parezca. Sobre todo cuando los asesinatos sobrepasaron en la última década lo que era considerado costumbre en la sociedad mexicana. Por ello mismo, no es gratuito que sea el mejor trabajo periodístico publicado al día de hoy que tenemos a nuestra disposición sobre el caso.
Sin expresarlo abiertamente, el autor sugiere que para entender las razones de esta violencia es importante asumir que los fenómenos sociales se construyen por medio de hipérbolas. Es decir, tenemos la tendencia a reconstruir el pasado y el presente a partir de círculos y exageraciones. Más aún, cuando los hechos resultan traumáticos para un conjunto social determinado.
En las páginas de Huesos en el desierto, el lector encontrará, en modo claro un fenómeno de desbordamiento social que ubica al asesinato de mujeres como el punto máximo de un proceso de configuración de pánico moral. Desarrollado principalmente por la prensa y las autoridades, este proceso acabará por definir el sentido público del caso, sus retóricas, las pautas de comprensión, lo que se puede decir y lo que se debe callar, al punto de legitimar determinadas voces que de ser periferia acabarán por colmar un inexistente centro.
El autor dice que “los asesinatos contra mujeres, de tipo serial o aislado, producto de uno o varios sujetos, de pandillas urbanas o narcotraficantes, asumía también un rostro característico del mundo posmoderno: la resonancia espectacular” (p. 159). En efecto, la espectacularidad y la dimensión del escándalo son recurrentes en los distintos momentos del fenómeno, pero con más fuerza, repito, en la persona que se creía era el autor principal de los asesinatos: Omar Latiff Sharif «El egipcio». Lo terrible de este personaje radicará en la construcción «oficial» que sostuvo eficazmente –y no por mucho tiempo- la idea del horror extra-comunitario, ya que ningún oriundo podía tener la capacidad suficiente para llevar a cabo este crimen masivo. Sin embargo, en un paradigmático intercambio de papeles, la teoría complotista de la cual fue objeto «El egipcio», cayó por su falsedad y lo hicieron devenir en chivo expiatorio, cuyos costos tuvieron que ser pagados por sus creadores. La fórmula política para que ello tuviera lugar, tanto la teoría del complot como la del chivo expiatorio, ha pasado por la mediación de la claudicación del imperio de la ley, del juego políticamente rentable de estar siempre entre la legalidad y la ilegalidad y por los efectos perversos de la corrupción de quienes concibieron tal realidad (por supuesto, hablamos de la autoridades locales).
Uno de los ejes principales del libro es el papel que juega el secreto al interior de la violencia sobre las mujeres. Señalar a individuos, corporaciones policíacas, políticos, empresarios y narcotraficantes como los autores materiales de los asesinatos nos ayuda a entender, en primer lugar, el por qué la poca efectividad judicial del caso. En segundo lugar, encontrar un vínculo entre secreto y una forma de bestialidad organizada al interior de un conjunto de personas más o menos bien definidas en tal arcano resulta peligroso y revelador al mismo tiempo. Más aún, cuando en su edificación tenemos un país que cada vez más se acerca plenamente a un cuadrante democrático. Ello comporta o un fracaso de una determinada consolidación democrática o corrobora una de las paradojas de la democracia: cobijar poderes invisibles que por regla no deben existir en una organización política que suscriba la transparencia como regla general del juego.
Si nos preguntáramos a la luz de los elementos que ofrece Huesos en el desierto ¿Quién controla a los controladores? No dudaría responder que nadie ha podido controlar a los controladores en Ciudad Juárez, y que distintas experiencias pudieran sostener el mismo argumento para otras ciudades mexicanas y para algunas de los principales instituciones de representación política del país. Paradoja o fracaso, pareciera afirmarse que entre más democrático se vuelve un sistema político, más tenderá a esconderse y a ocultar para poder subsistir. Con ello, resulta plausible hablar, desde las coordenadas del libro, de la vigencia del doble Estado en México. Poderes “supra-institucionales” –como los llama el autor- que sólo pueden existir ocultando las cosas y que expanden sus acciones simultáneamente en la invisibilidad y la visibilidad.
Es posible que un concepto más preciso para definir esta particular cara del poder político sea el de blutkitt, que a la letra quiere decir «cemento de sangre». Es un término alemán que nace en el período del nacional-socialismo, y que vincula el aspecto ritual de la violencia con la generación de códigos de conducta y lealtades fuertemente cohesionadas (según W. M. Reisman, de donde tomo la idea). En el caso de la violencia hacia la mujer, el cemento de sangre corresponde a la necesidad de encubrir lo criminal y hacer desaparecer del espectro público la tipología de lo repugnante que lo ha circundado. ¿Qué quiere decir esto? En Ciudad Juárez, la naturaleza de la autoridad ha pasado por la fenomenología de la violencia y la conducción bajo distintas máscaras de intereses precisos que tienden a esconderse por una deliberada omisión que compromete tanto a la autoridad formalmente instituida como a los poderes discrecionales que han nacido en su seno.
Los asesinatos de mujeres son la punta de un iceberg, que expresa un fenómeno político y cultural que puede dilatarse por todo el país. Si un modo particular de evidenciar la animalidad humana sube a la superficie y no se inscribe únicamente en el fondo, querrá decir que debemos poner mucha atención al final de la historia porque será síntoma de que algo está cambiando, y no necesariamente en términos positivos.
Para terminar, quiero recordar que en su Prólogo a la Ciencia Política, Charles Merrian (FCE, 1941), señalaba algunas dimensiones necesarias para llevar a cabo un análisis sobre la violencia:
a) La falta de buena voluntad para conseguir los debidos resultados; b) La falta de comprensión de las situaciones básicas que producen el conflicto; c) La indecisión o las actitudes histéricas y de pánico cuando se trata de decidir; d) La falta de imaginación y de inventiva para hallar procedimientos adecuados para cada ocasión (pp. 23-24).
Tal vez este pudiera ser un buen puerto de partida para Ciudad Juárez, ya que Huesos en el desierto, debe ser leído como la crónica y la crítica del desarrollo de una patología que revela en alguna forma el estado de salud de nuestra democracia mexicana.
Texto publicado en Galaxia Gutemberg, suplemento bibliográfico de la revista Este País, núm. 152, noviembre, 2003, pp. 11-14.
-
Nietzsche, la voluntad de poder por enésima vez
texto incluido en mi libro Lo político y sus huellas. Ensayos sobre la relación entre tiempo y democracia, Ciudad de México, Ediciones Navarra-UAQ, 2019, pp. 53-58 (Aquí puedes ver la presentación del libro).
Es un tópico común partir de la constatación de que el pensamiento de Nietzsche es un proyecto asistemático basado en el “juego cósmico de construcción y destrucción simultáneas”,[1] juego representado en las figuras clásicas de Apolo (orden) y Dionisos (cambio), que por su parte operan como las alegorías que han apuntalado el centro de la reflexión política moderna: institución y movimiento, Estado y revolución, nomos y anomia. Por ello, quizá sea oportuno revisitar hoy a este autor y preguntarnos a través de él lo siguiente: ¿cómo y en qué medida la voluntad de poderío es un instrumento que ayuda a pensar lo político de nuestro tiempo? Es decir, ¿cómo y en qué medida Nietzsche nos ayuda a realizar una lectura profunda acerca de los debates contemporáneos en torno a las maneras de integración de lo social y lo político?
Para comenzar, con Nietzsche se observa la caída del fundamento de la verdad en la filosofía, ya que su ontología es una ontología del valor.[2] Si es posible aproximarse a la noción de voluntad de poderío, esta encierra a un solo tiempo y en una sorprendente intuición filosófica, la noción básica, junto a la cuestión del eterno retorno, de su trabajo.[3] Es toda su filosofía. Es la radicalización extrema de la metafísica de la presencia que venía desde Platón (es decir, la filosofía como pura representación) y Parménides (“no se piensa lo que no es”) y que Eugene Fink define como la “ontología negativa de la cosa”.[4] Puede ser ubicada en estos términos porque Nietzsche no realiza un movimiento lógico de sustitución. No es simplemente el reverso de la ontología, sino que la traspasa y reconfigura de manera radical. La ontología de Nietzsche es negativa porque toma como horizonte y campo de batalla a los nudos tradicionales de ella. Asimismo, en su obra observamos un incesante parpadeo de la azarosa posibilidad por abordar el problema del conocimiento desde un camino nuevo, y que es un carácter único en autores tan distantes unos de otros como Nicolás Maquiavelo, Baruch Spinoza y Karl Marx.
En este sentido, en Nietzsche ya no opera aquel proceso mediante el cual era posible construir parcelas de conocimiento a partir de un sujeto que conoce y un objeto hacia el cual se le dirige la mirada para conocerlo. La separación sujeto-objeto es una falsificación, ya que el sujeto en Nietzsche pierde su centralidad y sobre todo su unidad, para revelarse como una pluralidad en medio de un juego continuo de diferencias. Al respecto, dice Nietzsche: “Quizá no sea necesaria la suposición de un sujeto: quizá sea lícito admitir una pluralidad de sujetos, cuyo juego y cuya lucha sean la base de nuestra ideación […] Mi hipótesis: el sujeto como pluralidad”.[5]
El dilema que ofrece esta concepción es la de pensar al mundo social como una construcción radical, un “movimiento continuo”.[6] Un mundo donde las diferencias son fundamentales en tanto que es necesario su reconocimiento para pensar problemas del campo de lo político en términos de relación y apertura, es decir, en términos de constatar la imposibilidad de cerrar completamente una disputa, un conflicto, un debate, y que con ello se permita la superación de las dramáticas experiencias que derivan del dilema del prisionero: jugar siempre a sumar cero.

Friedrich Nietzsche Por su parte, en Nietzsche la autenticidad del ser forma parte del continuo movimiento del mundo, de su constante devenir. El ser observa el mundo en su desordenada transparencia y desde ahí le es posible construir su conocimiento a través del juego siempre incompleto de la representación y por medio de perspectivas sin fundamento. El panorama que se nos presenta es un conocimiento y su construcción a partir de la intuición y de la voluntad de poderío. Esto quiere decir que el movimiento es lo más próximo a la naturaleza humana, en contraposición abierta al orden, que es un puro artificio que en su seno puede llegar a engendrar las más altas expectativas, llegando incluso a su extremo como sucede en el caso del terrorismo y sus pretensiones de inscribir un mundo de vida como universalidad. Por consiguiente, entre el conocimiento, su creación y las cosas por conocer sólo existe una relación de violencia en su estado más primitivo. Al respecto, un autor cercano a Nietzsche sentenciaba que: “[…] Entre el conocimiento y las cosas que éste tiene por conocer no puede haber ninguna relación de continuidad natural. Sólo puede haber una relación de violencia, dominación, poder y fuerza, una relación de violación. El conocimiento sólo puede ser una violación de las cosas a conocer y no percepción, reconocimiento de o con ellas”.[7]
Así, el sujeto en Nietzsche ha sido arrojado a un mar sin principio ni fin. No tiene posibilidad alguna de regreso al puerto de partida, se vuelve el monstruo de su inacabamiento. Ergo, el sujeto y el mundo son inteligibles como devenir. Sin embargo, en el devenir es imposible la vida social, ya que en él están los contornos de lo imposible. De tal forma, siempre es necesario edificar redes conceptuales y explicativas que sirvan como anclajes para domesticar y falsificar la continua corriente del devenir, anclajes que no son estables ni seguros, ya que su principio es el movimiento. Es decir, en el violento juego de fuerzas, es la voluntad de poderío la que se define como el elemento “diferencial”, como la potencia que domestica a las demás fuerzas, las retrae, las subordina. La voluntad de poderío que sirve como anclaje en medio del juego de fuerzas siempre está en continua confrontación con las otras fuerzas, al grado de que en algún momento los anclajes cambian y van rotando de fuerza a fuerza.[8] En ocasiones su poder es simultáneo, aunque siempre termine revelándose una fuerza con mayor potencia. Cito en extenso:
Se trata más bien de una fijación absoluta de relaciones de poder: lo más fuerte se apodera de lo más débil, en la medida en que esto no puede conservar su grado de autonomía […] La cantidad de fuerza se define por la acción que realiza y por la que resiste […] Es importante una voluntad de violentar y defenderse de la violencia. No conservación en sí mismo: todo el átomo actúa sobre el ser, eliminando con el pensamiento este irradiar de voluntad de poderío. Por eso yo lo considero como una cantidad de “voluntad de poder”, así expreso el carácter que no se puede eliminar con el pensamiento del orden mecánico sin destruir con la imaginación ese mismo orden.[9]
Luego entonces, en Nietzsche el discurso como conocimiento no tiene origen (Ursprung), ya que éste es una invención (Erfindung):
El conocimiento […] fue inventado. Decir que fue inventado es decir que no tuvo origen, o lo que es lo mismo y de manera más precisa aunque parezca paradójico, que el conocimiento no está en absoluto inscrito en la naturaleza humana. El conocimiento no constituye el instinto más antiguo del hombre, o a la inversa, no hay en el comportamiento humano, en los apetitos, en el instinto humano, algo que se parezca a un germen de conocimiento. Dice Nietzsche que el conocimiento está de hecho relacionado con los instintos, pero no puede estar presente en ellos ni ser siquiera un instinto entre otros; el conocimiento es simplemente el resultado del juego, del enfrentamiento, la confluencia, la lucha y el compromiso entre los instintos. Es precisamente debido a que los instintos chocan entre sí, se baten y llegan finalmente al término de sus batallas, que hay un compromiso y algo se produce. Ese algo es el conocimiento.[10]
Así, el conocimiento deja de ser la premisa y se vuelve resultante, al constituirse siempre en una continua confrontación y guerra de interpretaciones que, en Nietzsche, adoptan el carácter novedoso del perspectivismo: “[…] sólo una forma compleja de la especificidad. Mi concepto es que todo cuerpo específico se esfuerza por hacerse dueño de todo espacio y por extender su propia fuerza (su voluntad de poderío) y por rechazar todo lo que se opone a su expansión. Pero choca continuamente con esfuerzos iguales de otros cuerpos y termina ajustándose (“unificándose”) con aquellos que le son suficientemente afines, y entonces conspiran juntos por el poder. Y el proceso continua…”.[11]

Son el desorden, la falta de origen, las falsificaciones y no la esencia basada en una concepción fundacional, lo que opera a manera de impulso vital del sujeto, del mundo social donde se encuentra y del conocimiento que se produce en su relación. Es su núcleo articulador. Este es el cambio que se observa en la filosofía de Nietzsche con relación a la metafísica de la presencia. Es desde esta suerte de burla trágica donde se puede inscribir e instituir un nuevo horizonte de conocimiento y la aventura por derroteros distintos para el estudio de lo político en la época contemporánea.
Ontología negativa, voluntad de poderío y perspectivismo no son secuencias de un mismo proceso. Son complejidades prácticamente indefinibles desde las antiguas coordenadas de la metafísica y de la ontología clásica. Son salidas, discontinuidades de un excesos (devenir) que no puede ser colmado plenamente, con lo que permiten esbozar los elementos que pudieran dar cuenta de la definición y redefinición de los contornos de lo político y del sujeto en nuestros días. Abierta al juego de fuerzas de la pluralidad de Nietzsche, la democracia, por ejemplo, es una opción riesgosa y en constante cambio y lucha por afirmarse y reafirmar sus límites, así como sus espacios sociales, en un contexto caracterizado por sociedades cada vez más “autoinstituyentes y autónomas”.[12] Además, esto está teniendo lugar en un momento donde resulta urgente recuperar la discusión sobre la libertad y la participación en sistemas políticos post-autoritarios.
Si lo político es movimiento, con Nietzsche podemos argüir que está destinado a seguir desarrollándose como un eterno Prometeo, ya que cualquier intento de captura siempre termina como una forma puramente administrativa de las caras más visibles del poder. No hay reposo, sólo contradicción. Por ello, no existen los consensos definitivos, únicamente visiones sobre el mundo social que hoy por hoy son las principales articuladoras del juego político democrático. La voluntad de poderío, que es el “santo patrono” de lo político, resulta ser cada vez más un campo social sin forma definida, donde la interdependencia sustituye cada vez más a la decisión. Quizá tenemos que comenzar la celebración de nuestra desgracia.
Notas
[1] Eugene Fink, La filosofía de Nietzsche, Madrid, Alianza, 1976, p. 196.
[2] Ibid, p. 192.
[3] Ibid, pp. 191-193.
[4] Ibid, pp. 194-196.
[5] Friedrich Nietzsche, La voluntad de poderío, Madrid, EDAF, 1981, § 485, p. 281.
[6] Fink, La filosofía de…, op. cit., p. 194.
[7] Michael Foucault, La verdad y las formas jurídicas, Ciudad de México, Gedisa, 1990, p. 24.
[8] Cf. Gilles Deleuze, Nietzsche y la filosofía, Barcelona, Anagrama, 1998, pp. 73 y ss.
[9] Nietzsche, La voluntad…, op. cit., § 622 y 627.
[10] Foucault, La verdad y…, op. cit., p. 22.
[11] Nietzsche, La voluntad…, op. cit., § 629, p. 350.
[12] Cf. Cornelius Castoriadis, “Institución de la sociedad y religión”, Vuelta, núm. 93, 1984, p. 4-10.
-
Thomas Mann, mensajes de angustia
Sobre Thomas Mann, ¡Escucha Alemania!, México, Colibrí, 2003.
En su fundamental trabajo sobre el lager nazi, Primo Levi dice que existen tres tipos de narraciones posibles para dar cuenta del fenómeno más importante de violencia política de todo el siglo XX: el primer método son los diarios y memoriales; el segundo, las elaboraciones literarias de aquellos que sufrieron el terror nazi; el último, las obras de corte histórico y sociológico. Es necesario recordar esto para poder inscribir en modo por demás satisfactorio un libro que en estos días está circulando en México sobre el tema, Y que además por inscribirse en cualquiera de las tres categorías arriba citadas o en todas ellas al mismo tiempo: ¡Escucha Alemania!, del ganador del Nobel de literatura en 1929, Thomas Mann (México, Colibrí, 2003).
¡Escucha Alemania! es un conjunto de mensajes grabados por Thomas Mann para la British Broadcasting Corporation (BBC) que traían la finalidad de narrar paso a paso el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial por parte de un afamado y respetado intelectual alemán que ya se encontraba para entonces exiliado en los Estados Unidos. El periodo de tiempo que abarcaron dichas transmisiones de radio fue octubre de 1940 a mayo de 1945. Con acierto, los editores de esta primera edición en español nos dicen que“hay muchas razones para editar ¡Escucha Alemania! en estos momentos. No sólo porque se trata de las palabras de uno de los escritores más grandes de Occidente. No sólo porque refleja fielmente la angustia extrema de un hombre que observa, de lejos y con impotencia, cómo una ideología totalitaria –el nacionalsocialismo, en este caso- puede carcomer y destruir sin piedad lo mejor de una nación. Publicamos este libro porque, después de todo, el mundo no ha cambiado tanto. Los nombres de los países son otros, los de sus líderes también. Pero hace falta recordar lo que sucedió entre 1933 en 1945, cómo lo permitimos, lo que hizo falta para detenerlo y –especialmente- el daño irreparable que nos hizo a todos sin excepción”.
Este pequeño libro de Mann nos da la impresión de ser un diario de un corresponsal de guerra que, escondido algún lugar en medio de la batalla, aún encuentra la serenidad pero al mismo tiempo la crispación de una tormenta que no parecía encontrar su final, ni siquiera su reposo por un breve instante. En consecuencia, el nazismo encuentra en el libro de Thomas Mann un elemento imprescindible para su propia definición: la cuestión de la memoria y el olvido.
Al respecto, es interesante apuntar un comentario que puedes señalar una de las posibles claves de lectura que tendrá ¡Escucha Alemania!. La relación memoria-olvido puede ser organizada a partir del recuerdo biográfico, o del hecho histórico en estricto sentido que es pensado como cosa, o bien, aparte del método del testimonio (entrevista). El libro de Mann me parece que es una fuente alterna para dar cuenta de estos problemas, sobre todo cuando es un tema que pareciera haber agotado sus telarañas y sus transparencias respecto a los datos, informes, estadísticas Y demás indicadores que se han contado a lo largo de 50 años para reconstruirlo lo más fielmente posible. Y como sucede, su pertinencia es más grande que las posibles justificaciones que se quieran sacar al respecto.
De igual modo, el tipo de calificativos que arroja una y otra vez en contra del nazismo y de Hitler, su principal inventor, nos dejan impávidos cuando leemos una virulencia que pocas veces puede ser aceptada, a excepción de que se trate una situación límite o bien que salgan de la voz y de la pluma de algún afamado escritor como lo es el caso de Tomás Mann. A título ilustrativo, dice que“ese individuo que es Hitler debiera darse cuenta de que con su descarada mendacidad, con su miserable crueldad Y espíritu vengativo, con sus constante rugidos de odio, con su manera de estropear la lengua alemana, con su vulgar fanatismo, su ascetismo cobarde, su grotesca afectación, su mengua de humanidad carente del más leve rasgo de grandeza de ánimo y su alta vida espiritual, compone la más repelente figura que jamás haya enfocado la luz de la historia”.
Un tercer punto que me parece interesante resaltar es la relación de Estados Unidos en tanto enemigo del nazismo y cómo se desdoblará a dicha relación en el decurso de la guerra. A final de cuentas, según Thomas Mann, estados unidos era Y de hecho lo fue, la esperanza y los sueños de libertad que este país prometió y en su momento cumplió cabalmente. Cosa, por lo demás, qué ahora regresa como un trágico y elocuente búmeran al centro vital el llamado imperio posmoderno.
Reseña publicada en Arena, suplemento cultural del periódico Excélsior, año 5, tomo 5, núm. 254, 14 diciembre 2003. -
Leer a Maquiavelo hoy
Introducción del libro que coordiné con el título de Maquiavelo. Una guía contemporánea de lectura sobre lo político y el Estado, Ciudad de México, Editorial Taurus, 2017, pp. 9-20.Después de cinco siglos, Nicolás Maquiavelo no ha dejado de llamar la atención de investigadores, estudiantes, políticos profesionales, religiosos, periodistas, así como del vasto público de seguidores de diversa extracción que el pensador florentino convoca. Personaje citado por lectores y estudiosos, también es utilizado mediante su paráfrasis como arma intelectual o justificación de cualquier decisión política. La persistencia académica pero también histórica y política de su obra y personalidad se debe en gran medida a la sencillez de su reflexión. Maquiavelo confirma la paradoja, quizá central, de la teoría política: jamás tuvo en su horizonte de inteligibilidad la intención ni el objetivo de escribir tratados exhaustivos de ciencia política, en el sentido de organizar y sistematizar un conjunto de saberes sobre la política a partir de la división y modelación de los fundamentos de ésta en sus conceptos clave, así como en sus tipologías del poder y el gobierno, o en todas aquellas dimensiones analíticas que cualquier programa de investigación necesita en nuestros días para colocarnos en el terreno particular de la teoría política. Sus intenciones eran otras, ya que pasaban por el fenómeno a un tiempo radicalmente moderno y clásico que podríamos enunciar como el arte de la escritura de la política.
A pesar de este hecho irónico, su figura y sobre todo su altura intelectual es persistente en el campo de la teoría política moderna y contemporánea. Por ejemplo, si nos adentramos en el campo del pensamiento y de la teoría política contemporánea, veremos que algunos de los más grandes teóricos y filósofos políticos de nuestro tiempo le han dedicado estudios a su obra, y en muchos casos son contribuciones que al día de hoy siguen sin ser superadas. En un rápido vistazo a las generaciones de pensadores que están cortadas por el siglo XX, antes o después de la segunda posguerra, aparece una serie de figuras entre las cuales destacan Louis Althusser, Hannah Arendt, Raymond Aron, Edmond Barincou, Isaiah Berlin, Norberto Bobbio, Federico Chabod, Roberto Esposito, Hanna Fenichel Pitkin, Felix Gilbert, Carlo Ginzburg, Antonio Gramsci, Claude Lefort, Pierre Manent, Harvey C. Mansfield Jr., Antonio Negri, John Pocock, Roberto Ridolfi, George H. Sabine, Gennaro Sasso, Carl Schmitt, Quentin Skinner, Leo Strauss, Maurizio Viroli, José Luis Villacañas, Simone Weil, Yves Charles Zarka, y muchos otros. La lista es amplia y un trabajo sobre las interpretaciones de Maquiavelo a partir del siglo XX se vuelve una tarea por cumplir en el futuro próximo, pues este interés contemporáneo puede ser leído como un largo prefacio para que los estudios sobre su figura y obra sigan siendo necesarios en nuestros días.
¿Para qué sirve leer a Maquiavelo hoy? La respuesta supone pero también yuxtapone el despliegue de otras dos preguntas. Primero, con Maquiavelo, ¿de qué tipo de clásico estaríamos hablando? Segundo, ¿tiene sentido seguir empecinados en sostener la necesidad de confrontarnos directamente con un clásico como Maquiavelo y sobre todo con su obra? Maquiavelo es un autor necesario para cualquier curso de teoría política y para cualquier reflexión sobre la historia del tiempo presente de la política, dado que muestra los ángulos centrales del arte de lo político, al grado de que su lectura termina volviéndose una fuente de sospechas y desasosiego, sobre todo porque se puede concluir que su obra es un índice agudo de las extrañas formas del amplio campo que marca la circunferencia del poder. En este sentido, Maquiavelo puede ser definido como un diseminador inigualable de ideas políticas para la articulación de las categorizaciones que desarrollamos en el campo de la teoría política moderna y contemporánea. Al mismo tiempo, es una figura que tuvo una gran capacidad de integrar en uno o varios ciclos de conocimiento una lectura totalmente innovadora de su tiempo histórico, compartida o disputada con sus contemporáneos, pero que termina como obsequio a sus herederos. Por ello, lo que intentamos desarrollar en este libro es la valorización de nuestro propio tiempo histórico a partir de atravesar diversos pasajes de la obra del florentino para el planteamiento de algunos problemas políticos “comunes”, como lo es precisamente el fenómeno del nacimiento y la distribución del poder en sociedades y épocas de cambio.[1]
¿Un autor clásico es contemporáneo desde el momento en que se estatuye como clásico de una disciplina o de un campo de saber? O bien, ¿existen diversos modos de mostrar su vigencia además de su fijación con ese campo de estudios que lo llama constantemente para comprender las filigranas de lo contemporáneo? Lo clásico y lo contemporáneo están siempre relacionados pero su vínculo no es simétricamente proporcional. Se puede ser un clásico sin volverse contemporáneo y viceversa, ser totalmente contemporáneo sin tener filiación con un pasado, ideal o real, que suponga una adscripción histórica que garantice a ese autor la pertenencia a una “tradición” cultural determinada.
Para François Dubet, el “eterno retorno” a los clásicos es consecuencia de la forma de compartimentación de la enseñanza y el desarrollo histórico de las ciencias sociales en la modernidad.[2] En el caso particular de la sociología, nos dice, siempre se ha llamado la atención sobre los “padres fundadores” por medio del magisterio de la sociología clásica, etiquetada en concepciones en las que aparece como obligada la lectura de “los precursores del pensamiento social” o de los “clásicos” de la teoría sociológica (de Maquiavelo a Hobbes, de Montesquieu a Marx, de Tocqueville a Weber),[3] y que puede ser también extensiva en la búsqueda de los orígenes de la ciencia política cuando estos mismos autores se presentan como clásicos de la teoría política. Sin embargo, la vuelta a los clásicos también se debe por la producción analítica que inauguraron todos estos autores a partir del momento en que sus aportaciones fueron seminales en el umbral que corta la especificidad del mundo y de las formas de comunidad tradicional frente a la apuesta de la modernidad (individualización, racionalización, pluralismo, secularización, entre otras). Además, estos autores han sido originales en sus campos de estudio, quizá sobre todo aquellos que ya están parados en un espacio intelectual postilustrado, porque para ellos la sociedad ha sido y es, por un lado, una categorización, es decir, una abstracción del pensamiento que permite la construcción de teorías de corte general (o con posibilidades de generalización); por el otro, la producción de núcleos categoriales para la descripción y explicación del mundo social y político señaló con claridad que la modernidad es un proceso de articulación de lo disperso, que tiene su corolario en el desarrollo decimonónico de múltiples programas de investigación sobre los cambios y permanencias de lo social (o de la sociedad), entendida precisamente como amalgama de tradiciones culturales, de valores, pero también de conflictos.
En este sentido, si para Dubet “la sociedad [y particularmente el concepto de sociedad] es la construcción teórica y general del Estado-nación”,[4] entonces los clásicos de la teoría social son aquellos autores que colocan las categorías principales de análisis sobre la sociedad moderna en el centro de la discusión de la ciencia social, en específico porque para la “sociología clásica” ésta no tenía “[…] por objeto lo social o los hechos sociales, sino la sociedad concebida como la manera en la que la vida social se organiza en la modernidad”.[5] Desde este punto de vista, la sociedad se vuelve una prosa de uso común que aglutina analíticamente a los actores sociales en la génesis del orden jurídico-político moderno, al terminar cobijados con cada discurso y con cada toma de la palabra, hasta lograr con éxito una forma de escritura de lo social. En cambio, los clásicos de la teoría política son aquellos pensadores que comenzaron a delinear un conjunto de categorizaciones en torno al Estado (principalmente al interrogar sobre qué es, qué lo define y qué lo suprime) y su despliegue en los diversos contextos históricos en los que se desarrolló por medio de su positividad, para decirlo con Hegel, a partir del siglo XVI.[6] En ambos casos, es posible afirmar que toda “tradición sociológica [y agregaríamos, politológica] funciona[n] como una fuente de inspiración y sobre todo como un recurso inagotable de investigación”.[7] En síntesis, el nacimiento de una “tradición” de pensamiento, que también propone estrategias metodológicas y conceptuales, involucra una fuerte dosis de innovación lexicográfica, junto con un profundo conocimiento de la historia y de las experiencias más allá de sus propias fronteras territoriales, es decir, más allá de su nacionalidad, así como la preocupación por las dinámicas sociales y políticas de su tiempo.
En una de las definiciones más utilizadas para aproximar cualquier categorización de lo que significa ser clásico, y en relación directa con la llamada “lección de los clásicos” en el campo de la filosofía y la teoría política, Norberto Bobbio atribuía tres rasgos esenciales de un autor clásico:
a) es considerado como un intérprete auténtico y privilegiado de su propio tiempo, en el sentido de que su obra es usada como un instru- mento indispensable para comprenderlo […]; b) es siempre actual en el sentido que en todas las edades, incluso las generaciones, tienen la necesidad de releerlo y releyéndolo de reinterpretarlo […]; c) produjo modelos de teorías o teorías-modelo de las cuales nos servimos constan- temente para comprender la realidad, aunque ésta sea distinta de la cual derivó la teoría y en la cual fue aplicada, y se han vuelto en el transcur- so del tiempo auténticas categorías mentales.[8]
En su definición, Bobbio pone el acento en la originalidad, en la vigencia de la obra y en la construcción de teorías para “comprender” la realidad, lo que implica una fuerte dosis de interpretación y también de explicación tanto del contexto histórico en el que vivió el autor considerado como clásico como de aquellas realidades totalmente ajenas a la primera, pero que dada la originalidad y la elaboración de “teorías-modelo”, han podido “viajar” precisamente a esos otros contextos analíticos e históricos.
Desde un punto de vista parcialmente diverso del que trabajó Bobbio, aunque se aproxima, pues parte de una perspectiva de teoría social, Jeffrey C. Alexander define a un clásico (y defiende su centralidad) a partir de objetar la supuesta incapacidad de establecer en el interior de la ciencia social un vínculo provechoso y necesario entre los clásicos de una o de un conjunto de disciplinas y el desarrollo (de talante positivista) de la investigación empírica:
Los clásicos son productos de la investigación a la que se concede un rango privilegiado frente a las investigaciones contemporáneas del mismo campo. El concepto de rango privilegiado significa que los científicos contemporáneos dedicados a esa disciplina creen que entendiendo dichas obras anteriores pueden aprender de su campo de investigación tanto como puedan aprender de la obra de sus propios contemporáneos. La atribución de semejante rango privilegiado implica, además, que en el trabajo cotidiano del científico medio esta distinción se concede sin demostración previa; se da por supuesto que, en calidad de clásica, tal obra establece criterios fundamentales en ese campo particular. Es por razón de esta posición privilegiada por lo que la exégesis y reinterpretación de los clásicos —dentro o fuera de un contexto histórico— llega a constituir corrientes destacadas en varias disciplinas, pues lo que se considera el “verdadero significado” de una obra clásica tiene una amplia influencia.[9]
Como es claro, Alexander señala la especificidad de la obra y la figura de un clásico a partir de ese “rango privilegiado” que es otorgado por los cultores de una disciplina. Incluso la noción de “rango privilegiado” puede llevarnos a la discusión, propia de los clásicos, de la diferencia fundamental entre las figuras latinas del exemplar y la del exemplum. Para el filósofo italiano Giorgio Agamben, la figura del exemplar define “lo que debemos imitar […] ejemplar y modelo, que impone la constitución de una ciencia normal”.[10] En cambio, la figura del exemplum “permite reunir enunciados y prácticas discursivas en un nuevo conjunto inteligible y en un nuevo contexto problemático”.[11]
La sensación que deja Maquiavelo es la de ser una figura cuya obra cubre el rango privilegiado de ser exemplar y exemplum al mismo tiempo. Es modelo de análisis político al tiempo de que abre la posibilidad a partir de sus esfuerzos, intuiciones políticas e intelectuales, de reconocer la autonomía de la política frente a la moral y a la religión en el momento histórico en el que vivió, y como se sabe éste fue uno de los rasgos de distanciamiento e innovación de la política moderna y de la obra del florentino frente al tiempo y a la cultura de sus predecesores. Al abrir esas posibilidades, Maquiavelo potencialmente se vuelve un pensador clásico en lo “contemporáneo”, porque es precisamente a partir de la posibilidad de autonomía de la política de otros campos de significatividad (como lo era el moral o el religioso) donde comienza el desarrollo histórico de la semántica moderna y contemporánea de la teoría política.
Ahora bien, detengámonos un instante en la categoría de lo contemporáneo. De nueva cuenta utilicemos a Giorgio Agamben para nuestro cometido. Para este autor, lo contemporáneo es la posibilidad de concentrar la mirada en la “oscuridad” y no en la “luminosidad” del tiempo o época a la cual se pertenece, pues quien coincide plenamente con su tiempo confunde la contemporaneidad con el sentimiento de actualidad, y por ende tiene una incapacidad de observarse en ese tiempo que le ha tocado vivir, por lo que no logra entender su tiempo en relación con sus antecedentes, con su pasado. Por ello, aquel que logra volverse contemporáneo a su tiempo puede comprenderlo si captura “en esa oscuridad una luz que, dirigida hacia nosotros, se aleja infinitamente de nosotros”.[12] La asimetría que propone al jugar con el frágil vínculo entre el presente y el pasado podría ser comprendida con mayor amplitud si partimos alegóricamente del anacronismo intrínseco al pasaje constante de una luz “arcaica” del tiempo que irradia de manera intermitente la oscuridad de nuestra época. Un anacronismo que en la línea de Walter Benjamin y Michel Foucault lo define como “desfases”, o sea, “discontinuidades” del tiempo que hunden sus raíces en la asimetría entre lo que “ya no es” y lo que “todavía no es”.[13] Ese “arcaísmo”, continúa, es el que revela los espacios de vigencia de la contemporaneidad, ya que se
inscribe, en efecto, en el presente señalándolo sobre todo como arcaico y sólo quien percibe en lo más moderno y reciente los índices y las signaturas de lo arcaico, puede ser contemporáneo. Arcaico significa: próximo a la arké, es decir, al origen […] El residuo —y conjuntamente la proximidad— que define a la contemporaneidad tiene su fundamento en esta proximidad con el origen, que en ningún punto late con tanta fuerza que en el presente.[14]
De tal modo se puede derivar que el trabajo de la teoría política contemporánea pasa por esa búsqueda continua de los lazos categoriales que la unen y a la vez distancian con la modernidad y sobre todo con sus comienzos para arrojar un poco de luminosidad a la oscura transparencia de nuestro tiempo presente. Por ello, Maquiavelo es un clásico en lo contemporáneo del pensamiento político y de la teoría política, lugar que se ha ganado no por el hecho de que muchos escriban sobre él, sino por una cuestión de método: podemos alejarnos de él, criticarlo, desarticular la lógica de los distintos regímenes de su discurso, incluso para mostrar sus limitaciones “científicas”, pero no podemos comenzar sin él.
El objetivo que nos mueve para convocar a diversos estudiosos nacionales e internacionales de Nicolás Maquiavelo en esta guía contemporánea de lectura parte de una serie de necesidades analíticas e históricas que involucran tanto el campo de la teoría y la filosofía política como el de la historia, y marcadamente el de la ciencia política, frente a la obra del pensador florentino. Nuestro interés se concentra en leer y discutir diversas secciones y pasajes de la obra de Maquiavelo a partir de los filtros y puentes teóricos que tenemos a nuestra disposición, signados en todos los capítulos por la formación específica de cada uno de los colaboradores, y por su interés y posicionamiento en el campo de la teoría política. Sobre todo porque nos hemos propuesto “apuntalar” la figura de Maquiavelo sin la escisión que nos lleva a un Maquiavelo “republicano” frente a un Maquiavelo “realista”. Nuestra preocupación intelectual comienza con preguntarnos si es posible separar la concepción republicana de Maquiavelo de su realismo político, cuando la primera es una concepción eminentemente realista (y en ello radica la virtud del lenguaje de Maquiavelo). En otras palabras, su empeño republicano no puede ser separado de su “crudeza” intelectual al momento de pensar la política. En específico, porque en Maquiavelo aparece con fuerza el rasgo intrínseco de la inmanencia del conflicto en la dinámica social de lo político,[15] así como en los espejos que la política de su tiempo logra reflejar en los desarrollos históricos de lo que a partir de entonces comenzaremos a llamar Estado.[16]
La tensión evidente entre los valores y las acciones que produjo la política moderna en su horizonte de comprensión histórica a causa de su autonomía llevaron al florentino a trabajar una parte considerable de su obra a partir de una suerte de desprendimiento material y sobre todo simbólico de la viscosa densidad que la religión otorgaba a los asuntos humanos, para empujar el ascenso de la lógica y del trazo (im)posible del arte como dispositivo de lo político, cosa que hizo suya la expansión del espacio social donde tiene lugar la organización de los asuntos humanos en una comunidad política fundada en nuevas texturas simbólicas, donde la apuesta por la escisión identitaria en ese común atravesado por conflictividades hace que cada pacificación suponga siempre una nueva contradicción, en una realidad palpable y perdurable. Es, en pocas palabras, uno de los cimientos del mundo moderno y que sigue siendo un motor relevante de la vida política contemporánea.
Huelga decir que este gesto constitutivo de la reflexión del florentino supone el nacimiento de una tradición teórica (la “tradición” de pensamiento político italiano) que produce conceptos a través de los usos semánticos específicos de éstos, desplegados en el campo de lo social y de la historia. Por ello, el pensamiento italiano se funda en la conexión con el dispositivo histórico que lo ha visto nacer. Es decir, nos encontramos con un pensamiento político totalmente alejado de la tradición escolástica y de su método de trabajo que hizo de la repetición y la imitación la forma más convencional de transmisión del conocimiento.[17]
En segundo lugar, esta obra también ofrece un apoyo al trabajo de enseñanza de la teoría política en los diversos países de procedencia de sus colaboradores, donde la revisión de la obra de Maquiavelo es, por decir lo menos, obligada. De hecho, la mayor parte de los cursos de teoría política moderna parten precisamente de El príncipe de Maquiavelo. Además de ser un apoyo para la enseñanza, pensamos que podemos ofrecer algunas herramientas conceptuales, históricas y politológicas, para ir al encuentro de la figura y la obra de Maquiavelo y su tiempo, con lo que se estaría en posibilidades de comprender la relevancia metodológica del estudio de la producción de léxicos específicos que han definido a la política en diversas épocas y lugares, pero que siempre tienen aún algo por señalar de nuestra propia circunstancia.
En tercer lugar, a lo largo de los diversos capítulos estamos convencidos de que es posible volvernos contemporáneos a la obra de Maquiavelo al tiempo de que él sea nuestro contemporáneo. Es decir, resulta indispensable comenzar a estudiar su obra desde claves de lectura innovadoras. De otro modo, no dejaremos de leerlo por medio de sus lugares comunes. En este sentido, en términos de enseñanza son claras nuestras intenciones: volver contemporáneo a un autor y una obra como la de Maquiavelo, sugiere abrir ciertas direcciones de reflexión para que el lector (principalmente profesores, investigadores estudiantes, periodistas, políticos profesionales, entre otros) pueda comprender el verdadero punto de quiebre paradigmático (exemplum) que sugiere la obra ejemplar (exemplar) del florentino en la historia moderna del pensamiento político.
Asimismo, este libro está acompañado, y de hecho es una forma de leer a Maquiavelo hoy, por el grabado realizado expresamente para la portada del libro por el artista plástico mexicano Orlando Delgado Piñón, en el que Maquiavelo aparece en medio del juego constante de espejos de su rostro y pensamiento. Sin embargo, lo que más llama la atención de la representación fijada en el grabado es la mirada de Maquiavelo que se pierde en un punto indeterminado del espacio que ocupa el lector. Tal vez esa indeterminación es el verdadero propósito de nuestro trabajo, al colocarse como un intento por ocupar un ángulo del amplio y muchas veces inabarcable campo de la lectura de aquel que termina por ser siempre el objetivo final de una obra como la que ahora ofrecemos.
Finalmente, la redacción y edición de esta obra colectiva se ha beneficiado de una serie de apoyos sin los cuales el resultado hubiera sido totalmente diferente a lo que le ofrecemos al lector. En primer lugar, agradezco al conjunto de autores que hicieron suya la convocatoria, y que entregaron con puntualidad sus contribuciones. De igual modo, aprovechando mi año sabático en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), he tenido la oportunidad de desarrollar durante casi todo 2016 una estancia de investigación en el Centro de Estudios Sociológicos y Politológicos Raymond Aron de París, Francia, centro de investigaciones que pertenece a la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Esto me permitió afinar, editar y definir el sentido que quería imprimirle a esta obra colectiva. En este orden de ideas, muchos de los materiales que me permitieron redactar mi contribución para el volumen y para la introducción fueron consultados en la biblioteca del Centro Raymond Aron. Por ello, agradezco a Elisabeth Dutartre-Michaud, encargada del archivo del Centro, por su profesionalismo y cortesía al permitirme acceder y trabajar sobre los materiales que me interesaban; igualmente, a Gilles Bataillon, quien me abrió las puertas del Centro desde el momento en que lo contacté a mediados de 2015 y después cuando aceptó ser mi contraparte francesa para trabajar y discutir algunos temas de teoría política, así como compartir preocupaciones comunes sobre los procesos políticos contemporáneos. A Horacio Castro y Hervé Brejón, amigos y libreros, quienes fueron una fuente inagotable de conversación y bibliografía. También extiendo mi gratitud a Cristian Pereira y Coraline Prin, por su hospitalidad y cordialidad, a Pepe Vázquez, una amistad que se coronó con un chapeau bas que recordamos con cierta complicidad irónica. Asimismo, quiero dar un agradecimiento muy especial a mi compañera Paola Martínez Hernández, primera lectora de este libro, quien me ha compartido su gracia y obsequiado su talento para poder llevar a cabo mi trabajo.
Paul Valery ha dicho de Leonardo da Vinci, ese otro genio terrible del Renacimiento, y particularmente de su método de trabajo, que como autor, Leonardo: “imita […] innova […] no rechaza lo antiguo, porque es antiguo; ni lo nuevo porque puede ser nuevo; antes bien, él mira en sí mismo aquello que contiene de eternamente actual”.[18] Maquiavelo es un autor que en el múltiple juego de los espejos de la política moderna contiene un rasgo de eterna actualidad. Sin equivocación, todos los autores de este libro están de acuerdo con la aseveración, ya que lejos de sufrir la usura precisamente del tiempo que toda figura clásica comporta en algún momento, y además lejos del saqueo descontextualizado que supone la obra del florentino, paradójicamente su obra sigue tan vigente, además de las razones académicas que referimos en cada capítulo y en los objetivos antes descritos, por una razón “histórico-política” que se relaciona directamente con la “esclerosis” del quehacer político de nuestro tiempo, en el que plutocracias, oligarquías y tecnocracias han colonizado y monopolizado el terreno de la “verdad efectiva” de la política al punto de que Maquiavelo se vuelve una lectura obligada para repensar los fundamentos de la política moderna y sobre todo de la contemporánea. Esperamos que esta obra abra la puerta para leer más a Maquiavelo al tiempo que nos obligue a dejar de lado la actitud “maquiavélica” que tanta fascinación produce en nuestra oscura y convulsa actualidad.
Bibliografía
Agamben, Giorgio, Che cos’è il contemporaneo?, Roma, Nottetempo, 2008. , Signatura rerum. Sobre el método, Barcelona, Anagrama, 2010.
Alexander, Jeffrey C., “La centralidad de los clásicos”, en Anthony Giddens, Jonathan Turner et al., La teoría social hoy, Ciudad de México, Alianza-Co- naculta, 1991.
Aron, Raymond, Les étapes de la pensée sociologique. Montesquieu, Comte, Marx, Tocqueville, Durkheim, Pareto, Weber, París, Gallimard, 1967.
Bobbio, Noberto, “Weber e i classici”, Mondoperaio, año 33, núms. 7-8, julio-agosto (1980), pp. 79-88.
Dubet, François, “Pourquoi rester ‘classique’?”, Revue du MAUSS, núm. 24 (2004), pp. 219-232.
Esposito, Roberto, Pensiero vivente. Origine e attualità della filosofia italiana, Turín, Einaudi, 2010.
Mairet, Gérard, Le principe de souveraineté. Histoires et fondements du pouvoir moderne, París, Gallimard, 1997.
Skinner, Quentin, “From the State of Princes to the Person of the State”, en Quentin Skinner, Visions of Politics, vol. 2. Renaissance Virtues, Cambridge, Cambridge University Press, 2002.
Valery, Paul, Introduction à la méthode de Léonard de Vinci, París, Gallimard, 1992.
Vivanti, Corrado, Maquiavelo. Los tiempos de la política, Barcelona, Paidós, 2013.
Notas
[1] Cf. Corrado Vivanti, Maquiavelo. Los tiempos de la política (2013), passim.
[2] François Dubet, “Pourquoi rester ‘classique’?”, Revue du MAUSS, núm. 24 (2004), pp. 219-232.
[3] De las múltiples lecturas introductorias sobre los clásicos del pensamiento sociológico, véase la estructuración del libro “clásico” de Raymond Aron, Les étapes de la pensée sociologique. Montesquieu, Comte, Marx, Tocqueville, Durkheim, Pareto, Weber (1967), que como lo indica su título original, se comienza con Montesquieu, luego Comte, Marx, Tocqueville, para desplazarse a Durkheim, Pareto y finalizar con Weber.
[4] F. Dubet, op. cit., p. 220.
[5] Ibidem, p. 221.
[6] Gérard Maire, Le principe de souveraineté. Histoires et fondements du pouvoir moderne (1997), pp. 17-181.
[7] F. Dubet, op. cit., p. 222.
[8] Norberto Bobbio, “Weber e i classici”, Mondoperaio, año 33, núms. 7-8, julio-agosto (1980), p. 80.
[9] Jeffrey C. Alexander, “La centralidad de los clásicos” en Anthony Giddens, Jonathan Turner, et al., La teoría social hoy (1991), p. 23.
[10] Giorgio Agamben, Signatura rerum. Sobre el método (2010), p. 24.
[11] Ibidem, p. 24.
[12] Giorgio Agamben, Che cos’è il contemporaneo? (2008), pp. 15-16.
[13] Ibidem, p. 17.
[14] Ibidem, pp. 20-21.
[15] Roberto Esposito, Pensiero vivente. Origine e attualità della filosofia italiana (2010), pp. 47-60.
[16] Cf. Quentin Skinner, “From the State of Princes to the Person of the State”, en Quentin Skinner, Visions of Politics. Volumen 2: Renaissance Virtues (2002), pp. 368-413.
[17] R. Esposito, op. cit., pp. 3-33.
[18] Paul Valery, Introduction à la méthode de Léonard de Vinci (1992), p. 86.
RESEÑAS:
-Fabián Martínez, “Maquiavelo y la contemporaneidad”.
-Armando Luna Franco, “La mundanidad de Maquiavelo”.
-Álvaro Cepeda Neri, “Maquiavelo: el teórico de los fines políticos de la autocracia y la democracia”.
-Álvaro Aragón Rivera, Diseminaciones. Revista de Investigación y Crítica en Humanidades y Ciencias Sociale
-Eduardo Bautista, Maquiavelo para intrusos.
ENTREVISTAS:
-
Las paradojas del poder americano
Joseph S. Nye Jr., The Paradox of American Power, New York, Oxford
University Press. 2002, 222 pp.
La guerra presupone un regreso a la discusión sobre la existencia de los fundamentos que mantienen unidas entre sí a las naciones. Sin embargo, el «tono» del debate actual ha cambiado radicalmente respecto a las épocas precedentes. En el centro de tal transformación regresan con fuerza las dos preguntas clásicas de los neorrealistas políticos: ¿por qué la guerra?, ¿por qué su repetición?

Una de las causas para explicar el cambio en los modos y los ritmos de hacer la guerra, y que al mismo tiempo permiten responder al por qué de nueva cuenta el uso de ella, la encontramos en el resurgimiento del terrorismo suicida o posmoderno -o como se le quiera llamar. Es decir, después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, la primera característica de los nuevos mecanismos de la guerra es su capacidad de privatizarse: cualquiera deviene en ejército y análogamente cualquiera puede tener la posibilidad -aunque no los recursos suficientes- para cambiar el sentido de una determinada orientación histórica.
El desplazamiento del núcleo tradicional de la guerra, confirmará también la rápida caducidad de las que (en su momento) fueron verdaderas intuiciones intelectuales sobre el tipo de conflictos que le sucederían a la culminación de la guerra fría. No fueron las guerras civiles -según la célebre fórmula de Hans Magnus Enzensberger-, las que tomarían el lugar de la amenaza permanente hacia una tercera guerra mundial. Fue la convicción de que la guerra se sigue haciendo entre naciones o no es guerra, en el sentido de referir el dramático carácter bélico de la política y del hombre. En una época donde la reflexión estaba dirigida a las implicaciones culturales y sociales de la manipulación genética, y donde parecía que no era posible encontrar más horizonte de conocimiento por fuera del sistema, la guerra regresó bajo formas neoconvencionales que ninguno pudo predecir.
Al mismo tiempo, la guerra seguirá confirmando la parcial ausencia de fundamentos para sustentar la lógica cooperación-conflicto entre los Estados. La fragmentación de las relaciones internacionales abrevaría, en primera instancia, de la pérdida de centro que caracteriza hoy el alto dinamismo de la política exterior; es decir, la política entre naciones, no encuentra ni sentido ni salidas claras para sus nuevas tentaciones. ¿Qué pasa entonces, con los cambios de la escena internacional? Según Nye – politólogo, asesor de Clinton, y al lado de S. P. Huntington, es uno de los grandes analistas de la política exterior norteamericana-, los cambios de las dinámicas de la guerra son también los motores que han impulsado en parte las mutaciones del poder americano. Por lo menos, a esta conclusión llega en su libro The Paradox of American Power. Para comprender dichas paradojas, nos dice el autor, es necesario detenerse un instante sobre el contexto en el cual han florecido.
En primer lugar, en vez de preguntarnos por las consecuencias de las nuevas dinámicas de la guerra -más o menos claras para el observador medio-, es oportuno rastrear sus orígenes. Sin embargo, el problema con la guerra es que también presupone la falta de un origen. En el mejor de los casos se presenta incierto, pero esto es lo que precisamente le permite expresar su característica cíclica. Entre más irregular e inciertos sean sus orígenes, más necesidad de regreso a ella se tendrá.
En segundo lugar, observamos una mutación importante de la vieja figura del soldado: persigue a un enemigo inexistente, corrosivo y que la estrategia convencional de defensa-ataque no puede cancelar en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. En la actualidad, el conflicto es con un inimicus o «aquel que nos odia» en privado y no precisamente con un hostis o «aquel que nos combate» en público. Por tal motivo, el espacio público de la guerra está determinado por un terrible carácter de querella entre privados, aunque sus costos obviamente serán políticos.
Una segunda dimensión contextual que nos ofrece el autor está caracterizada por el crecimiento de la revolución tecnológica en la industria militar. En especial, en los rubros de investigación y especialización de los materiales bélicos. Al respecto, es importante recordar que la política de Bush padre, Clinton y Bush Jr., expresan una fortísima línea de continuidad. Es innegable el privilegio estadounidense al quedar como única gran potencia frente a su contraparte soviética. Su soledad, nos explica Nye, se ha revelado como una de las paradojas de su poder. Por tal, la idea de un equilibrio entre naciones al nivel internacional resulta falsa, puesto que el llamado «balance de poder» está inclinado sobre la hegemonía estadounidense.
En modo conjunto con lo anterior, debemos observar los problemas de política interna de los Estados Unidos. Entre los cuales cabe recordar el precario control de las armas -a la cabeza de la lista-, pero también el consumo de drogas, el desempleo y la seguridad social, así como el tema del aborto -fundamental para la gestión interna del gobierno Bush, y que fue el tema principal de política interna a escasos dos meses de los atentados del 11 de septiembre.
Para Nye, las tres principales fuentes del poder americano son el militar, el económico, y el soft power, o poder cultural. Tradicionalmente, existía la creencia de que a nivel internacional la guerra era la última carta a jugar y mediante la cual una nación podía expresar su capacidad de poder y conquista. Hoy, los fundamentos y las creencias sobre dicha posibilidad han claudicado -según la argumentación del autor. Nos encontramos en una situación donde ya no es suficiente la amenaza permanente de la fuerza militar o del deseo de conquista. Para los Estados Unidos, los elementos más importantes que «miden» el éxito o fracaso de su poderío están dados por la particular relación que tenga con la cuestión de los nacionalismos (por ejemplo, Bosnia, Sarajevo, Rusia, Oriente Medio), y por los cambios societales (sobre todo con relación con la pregunta, ¿cómo justificar moralmente una guerra?) en su interior frente a las prioridades de su política exterior. Sobre este tópico, Nye dice que «la ausencia de una ética guerrera en las democracias maduras significa que el uso de la fuerza requiere una elaborada justificación moral para asegurar el apoyo popular».
Al mismo tiempo, de las tres fuentes de poder norteamericano apenas citadas, es necesario hacer una diferenciación. Tanto el poder militar como el económico, parten del hecho de ser considerados como poderes «duros», al grado de permitir el cambio de la posición de los otros, sea imponiendo la fuerza o la sanción económica. En cambio, el soft power, en tanto
«formas indirectas de ejercer el poder», refiere a la posibilidad de imponer en modo sutil un modelo de desarrollo determinado. Por ejemplo, patrones de consumo (música, internet, moda), creación de preferencias, expectativas culturales (tales como el hecho de que Estados Unidos es el país de mayor atracción de estudiantes extranjeros en el mundo, seguido de Inglaterra y Australia). La peculiaridad de este tipo de poder, radica en «que muchos de los recursos del soft power son ajenos al gobierno estadounidense, que sólo en parte es responsable de sus propósitos».
Con estos elementos, Nye sostiene que la multipolaridad que pretende caracterizar el mundo de hoy, deberá resolver -ante todo- el problema derivado de la necesidad de un gobierno internacional. Sin embargo, la estabilidad internacional, continúa, sólo podrá producirse en «periodos de desigualdad del poder». De aquí que las nuevas prioridades del gobierno estadounidense miren atentamente el proceso de integración de Europa, y la gran atracción que aún ejerce al menos al nivel cultural. Por otra parte, está la paradoja rusa, militar y científicamente avanzada, y con una gran concentración de recursos naturales (sobre todo gas y petróleo). Los otros países rivales para Estados Unidos son Japón (donde están mezclados un alto poder económico con un poder militar latente), China (poder militar y económico) e India (poder militar).
El papel central que juega la información en la capacidad de ejercer el poder norteamericano vinculará, por una parte, la manipulación extrema de las fuentes tradicionales de energía, y, por otra, la creciente necesidad de encontrar fuentes alternativas de la misma. Más aún debido a que la información sigue supeditada a la energía eléctrica, y porque además la economía de la información camina más deprisa que la política y la autoridad. La pérdida de los controles sobre la información que recibe la sociedad (internet, televisión, y en menor medida, prensa escrita), ha obligado a tomar en consideración variables que resultan fundamentales: la emergencia del concepto de transparencia relacionado con la aparición de actores no convencionales en la arena internacional (ong, cortes internacionales, observatorios geopolíticos), que imprimen un ritmo distinto a los recursos, fuentes y paradojas del poder estadounidense. He aquí, que la información resulta ser el principal insumo de un juego a partida doble: o hablamos de un conjunto de «tecnologías de la libertad», o de un «nuevo feudalismo electrónico».
Las evidencias de este nuevo papel asignado a la información son claras. El incremento de la teatralidad de la política local que busca antes que nada a la audiencia global (ezln dixit), organizando con esto un fenómeno inédito de fragmegration: «fragmentación-integración». Es decir, la puesta en marcha de movimientos de afirmación de lo propio y particular, incluso, en el interior de la sociedad estadounidense, sugiere afirmar que «la cultura local y la política local también son un límite significativo en el modo de extender el poder estadounidense a nivel global».
Los efectos de la globalización sobre Estados Unidos, son detectables, en primer lugar, por la centralización del desprecio hacia determinados patrones culturales, cuyo punto máximo es el sentimiento antiestadounidense, o «el Gran Satán» para las fundamentalistas islámicos. En segundo lugar, las nuevas dimensiones del militarismo global están expresadas con el desafío del terrorismo, y con el llamado intervento humanitario -que a su vez, está correlacionado con lo dicho precedentemente sobre el nacionalismo.
Ahora bien, la respuesta norteamericana a estos desafíos deberá pasar por la reestructuración del soft power, la división cultural de la sociedad y por las respuestas que el gobierno estadounidense ofrecerá a la caída de la cualidad de su poder cultural. Por ello mismo, Nye sugiere que la paradoja principal, después de todo, radica en que Estados Unidos es militar y económicamente fuerte, pero social y culturalmente está cansado. La salida a la paradoja pasa por el regreso a la guerra, ya que el 11 de septiembre se ha presentado como una catapulta para hacer surgir de nuevo el perdido espíritu estadounidense de comunidad en un país que no tiene memoria de guerra. También, esa fecha vio nacer, punto que olvida Nye, un nuevo tiempo histórico. En uno de los mejores trabajos escritos sobre el paso de la edad media a la era moderna en Occidente, W. Ullman suponía que la creación de lo político y del concepto de ciudadano, distinto e incluso hostil al elemento cristiano, anunciaba el final del medievo en Occidente. El actual regreso a la cultura de la guerra anunciaría, entonces, el final de la categoría de lo político y de ciudadano, al mismo tiempo, revelaría el nacimiento de un otro tiempo donde la religión (bajo la explosiva forma de la cruzada) recuperaría parte del terreno perdido.
Texto publicado en Galaxia Gutemberg, suplemento bibliográfico de la revista Este País, núm. 146, mayo, 2003, pp. 14-15.
-
Acerca de la posdemocracia
Colin Crouch, Posdemocracia, México, Taurus, 2004, 179 pp.
Posdemocracia de Colin Crouch es un libro que aparece en un momento oportuno. En particular, por los infortunios actuales de la matriz cristiano-occidental de la democracia, que ha llegado al punto más alto en el desarrollo de una cultura que no puede seguir garantizando respuestas adecuadas y plausibles a sus propios apetitos. Por ello, pareciera que se asiste al momento crucial de su caída y de su posible superación. Como si fuese un ave fénix, la democracia debe ser concebida –nos dice rápidamente desde las primeras páginas Crouch– como una parábola, y no un modelo normativo único y esencialista, encerrado en sí mismo de una vez por todas, listo para ser importado. El argumento esencial del libro es el siguiente: hay algo que no ha funcionado y que no funciona bien con la democracia. Por ello, vale preguntar, ¿qué cosa es? En particular, resulta ser la consecuencia de la relación superávit-déficit de la democracia, es decir, la relación entre sus ausencias y sus excesos, entre sus caprichos y sus imperfecciones –ya definidas a mediados de los ochenta por Bobbio en uno de los textos fundamentales sobre el argumento.

¿Qué significa posdemocracia? Es un estar más allá de la actual fase democrática, lo que no quiere decir que el modelo democrático liberal haya sido superado del todo. Al contrario, sugiere el tránsito a una forma democrática que necesita su afirmación a partir de definiciones y discusiones más completas de las que hasta ahora ha ofrecido la ciencia política. Entonces, salir del letargo actual, nos dice Crouch, pasa forzosamente por la creación de nuevas vías interpretativas sobre ella, pero también por la inclusión de fenómenos y aristas que en las décadas precedentes no estaban presentes con la fuerza y la visibilidad de hoy: la corrupción y el punto final del modelo tradicional de los partidos y de la representación política, entre otros dilemas.
Posdemocracia es una obra crítica, dirigida al gran público y en donde se ofrece una panorámica representativa de los principales problemas de la democracia, refiriendo, además, algunos probables cambios de tendencia de este impasse político. En primer lugar, abre la discusión sobre la llamada empresa global y sus efectos demoledores sobre los gobiernos y los Estados. Ello cobra importancia porque en la actualidad, la distinción entre mundo privado y mundo político ha perdido toda pertinencia. La empresa ha devenido en una auténtica institución de gobierno; en segundo lugar, aborda la confusión en la estructura de las clases sociales, y con ello, de los derechos sociales que conllevaron los ciclos ahora históricos de luchas obreras en Europa (por ejemplo, en Italia, Francia e Inglaterra). Paralelamente, señala lo superfluo que están resultando los partidos políticos, ya que están obligados a redefinir completamente la estructura y los modos de estructuración de la democracia representativa.
Por otra parte, Crouch discute también el tema del desempleo y la pobreza, que una vez ya erradicados parcialmente de Europa, regresaron con más insistencia en el pasaje reciente de la democracia a la posdemocracia. Por un lado, está el hecho de que Europa, acaso sin saberlo con plena conciencia, se ha dirigido a una economía de servicios debido, entre otras cosas, a sus profundos procesos de desindustrialización en las últimas dos décadas, así como a un mercado del trabajo muy competitivo, también consecuencia de la fuerte migración calificada y no calificada a esta región a partir de inicio de los años noventa. El otrora modelo alternativo de capitalismo social que equilibraba la balanza frente al capitalismo flexible americano, cae en la cuenta de la necesidad de seguir controlando los intercambios económicos, pero sucede que esta pretensión se está volviendo difícil de concluir.

Colin Crouch Es importante resaltar los cambios sufridos en el modelo tradicional de los partidos políticos, pues, como se observará, es un tema muy cercano a la situación actual de México. Sobre todo, por las propias previsiones de Crouch, “Si nos basamos en las tendencias recientes, el clásico partido del siglo XXI estará formado por una élite interna que se autorreproduce, lejana de la base del movimiento de masas, pero bien integrada en el interregno a un determinado número de grandes empresas que, en cambio, financiarán las concesiones de sondeos de opinión, consultorías externas y recolección de votos, a pacto de ser bien vistas por el partido cuando éste se encuentre en el gobierno”. Más adelante agrega que “Todos los partidos experimentan esta vulnerabilidad [habla del acoso de las llamadas empresas globales a los partidos y a las instituciones políticas en general]. Se esconde detrás de muchos de los escándalos por corrupción que han estallado en los partidos de todos los colores en las sociedades avanzadas de hoy. Una vez que el concepto de aquello que hacía especial al servicio publico deviene objeto de chistes cínicos y escarnio, y que la búsqueda de la ganancia personal es elevada a fin supremo del ser humano, sólo se puede esperar que los políticos, consultores y cualquiera que quiera vender su influencia política a cambio de ventajas, resultaran un aspecto importante y del todo legítimo de su participación en la vida política. Pero la cuestión de las élites políticas presenta dificultades específicas para los partidos socialdemocráticos, porque sus miembros y su núcleo electoral están mucho más lejos de la elite respecto a sus homólogos de los partidos de centro o de derecha.”
Los ejemplos pueden ser distintos, pero todos ellos abrevarán de la misma patología. Para ofrecer una somera muestra, basta recordar los escandalosos casos de corrupción cometidos entre 2001 y 2002 en Estados Unidos por Enron, Tycom y otras entidades financieras que, por un lado, han sido compañías que aprovecharon fuertemente las tecnologías de la información, y, por esta misma razón, lograron elevar su valor de acciones aun antes de haber vendido un solo paquete de las mismas (con la ayuda de las grandes agencias estadounidenses de revisión contable, cuya nómina, se supo tiempo después, ¡era pagada por las propias compañías que estaban siendo imputadas!); transformando así, por otro lado, el propio mercado bursátil, ya que cada compañía se volvió un agente autónomo a las normas y a las reglas de las cuales el propio capital financiero no puede sustraerse, pues estas últimas imprimen la confianza necesaria en este tipo de intercambios económico-financieros, más aún en sociedades como la estadounidense, donde casi 50% de la población tiene sus ahorros invertidos en tales sociedades, sobre todo en el rubro de pensiones.
Las transformaciones recientes de la democracia, que han llevado a la instauración de la posdemocracia en estricto sentido, conllevan contemporáneamente efectos negativos para el Estado, en su vertiente de Estado de derecho: último valuarte para controlar tanto a la empresa global como a la elite política “autóctona” y “transnacional”. Aquí, la discusión de fondo es que se está poniendo en predicamento la confiabilidad y la estabilidad de los procedimientos democráticos para el control del poder político y económico en el nivel nacional y global por reglas y procedimientos institucionales que garanticen el funcionamiento adecuado de la gobernanza democrática. En este sentido, se ha vuelto una realidad el diagnóstico reciente del filósofo político italiano Pier Paolo Portinaro, para quien la empresa global (llámese lobby o con cualquier otro nombre) ha empujado a la creación de un sistema dual de justicia. Es decir, un sistema a dos velocidades en donde existe “una justicia sobre medida”, que es aquella necesaria al nivel económico transnacional, y “una justicia de masas”, garante del aseguramiento de los derechos en la arena nacional. Es importante insistir sobre esta dimensión de las transformaciones de la democracia, porque como se sabe, sin Estado de derecho (efectivo cuando sus fines no son negociables) no existe democracia, mucho menos su consolidación en aquellos países de democratización más reciente, como el caso mexicano.
Texto publicado en Galaxia Gutemberg, suplemento bibliográfico de la revista Este País, núm. 163, octubre, 2004, pp. 15-16 pp.
-
Giacomo Marramao: la genealogía de lo político
Reseña de Giacomo Marramao y Francesc Arroyo,
Diálogos Marramao y Arroyo, Barcelona, Gedisa, 2017, 109 pp.
La obra Diálogos Marramao y Arroyo, donde tiene lugar un interesante y por lo demás agudo encuentro del pensamiento entre el filósofo italiano Giacomo Marramao y el periodista español Francesc Arroyo resulta ser un testimonio vivo acerca del lugar que ocupa la filosofía en el tiempo presente. La llave que abre el umbral del diálogo está determinada por el otorgamiento de una particular atención al campo de lo político, quizá la forma de la política que más ha trabajado Marramao a lo largo de su obra, comenzando con su hoy ya inconseguible libro Lo político y sus transformaciones de 1979, traducido en nuestro país en 1982, en la colección Cuadernos del Pasado y el Presente de la editorial Siglo XXI.[i]

En general, es recurrente tratar a “lo político” como un adjetivo que en primera instancia se destaca del sustantivo de “la política” por la identificación de las cuestiones del orden filosófico y sobre todo teórico que una y otra apuntalan y reportan en el trabajo de conceptualización y problematización de las grandes cuestiones que aquejan a las sociedades, particularmente a las modernas y a las contemporáneas. Sin embargo, lo que la obra de Marramao anuncia, además del profundo trabajo de conceptualización y re-conceptualización continua en el ámbito de la filosofía política, es colocar la cuestión de lo político, sentencia, “en una confrontación directa con las ciencias sociales”[ii] dentro del campo fronterizo de las suturas de la política, y en la observación del efecto que producen las censuras que ésta última le otorga (la política), bajo la forma de la presión y la clausura de la reflexividad de los límites, a la cuestión de lo político.
En la obra de Giacomo Marramao existe un continuo “trabajo del concepto” de lo político que hoy pueden abrir líneas de pensamiento relevantes para la filosofía y la teoría política que se desarrolla por afuera del oficio puramente técnico justo en la producción del pensamiento sobre la política y lo político.[iii] De hecho, mantener la distinción en su radical conjunción ya es una forma original de pensar la política de nuestros días.
De este modo, lo político supone entre otras cosas subrayar el papel que juegan “la individualización de los puntos de ruptura”[iv] sea del “esencialismo” sea del neopositivismo o de la extrema obsesión por el número como acontece con la ciencia política contemporánea. Pero también, supone debatir en torno a “los fenómenos de fragmentación de la soberanía y de la deslocalización de las formas de poder y de conflicto”,[v] argumento que ya lo encontramos referido en Lo político y sus transformaciones que he citado, pero también está expandido, por ejemplo, en Pasaje a Occidente. Filosofía y globalización, o en Contra el poder. Filosofía y escritura, libros publicados en italiano en 2003 y en 2011 respectivamente.[vi]
Así pues, el campo de lo político se desplegará en las poco más de cien páginas que componen la obra por medio de la función que cumple en la política contemporánea, particularmente con la democracia. ¿De qué trata esta relación? Por cuestiones prácticas, se puede abordar el asunto a partir de dos ejes que sintéticamente enuncio del siguiente modo: los problemas y desafíos de aquello que Marramao llama el “universalismo de la diferencia”,[vii] junto y a través de la cada vez más difícil conjunción del plural con el singular en la democracia —en una suerte, ciertamente impolítica y politizada al mismo tiempo, de estar “adentro y en contra” en la democracia, y que quizá sea una de las formas preponderantes de lo político en nuestras sociedades.[viii] Es evidente que ambas direcciones no son las únicas que encontramos en la obra, pero juzgo que sí son los ámbitos que pueden revelarnos —y guiarnos— a lo largo del libro.
Por un lado, en muchas de las páginas del diálogo, estas dos orillas nos meten con fuerza una y otra vez en el corazón del problema del orden político democrático y contra-democrático, tal y como han llegado a estas primeras dos décadas del siglo XXI: ¿qué se puede identificar?, ¿qué se debe decir?, ¿qué se puede hacer?, ¿qué es necesario objetar de las democracias realmente existentes y de las formas teóricas que tenemos a nuestra disposición para pensarlas? En suma, ¿cómo se puede y bajo qué punto de vista es posible interrogarnos en torno a los problemas de la democracia como cuestiones que atañen de manera directa a la “pasión por el presente”,[ix] como reza el título de otro de sus libros? La filosofía, dice Marramao, “es el arte de la pregunta, de preguntarse, el arte de la interrogación”.[x] Una pasión, entonces, que desarrolla el trabajo del pensamiento al interrogar el presente, incluyendo a las urgencias y las exigencias del acontecimiento. Todo ello a partir de su condición de completa y abierta inactualidad, que es una palabra-clave en la semántica de Marramao, ya que siguiendo las huellas de Nietzsche supone —y más bien exige— un distanciamiento y una dislocación del tiempo al cual se pertenece: interrogarse es, pues, colocarse “en un desfase anticipador del propio tiempo”.[xi] Y agrega: “Eximirse de una consideración acerca de la actualidad es, por lo tanto, para un filósofo literalmente algo impensable, sobre todo cuando ella hace irrupción en la fisonomía de un evento traumático…”.[xii] No se puede ser indiferente frente a los “eventos traumáticos”. Es una exigencia intelectual y cultural, pareciera decirnos Marramao. Pero no sólo es frente a los eventos traumáticos de alto impacto (como lo fueron los ataques terroristas del 11 de Septiembre de 2001). Lo político es también una palabra fuerte desde el punto de vista sociológico y politológico. Por ejemplo, si la intentamos colocar en el interior del régimen de historicidad de nuestra condición mexicana, hic et nunc, me vienen como cascada la figura de los “desaparecidos” y de las fosas clandestinas, terrible forma de lo político, junto a la de la violencia, a la de la radicalización de la diferencia…
En este orden de ideas, en la obra el lector podrá encontrar diversos ámbitos y flashes de discusión sobre cuestiones que atañen a lo político como la ciudadanía, el terrorismo, los nuevos autoritarismos, las guerras de religiones, la secularización (de la secularización), la técnica y la desmesura (hybris) que componen la interrogación sobre la utilidad de lo útil frente a las posibilidades del decrecimiento (dixit Serge Latouche) y la necesidad de construcción de los bienes comunes, etcétera. De hecho, para el autor este último aspecto es uno de los “asuntos centrales” de la democracia: “La condición para que haya una verdadera democracia no es sólo que se apliquen correctamente las reglas. Es imprescindible que se de otra condición: la posibilidad del disfrute colectivo de bienes comunes materiales y otros que parecen inmateriales”.[xiii]
Por el otro, lo político es una forma no domesticable, abiertamente contingente —pensemos, dice, en una “ontología de lo contingente”—[xiv] que une a las dos orillas, al universalismo de la diferencia y la aporía constitutiva del plural-singular democrático, en un nivel de inteligibilidad diferente al que acabo de enumerar, aunque sea común la pretensión de empatarlos: lo que comparten es la dinamización del conflicto, los efectos que produce, así como su capacidad de transformación hacia formas cada vez más intensificadas.
En suma, lo político revela su real campo de concreción: el carácter inmanente del conflicto en el interior de las sociedades democráticas. Y esta es una cuestión que viene de lejos en el pensamiento político italiano, probablemente sea Maquiavelo a quien le debemos su primera conceptualización. En este sentido, son célebres sus observaciones sobre las diferencias entre el “pueblo” y los “grandes”:
Creo que los que condenan los tumultos entre los nobles y la plebe atacan lo que fue la causa principal de la libertad de Roma, se fijan más en los ruidos y gritos que nacían de esos tumultos que en los buenos efectos que produjeron, y consideran que en toda república hay dos espíritus contrapuestos: el de los grandes y el del pueblo, y todas las leyes que se hacen en pro de la libertad nacen de la desunión entre ambos […] no se puede llamar, en modo alguno, desordenada una república donde existieron tantos ejemplos de virtud, porque los buenos ejemplos nacen de la buena educación, la buena educación de las buenas leyes, y las buenas leyes de esas diferencias internas que muchos, desconsideradamente, condenan, pues quien estudie el buen fin que tuvieron encontrará que no engendraron exilios ni violencias en perjuicio del bien común, sino leyes y órdenes de beneficio de la libertad pública.[xv]
En este mismo orden de ideas, Marramao dirá: “En la buena tradición italiana de Maquiavelo, yo estoy a favor de una democracia tumultuaria: no tenemos que tener miedo a los tumultos porque cuando no hay tumultos, cuando no hay expresión de los conflictos sociales, puede ser que acabe por producirse una ruptura imprevista”.[xvi]
¿Por qué subrayar este carácter tumultuario de lo político? Porque Marramao termina observando los desafíos que hoy tenemos frente al “fracaso” de los dos modelos de asimilación, integración y cohesión democrática. Uno, de impronta francesa, cobra vida bajo la forma del modelo “asimilacionista republicano”; y el otro, de raigambre británica, es el “modelo multiculturalista”.[xvii] Dice el autor: “el modelo republicano francés […] presupone una escena pública indiferenciada. Todos somos ciudadanos y no se tienen en cuenta las diferencias de sexo, de religión, de cultura, de lengua, etcétera”.[xviii] Es decir, es un modelo que tiene la pretensión de universalización que no sólo subsume sino que castiga las diferencias. En cambio, en el modelo inglés “[e]s un modelo ‘mosaico’ donde conviven, en apariencia armónicamente, los diferentes grupos culturales. Sin embargo, cada grupo cultural permanece en una especie de isla sin comunicación con los demás, es como una mónada sin relación con las otras”.[xix] ¿Qué tienen de problemático estos dos modelos? Que el primero “promueve la indiferencia” y el segundo se sostiene mediante “una pluralidad de guetos contiguos”.[xx]
Como se ha comentado, para Marramao es el universalismo de la diferencia la forma de lo político que piensa podría desplazar el orden de la democracia hacia nuevas maneras de construcción política, nuevas subjetividades y nuevas aventuras:
[…] tengo la impresión de que el modelo que está más cerca de mi fórmula […] es el modelo de origen latino, romano, de la civitas. Se trata de un modelo de integración basado en la idea de orden, de Constitución y de ley universal, pero con una idea de comunidad pluricultural, con una idea plural del pueblo […] la solución pasa por la idea de la civitas romana como un espacio jurídico y político capaz de integrar en sí mismo una pluralidad de diferencias, de gentes diferentes, con lenguajes diferentes, con religiones diferentes, con ideologías diferentes. Este modelo me parece el modelo más potente, con una condición indispensable, sine qua non: el respeto riguroso a una ley universal, válida erga omnes (para todos) […] Tenemos que ser muy cuidadosos y no confundir el derecho a la diferencia con la diferencia en el derecho.[xxi]
Para terminar, quisiera agregar que Giacomo Marramao es sin duda uno de los filósofos políticos más relevantes en el panorama intelectual italiano de nuestros días. Un pensador y polemólogo de “paladar fino” cuya relevancia se extiende desde hace mucho tiempo más allá de las fronteras de la península. Por eso, le viene bien a nuestra cultura académica contar con la presencia y la obra de un autor y sobre todo de un pensador como él. Con sus libros ganamos todos. La serie de detalles e indicios que nos ofrece la obra Diálogos Marramao y Arroyo es rica en ideas para nutrir nuestra condición presente, y también es una guía de lectura para aquellos que quieran comenzar a leerlo. Ojalá que esto último sea una realidad en nuestras universidades y en todos aquellos espacios culturales preocupados y ocupados por seguir debatiendo en torno a lo político.
Notas
[i] Giacomo Marramao, Lo político y sus transformaciones (Ciudad de México, Siglo XXI Editores, 1982).
[ii] Giacomo Marramao y Francesc Arroyo, Diálogos Marramao y Arroyo (Barcelona, Gedisa, 2017), 25.
[iii] Giacomo Marramao, Pasaje a Occidente. Filosofía y globalización (Buenos Aires, Katz Editores, 2005).
[iv] Marramao y Arroyo, Diálogos, 31.
[v] Marramao y Arroyo, Diálogos, 31.
[vi] Marramao, Pasaje, 231-256; Giacomo Marramao, Contra el poder. Filosofía y escritura (Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2013), 75-92.
[vii] Marramao y Arroyo, Diálogos, 43, 74.
[viii] La idea de estar “adentro y en contra” es de Roberto Esposito, Pensiero vivente. Origine e attualità della filosofia italiana (Turín, Einaudi, 2010), 26.
[ix] Giacomo Marramao, La pasión del presente. Breve léxico de la modernidad-mundo (Barcelona, Gedisa, 2011).
[x] Marramao y Arroyo, Diálogos, 51.
[xi] Marramao, La pasión, 176.
[xii] Marramao, La pasión, 176.
[xiii] Marramao y Arroyo, Diálogos, 101.
[xiv] Marramao y Arroyo, Diálogos, 46.
[xv] Nicolás Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio (Madrid, Alianza, 2009), 41-42.
[xvi] Marramao y Arroyo, Diálogos, 70.
[xvii] Marramao y Arroyo, Diálogos, 72-73.
[xviii] Marramao y Arroyo, Diálogos, 72.
[xix] Marramao y Arroyo, Diálogos, 73.
[xx] Marramao y Arroyo, Diálogos, 73-74.
[xxi] Marramao y Arroyo, Diálogos, 74-75.
Bibliografía
Maquiavelo, Nicolás. Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Madrid: Alianza, 2009.
Marramao, Giacomo. Lo político y sus transformaciones. Ciudad de México: Siglo XXI Editores, 1982.
Marramao, Giacomo. Pasaje a Occidente. Filosofía y globalización. Buenos Aires: Katz Editores, 2005.
Marramao, Giacomo. La pasión del presente. Breve léxico de la modernidad-mundo. Barcelona: Gedisa, 2011.
Texto publicado en Revista de Filosofía, Ciudad de México: Departamento de Filosofía de la Universidad Iberoamericana, año 51, núm. 147, julio-diciembre, 2019, pp. 228-235.
-
Campanella revisitado
«Epílogo» de mi libro Los espejos de la democracia. Ley, espacio político y exclusión, Ciudad de México, Gedisa-UACM, 2015.Israel Covarrubias
El vocablo religión política forma parte de una serie de cambios semánticos en la lengua acuñada en Europa entre los siglos XVI y XVII para explicar las formas de producción del universo político de la época y como reacción al proceso de su autonomía frente a la moral y la Iglesia en los inicios de la formación del Estado moderno. Por tal motivo, es necesario hacer algunas aclaraciones en torno al tema que pretendo desarrollar, sobre todo para decir e insistir en lo que este capítulo final no abordará. Podemos comenzar con la constatación ⎯casi por default⎯ de que hablar de religión política no supone ni mucho menos impone dar cuenta de la relación entre política y religión. Ni siquiera pensar, entonces, en tocar la cuestión ⎯aunque no sea posible eludirla⎯ que ha ocasionado históricamente círculos concéntricos alrededor de la politización de la religión, manifestada en una serie de prácticas de prohibición y escándalos viejos y nuevos por parte de sectores medulares de las distintas Iglesias en múltiples experiencias pasadas y presentes. De igual modo, no hablaré de los vínculos casi obvios entre religión política y religión civil, ya que a pesar de que se apoyan una en la otra, su ámbito de comprensión no pertenece al mismo espacio discursivo. Tampoco hablaré de la sacralización del poder político bajo la forma de la supuesta monopolización del mismo en el vértice del Estado. Es decir, bajo la confusión analítica e histórica, reproducida en el saqueo sistemático que siempre termina por aludir a Max Weber, de que el monopolio de la violencia legítima es una variante del monopolio del poder legítimo, lo que no presupone el monopolio absoluto de la violencia y el poder, y mucho menos el secuestro del ejercicio de ambos. (Esta confusión ha tenido efectos desastrosos en las democracias actuales como lo ha sido la llamada Acta patriótica en Estados Unidos después del 11 de septiembre de 2001.)
Entonces, ¿de qué hablaré? Básicamente de la religión política entendida como el resultado de la producción de un dispositivo de sacralización de la política que, para Emilio Gentile (2007), tiene lugar[…] cuando la dimensión política, después de haber conquistado su autonomía institucional en las confrontaciones de la religión tradicional, adquiere una dimensión religiosa, en el sentido de que asume un carácter propio de sacralidad, hasta llegar a reivindicar para sí la prerrogativa de definir el significado y el fin fundamental de la existencia humana, por lo menos sobre esta tierra, para el individuo y la colectividad. Y eso sucede cada vez que una entidad política, por ejemplo, la nación, el Estado, la raza, la clase, el partido, el movimiento, son transformados en una entidad sacra, es decir, se vuelven trascendentes, indiscutibles, intangibles y, como tales, colocados en el centro de un sistema, más o menos elaborado, de creencias, mitos, valores, mandamientos, ritos y símbolos, volviéndose de este modo un objeto de fe, reverencia, culto, fidelidad, dedición, hasta llegar, si es necesario, al sacrificio de la vida (pp. XVII-XVIII).
Por lo tanto, la religión política es un sistema de cruces de entidades políticas como las apenas citadas (incluso, basta una sola de ellas) que se ubican y afirman como las intérpretes exclusivas que definen, por una parte, el proyecto y el proceso histórico de invención de la ciudad “naciente”, modelada a partir de un profundo y agudo trabajo de reingeniería respecto a sus formas y artes, así como de sus técnicas labradas sobre el espacio político, acompañado con la aparición de la figura del “hombre nuevo” en el centro de su paisaje (por supuesto, con su reverso inmanente: “la mujer nueva”), que terminan situados en el límite simbólico y real que confiere la producción sacralizada del mundo (Burleigh, 2006, p. 15). Por consiguiente, hacen depender el “destino del individuo y de la colectividad a la subordinación de una entidad suprema” (Gentile, 2007, p. XVIII). ¿Cuál destino? La persecución de “forjar una comunidad sentimental (en la que la resonancia emotiva [es] la norma) reorganizando espacio y tiempo para envolver a las masas en una ideología dominante” (Burleigh, 2006, p. 15).
Luego entonces, ¿por qué problematizar a la religión política con la ciudad soñada de Tommaso Campanella y en el conjunto de una reflexión sobre las ansiedades contemporáneas en torno a la ley, el espacio político y la exclusión? Porque Campanella es el primer escritor político moderno que empezó a hablar de “religiones políticas” como respuesta al proceso gradual de autonomía de la política frente a la caída de la representación de los espejos de la moral y la religión (Burleigh, 2006, p. 35), y quizá entonces su enseñanza sigue vigente a pesar del anacronismo evidente en nuestro esfuerzo de volverlo nuestro contemporáneo. De este modo, su obra La ciudad del Sol es una búsqueda política con un fuerte componente de sacralización para encontrar un principio nuevo de orden efectivo con el objeto de dar una serie de certezas existenciales a los individuos. Además, puede ser interpretada como una obra que explora y conlleva la intención de elaborar un nuevo referente de significatividad respecto al orden político, al construirle un fundamento metapolítico y metaracional a la autoridad en los primeros pasos históricos de la formación del Estado moderno.
Así pues, el objetivo que persigue este epílogo es la realización de un ejercicio de lectura a esta obra campanelliana basado en algunas “palabras sueltas”, que funcionan como metáforas y fundaciones políticas (una suerte de génesis interna) que aparecen por aquí y por allá a lo largo de la misma. Esta lectura, por su parte, se encuadra en un número restringido de intereses politológicos y sociológicos que pretenden ir tras las huellas de los efectos del cambio semántico que permiten dar cuenta de la pretensión de fundación europea de una lengua común sobre la política y el Estado.
Es necesario tomar en consideración un elemento del contexto histórico en el cual Campanella escribirá su obra. Esto es, la invención moderna ⎯a partir de finales del siglo XVI y consolidado a lo largo del siglo XVII⎯ de un lenguaje distinto sobre la política en general y sobre el poder político en particular, y que establecen una quiebra semántica de los lenguajes tradicionales y pre-modernos acerca de la misma (Viroli, 1994, p. VII). Es en el siglo XVII, sobre todo a partir de las reflexiones de Thomas Hobbes, donde comienza la producción de una nueva gramática del mundo que no expresaba una solución de continuidad, mucho menos el triunfo del largo proceso de “unificación” de los lenguajes políticos que tuvo lugar desde la segunda mitad del siglo XIII, cuando aparece la traducción en latín de Aristóteles y, por ende, una lectura distinta de él en Europa, ya que “deja de ser auctoritas para volverse un pensador como todos los demás, definido en su propio tiempo” (Garin, 2008, pp. 13-14). El colofón es que esta nueva forma de leer a Aristóteles, quien quedará “atrapado” en el ropaje simbólico de la escolástica y frente a la cual surgirá la confrontación en la misma época con el neoplatonismo humanista, termina modelada y mezclada con la enorme influencia que hasta ese entonces había tenido y seguirá teniendo en los siglos posteriores la reflexión sobre las virtudes políticas y el significado abiertamente normativo de la república ciceroniana, para concluir en la conjugación de ambas tradiciones (la aristotélica y la ciceroniana) de lo que tentativamente puede definirse como “los mayores componentes de la concepción convencional de la política y del hombre político” (Viroli, 1994, p. XII).
Se puede sugerir que Hobbes es una continuidad, un cambio semántico “radical”, sobre todo por el uso cultural específico de los vocablos que utiliza y la “carga” de teológica “negativa” que le imprime a las palabras que usa al nombrar la política. Por ello hay que insistir también en un hecho fundamental: Hobbes supone una ruptura con el lenguaje formado a partir del siglo XIII en el viejo continente, es la re-semantización de las palabras, la invención de significantes distintos a pesar de la invariabilidad en el tiempo de los significados de determinados conceptos-clave de la política. Recordemos el frontispicio de acompaña la primera edición del Leviatán: observamos a un hombre producido y animado por una multitud de hombres que componen el cuerpo real del Estado y de cuyos brazos ⎯a partir del símbolo de la espada y el báculo⎯ están anudadas la representación de la soberanía en dos tiempos: poder temporal y poder espiritual, gobierno del interés común ⎯adherible a la concepción de la política como razón de Estado⎯ y gobierno del deseo y la pasión. Con este mecanismo, nos dice Bobbio (1999, p. 9), Hobbes creó el mito del Estado moderno en la tensión de una relación simplemente imposible: el principio de la autoridad está fundado en la negación de la libertad.
Hay que subrayar que no estamos sólo frente a un cambio de palabras, sino en la evidencia más palpable del “proceso de agotamiento [que con el] cambio de los tiempos, el lenguaje de la política [sufre y] se vuelve gradualmente obsoleto” (Viroli, 1994, p. XI). Es decir, pasamos de una semántica donde existe una clara identificación entre la política como “arte de gobernar una república o reino según la justicia y la razón”, hacia el llamado a la razón de Estado, concebida como “el arte de conservar y expandir el Estado, en el sentido de dominio sobre un pueblo” (Viroli, 1994, p. VIII). La noción de razón de Estado irá más allá, ya que tendrá un fuerte vínculo no sólo con Maquiavelo ⎯es oportuno no perder de vista que parte de la obra de Campanella se mueve precisamente como una reacción crítica a Maquiavelo⎯, sino con algunos de sus “apologistas”, como es el caso de Gabriel Naudé que en 1639 publica su Considération politiques sur les coups d’etat, una obra célebre y precisa sobre el argumento (curiosa coincidencia, es el año en que muere Campanella), donde define a la razón de Estado como “aquello que deroga al derecho común en ventaja del interés público” (Naudé, 1958, p. 68). Entonces, el interés ⎯que se ha vuelto público⎯ es el nuevo centro de gravedad en la formación y reproducción del Estado moderno.
La tensión que conecta una orilla a la otra es evidente. Disuelta la relación armoniosa ⎯no sólo conceptual entre Estado y república⎯, el mundo político da paso a dos concepciones completamente distintas acerca del orden político. Por un lado, decae la virtud latina que se concretizaba en la forma de la república cristiana y más cuando pretendía ser el mecanismo de acceso y garantía indiscutible de la felicidad del hombre y su equilibrio con el mundo. Por el otro, crece una realidad cada vez más plural (y “agrietada”) que se opone a esta concepción tardo medieval para dar vida a una nueva lengua común donde la razón de Estado no excluye el gobierno de las pasiones, si bien lo domestica ⎯ya Maquiavelo lo advertía⎯, no lo puede anular por completo.
Con ello es palpable un desplazamiento interesante. En la concepción tradicional de la política, Estado y república eran conceptos excluyentes, a diferencia del mundo moderno, donde existe la posibilidad de incluirse uno al otro. Es decir, la exclusión ocupará un lugar distinto, puesto que ya no son las palabras las que se oponen al grado de no jugar en el mismo campo semántico, son los sujetos los que terminan excluidos, separados y escindidos, y no porque antes no existiera exclusión, sino porque su relevancia no era juzgada como cosa de interés público. De aquí, por ejemplo, es posible conjugar a un solo tiempo Estado y monarquía o Estado y democracia, ya que al volverse formas de constitución, terminan por pertenecer al ámbito del orden estatal y por extensión al de la comunidad política, en cuyo interior la forma de gobierno se revela como un momento de suma importancia, pero no es el momento histórico de inicio del Estado moderno.
En este pasaje, la producción de orden (entendida como fundamento del nomos estatal) y forma de gobierno no son caras de una misma moneda, son realidades distintas desde el punto de vista de los procesos históricos. De hecho, su separación permite vislumbrar tanto el origen de los mecanismos metapolíticos y materiales que dan vida al orden y su reproducción como aquellos mecanismos sociales que dan movimiento a las formas de gobierno. Por lo tanto, los primeros son necesarios para la producción de orden en el interior de la sociedad y como realidad política, esto es, son una forma de determinar materialmente la subjetividad. Los segundos son importantes en la medida de que permiten la socialización y sacralización de la política (legitimación) en el escenario de la vida en común. La sacralización como forma de legitimación es el elemento que trasciende el universo de la racionalidad política para conectar la determinación material de la subjetividad con la dimensión espacial (territorio) del poder político desde el momento en que enlaza de manera litúrgica ambas dimensiones.
Esta realidad que se pluraliza y abre perspectivas hasta ese entonces inéditas para la producción de sentido y orden en el interior de sociedades que están buscando distintas salidas a la época que las ha precedido, tendrán una estación histórica fundamental de su desarrollo en el humanismo renacentista, que no presupone sólo “un regreso” a los antiguos como modelos por imitar, sino es una manera original de hacer filosofía, ya que lo que estaba en crisis y en proceso de transformación era precisamente la filosofía (Garin, 2008). Es decir, es un proyecto filosófico que pretende “reproponer el verdadero y libre método de filosofar y otorgar a la ciencia una vida nueva y noble” (Passerini, 1836, p. V), y que está presente en los principales exponentes de la escuela italiana: Petrarca, Coluccio Salutati, Leonardo Bruni, etcétera.
Asimismo, la transformación del mundo político tendrá un empuje esencial con los efectos que exportó la llamada libertad de conversión y confesión que abrevó de la Reforma protestante, para forjar la garantía del pluralismo religioso y que luego se extendería al pluralismo político al permitir el aseguramiento de las libertades. La libertad religiosa pretendía volverse una “escuela de posibilidades” para dejarse convertir sin necesidad de pasar por los dominios del poder político y el Estado. De este modo, era un fenómeno horizontal que se dirigía a los otros con la puesta en marcha de un mecanismo simbólico en el interior del cual el pasado podía ser puesto en completo entredicho al tener la opción de devenir otra persona. Finalmente, fue una expresión de un conjunto de relaciones privadas (“entre pares”) que no tenían presente, por lo menos no con claridad, la obligatoriedad del mandado territorial del naciente Estado.
El resultado es que cuando el discurso que emparenta virtud y felicidad es volcado por completo, la lengua tradicional de la política se reduce a “un lenguaje de la nostalgia o de la utopía, un lenguaje puesto en acción para soñar repúblicas del pasado o para desear repúblicas por venir” (Viroli, 1994, p. XV). Sin embargo, poner en un mismo ámbito de significatividad, como lo es el de la “lengua tradicional” de la política, el concepto de nostalgia con aquel de utopía puede llevarnos al equívoco, ya que rápidamente podría concluirse que toda manifestación de nostalgia en la vida política presupone un deseo exclusivo por la imaginación de repúblicas soñadas o inexistentes, inconcebible ⎯siguiendo esta lógica⎯ para el imperio de la razón que está haciendo suya la bandera de la modernidad naciente. Por lo menos en los inicios del Estado moderno y en la política que éste inventará, la razón es razón de Estado, lo que quiere decir violencia “pura” o “divina”. La confusión radica, en consecuencia, en reproducir la creencia de que la constitucionalización del Estado moderno con la invención del derecho moderno frente a la violencia de la vida no asociada es un dominio que no tiene su origen precisamente en la violencia pura o divina, lo que lo hace un argumento insostenible, ya que no hay derecho en la modernidad que no esté fundado en el exceso de una violencia interna a éste (Benjamin, 2007, pp. 113-138; Benjamin, 1973, pp. 193-194).
Por consiguiente, hay que insistir que se trata de una nostalgia por una pérdida, por un “coagulante” que falta y que, conjuntamente con la aceleración de una auténtica política de la imaginación renacentista donde tiene lugar un sistemático “comercio con los fantasmas” (Agamben, 2006, p. 31) que pretende darle un cuerpo a aquello que se presenta como un “humor” incorpóreo, se reproducirá obsesivamente a partir del humanismo renacentista en la forma de la melancolía, que termina por ser “la heredera laica de la tristeza claustral” (Agamben, 2006, p. 18). Por ello, la inauguración de un nuevo modo de mirar filosófico que está presente en el humanismo renacentista es una respuesta sutil y respetuosa en las confrontaciones de la Iglesia a la posibilidad de volver a la filosofía un remedio y un cuidado del espíritu (Garin, 2008). Entonces, ante las enfermedades del espíritu, incluida la dimensión irrenunciable y por momentos incontrolable del deseo (después desarrollada por Diderot), se les dará respuesta con la redacción filosófica de distintos proyectos utópicos, que precisamente pueden ser leídos como un efecto del recambio semántico que abre el tiempo histórico a las oposiciones clásicas entre política de los antiguos y política de los modernos, entre lo viejo y lo nuevo, entre tradición y modernidad. En pocas palabras, es el comienzo de la constitucionalización del Estado moderno y de la sociedad que le resultó inherente. Por ello, y junto con Marco Revelli (2008, pp. 45 y ss.), se puede sugerir que la constitucionalización del Estado moderno es el movimiento definitivo de ruptura entre la escritura de “la política de los antiguos” frente a la escritura “política de los modernos”. Derivada del deseo de asociación para producir un “poder común”, la pragmática cristiana que vinculaba la injusticia de los hombres con el primado del mal ⎯inherente a la naturaleza humana⎯, con el miedo que genera la vida no asociada y con el espíritu de competencia de los hombres que los llevará a enfrentarse unos contra otros, gradualmente perderá su densidad simbólica para dar paso a la construcción de una oposición social y política a la sintáctica teológica del mundo y la justicia divina por una parte, y al “arte del bien común” (Revelli, 2008, pp. 47; Bobbio: 2004, pp. 239-253), entendido como el campo semántico de los antiguos por la otra, asumiendo por accidente en el momento de romper con la escritura de la política de los antiguos ⎯en los términos incluso confesionales donde toda sintáctica no es letra muerta, antes bien es un acto performativo⎯, los efectos y costos de la competencia y de la constatación de un mundo sin medidas fijas: la desconfianza, la avidez y la guerra. No hay que olvidar que ésta última se origina cuando todos quieren un bien que es escaso en un contexto de creciente “discrepancia de los deseos” (Piccinini, 2005, p. 101). De lo que se trataba era transformar el deseo en un interés en común que obligara al individuo tanto a subjetivarse con los otros (experiencia de sociedad) como a sujetarse al Otro (Estado). Lo evidente en ese momento es la imposibilidad de alcanzar el bien común que cede su lugar al interés común de la razón de Estado. (Es una disyuntiva que reaparece en el horizonte de la democracia a partir del siglo XIX en la pretensión por “armonizar” la representación política territorial y la representación de los intereses.)
Tommasso Campanella
El resultado fue la cimentación de un tiempo sin origen e inicio, y en el cual la utopía ⎯y también sus reversos bajo la forma de la heterotopía⎯ se fundan en una trama que pretende resolver desde una exigencia ética el problema ya sin respuesta de la indecibilidad: los proyectos utópicos perseguirán una “idealidad [que] nunca puede realizarse por completo” (Hubig, 1991, p. 61). Por ello, la reacción a la pluralización y al cambio semántico del lenguaje sobre la política tendrá en la utopía una doble inscripción: “hacia afuera” del universo relacional de la comunidad como forma metapolítica y autorreferencial respecto al dispositivo del orden, pero también “hacia adentro” con la puesta en acción de un proceso de sacralización de la política que necesita de ambas direcciones para su conclusión, ya que sólo así es posible relocalizar ese tiempo perdido y fundacional en el espacio social de la experiencia cotidiana.
Este larguísimo rodeo tiene su razón de ser en el hecho de que no podemos entender el nacimiento de la “república apostólica” de Campanella (2009, p. 296) si no observamos el fenómeno histórico del cambio de la semántica sobre la política que culminará con la respuesta utópica a los desafíos que el nacimiento del Estado moderno estaba exigiendo.
República del pasado o república del porvenir, la aparición casi anónima en los primeros años del siglo XVII de La ciudad del Sol termina por ser considerada como el texto utópico más famoso del mundo moderno. Para comenzar, La ciudad del Sol es un texto que vive y camina por un campo minado, pues su nacimiento público está cubierto por la sombra de la cruzada “anti-astrológica” declarada y sostenida por Urbano VIII en la Bula papal Inscrutabilis de 1631, que a su vez está relacionada con las pretensiones políticas papales de frenar la individualidad y el secreto inherente a la primera de lo que podríamos llamar el gobierno y la técnica astrológica, la cual formaba parte del dominio intelectual de Campanella (Ernst, 2008, pp. 64-65).
El manuscrito fue redactado en italiano y terminado hacia 1602, cuando Campanella se encuentra en prisión en Nápoles, acusado de ser el artífice de una intentona de revuelta contra la Iglesia y la Corona española, acompañada por la “maquinación de una nueva religión y un nuevo Estado” (Passerini, 1836, p. VIII). En ese primer borrador están presentes las preocupaciones que por aquel entonces Campanella tiene respecto a la posibilidad de construir una salida filosófica y política al Renacimiento a partir de una serie de reflexiones circulares que construyen puertas y ventanas para cimentar el desarrollo de la naturaleza humana con el mundo viviente. De hecho, gran parte de su obra es una reflexión profunda y ambiciosa encaminada a la construcción de una nueva filosofía de lo viviente (Passerini, 1836, p. XII). Así pues, por ejemplo, frente a un contemporáneo suyo como René Descartes para quien el sujeto que piensa es el inicio de todo filosofar, Campanella antepone el mundo como totalidad, dentro del cual el sujeto existe como focus inicial de la filosofía (Passerini, 1836, p. XIII). De este modo, se puede decir que Descartes descubre el mundo de la racionalidad del sujeto. En cambio, Campanella lo crea a partir del “arte” de la intuición. (Recordemos que este apetito por el absoluto será consolidado mucho tiempo después por la filosofía hegeliana.)
Agreguemos que la peculiaridad de los umbrales de salida de la filosofía campanelliana radican en que desde su confección están cerrados. Sin embargo, habría que apuntar que el discurso de las “puertas” y “ventanas” se desdobla en dos tiempos distintos: hacia el interior de la ciudad, imaginan espacios abiertos; hacia el exterior, las ventanas están clausuradas, de hecho, son inexistentes. Esto se explica, señala Hubig (1991, p. 61), porque “Las utopías son imágenes de la competencia humana. Por eso tienen que ser universales, es decir, presentar una unidad y un orden cerrados respecto al ser humano, y al mismo tiempo determinar su relación con la naturaleza”. Asimismo, estas reflexiones fueron pensadas para ser presentadas en el Jubileo romano de 1600, donde, por cierto, caerá la condena sobre Giordano Bruno. Sin embargo, eso no sucedió. El manuscrito empezará a circular hasta 1607, gracias a su amigo alemán Gaspar Schoppe, a quien Campanella le confía todas sus obras escritas hasta el momento con la esperanza de volverlas libro. Cosa que tampoco sucedió, pero las copias manuscritas empezaron a reproducirse y circular, hasta que finalmente aparecerá en 1623 su primera edición como libro en latín (Servier, 1995, p. 53).
Hay que agregar que La ciudad del Sol es un texto que tiene 17 versiones que la hace por sí misma una obra de singularización fijada en lo mínimo y en el detalle, de lo cual le sigue que cualquier aproximación a su historia interna obliga a hacerle una hermenéutica y una disección, ya que cada versión no deja de abrir y cerrar puertas y ventanas (Ernst, 2008, p. 84). Al respecto, me parece que la metáfora del “abrir” y el “cerrar” corresponden con el hecho de que Campanella tuvo particular interés por la lengua de los umbrales y zonas de frontera, tanto territoriales como subjetivas. Así queda de manifiesto su particular fascinación por las disecciones oculares y la forma esférica del ojo, como lo muestra su brevísima estancia en Padua, donde llevaría a cabo “disecciones finísimas para investigar la anatomía y la funcionalidad visiva del ojo humano” (Firpo, 2008, p. XXV). Es decir, una necesidad siempre creciente por los “misterios” de la mirada y sus ángulos, que se reflejarán precisamente en La ciudad del Sol y sus versiones, ya que es una obra esférica donde cada versión lleva consigo un original y, por consiguiente, cada edición encierra su antecedente y abre su campo semántico a un original sin tiempo. Por ende, es una obra en 17 movimientos fundada precisamente en las huellas que deja como reminiscencias de cada una de sus escrituras pasadas y de aquellas por venir, es decir, huellas que pueden ser interpretadas, para usar una expresión precisa de Agamben (2007, p. 18), como “cristales de memoria histórica […] alrededor de los cuales el tiempo escribe su coreografía”.
Ahora bien, podemos decir que La ciudad del Sol es el dibujo de una ciudad donde estalla con fuerza la voz de la falta de herencia y, por consiguiente, la discontinuidad aparece bajo la figura del desheredado que encausa con intensidad un “lamento profético, soportado en ecos bíblicos y dantescos” (Firpo, 2008, p. XVII), y en el cual uno de los objetivos que se traza su autor es otorgar una respuesta urgente a la cuestión del sufrimiento humano ⎯en la parábola, me parece, no tan clara del “justo que sufre”⎯, entendiendo por ello un movimiento de “desmesurada resistencia [que pretende la] reconstrucción de un mundo ético después de haber deconstruido la fe en la justicia de Dios” (Negri, 2002, p. 25). Insistir sobre este punto particular tiene una importante razón de ser en Campanella, ya que en él existencia y sufrimiento son inseparables, como lo demuestran los apuntes de los años más severos de su encierro. En particular, cuando este último supuso una capacidad “por afuera” de lo común para soportar condiciones inhumanas de aislamiento, y por ello la libertad opera como su horizonte intelectual, filosófico y religioso, pero también como alegoría viva y ética de su propia desaparición pública al pasar 27 años en cárcel, lo que lo volvería el preso político más célebre de la época, al grado de llamar la atención de viajeros y visitantes de todo tipo. Fuera del encierro, Campanella intenta coordinar y llevar a cabo una explicación metaracional acerca del orden del mundo; cuando está encerrado, sus preocupaciones gravitan sobre los misterios del ser y de sus enfermedades (Firpo, 2008, p. XXV).
En consecuencia, tenemos una ciudad naciente donde sobresale un insistente discurso acerca del papel que juegan los muros, interpretables como fronteras de exclusión, pero sobre todo de recomposición entre lo justo y lo injusto del mundo. De este modo, los muros son la precondición sin la cual no es posible lograr el no lugar de la felicidad, la utopía. Después, Campanella pasa a la descripción de la forma de gobierno de su república, que se funda en una monarquía sacralizada desde el punto de vista político, e identificable en la figura del Uno (llamado Metafísico) que se “halla al frente de todas las cosas temporales y espirituales. Y en todos los asuntos y causas su decisión es inapelable” (Campanella, 2009, p. 189). Junto a estos rasgos, aparece como constante, la obligación y disposición tanto de hombres como mujeres a la guerra, cuyo entrenamiento lo juzga “género de vida”, es decir, una forma normal de relacionarse con aquellos que rodean los muros de la ciudad del sol.
De igual modo, hay que insistir en el vocablo común que recorre toda la obra: las materialidades, los oficios, las técnicas, los modos de dormir, las maneras de vestir, la sexualidad fundada exclusivamente en su variante reproductiva, la disposición de los comedores y la comida (que se hace en silencio absoluto) y sus tipos; por ejemplo, una dieta otoñal basada en uvas como “remedio contra la bilis negra y la melancolía” (Campanella, 2009, p. 230), sugieren decir que precisamente el lenguaje de la nostalgia está fundado como una respuesta a los “inconvenientes” de las enfermedades del espíritu. Al ser lo común de todos y ninguno, esboza uno de los rasgos centrales de La ciudad del Sol: el sacrificio que anhela un sueño escrito “despierto” sobre la igualdad total (Burleigh, 2006, p. 37).
Por lo tanto, La ciudad del Sol puede ser considerada un llamado violentísimo al orden perfecto, ya que para que este último pueda tener lugar, es necesaria la aparición de una forma autolegisladora donde el Uno, él, es “la eficiencia”, la respuesta, y los sujetos son “la falta”, están incompletos (Campanella, 2009, p. 247). En Campanella, al estar fundidos poder temporal con poder espiritual (Servier, 1995, p. 56), la religión política ocupará el lugar de todos y de ninguno (¡es la soberanía!).
Lo anterior se traducirá en la punta de lanza para el largo peregrinaje de las ideologías modernas que inician con la experiencia democrática continental en la ruptura que supuso la Revolución francesa a partir de 1789 (Burleigh, 2006, p. 35). No es fortuito en este sentido que el vocablo “ideología” aparezca por vez primera en 1797, acuñado por Antoine Destutt de Tracy para denotar a la ciencia de las ideas y que inmediatamente será deslizado hacia una negatividad casi constitutiva: la ideología es una palabra que indica el universo político de la demagogia como predicación, por extensión, el ideólogo es un demagogo o predicador (Elliott, 2006, pp. 393-394). Para Napoleón el ideólogo era un demagogo, lo que le dio un carácter despectivo a la categoría. Esta operación política (tiene que ver con una nueva política de la palabra) podría ser definida como una “retórica en reversa”: si el demagogo tiene un carácter negativo por edificar un principio total de identidad (A = A; “la ley es la ley porque es la ley”), su apuesta por “tener” la razón es una apuesta por detentar la verdad mediante la puesta en acción litúrgica del primado de la comunicación (“cómo puedo decir algo”) en vez de operar una querella por la materia profunda del dicho; es decir, estamos en una querella por el lugar desde el cual se habla, no de la cosa que queremos desarrollar a través de la toma de la palabra.
Este discurso que desplaza históricamente el sentido original de la ideología, puede tener anacrónicamente su correlato en la fraseología del “fin de las ideologías”, el “fin de la historia”, el “fin del hombre”, “fin del mundo”, que no hacen más que consolidar las narrativas del final (cuya salida más evidente es la utopía) o bien de la neutralización de los fines; por ejemplo, con el vocablo ideológico y jurídico de la “representación” se asiste a un principio de desplazamiento de la política: la categoría de representación no es propiamente hablando empírica, su origen es completamente discursivo e ideológico. Es una suma de diversos lenguajes que no logran componer un espacio en común. “La representación política”, advierte Rosanvallon (2004, p. 314), “se ejercita en la escritura de una novela de la sociedad al mismo tiempo que los individuos redactan su diario íntimo”.
Si la ideología fue una categoría desconocida en el léxico de la política ilustrada, ella pretendió instituirse como un conjunto de “narrativas” en un intento de oposición al oscurantismo religioso. De tal suerte que es posible sugerir que era necesario el nacimiento del pluralismo y de la política de la conversión como paso previo a la constitución de ideologías robustas. En consecuencia, no podemos olvidar ⎯advierte el historiador inglés Michael Burleigh (2006, p. 63) ⎯ la tendencia moderna de que “todo movimiento político, incluidos los que intentan abolir el pasado, procura tarde o temprano fabricarse un linaje”.
En el caso de la Revolución francesa no es un ejercicio vano sugerir que el dispositivo de sacralización de la política fusionó y dilató a un solo tiempo religión política e ideología, ya que esta última se volvía y ocupaba el lugar del nuevo fundamento del poder político. Es decir, en el fondo hay un desplazamiento de la nostalgia por lo que se está perdiendo a la urgencia de lo que está por aparecer, que terminarán mediados por la forma que adopta precisamente la violencia pura que está en la base como excepción del nacimiento de la ley y su fuerza en términos de actos estatales “supremos” (Agamben, 2003, p. 50). Es por ello que los discursos utópicos como lo es el de Campanella no son simplemente un regreso a un paraíso perdido, sino ante todo una salida de emergencia a la imposibilidad de reconectar una realidad que ya no puede ser encapsulada racional ni simbólicamente por completo pues está en constante proceso de disolución y cambio, a pesar de que jamás llega a su propia aniquilación.
Para terminar, es oportuno agregar que Campanella fue un fraile ejemplar e indisciplinado, un conspirador de tiempo completo y católico “disidente”. Sediento de conocimiento, la lectura ocupó un lugar central en su existencia, aun antes de su encierro. Por lo tanto, el lenguaje fue su tierra y la palabra su casa, tanto oral como escrita. Hay que leerlo como un “herético” que al final encontró su tierra en el sol y sus brillantes arenas, y que al decir de uno de sus más agudos estudiosos ⎯como es el caso de Luigi Firpo⎯, fue un intento admirable por recuperar algunos tirones de la libertad en una época en la cual siempre estuvo en vías de extinción, tanto la de su autor como la de su tiempo, con la furibunda guerra de religiones (“Guerra de los Treinta Años”): “Campanella no repite solamente motivos platónicos, esquemas espartanos, reglas conventuales: en realidad anuncia las instancias profundas de la justicia social, entendida no sólo como igualitarismo mecánico, nivelador y libertino, sino como recuperación de la dignidad del hombre” (Firpo, 2008, p. XXXV). Esta puede ser por su parte una salida “excepcional” a las nociones clásicas acerca de los discursos utópicos, pues Campanella cimentó el horizonte que el pensamiento revolucionario hará suyo no sólo en 1789, sino a lo largo de los siglos XIX y XX bajo las formas de las exigencias de la justicia, la dignidad, la socialización del trabajo y la política, así como en la politización de lo cotidiano y la subjetividad y que terminaron por configurar a su modo un “imperio donde jamás se oculta el sol” (Firpo, 2008, p. XXIX).
Quizá podríamos concluir, por nuestra parte, que la imagen del sol y a pesar de la alergia que provocó en los revolucionarios franceses que harían de la religión civil su Iglesia (incluido el saqueo y destrucción del convento parisino de los dominicos de la Rue St. Honoré donde fue enterrado Campanella en 1639), es siempre la metáfora dramática de esa libertad humana contradictoria e imposible de callar y que, en oposición no sólo al sufrimiento sino también al poder político terrenal, podría ser leída todavía hoy como una respuesta humana al abandono del sujeto en las confrontaciones con cualquier dispositivo discursivo de ley y autoridad. Es decir, el abandono del hombre al destino que él mismo está incapacitado para leer “correctamente”, pero que desea conquistarlo y alargarlo en su propia historia, será desde el humanismo renacentista y con mayor fuerza en las salidas políticas a éste como sucede con Campanella, una tensión creciente entre melancolía y ley, pues si existieran buenas leyes en el interior de una sociedad, la melancolía no estaría presente, mucho menos el hombre se lanzaría a la aventura quijotesca por intentar llenar políticamente el vacío entre un paraíso perdido o faltante y una tierra por venir que termina por concatenar espera y promesa en el horizonte del tiempo (Servier, 1995, pp. 19, 58, 139).Bibliografía
Agamben, G. (2003). Stato di eccezione. Homo sacer II, I. Turín: Bollati Boringhieri.
Agamben, G. (2006). Stanze. La parola e il fantasma nella cultura occidentale. Turín: Einaudi.
Agamben, G. (2007). Ninfe. Turín: Bollati Boringhieri.
Benjamin, W. (1973). Fragmento político-teológico. En W. Benjamin. Discursos interrumpidos I (pp. 193-194). Madrid: Taurus.
Benjamin, W. (2007). Para una critica de la violencia. En W. Benjamin. Conceptos de filosofía de la historia (pp. 113-138). Buenos Aires: Terramar.
Bobbio, N. (1999). Il Leviathan di Thomas Hobbes. Lingua e letteratura, 32-33, 8-20.
Bobbio, N. (2004). La democracia de los modernos comparada con la de los antiguos (y con la de los postreros). En J. Fernández Santillán (comp.). Norberto Bobbio: el filósofo y la política. Antología (pp. 239-253). México: FCE.
Burleigh, M. (2006). Poder Terrenal. Religión y política en Europa: de la Revolución francesa a la Primera Guerra Mundial. México: Taurus.
Campanella, T. (2009). La imaginaria Ciudad del Sol (Idea de una república filosófica). En T. Moro, T. Campanella, F. Bacon. Utopías del Renacimiento (pp.183-296). México: FCE.
Elliott, G. (2006). Ideología. En M. Payne (comp.). Diccionario de teoría crítica y estudios culturales (pp. 393-398). Buenos Aires: Paidós.
Ernst, G. (2008). Nota al testo. En T. Campanella. La città del Sole (pp. 61-101). Roma-Bari: Laterza.
Firpo, L. (2008). Introduzione. En T. Campanella. La città del Sole (pp. IX-XLVII). Roma-Bari: Laterza.
Garin, E. (2008). L’umanesimo italiano. Roma-Bari: Laterza.
Gentile, E. (2007). Le religioni della politica. Fra democrazie e totalitarismo. Roma-Bari: Laterza.
Hubig, C. (1991). Humanismo. El descubrimiento del yo individual y la reforma educativa. En Historia de la literatura. Vol. III: Renacimiento y Barroco 1400-1700 (pp. 30-65). Madrid: Akal.
Naudé, G. (1958). Considerazioni politiche sui colpi di stato. Turín: Editore Boringhieri.
Negri, A. (2002). Il lavoro di Giobbe. Roma: Manifestolibri.
Passerini, G. B. (1836). Prefazione del traduttore. En T. Campanella. La città del Sole (pp. V-XXXIV), Lugano: Ruggia.
Piccinini, M. (2005). Poder común y representación en Thomas Hobbes. En G. Duso (coord.). El Poder. Para una historia de la filosofía política moderna (pp. 98-112).
Revelli, M. (2008). La política perdida. Madrid: Trotta.
Rosanvallon, P. (2004). El pueblo inalcanzable. Historia de la representación democrática en Francia. México: Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora.
Servier, J. (1995). La utopía. México: FCE.
Viroli, M. (1994). Dalla politica alla ragion di stato. La scienza del governo tra XIII e XVII secolo. Roma: Donzelli.
Inicio




