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  • Milan Kundera o la indeterminación del poder


    Por Israel Covarrubias

    Milan Kundera (1929) es considerado uno de los más grandes narradores de la segunda mitad del siglo XX. Su legado es inigualable y necesario para la comprensión de nuestro tiempo. Por ejemplo, para Carlos Fuentes, la obra de Kundera es un

    “aliento tibio de la nostalgia, resplandor tormentoso de la esperanza: el ojo helado de ambos movimientos, el que nos conduce a reconquistar el pasado armonioso del origen y el que nos promete la perfecta beatitud en el porvenir, se confunden en uno solo, el movimiento de la historia. Únicamente la acción histórica sabría ofrecernos, simultáneamente, la nostalgia de lo que fuimos y la esperanza de lo que seremos. Lo malo, nos dice Kundera, es que entre estos dos movimientos en trance idílico de volverse uno la historia nos impide, simplemente, ser nosotros mismos en el presente” (Fuentes, 2018: 77-78).


    Lo que me interesa trabajar en este breve artículo son algunas reflexiones a partir de La insoportable levedad del ser (2020), la quinta novela del escritor. Publicada originalmente en 1984, la novela está ambientada en la mitteleuropa, preponderantemente en la ciudad de Praga, entonces Checoslovaquia, hoy República Checa, no obstante que se tengan excursiones importantes en ciudades como Zúrich y Ginebra en Suiza, o alusiones más tangenciales que precisas en París. Es una historia de cuatro personajes principales, Tomas, Teresa, Sabina y Franz, y una serie de personajes minúsculos que nos hacen recordar los destellos que ya no pueden ser capturados y modelados por los personajes centrales.

    La historia es una trama llena de encuentros y desencuentros. De amoríos fugaces y necesarios, así como de apasionamientos y revelaciones corpóreas. Más que ser una historia de luces y sombras, es una que se coloca en un conjunto preciso de opacas transparencias. Develamiento a medias y explosiones sentimentales repentinas. Tomas, médico cirujano, hace del deseo un bastión de todas sus amalgamas existenciales, pero también de sus posiciones políticas. Su relación con Teresa estuvo siempre en estado de latencia, ya que bastaron una serie de hechos fortuitos para que deviniera una forma compartida de vida en medio de la angustia que suponía el comienzo del desmoronamiento de los regímenes comunistas de Europa del Este. “Teresa”, dice Kundera, “la mujer nacida de seis ridículas casualidades” (p. 251). A pesar del sentido irreversible que muestra este encuentro, siempre casual no obstante su forma repetitiva de sucederse, su historia amorosa está cruzada de un modo un tanto intempestivo por la figura de Sabina, esa pintora que muchos recordarán en la versión fílmica de Philip Kaufman, en 1987, bajo la atractiva figura de la actriz de origen sueco, Lena Olin, que terminó por hacer de Sabina un personaje entrañable de la literatura y el cine contemporáneos. Sin duda, un recuerdo auténticamente generacional para los jóvenes de los últimos años ochenta y primeros noventa del siglo pasado.
    En La insoportable levedad del ser, Kundera afirma que el poder totalitario es una paradójica ironía. El totalitario está convencido que produce orden al ejercer el poder extremo, pero su resultado es siempre contrario: anarquiza a la sociedad. Con ello, acaso pareciera imperceptible, pero Kundera introduce una enorme interrogación acerca de la indeterminación del poder. Su novela nos empuja a la pregunta acerca de cómo y por qué el poder altera, cómo y por qué persigue, cómo desplaza y cómo hace trizas el significado profundo de la vida. En este sentido, el escritor checo obsequia a sus lectores un agudo conocimiento sobre la naturaleza humana, particularmente en una estrategia agilizada por la yuxtaposición de diversos planos narrativos, incluido el yo del escritor, al punto de sugerir, en la última parte de obra, que “Una novela no es una confesión del autor, sino una investigación sobre lo que es la vida humana dentro de la trampa en que se ha convertido el mundo” (p. 232).
    En la novela, el lector termina por hacer suya la constatación de que el totalitarismo es el más extremo de los poderes conocidos en las formas contemporáneas de organización de la política. En tanto forma política y existencial, produjo un desorden de tal magnitud que las perversiones que tienen lugar en su interior son la corroboración de aquella idea, hoy clásica, de que mientras los hombres tengan el deseo de conquista siempre buscarán, y sobre todo encontrarán en su camino, a una persona a quien intentarán someter de modo atroz. ¿Cómo podemos escapar de la carga de ese poder omnímodo? Dicho de otro modo, ¿es posible lograr su disolución? Preguntas que constatan la enorme fuerza y actualidad de una obra escrita en los primeros años ochenta del siglo pasado, en un momento donde no había seguridad sobre el destino final del totalitarismo de la ex Unión Soviética y de Europa del Este. Más aún, porque es una lección intelectual precisa sobre los riesgos que representa el poder en su forma ilimitada, lo que nos obliga a pensar en nuestra condición presente, llena de pequeños totalitarismos cotidianos, como pasa con la dinámica del espionaje a través de los dispositivos inteligentes en países como China, Rusia o Estados Unidos.
    Por ello, es destacable el motivo de la “levedad” en su obra, que termina siendo representados por las figuras de la debilidad y la humillación, igualmente motivos literarios muy importantes en toda la novela. De hecho, la insistencia sobre estas dos figuras que corren a todo lo largo de la obra, van y vienen, hacen las veces de mecanismo de destitución del rasgo absoluto al poder totalitario, en una suerte de activación de una potencialidad destituyente. En efecto, es una potencia por completo reveladora y, al mismo tiempo, revolucionaria, en la medida en que introduce una potencialidad para que tenga lugar la quiebra del carácter paradigmático del poder totalitario.
    En este sentido, resulta significativo que al comienzo de la novela aparezca el que probablemente sea el leitmotiv de toda la obra. Es una inflexión que pone en el centro del juego narrativo la rivalidad mimética entre peso y levedad, entre la densidad y la ligereza, y cobra vida bajo la forma de la máxima alemana einmal ist keinmal: “Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca” (p. 14). Por ello, Teresa aparece “en seis ridículas casualidades”, no en una sola ocasión. Dice Kundera: “Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviese en absoluto” (p. 14). Este es el auténtico motor de la levedad, por ello se despliega a todo lo largo de la novela, tomando distancia de él, escondiéndose, pero regresando siempre. En este sentido, no es fortuita que en el íncipit de la novela se aluda a la idea del eterno retorno de Nietzsche. Mejor el regreso a la regla de la previsibilidad. Así, las vidas de Teresa y Tomás son sus expresiones más acabadas: sus vidas están estrechamente unidas, separadas, siempre regresan, comparten aflicciones y cuerpos, como sucede con Tomás, quien nunca deja a sus amantes. Corroboran la necesidad de desviarse del anhelo de unicidad, por la constatación de ese lapidario einmal ist keinmal, aunque Teresa, al igual que Tomás, morirá “bajo el signo del peso” a diferencia de Sabina (p. 285).
    Lo interesante para quien estudie las experiencias históricas del poder totalitario es no perder de vista esta cuestión. Es decir, para el fenómeno del totalitarismo, la institución de su fuerza en la historia lo es todo, porque parte del punto de vista de “lo que ocurre sólo una vez”. A un solo tiempo inauguración y clausura. Su empresa es precisamente congelar este motivo de una vez para siempre, sin voltear atrás, más bien dándole la espalda por completo a la función histórica que exigen los sistemas de necesidades en el seno de las sociedades contemporáneas. De aquí, pues, que Kundera sea claro cuando sugiere que “La profunda perversión moral que va a unir a un mundo basado esencialmente en la inexistencia del retorno [como lo es el poder totalitario], porque en ese mundo todo está perdonado de antemano y, por tanto, todo cínicamente permitido” (p. 10). Esta es la esencia del poder totalitario. De hecho, para Kundera es el rasgo definitorio de lo que señala como kitsch totalitario:

    “el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable […] allí donde un solo movimiento político tiene todo el poder, nos encontramos de frente en el imperio del kitsch totalitario” (pp. 260, 263).

    Y remata:

    “Cuando digo totalitario quiero decir que todo lo que perturba al kitsch queda excluido de la vida: cualquier manifestación de individualismo (porque toda diferenciación es un escupitajo a la cara de la sonriente fraternidad), cualquier duda (porque el que empieza dudando de pequeñeces termina dudando de la vida como tal), la ironía (porque en el reino de kitsch hay que tomárselo todo en serio) y hasta la madre que abandona a su familia o el hombre que prefiere a los hombres y no a las mujeres y pone así en peligro la consigna sagrada ‘amaos y multiplicaos’” (p. 264).


    Al respecto, en La insoportable levedad del ser leemos que “La desnudez era para Teresa, desde su infancia, el signo de la uniformidad obligatoria del campo de concentración; el signo de la humillación” (p. 63). Esto viene a colación ya que los países comunistas tuvieron poco de revolucionarios al momento de desplegar en el tiempo presente sus formas de ser y hacer. De hecho, “Los países comunistas son terriblemente puritanos” (p. 75). En sociedades puritanas, ergo, todo está cínicamente permitido. Es decir, todo está reglamentado, todo está prohibido, pero todo está permitido. Estos cabotajes que aparecen por aquí y por allá en la novela, son relevantes para pensar la indeterminación del poder. Precisamente hablar de levedad es subrayar el carácter indeterminado del poder.
    Otro tema importante de la novela es la necesidad, un tema en extremo maquiavélico, porque tiene que ver con la contingencia, con la ocasión, expresada en la “casualidad”. La historia es eso. La insoportable levedad del ser está regida por “los pájaros de la casualidad” (p. 84), pues ellos hicieron que Tomas se encontrara con Sabina, con Teresa, etcétera. La casualidad hizo que Tomas y Teresa cayeran a un barranco, cerrando de modo absurdo su historia. Es una conjunción interminable de puntos fortuitos.
    La cuestión de la ocasión es lo que los griegos llamaban kairós. El momento oportuno, es decir, donde se toma una decisión, y ahí cambia la historia (Marramao, 2008). Este es lo que anima a la Primavera de Praga, que es el escenario de la novela, y la invasión de la Unión Soviética a la República Checa. Decisiones que cambiaron la historia; y no solo la historia de estas dos sociedades, sino básicamente la historia europea a partir del 68, que culmina veinte años después con la caída del Muro de Berlín. Veamos cómo Kundera despliega su concepción acerca de la indeterminación del poder:

    “La evaluación y el examen de los ciudadanos es una actividad permanente, la principal de las actividades sociales en países comunistas” (p. 102). Más adelante remata: “[…] los de la social cumplen varias funciones. La primera, es la clásica, oyen lo que la gente dice e informan de ello a sus superiores. La segunda función es la de la intimidar, nos hacen ver que nos tienen en su poder y pretenden que tengamos miedo. La tercera función consiste en organizar montajes que puedan comprometernos” (p. 171).

    Cualquier semejanza con la realidad actual es mera coincidencia. Como se anuncia, el tema que subyace en esta triple forma sistemática de acoso, es el de la paranoia. Y esto es importante, ya que es un problema que está de regreso en la política actual, con el populismo, con las teorías del complot, y en la fascinación por la lógica delirante de la persecución (Forti y Revelli, 2007).
    Este motivo es constante en la novela, lo repite más adelante. Veamos:

    “A los que creen que los regímenes comunistas de Europa central son exclusivamente producto de seres criminales, se les escapa una cuestión esencial: los que crearon estos regímenes criminales no fueron los criminales, sino los entusiastas convencidos de que habían descubierto el único camino que conduce al Paraíso. Lo defendieron valerosamente y para ello ejecutaron a mucha gente, más tarde se llegó a la conclusión generalizada de que no existía Paraíso alguno, de modo que los entusiastas resultaron ser asesinos” (p. 184).


    Esto es exactamente lo mismo que nos advierte al inicio de la obra, cuando sentencia que “la profunda perversión moral [siempre] va unida a un mundo basado esencialmente en la inexistencia del retorno”. Dicho en otras palabras, si no hay retorno sí hay una consolación de un Paraíso que vamos a alcanzar; para qué queremos regresar sobre nuestros pasos, para qué queremos la ocasión o la contingencia, si hay un punto previsible a donde vamos a llegar, ya que en ese mundo modelado todo está perdonado de antemano y, por lo tanto, “cínicamente permitido”. Aquellos que votaron al comunismo, aquellos que lo promovieron, son, dice el escritor checo, sus principales verdugos. Observar este mecanismo perverso de lo político es aquello por lo que Tomás termina proscrito, vilipendiado y es obligado a dejar su profesión, la de médico cirujano, para terminar como mozo limpia ventanas. Él defiende con fuerza su libertad, grita silenciosamente “ustedes se equivocaron”, “ustedes no pueden permanecer ciegos a los crímenes que está generando el comunismo en nuestras sociedades”.
    Además de la indeterminación del poder y de la crítica al totalitarismo, hay otro punto que podríamos subrayar y es el papel que ha jugado la disidencia cultural en la Europa del Este en la historia europea de la segunda mitad del siglo XX. Los padecimientos que sufrieron, y sobre todo la persecución que vivieron, en primera instancia, por Stalin y luego por aquellos que lo suceden después de su muerte a inicios de los años cincuenta.
    Por su parte, estamos frente a una novela cifrada. Este es un elemento importante de su estructura. Está cifrada en un continuo juego de gestos que son muy sutiles, que hacen perder al lector en un constante disparar de flashes sobre el erotismo. Para mí, esto es un distractor bien armado. Sin embargo, señalan con mucha elegancia la terrible realidad de los regímenes totalitarios. ¿Cuáles son estos gestos cifrados? El papel, por ejemplo, que juega en el caso de Sabina el sombrero de su papá, que lo carga a todos lados, y que le dedica un significativo espacio cuando está con Tomás o cuando está con Franz en Ginebra… Una historia para un objeto (sombrero): de dónde viene, el rol que juega como objeto heredado de su padre, etcétera. Incluso es un retorno al “einmal ist keinmal”, hay que evitar que “Una vez nunca es”. Por ello, dice Kundera, “un mismo objeto evoca cada vez un significado distinto, un río semántico totalmente distinto”. Una cosa es el sombrero en Praga, otra el sombrero en Ginebra, y otra en París… Es una auténtica historia cifrada la que está contenida en ese objeto. Pasa lo mismo con el espejo, testigo mudo y sonriente de los atisbos más secretos de esas existencias atribuladas.
    Un objeto que “insoportablemente” nos lleva al tema de la burla y la ironía como forma de crítica al poder. Al respecto, dice Kundera que:

    Lo cómico quedó oculto tras lo excitante; el sombrero hongo no representaba una broma sino violencia, una violencia respecto a Sabina, a su dignidad femenina, se veía con las piernas desnudas, con las bragas de tela fina a través de la cual se transparentaba el pubis, la ropa interior resaltaba sus encantos femeninos, y el duro sombrero masculino negaba, violaba, ridiculizaba aquella femineidad. Tomás estaba a su lado vestido, de lo cual se desprendía que la esencia de lo que veían los dos, no era la broma (en ese caso él también debería haber estado en ropa interior y sombrero de hongo), sino la humillación. Ella, en lugar de rechazar la humillación, la ponía en evidencia orgullosa y provocativamente, como si permitiera que la violaran pública y voluntariamente, y de pronto ya no puedo más y arrastró a Tomás al suelo. El sombrero hongo rodó debajo de la mesa, mientras ellos se estremecían en la alfombra al pie del espejo (pp. 92-93).

    La idea de que un sombrero puede ser un personaje, es decir, un personaje en una historia bien contada, nos empuja a descifrar la dimensión sarcástica intrínseca al objeto, que refiere, por los cortes y el desarrollo de la novela, al enfado o a la indignación, que en este caso se despliega a través de los usos que le da Sabina a ese objeto, mudo, ridículo, y que no necesita un altavoz. Esto es importantísimo, porque supone discutir la manera en cómo la comicidad puede torcer al poder a través de la política de la palabra, más que de un pasaje al acto. Todo en un universo cerrado y asfixiante como el totalitario, del que Carlos Fuentes ha dicho que

    “El totalitarismo abre la risa, la incorporación del humor a la ley, la transformación de las víctimas en objetos de humor oficial, prescrito e inscrito en las vastas construcciones fantásticas que, como los paisajes carcelarios de Piranesi o los tribunales laberínticos de Kafka, pretenden controlar los destinos […] el poder se ha encargado de robarles la risa a los ciudadanos para obligarlos a reír legalmente” (Fuentes, 2018: 91, 94).


    Si observamos en detalle La insoportable levedad del ser, a lo largo de sus páginas los objetos son personajes que van cobrando poco a poco visibilidad y relevancia. Por ejemplo, además el sombrero y el espejo, están los retretes, que aparecen por aquí y por allá, en los baños, en su descripción, en la exigencia de evacuación de las tripas. Esta dimensión escatológica es importante para la ridiculización de la obsesión totalitaria de querer conocer todo de sus ciudadanos, incluso saber qué tipo de retrete se tiene en su casa.
    El totalitarismo es un fenómeno histórico. Luego necesitará ser explicado teóricamente, pero siempre es necesario atender sus efectos perversos en el terreno histórico. Lo que Kundera presenta en su novela es subrayar el proceso de liberalización sentimental, corpórea y amorosa, que tuvo lugar en la generación que vivió durante los años sesenta la experiencia totalitaria. Más relevante es la herencia que produjo esa generación para las postreras. No olvidemos la cuestión de la declinación de la autoridad paterna, que en el movimiento estudiantil del 68 es clara, pero esto también podría ir más allá, incluso nos permitiría sostener que en la enorme parábola del totalitarismo lo que se derrumba es el respeto a la autoridad como forma representacional de la sociedad. “El comunismo”, dice Kundera, “no era más que otro padre”.
    Claude Lefort, el crítico por antonomasia del totalitarismo, dice claramente que la revolución democrática estalla “cuando cae la cabeza del cuerpo político, cuando, a la vez, la corporeidad de lo social se disuelve. Entonces se produce lo que osaría llamar una desincorporación de los individuos” (Lefort, 1983: 18). Esta desincorporación es la que está claramente expresada en la novela de Kundera, cuyos ecos son tiempo presente, porque hoy vivimos tiempos aciagos, donde el apetito del poder se ha potenciado gracias al surgimiento de las banderas del revanchismo y del deseo incontrolable de no “equivocarse”, de “redimir” a la sociedad, tan característico en muchos de aquellos que gobiernan las sociedades democráticas. Quizá tendríamos que recordar que el propio Lefort advertía que la sociedad democrática es “el teatro de una aventura ingobernable donde lo que es instituido jamás es establecido, lo conocido permanece minado por lo desconocido, el presente se revela innombrable y cubre tiempos sociales múltiples, diferenciados unos en relación con los otros en la simultaneidad -o bien nombrables sólo en la ficción del porvenir-; una aventura tal que la búsqueda de la identidad no se deshace de la experiencia de la división” (Lefort, 1983: 19).

    Referencias
    Forti, S. y M. Revelli (eds.), (2007), Paranoia e politica, Turín, Bollati Boringhieri.
    Fuentes, C. (2018), “Milan Kundera: el idilio secreto”, en C. Fuentes, París, Praga, México, 1968, Ciudad de México, ERA-El Colegio Nacional-Universidad Autónoma de Sinaloa.
    Lefort, C. (1983), “La imagen del cuerpo y el totalitarismo”, Vuelta, vol. 7, núm. 76, marzo.
    Kundera, M. (2020), La insoportable levedad del ser, Ciudad de México, Tusquets.
    Marramao, G. (2008), Kairós. Apología del tiempo oportuno, Ciudad de México, Gedisa.

    Texto publicado en Metapolítica, Año 25, núm. 114, julio-septiembre 2021, pp. 26-31.

  • Thomas Mann, mensajes de angustia


    Sobre Thomas Mann, ¡Escucha Alemania!, México, Colibrí, 2003.


    En su fundamental trabajo sobre el lager nazi, Primo Levi dice que existen tres tipos de narraciones posibles para dar cuenta del fenómeno más importante de violencia política de todo el siglo XX: el primer método son los diarios y memoriales; el segundo, las elaboraciones literarias de aquellos que sufrieron el terror nazi; el último, las obras de corte histórico y sociológico. Es necesario recordar esto para poder inscribir en modo por demás satisfactorio un libro que en estos días está circulando en México sobre el tema, Y que además por inscribirse en cualquiera de las tres categorías arriba citadas o en todas ellas al mismo tiempo: ¡Escucha Alemania!, del ganador del Nobel de literatura en 1929, Thomas Mann (México, Colibrí, 2003).


    ¡Escucha Alemania! es un conjunto de mensajes grabados por Thomas Mann para la British Broadcasting Corporation (BBC) que traían la finalidad de narrar paso a paso el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial por parte de un afamado y respetado intelectual alemán que ya se encontraba para entonces exiliado en los Estados Unidos. El periodo de tiempo que abarcaron dichas transmisiones de radio fue octubre de 1940 a mayo de 1945. Con acierto, los editores de esta primera edición en español nos dicen que

    “hay muchas razones para editar ¡Escucha Alemania! en estos momentos. No sólo porque se trata de las palabras de uno de los escritores más grandes de Occidente. No sólo porque refleja fielmente la angustia extrema de un hombre que observa, de lejos y con impotencia, cómo una ideología totalitaria –el nacionalsocialismo, en este caso- puede carcomer y destruir sin piedad lo mejor de una nación. Publicamos este libro porque, después de todo, el mundo no ha cambiado tanto. Los nombres de los países son otros, los de sus líderes también. Pero hace falta recordar lo que sucedió entre 1933 en 1945, cómo lo permitimos, lo que hizo falta para detenerlo y –especialmente- el daño irreparable que nos hizo a todos sin excepción”.


    Este pequeño libro de Mann nos da la impresión de ser un diario de un corresponsal de guerra que, escondido algún lugar en medio de la batalla, aún encuentra la serenidad pero al mismo tiempo la crispación de una tormenta que no parecía encontrar su final, ni siquiera su reposo por un breve instante. En consecuencia, el nazismo encuentra en el libro de Thomas Mann un elemento imprescindible para su propia definición: la cuestión de la memoria y el olvido.
    Al respecto, es interesante apuntar un comentario que puedes señalar una de las posibles claves de lectura que tendrá ¡Escucha Alemania!. La relación memoria-olvido puede ser organizada a partir del recuerdo biográfico, o del hecho histórico en estricto sentido que es pensado como cosa, o bien, aparte del método del testimonio (entrevista). El libro de Mann me parece que es una fuente alterna para dar cuenta de estos problemas, sobre todo cuando es un tema que pareciera haber agotado sus telarañas y sus transparencias respecto a los datos, informes, estadísticas Y demás indicadores que se han contado a lo largo de 50 años para reconstruirlo lo más fielmente posible. Y como sucede, su pertinencia es más grande que las posibles justificaciones que se quieran sacar al respecto.
    De igual modo, el tipo de calificativos que arroja una y otra vez en contra del nazismo y de Hitler, su principal inventor, nos dejan impávidos cuando leemos una virulencia que pocas veces puede ser aceptada, a excepción de que se trate una situación límite o bien que salgan de la voz y de la pluma de algún afamado escritor como lo es el caso de Tomás Mann. A título ilustrativo, dice que

    “ese individuo que es Hitler debiera darse cuenta de que con su descarada mendacidad, con su miserable crueldad Y espíritu vengativo, con sus constante rugidos de odio, con su manera de estropear la lengua alemana, con su vulgar fanatismo, su ascetismo cobarde, su grotesca afectación, su mengua de humanidad carente del más leve rasgo de grandeza de ánimo y su alta vida espiritual, compone la más repelente figura que jamás haya enfocado la luz de la historia”.

    Un tercer punto que me parece interesante resaltar es la relación de Estados Unidos en tanto enemigo del nazismo y cómo se desdoblará a dicha relación en el decurso de la guerra. A final de cuentas, según Thomas Mann, estados unidos era Y de hecho lo fue, la esperanza y los sueños de libertad que este país prometió y en su momento cumplió cabalmente. Cosa, por lo demás, qué ahora regresa como un trágico y elocuente búmeran al centro vital el llamado imperio posmoderno.


    Reseña publicada en Arena, suplemento cultural del periódico Excélsior, año 5, tomo 5, núm. 254, 14 diciembre 2003.