El informe. Trabajo intelectual y tristeza burocrática (Anagrama, 2024) de Remedios Zafra es un ensayo crítico sobre la creciente despersonalización en las relaciones sociales dentro de la universidad a causa de la innegociable exigencia de eficiencia en sus prácticas. La autora ofrece un auténtico cuadro de época de la violencia burocrática anudada a la creciente cuantificación del trabajo inmaterial académico. Escrito en primera persona, el ensayo es un reclamo conciso a la desaparición de la dimensión afectiva y existencial de los sujetos frente a la máquina ciega del aparato burocrático. Las profesoras y los profesores son tratados como indicadores a partir de la métrica intelectual que, con un descarado eufemismo, es llamado factor de impacto. Vivimos en la tiranía de la homogeneidad y el número. De igual modo, esta situación aplica para los trabajadores de la cultura, de las artes plásticas a la música, del teatro al cine, del arte urbano y callejero a las nuevas expresiones culturales que no nacieron en el privilegio de la familia o la clase. Como lo anuncia su título, la melancolía del animal académico es un efecto de las presiones actuales sobre el sistema universitario, tanto políticas como del mercado, donde el control administrativo de los tiempos y los movimientos de las académicas y los académicos, junto a la dosificación de los pocos recursos para la investigación, dependen más de la unilateralidad administrativa en la toma de decisiones que de la importancia de la originalidad y creatividad en la investigación, y mucho menos del estrecho vínculo que existe entre la investigación y la formación de miles de jóvenes que año con año siguen abarrotando las universidades. Para Remedios Zafra, la tristeza no significa inmovilidad ni renuncia. En realidad, supone estar dentro de la universidad pero en contra de esta situación, porque la tristeza es el resultado de una violencia sistémica que la contiene a través del llenado infinito de formatos para cualquier cosa: para viajar a un congreso, para pedir apoyo a la publicación de una obra individual o colectiva, para pedir la sustitución de la computadora, que es el pretexto que llevó a Zafra a escribir el libro. La autora sugiere que este problema se traduce en un “ hacer vacío” que solo sirve precisamente para entregar informes y llenar formatos. Una vacuidad institucional que anula la consciencia del tiempo vivido, suspende la experiencia, y clausura el tiempo que no está dedicado a la actividad académica. En este sentido, los periodos de vacaciones son un pequeño consuelo, pues muchas veces se utilizan para “ponerse al día en el trabajo”, dejando para las próximas vacaciones el cuidado de sí. De hecho, la autora insiste mucho en cómo nos hemos apropiado del léxico de la tecnología para dar sentido a la vida personal, cuando uno se “desconecta” o se toma unos días de descanso para “recargarse”. Se puede decir que asistimos a una suerte de biopolitización del saber y de la transmisión en el que la intolerancia a la libertad de pensamiento y a la creación intelectual corresponde un incremento en la aceleración y colonización del tiempo por parte de las instituciones involucradas en el diseño y puesta en marcha de las políticas públicas sobre la ciencia y la investigación. Quienes trabajamos en el campo académico, sabemos que el cambio de los lineamientos de última hora en las convoctorias para financiar nuestras investigaciones, o la apertura de las convocatorias, responden al ritmo y al tiempo de la institución convocante, lo que exige que dejemos lo que estamos haciendo para atender el concurso. Lo anterior confirma que existe poco y nada de respeto por el trabajo intelectual. La autora señala algunos de los síntomas en los que esta tristeza se expresa: el problema de la pauperización salarial que sufren las y los colegas en los niveles más desprotegidos de la carrera académica, donde la incertidumbre por no saber si serán recontratados genera angustia neurótica, potencia la enfermedad psíquica y corpórea, el bajo salario que muchas y muchos perciben por una enorme cantidad de pequeñas actividades administrativas encubiertas como “actividad académica” y que además exige gratitud infinita hacia la institución, el fomento al modelo corporativo de universidad basado en la rentabilidad, la política institucional que premia la obediencia y el silencio, el individualismo exacerbado entre universidades, departamentos y entre colegas de una misma facultad, la expectralidad de las relaciones sociales entre colegas que se acentúa con el trabajo a distancia, la desvalorización de la curiosidad y el descubrimiento, etcétera. Para rematar, en la universidad, en los centros de investigación o en las comunidades culturales, el “éxito” está basado en la desconfianza total sobre sus hacedores. La autora afirma que la cancelación de la autocrítica dentro de la universidad está acompañada con la internalización de formas de autoalienación y autoexplotación. “Ante la presión de la desconfianza”, comenta, “y la sensación de que el teletrabajo siempre está en juego, muchos trabajadores se esmeran en demostrar que son más productivos que nadie, que ese pequeño regalo de la flexibilidad de espacios y tiempos no es solo una ganancia para ellos, sino también para quienes le contratan, y que ante el temor a perderla, sienten que deben devolver más de lo que les piden. Si el sistema en el que se inscriben nuestros trabajos busca la productividad, la inseguridad de que el teletrabajo esté en juego beneficia nuestra entrega, perjudica nuestros tiempos y lastra nuestra salud” (pp. 86-87). Quizá hoy debemos aceptar que la universidad y los espacios de creación cultural están colapsados, por lo que debemos aprender a vivir entre las ruinas de su caída. El ensayo de Remedios Zafra nos obsequia diversos niveles de inteligibilidad para dar fuerza a la voz de aquellas y aquellos que están en situaciones similares en distintas latitudes, pues este no es un problema individual. Nos recuerda que la escritura siempre es lo que salva en el campo intelectual y cultural frente a la catástrofe. Por ello, para la autora, es urgente “resituar los trabajos intelectuales y darles el valor social que merecen. Porque a todas luces el menosprecio a la cultura ha contribuido a su sobreexposición burocrática, a dejarla languidecer entre trámites y requerimientos que la apagan y neutralizan” (p. 192).
Édouard Martin es un obrero francés de origen español en la industria siderúrgica. Trabajador migrante enraizado en la región de Lorraine (Lorena), en Francia, es un activista sindical relevante por su sinceridad y franqueza política. No pasarán. Contra la economía canibal (Malpaso, 2013) es un relato autobiográfico que describe la parábola del trabajo en el último medio siglo a partir de la singularidad contenida en su vida de líder sindical. En términos generales, la narración va del ascenso de las grandes industrias nacionales que despuntan poco tiempo después de la segunda posguerra a su declive, causado por la nueva configuración del capitalismo, que deja su marcado corte político y cede su lugar al capitalismo pospolítico en la transición del siglo XX al XXI. Hijo de un obrero de la misma industria siderurgia, el autor nos cuenta cómo se convirtió también en obrero de esa gran industria ícono de la Francia moderna, expresado con todas sus letras en su monumento público más célebre, la Torre Eiffel, cuyo hierro pudelado proviene precisamente de la región de Lorena. En su libro, aborda los problemas internos de la industria, la solidaridad de clase entre sus compañeros obreros, el oficio siderúrgico que se aprende en la práctica diaria, donde mucho del aprendizaje es debido a la transmisión de saberes por parte de los obreros más viejos a los más jóvenes –lo que sugiere que no es un oficio que “se aprende por ciencia infusa” (p. 69)–, la división social de los barrios, el salario mínimo, el discreto welfare para los obreros y sus familias, así como el trayecto que siguió al sindicalismo, que lo llevaron a volverse europarlamentario y uno de los principales críticos de la Arcelor Mittal, empresa líder mundial en la producción de acero. Martin no deja de llamar la atención en el cambio de velocidad que estaba teniendo lugar frente a sus ojos con la compra de la Arcelor por parte del grupo Mittal, encabezado por el empresario indio Lakshmi Mittal. En particular, subraya la dislocación que introduce el nuevo capitalismo en las relaciones obrero-patronales, que de un modo abrupto hacen a un lado toda la operación histórica que había tenido lugar en la mayor etapa de expansión del welfare en Europa, por una modalidad completamenre verticalizada que, en el caso de Mittal, se traduce en la incorporación de su familia a los puestos de dirección de la empresa, así como en un trato poco solidario y distante con los obreros y sus representantes sindicales, entre los que está Martin. Todo ello en el contexto de la administración de Nicolas Sarkozy (2007-2012), quien dejo a la deriva a los obreros, mostrándose como un cretino cuando Mittal estaba engolosinado con la desarticulación de algunas fábricas de la industria siderurgica como fue el caso de los altos hornos de Florange, pese a que dejaba ganancias aceptables, con lo que se confirma que el poder económico siempre está por encima del poder político. Paso algo similar con el siguiente presidente francés, François Hollande (2012-2017), que mostró mucho interés en el asunto, pero poca capacidad política para decidir a favor de los obreros. Es evidente que había una sensibilidad política diferente en ambos personajes, pero al final del día usaban el viejo recurso de aventar a la policía cuando los obreros querían acercarse al Elíseo. Los detalles de la historia que escribe Édouard Martin dicen mucho del espectáculo de travestismo ideológico y clasista de la política democrática de nuestro tiempo: siempre estamos de parte de los de abajo, pero no podemos favorecerlos. No perdamos de vista el origen de Mittal, que lejos de cualquier tipo de chovinismo o colonialismo perverso, permite pensar que estamos en presencia de una suerte de variante descentrada, en este caso asiática, del nuevo orden global, regido precisamente por la forma caníbal que adoptó el nuevo capitalismo en su carrera hacia el siglo XXI. Es un capitalismo diferente, aunque igual de impertinente y destructor como el que encabezan los magos de la tecnología del tipo Elon Musk. De cualquier modo, son formas de hacer negocios a gran escala que han llevado al capitalismo a un punto de no retorno, ya que es ciego de sus consecuencias e intolerante con la vida humana y no humana. Están convencidos de que encabezan un nuevo orden mundial, donde el aspiracionismo hace las veces de aspirina para paliar la catástrofe, pues para ellos solo se debe atender a los
“términos como rentabilidad, rendimiento, cash… Si en sus dominios una fábrica tiene problemas, pone en marcha el rodillo y, si hace falta despedir personal, lo hace sin escrúpulo alguno y sin, por supuesto, preocuparse por saber si hay o no hay familias detrás cuya suerte dependa de sus codiciosos caprichitos” (p. 68).
¿Cuál puede ser el interés de una historia como la de Édouard Martin para nosotros que vivimos en México? En su momento, Andrés Manuel López Obrador presentó a Lakshmi Mittal como un gran empresario mundial que había invertido mil millones de dólares en el complejo siderúrgico Las Truchas, que pertenece precisamente al grupo Mittal, en Lázaro Cárdenas, Michoacán, con lo que confirma que el populismo no está negado con el gran capital. Al contrario, es su palanca política más eficaz. Parece que López Obrador no sabe o hace como que no sabe que el único fin que persigue Mittal es que “Juega con el mundo desde su fortaleza londinense. Su único fin es es ganar dinero, más dinero” (p. 123). Mittal representa un capitalismo que cancela toda oportunidad de futuro, inaugura un eterno presentismo en la medida en que rentabilidad o rendimiento no traducen la palabra deseo, porque este se coloca siempre más allá de nuestro alcance en el aquí y ahora, contrario a la ganancia que solo puede ser medible en tiempo presente. Si la industria siderúrgica en su momento era un orgullo nacional del país galo, hoy es una palanca que quiebra existencias a causa de las fórmulas aplicadas por el capital. Si podemos sintetizar la idea de economía caníbal presente en el subtítulo del libro, tendríamos que decir que es la pretensión de gobernar el absoluto por medios artificiales, derivados de la política del capital que no reconoce fronteras ni respeta diferencias, solo aprieta el acelerador hasta el fondo para ver hasta donde se puede llegar. Estamos frente a una gran historia que subraya el rol de la dignidad en el juego de la exclusión, empuja a decir “no” al agravio y a la voracidad de los que no padecen hambre. El político y el mercader quieren destruir al que se indigna porque no saben qué hacer con él, más allá de golpearlo, humillarlo y destruirlo. Aunado al hecho de que parece que el pobre tiene prohibido rechazar las migajas que les ofrecen aquellos que están en el poder. La historia personal de Martin es relevante, porque desliza la política hacia lo político, un campo donde todo es puesto en disputa. No sé si Martin tenía presente el eslogan que hizo célebre Dolores Ibárruri “La Pasionaria” durante la Guerra Civil española: ¡No pasarán!, en su defensa de la república y en contra del fascismo, pero su historia es heredera de esa tradición que toma la palabra para indignarse y no permitir que el interés de los muchos sea pisoteado por el ominoso apetito de un puñado de capitalistas, hoy colocados como el peor fascismo del que tengamos noticia en la historia contemporánea.
Reseña de Rodrigo García, Gabo y Mercedes. Una despedida (Cdmx, Literatura Random House, 2021)
Por Israel Covarrubias
GABO y MERCEDES. UNA DESPEDIDA es un relato valiente en torno a los últimos días de de Gabriel García Márquez, así como del fallecimiento de Mercedes, su esposa y soporte de vida, donde se nos obliga ir al encuentro de una reflexión sobre la pérdida final, así como el dolor que ello provoca en los que se quedan. Escribe su hijo, Rodrigo García, que Gabo “al igual que muchos escritores está obsesionado con la pérdida, y con su máxima manifestación, la muerte” (p. 28). Probablemente sea este el tópico que anima las páginas de este libro apenas publicado en junio pasado, una suerte de dignificación de lo insondable. Estamos frente a un conjunto de párrafos donde su narrador, el hijo de la pareja de colombianos más célebre en el mundo iberoamericano, y que estuvieron juntos por más de 57 años, se propone contar los últimos días de vida de su padre, ese periplo que vivió Gabo en la Ciudad de México en 2014, así como lo que sucedió después de su fallecimiento, y que termina con la muerte de Mercedes, su madre, en agosto de 2020. La tarea no se ve fácil, como tampoco la tonalidad que su autor quiere obsequiarse y compartirnos. La muerte del padre deviene una suerte de toponimia existencial, un desafío que todos tenemos que atravesar a pesar de que postergamos mil veces su encuentro. En el libro, este gesto se revela con fuerza en un entramado directo. No sobran ni faltan palabras. En efecto, cumple el cometido de subrayar la potencia que tienen los fantasmas que habitan el bestiario que vive en lo más profundo de cada uno de nosotros:
“No me di cuenta hasta bien entrado en mis cuarenta que mi decisión de vivir y trabajar en Los Ángeles y en inglés fue una elección deliberada, aunque inconsciente, para hacer mi propio camino lejos de la esfera de influencia del éxito de mi padre. Me demoré veinte años en ver lo que era obvio para la gente a mi alrededor: que había escogido trabajar en un país con un idioma que mi padre no podía hablar” (p. 73).
¿Cómo hablar del padre que miras cada día morir un poco? Rápidamente Rodrigo advierte este desliz:
“lo que hace al asunto emocionalmente turbulento es el hecho de que mi padre sea una persona famosa. Más allá de la necesidad de escribir, en el fondo puede acecharme la tentación de promover mi propia fama en la era de la vulgaridad” (p. 16).
Este libro nos devuelve el retrato preciso y sin concesiones del nobel colombiano. Gabriel García Márquez empieza con un resfriado que lo tumba en cama dos días, luego resulta que es una neumonía y es llevado al hospital para hacerle estudios; cuando se empieza a saber que es una cuestión grave, determinante e irreversible, su esposa y sus hijos deciden llevarlo a su casa. Ahí, la enfermedad y la muerte no son un mal por erradicar, son un matrimonio. “La muerte”, dice Rodrigo, “cuando ronda así de cerca rara vez decepciona” (p. 40). Entonces, la vida ya no será futuro ni pasado, sino un eterno presente. Anclado en la pérdida progresiva de los recuerdos, desde años atrás la memoria de Gabo ha estallado en mil pedazos:
“¿Quiénes son estas personas en la habitación de al lado? Le pregunta a la empleada de servicio. -Sus hijos. -¿De verdad? ¿Esos hombres? Carajo. Es increíble” (p. 18). Párrafos más adelante, leemos en este mismo sentido: “Su secretaria me cuenta que una tarde lo encontró solo, de pie en medio del jardín, mirando a la distancia, perdido en sus pensamientos. -¿Qué hace aquí afuera don Gabriel? -Llorar. -¿Llorar? Usted no está llorando. -Sí lloro, pero sin lágrimas. ¿No te das cuenta de que tengo la cabeza vuelta mierda?” (p. 19).
Nos encontramos con un trabajo compuesto por recuerdo y muchas voces quebradizas que van y vienen, así como por la operación narrativa de colocar lo privado en el centro. No hay interés en señalar por enésima ocasión al García Márquez como el personaje público, el escritor de fama mundial, el intelectual de izquierda, sino ver a la persona, perdida en la nada, subido a un viaje sin retorno, que delimita el universo más íntimo de su vida en una cornisa meramente biográfica: “Su cabeza yace de lado, su boca está un poco abierta y se ve tan frágil como puede verse una persona. Verlo así, en esta escala tan humana, es aterrador y reconfortante” (p. 55). Por otro lado, en las últimas páginas encontramos un lúcido retrato de Mercedes, una personalidad contrastante con la del padre: “Sin lugar a dudas, su personalidad compleja ha contribuido a mi fascinación de toda la vida por las mujeres, en particular las multifacéticas, las enigmáticas, y por aquellas a las que llaman, creo que de manera injusta, mujeres difíciles” (p. 101). El obsequioso amor que le tiene Rodrigo a Mercedes es inigualable: “La muerte del segundo progenitor es como mirar a través de un telescopio una noche y ya no encontrar un planeta que siempre estuvo allí” (p. 103). Con la muerte de Gabo y Mercedes, nos hemos quedando cada vez más solos en el mundo de las letras en nuestra lengua. Muchos de nosotros crecimos con los libros y las proezas del autor y del esposo, así como con la admiración hacia la figura monumental de Mercedes. Otros tantos, quisimos ser escritores por la pura pretensión de imitar las atmósferas alucinantes de su narrativa, cosa por lo demás imposible de ejecutar. Probablemente fue el personaje más sincero de la generación del boom, el menos snob y el más comprometido, a pesar de que muchas de sus causas estuvieran equivocadas o que la historia fuera en una dirección opuesta a la de sus deseos. Parecía que eso no era lo importante. Lo fundamental era su presencia, su vitalidad incuestionable, y que hoy, a pesar de la distancia que otorga su muerte, sigue siendo fuerte. Un autor convencido, y de ello tenemos que seguir agradecidos, de que “cualquier rincón remoto y desvencijado de Latinoamérica o del Caribe podía representar la experiencia humana de manera poderosa” (p. 51). Un legado difícilmente imitable del colombiano universal para las generaciones postreras.
Texto publicado en septiembre de 2021 en el portal de información: consentidocomun.com.
Reseña de Miguel Bonilla López, Los jueces electrónicos, Ciudad de México, Ubijus, 2020.
por Israel Covarrubias
Nuestra época está marcada por las múltiples potencialidades que ofrecen las tecnologías sobre la vida. Sin embargo, aún no hemos terminado de valorar el impacto que tienen en nuestras existencias individuales, mucho menos para la vida en común. Pensemos, por ejemplo, en la marcha imparable de la inteligencia artificial. ¿Qué sabemos de ella?, ¿cómo nos determina?, ¿hacia dónde encamina nuestras existencias? Ahora bien, el rasgo abiertamente distópico que tienen muchos dispositivos tecnológicos ha permitido ensayar escenarios poco placenteros, invivibles. El deseo muy humano de control total por parte de máquinas post-humanas no es un cuento de ciencia ficción. Hoy es una realidad concreta que interactúa entre nosotros. Sobre esta cuestión, el magistrado Miguel Bonilla López nos ofrece una brevísima ficción, haciendo suya la relación entre literatura y derecho, titulada Los jueces electrónicos (México, Ubijus, 2020), donde aborda el rol que jugaría en un futuro aparentemente “lejano”, la impartición de la justicia en manos de robots. En este escenario, regresan con fuerza las interrogantes clásicas en torno a la justicia: ¿cómo lograr una sociedad más justa, menos hostil?, ¿cómo podríamos pensar un orden político y jurídico donde sus miembros sean capaces de aceptar sus fallas? O como pregunta el autor, “¿quién define lo que es justo?” (p. 14).
Estas preguntas son más relevantes cuando de mundos futuros se trata. Ya las grandes industrias culturales habían creado décadas atrás narrativas fílmicas, literarias, musicales y visuales excepcionales sobre los efectos que las tecnologías producían, fueran positivas o negativas. En Los jueces electrónicos, el autor nos ofrece trece viñetas que operan como palabras-clave del mundo justiciero: “origen, virtudes, burocracia, instructor, filósofo, aprendiz, inocente, equidad, desperfectos, hoguera, captor, clave y preso”. Nadie puede negar que esta concatenación de sustantivos permite una aproximación hacia el universo contradictorio y temible de la justicia en la actualidad, ya que se colocan como una metáfora precisa de la sequedad, el vacío y la reificación que la colma. Pensado para estudiantes que quieren volverse abogadas/os, el lector puede comprender el rol que juegan los jueces electrónicos, dotados de infinidad de combinaciones de anónimos algoritmos sobre casos hipotéticos que tienen que ser resueltos frente a un juez, posibilidades que podrían rozar el infinito. Sabemos que las máquinas pueden pensar, por eso son “inteligentes”, pero lo inquietante es saber si están dotadas de juicio, es decir, si podemos confiarles la acción de juzgar asuntos enteramente humanos. La paradoja es más interesante cuando nos detenemos a pensar en cómo los robots juzgarán, cargados ex ante de la información necesaria para “juzgar” los elementos de prueba de una y otra parte en cada caso particular en litigio, si una vez encendidos se emancipan de sus arquitectos -recordemos que son sistemas autopoiéticos y autorreferenciales. Lo que surge con este dilema puede abrir una discusión interesante sobre la justicia en nuestros días: los robots despacharían los asuntos judiciales con más celeridad, reduciendo significativamente el tiempo y la tasa de error en cada decisión, pero en cualquier caso eso no quiere decir que las máquinas sean infalibles. Cuando emiten un dictamen de justicia, los robots pueden juzgar erróneamente, a pesar de que su naturaleza es menos accidentada que la humana. Este es el punto de no regreso entre la vida humana y la inteligencia artificial respecto al campo pedregoso de la justicia. ¿Algo aún alejado de nuestra realidad cotidiana? No se sabe. Lo que sí es cierto es que en el paisaje post-apocalíptico en el cual vivimos, la justicia sigue siendo una exigencia “humana, demasiado humana”. Los jueces electrónicos son un factor que imanta a los robots con nosotros y con el futuro que imaginamos y que está ya entre nosotros. ¡Vaya dilema!
Texto publicado en agosto de 2021 en el portal de información: consentidocomun.com
Reseña de: Éric Fassin, Populismo de izquierdas y neoliberalismo, Barcelona, Herder, 2018, 128 pp.
Por Israel Covarrubias
Los fantasmas, dicen, siempre tienen un lugar reservado cuando se observa el espectáculo que la política desarrolla por medio de sus formas, sean las más refinadas o las más burdas. Como se sabe, esas expresiones no se desarrollan de manera lineal, mucho menos sin mezclas. Quizá el populismo está en una situación parecida, al ser un fenómeno de naturaleza compleja, ya que tiende históricamente a la hibridación de sus articulaciones. Esta es la premisa que encontramos en uno de los estudios clásicos en la materia, de título Populismo (Buenos Aires, Amorrortu, 1970), donde sus compiladores, Ghita Ionescu y Ernest Gellner, sentencian: “Un fantasma se cierne sobre el mundo: el populismo” (p. 7). Un fantasma que convoca pasiones contradictorias, pero también episodios históricos extraordinarios para el estudio de las dinámicas del poder, tanto en las viejas como en las nuevas naciones. En suma, sugerir que el populismo es un “fantasma” es un recurso conceptual relevante, aunque problemático, porque lleva directamente a un callejón sin salida, que es el de la imposibilidad (junto a su ambigüedad) para definir qué es el populismo, aunado a la incapacidad de sostener una definición compartible en un área geográfica determinada o en un campo conceptual específico. Sobre este problema abundan la bibliografía, sin tener al día de hoy una respuesta clara al respecto. La obra de Éric Fassin, Populismos de izquierdas y neoliberalismo, señala rápidamente dos campos de batalla alrededor del fenómeno político más discutido en los últimos lustros en el ámbito de las ciencias políticas. No redunda sobre esa ambigüedad conceptual. El primer campo es la relación ilusoria entre populismo y clases populares, que coloca la retórica política en un cuadrante de eterna “deuda” con los excluidos de siempre. El segundo campo es la reificación del populismo como una totalidad cerrada (“un pueblo”), donde tiene lugar un proceso de des-diferenciación social. Por lo demás, el ensayo lo escribió inmediatamente después del triunfo electoral de Donald Trump en Estados Unidos en enero de 2017, y salió a librerías antes de la victoria electoral de Emmanuele Macron en Francia en mayo de ese mismo año. Lo interesante de este breve ensayo es que su autor, un sociólogo político bastante conocido en América Latina, es un estudioso serio de las mutaciones recientes que han tenido lugar en campo de las identidades y las sexualidades, así como en aquel de los racismos, que son ámbitos estrechamente conectados, no obstante que los trabaje respetando la autonomía que tiene uno respecto del otro, y con particular atención a los casos norteamericano y francés. Dos modelos, dicho sea de paso, divergentes respecto a las concepciones sobre el orden democrático global. Es con este telón de fondo, que Fassin incursiona en la reflexión sobre el llamado “populismo de izquierdas” y su vínculo no necesariamente antagónico con el neoliberalismo. ¿De dónde parte el autor?, ¿cómo llega al populismo? Fassin sostiene que su punto de partida es lo que llama “la politización de lo vivo” (p. 10), representado en los juegos del poder que tienen lugar en los entresijos de la “norma” y la “ley”. Estas expresiones hoy son traducidos en experiencias de enorme visibilidad como el acoso sexual o los dilemas jurídico-sociales de las familias homoparentales. Por esto, es que para el autor hablar de democracia es hablar de una forma de sociedad, más que de un régimen político. Una forma social que batalla –aquí la impronta de la escuela francesa de teoría política es evidente– con su principio de indeterminación, con la falta de normativización pre-política y pre-social. Al respecto, dice:
“la sociedad democrática renuncia, pues, a fundar su propio orden sobre la legitimidad de verdades trascendentes (como Dios, la Tradición, la Naturaleza); su tarea consiste en basarlas en valores inmanentes: el orden de las cosas no está dado, somos nosotros quienes lo instituimos” (p. 11).
Atento observador de los cambios políticos que han tenido lugar en Francia en los últimos años, en especial bajo las administraciones de Nicolas Sarkozy (2007-2012), y François Hollande (2012- 2017), está convencido de que la democracia liberal, basada en la garantía de derechos, se ha precarizado gracias a las políticas de confrontación y presión entre un “nosotros”, traducible como nosotros los franceses blancos, y un “ellos”, los “no franceses”, o que por su apariencia “no francesa”, son ex ante definidos y normativizados incluso penalmente como extranjeros. No olvidemos que esta andanada retórica y estratégica dio lugar durante 2015 a uno de los episodios más vergonzosos de clausura de fronteras en la Unión Europea, donde hasta la socialdemocracia terminó por aproximarse a las posiciones de la derecha tradicional, por lo menos con relación al asunto de la inmigración, provocando un replanteamiento serio de lo que significaban las prácticas políticas “desde la izquierda” en los últimos lustros, así como cuestionar si era posible contar con una opción seria desde ese cuadrante ideológico y político. La insurgencia del populismo es un efecto de esta presión. Su campo particular de expansión, agrega, tiene que ver con una “depresión militante” a causa del desdibujamiento de las competencias y las opciones de izquierda para la acción política (p. 16). En los ambientes tradicionales de las “izquierdas”, este es el contexto de la convicción de que es necesario “volver a empezar”, esto es, de que no hay que dejarse llevar por la marea de la “melancolía de izquierda”, como la define Enzo Traverzo, causada por la pérdida de los referentes y las brújulas intelectuales, así como por el colapso de las experiencias partidistas definibles como de “izquierda”. Volver a comenzar, para meternos al asunto del populismo, es “cambiar el pueblo” y “cambiar de pueblo” (p. 17). ¿Qué quiere decir el autor con estas dos inscripciones?
“La primera se inscribe en la continuación de mis trabajos sobre las cuestiones sexuales y raciales; en vez de seguir una visión populista del universalismo republicano que opone el ‘pueblo’ a los bobós o incluso las clases populares a las minorías sexuales o raciales, hay que cambiar las definiciones: en vez de reducir lo social a un pueblo de hombres blancos, hay que abrirlo a un pueblo múltiple” (p. 17).
La segunda acepción tiene que ver con el compromiso
“con lo que el filósofo Michel Feher ha calificado como ‘política no gubernamental’, hablando de la política de los gobernados más que de los gobernantes […] prácticas de la política por parte de ciudadanos movilizados, fuera de los partidos, a favor de distintas causas –lo que llamaremos un público-. Movilizarse a favor de los sin papeles, del derecho a la vivienda o contra la violencia policial es constituirse como un público” (pp. 18-19).
Estas dos inscripciones mueven de manera sugerente las coordenadas instrumentalizadas en nuestros días cuando se aborda el estudio del populismo, en la medida en que permite la desmonopolización de su universo interpretativo, y que redunda la mayor parte del tiempo el clivaje amigo-enemigo. Tan es así, que el autor sentencia que esta concepción sobre el populismo, es particular aunque no exclusiva de los ambientes de izquierda, ya que siempre ven en ella un nuevo comienzo, que
“permite hacer tambalear el imperio del pueblo, a saber, el dominio de esta palabra sobre el discurso político, como si la democracia se redujera a la representación del pueblo” (p. 19).
Un “público” no es “el pueblo”. De hecho, dice el autor, el auge de la retórica acerca del “pueblo” va “en detrimento de los ‘públicos’, o cuando menos sin relación con ellos” (p. 20). Esto cobra mayor vigencia cuando estamos hoy discutiendo sobre potenciales salidas políticas a los efectos perniciosos del neoliberalismo, y particularmente cuando es un problema global que éste proceso va en una dirección opuesta al desarrollo de la democracia. El desafío es, entonces, no perder de vista que “con el populismo, la izquierda se expone a confundir la democracia con la figura del pueblo” (p. 21). Para Fassin, lejos de pensar en una mera contraposición de programas políticos e ideológicos, el retrato a manera de “espejo invertido”, dice, del populismo está dado por las figuras de Donald Trump y Angela Merkel, particularmente cuando el primero sale en la portada de la influyente revista Time como el personaje del año de 2016, lugar que había ocupado justo Merkel en 2015. La distancia de uno a otra es insondable: “si se presenta a Angela Merkel como un dique de contención contra el fascismo en Europa es para poder contraponerla al populismo xenófobo del futuro presidente de los Estados Unidos” (p. 24). Sin embargo, el panorama no es tan simple, porque así como en Estados Unidos se tenía la preocupación por el nativismo de Trump, cuya campaña arreciaba en contra de los mexicanos, por su parte Francia se veía golpeada por una serie de ataques terroristas, comenzando con el asalto a las oficinas del semanario Charlie Hebdo, y que ese mismo año culmina con un trágico ataque a diversos puntos de la capital francesa durante el 13 de noviembre de 2015 (Netflix produjo un documental dividido en tres capítulos sobre este acontecimiento). Estos ataques abrieron de nuevo el debate sobre el “nosotros” y el “ellos”, en la ya de por sí polarizada sociedad francesa. Algo similar sucedió en Alemania, con la serie de “agresiones sexuales en masa, en Colonia y en otras ciudades de Alemania y de Europa” (p. 25), consolidando justo el eje principal del nativismo. Sin embargo, lejos de pensar en un supuesto efecto domino donde al ascenso de Trump, aún poco claro en aquel momento, le sucedería la salida de Reino Unido de la Unión Europea -cosa que sí sucedió contradiciendo los pronósticos más refinados de que eso no era posible- hasta llegar a un cambio en la orientación política francesa con el incremento de atendibilidad que ganaba Marine Le Pen luego de los ataques terroristas en París, lo que sí hubo fue un cambio drástico en la insurgencia populista:
“ya no se asocia tanto a una reacción racista ante las olas migratorias y las explosiones terroristas como a un rechazo de las políticas neoliberales, en particular en las regiones industriales damnificadas, desde la Inglaterra de las Midlands hasta el Norte de Francia, pasando por el Rust Belt en los Estados Unidos” (p. 27).
Por ello, agrega, “el populismo remite más a una lógica económica que cultural. Por eso resuena no solamente en la derecha, sino también, y cada vez más, en la izquierda” (p. 27). El clivaje xenofobico pierde fuerza, y queda reducido a las formaciones partidistas en ciertos ambientes de la extrema derecha, principalmente en Europa, para correrse al clivaje neoliberalismo-anti-neoliberalismo. El problema con la centralidad de un clivaje de este tipo es que clausura cualquier forma de expresión divergente a una mera constatación cerrada y absoluta. “La política de la representación nacional”, dice Fassin, “conduce a construir, no el pueblo, sino un pueblo” (p. 78). Pero, por otro lado, anuncia la pérdida de la potestad del proceso político por parte de las élites. El populismo anti-neoliberalista es una forma completamente contra-elitaria (p. 30). De aquí, pues, que “la palabra populismo [sea utilizada más] como un arma […] que como un concepto” (p. 31). Un arma política que funda su éxito en la exigencia de un reconocimiento no negociable del “pueblo”, esas masas de sujetos movilizados que son todo menos “ignorantes”, “denigrables”, “dóciles”, “perdidos”, “incapaces de hacer política”, “racializados”, etcétera. Esta es la clave de la insurgencia populista, o como lo señala el autor en su libro tomando prestada una expresión de Chantal Mouffe, “el momento populista” (pp. 36-37), especialmente el que corre por el carril de la izquierda. Ahora bien, la duda que trae a colación el autor es saber si el antielitismo característico del populismo reciente, donde incluso entran personajes oprobiosos como Trump, puede “hacer buenas migas con los valores de la izquierda”. Es una interrogante interesante, pero de no fácil respuesta. Lo que se juega en la respuesta es la posibilidad de “volver a reactivar” la política, determinada por la proliferación de lo que Fassin llama, repito, “los públicos”, es decir, la miríada de reivindicaciones de lo social, excluido por el neoliberalismo. Es, en suma, una interrogante que pretende problematizar la politicidad inherente al pueblo de los excluidos por las élites políticas y económicas, que en la época “dorada” del neoliberalismo contrarrestaron exitosamente sus exigencias con una creciente privatización de lo público y sobre todo de lo político. En este sentido, el autor define al neoliberalismo como un “despoblador” por su capacidad, siguiendo a Wendy Brown, de vaciamiento de la democracia, aunado a la exacerbación crediticia de la vida misma. Así es como se puede entender el por qué se engancha tan bien el fenómeno del populismo con la insurgencia de lo político, y que además, empuja hacia la “revitalización” de la dimensión “plebeya” de la democracia, que está compuesta no solo por clases populares, sino también por clases medias pauperizadas y clases que se sienten pasionalmente afectadas por el neoliberalismo (p. 51). El resentimiento “no es propiedad de una clase”, es “interclasista” (p. 93). Para Fassin, el punto de la inflexión populista es que bajo la égida de un concepto como “pueblo” se logra la convergencia de diversos públicos que están dispuestos a seguir una oferta política que rompa abiertamente con el status quo, a pesar de que quienes impulsan este rompimiento pertenezcan precisamente a esa realidad elitaria que existe dentro de las sociedades democráticas. Públicos divergentes que no son la expresión de los “excluidos” de siempre de la globalización, “sino de aquellos que, cualquiera que sea su éxito o su fracaso, insisten en que a otros, que sin embargo no les llegan a la suela de los zapatos, les estaría llendo mejor” (p. 87). Este es el auténtico coagulante del populismo, al hacer jugar el resentimiento por carriles inéditos para las formas tradicionales de participación ciudadana en las democracias. Si bien puede hablarse de una suerte de “coincidencia” entre los extremos, es decir, entre un populismo de derecha y otro de izquierda, ya que ambos exaltan un cierto tipo de resentimiento, aunque sus justificaciones morales e ideológicas estén orientadas a fines radicalmente diversos (por ejemplo, no son los mismos electores los que votarían a Trump o a Bernie Sander, o en el caso francés a Marine Le Pen o a Jean-Luc Mélenchon), lo cierto es que no es posible sostener empíricamente un discurso donde se pueda caminar de una orilla a la otra de modo fluido. Ambas opciones fundan su éxito en la intensificación de los afectos, pero para el autor es en este punto donde la distancia se vuelve incolmable: “El resentimiento no se convierte en rebelión, así como la indignación no se convierte en rencor” (p. 95). ¿Qué es lo que queda a la izquierda en esta situación histórica reciente? La respuesta es en cierto modo esperable. Fassin es un sociólogo crítico, comprometido, pero no complaciente con la izquierda “realmente existente”. Para él, un populismo de izquierda que pueda volverse una opción eficaz en el marasmo político de nuestros días, tendría que dirigir su atención a “conquistar a aquellas y aquellos que no sucumbieron a la seducción del fascismo” (p. 100), fascinación expresada con puntualidad en los “pequeños autoritarismos cotidianos” en el seno de la sociedad democrática. En este punto, Fassin recupera la idea de los “nanorracismos” de Achille Mbembe, que acompañan a los pequeños fascismos: “infligir de manera repetida pequeñas y grandes heridas racistas, con ‘lesiones y cortes’, es como perpetrar una forma de ‘violación repetida’” (p. 95). Esto es, confrontar una y otra vez al otro por el color de piel, por la incapacidad lexicográfica que tiene al no expresarse de manera adecuada en una determinada lengua, por la manera en cómo camina, en cómo viste o en cómo come, así como reproducir el léxico “inofensivo” de la sátira fascista justificada por una percepción ad hoc de la “libertad de expresión”, son ejemplos de esas micro narrativas que conjugan una violencia simbólica y física con la supresión de la expansión del orden político democrático. El trabajo político está en la recuperación de aquellos ciudadanos y ciudadanas que han preferido la opción del abstencionismo a la de la participación del “mal menor”. “Aquí –sigue Fassin- hay una verdadera reserva de votos, con la condición, en vez de abandonarlos a la abstención, de tomar partido por los abstencionistas” (p. 100). La lucha es en el orden simbólico de la democracia, ya que exige el redimensionamiento de las formas de soberanización, populares o no, que no pueden seguir siendo sostenidas en la forma de la nación y del nacionalismo (p. 102). Pero además, el debate debe hacer suya las separaciones entre las derechas y las izquierdas, así como dejar de lado la estrategia de sustitución política en las culturas de las izquierdas, para quienes a vocablos y experiencias como “socialismo” o “comunismo”, simplemente hoy se suceden con el de “populismo”, en una especie de solución de continuidad histórica, cuando precisamente advierte Fassin, lo que une a las dos primeras con la tercera experiencia es la discontinuidad, sobre todo cuando pretenden poner en relación a un populismo de izquierda con el neoliberalismo, al que siempre “es más fácil oponerse que proponer, resistir que inventar” (p. 106). Si la construcción de un pueblo aparece como imperativo en el manual del buen populista, hay que comenzar primero con la construcción de una izquierda que cobije al primero. Es un desafío que supera por mucho las prácticas y el pensamiento de la izquierda intelectual que hace del populismo su leitmotiv. Esto cobra una importancia mayor cuando se constata que el momento populista actual es, en realidad, un “momento neoliberal, que amenaza con ser un momento antidemocrático” (p. 128). Es esta constatación la que pone las bases de un debate intelectual, serio y plural, sobre el populismo actual.
Reseña del libro Giacomo Marramao, Sobre el síndrome populista. La deslegitimación como estrategia política, Barcelona, Gedisa, 2020.
El breve ensayo que nos presenta Giacomo Marramao es un mosaico rico en señales para la reflexión sobre la política democrática de nuestro tiempo. Su brevedad, compuesta de ocho secciones, no debe llevarnos al engaño, ya que es un ensayo clásico de intervención, un pamphlet sobre el populismo, que como es sabido, es uno de los fenómenos políticos más debatido en los últimos años, en gran medida a causa de su presencia en distintos regímenes políticos alrededor del mundo. El problema no es la presencia del populismo en la política actual, y la fascinación que produce, similar a la que provoca el vértigo frente al vacío. En realidad, el problema es lo que importa como conjunto de efectos. Es decir, preocupa su impacto y la transformación que imprime sobre las formas actuales de la legitimación política; así como la exacerbación de la emocionalidad y los sentimientos de frustración (agréguese la intolerancia a la frustración) de los ciudadanos por los resultados mediocres de la economía y la política a escala global; o el diseño radical de política social a través de lo que Jan-Werner Müller señala tímidamente como “legalismo discriminatorio” (que temo sea una forma de populismo casi exclusiva de América Latina, dado el diseño constitucional e institucional que tienen las imperfectas democracias latinoamericanas bajo el presidencialismo). Pero también la preocupación es debida por la activación de viejos fantasmas xenófobos (más claro entre los populismo de derechas) y en las nuevas vocaciones persecutorias, como lo fue la retórica de los “bad hombres” de Donald Trump, aunque también tenga vertientes diversas de concreción. Piénsese, por ejemplo, en el “populismo penal”, que advertía Luigi Ferrajoli como uno de los poderes salvajes en las democracias, y la propensión cada vez más recurrente de los políticos profesionales a pensar que los índices de criminalidad que existen en una ciudad pueden decrecer por simple retórica o por incremento de la presencia policial. Para comenzar, el populismo es una suerte de “estado de ánimo” de la experiencia democrática de nuestros días. Un estado de ánimo sin duda relevante, aunque no sea el único presente en la vida pública de la democracia, pues también existe un estado de ánimo melancólico vinculado simbólicamente a la pérdida biográfica y sistémica por habitar los restos de un mundo que ya no es, o aquel otro estado de ánimo férreamente anclado al ethos liberal-democrático que funciona adecuadamente en los seminarios de estudios avanzados, aunque su realización empírica sea difícil de escampar en las múltiples realidades que de lo social ofrecen las democracias. Para decirlo con brevedad, el populismo es una forma de concreción de lo político. Esto ya lo advertía Ernesto Laclau al inicio de su libro La razón populista. Entonces, el problema no es su definición, como muchos (y me lamento sinceramente de ello) y cada vez más colegas sociólogos y politólogos repiten por aquí y por allá: “el problema, dicen, del populismo es siempre el problema de su definición, porque es un concepto ambiguo”. En efecto, esto es un problema para los que no lo estudian seriamente; para los que leen los textos por encima o que de plano se conforman con lo que dicen algunos intelectuales sobre el fenómeno. El problema es más bien definir qué es lo político que convoca y desarrolla el populismo. Así, el problema es diametralmente opuesto a su definición, ya que el populismo es una forma específica de ejercicio del poder. Decir que es un concepto poliédrico no es directamente proporcional a suponer que es una categoría ambigua. Desde el inicio del ensayo de Giacomo Marramao, me llama la atención la perspectiva que utiliza para mirar al populismo y evitar justo la trampa de lo que podríamos definir tentativamente como su “imposibilidad conceptual”. Dice el autor: para pensar el presente donde aparece el populismo, con precisión, “para visualizar el presente”, tenemos que alejarnos de él, “como diría Carlo Ginzburg, con ayuda de un ‘catalejo invertido’”. Y agrega: “Sólo si se efectúa esta inversión de perspectiva puede captarse ese pliegue inactual del presente capaz de sacar a la luz las constantes y las transformaciones, las continuidades y las rupturas, el pasado de lo nuevo y la memoria del futuro”. La actualidad es siempre inactual, y la del populismo no es la excepción, ya que se presenta como una actualidad completamente inactual. El populismo acompaña desde hace mucho tiempo a la democracia. Es una suerte de presencia interna fuerte respecto a ella, pero también ha sido una ausencia presente a lo largo del desarrollo político democrático desde las últimas décadas del siglo XIX, cuando nace como movimiento político, primero con los naródniki en la Rusia en los años setenta de ese siglo —el historiador italiano Franco Venturi tiene una magnífica obra sobre el fenómeno—, y luego con el movimiento de los granjeros en Estados Unidos, que vio nacer al famoso People’s Party. Para Marramao el populismo está relacionado directamente con lo político. En específico, dice, el populismo atañe al enorme dinamismo del poder que hace del uso de la des-legitimación del oponente, el instrumento central de la confrontación entre partes en la democracia. Quitarle a cualquier formación política, o a cualquier líder oponente, toda forma de crédito es el objetivo de esta estrategia. Entonces, sin crédito alguno, ¿quién te considera atendible, es decir, por qué merecerías nuestra atención? Lo que se revela con la des-legitimación, es la instauración de un “dispositivo estratégico-retórico de des-valorización”, que ha podido enraizarse con fuerza particularmente en el contexto de la segunda posguerra, al volverse palpable “en las metamorfosis que han afectado a la esfera pública, la antítesis legitimación/deslegitimación implica un sistema de remisiones reticulares entre prácticas discursivas, lógicas estratégicas y dinámicas identitarias”. Y puntualiza:
A caballo entre los siglos XX y XXI, estamos asistiendo al fracaso de los dos principales modelos de integración en la ciudadanía que hemos teorizado y practicado en el curso de la modernidad: el modelo universalista-asimilacionista republicano y el modelo diferencialista-multiculturalista fuerte, o ‘en mosaico’ —por retomar la metáfora de Seyla Benhabib—. Ironías de la historia: el ‘modelo République’ y el ‘modelo Londonistán’ producen las mismas formas de conflicto identitario, caracterizadas por el paso de la lógica del cálculo racional de los intereses a la lógica de la pertenencia (o, si adoptamos el léxico de Alessandro Pizzorno, de la ‘conversión’).
Aquí estamos frente a un argumento fuerte del ensayo que no podemos dejar pasar. Dice Marramao: “Sea como sea, las prácticas de deslegitimación que caracterizan a las sociedades democráticas se sitúan a lo largo de una shadow line, una línea de sombra o zona gris en la frontera entre derecho, política y moral”. La exigencia de visibilización de aquel ciudadano que está en una posición de inferioridad frente a los ojos del superior, del estudiante frente al maestro, de la esposa frente al marido, del gobernado frente al gobernante, de lo femenino frente a lo masculino, etcétera, no solo fundan una distancia irreversible desde “lo impolítico”, sino además devienen nuevas maneras de socialización política de la diferencia. Esta posibilidad es uno de los ejes sobre los que gravita el síndrome del populismo, al empujar hacia la formación de un nuevo espacio de reconocimiento que orilla al cambio de la identidad, ya que pone en entredicho el propio pasado de cada sujeto, al grado de que éste acepta volverse otra persona, convertirse en otro. Es un espectáculo de mutación antropológica profunda, que además puede romper el vínculo con el tiempo extenso, con aquel del largo periodo, y coloca a las nuevas formas-de-vida en una constante velocización de sus propósitos. Ahora bien, ¿cómo ha sido posible esto? Existe, dice el autor, una suerte de descentramiento, y al mismo tiempo un incremento del policentrismo en las lógicas del poder en la democracia, consecuencia de la dispersión y excitación de sus potencialidades, confirmando su carácter tumultuario, pero que por su parte ha permitido la reproducción del populismo dentro de estas coordenadas, por lo que deviene un síndrome y no un mero síntoma de malestar o un adeudo por una promesa no cumplida. De este modo, para entender lo que está pasando con el populismo de nuestros días, necesitaríamos partir de una perspectiva post-foucaultiana sobre el poder. Esta es una necesidad urgente, ya que de otro modo no lograremos la comprensión de la institución de las dinámicas, tanto soberanistas como post-soberanistas del populismo, y de la función que están cumpliendo en el interior de la democracia. Argüir simplemente como hacen muchos comentadores, entre los que se incluyen académicos e intelectuales, que el populismo, “venga de donde venga”, es un fenómeno negativo sin mostrar más allá del ruido comunicativo en qué consiste esa negatividad, es naïf o perverso. Este cambio es fundamental, pues precisamente en nuestros días hay todavía algunos que sostienen que el populismo es una mera reacción a un síntoma de malestar, como hace una década se sostenía cuando se hablaba de déficits de la democracia. En realidad es un síndrome anclado a un régimen de historicidad que se basa en una concepción del tiempo ligada por completo al presentismo, tal y como lo define el historiador François Hartog en su obra Regímenes de historicidad: el aquí-ahora, el inmediatismo, pesa más que la proyección al largo plazo, concepción propia por ejemplo de la “Gran política” del siglo XX; el pasado, por su parte, termina siendo una mera construcción retórica que permite la invención de un origen ad hoc a la coyuntura. Por ello, el ascenso de una nueva clase política, que a veces se confunde con los meros diletantes de la política, con los “cualquiera” (el término italiano qualunquismo es justo en este sentido), logran o aprenden rápido a tener competencia política, social, financiera y mediática, para ganar elecciones. No cualquier persona que se postula, y mucho menos de esos diletantes que se postulan, son exitosos, hay reglas de participación incluso ubicadas en el terreno abiertamente ilegal, que son necesarias seguirlas con escrúpulo. No se puede ser populista de “salón”, o como decía Bauman respecto a los “activistas de sofá” que cambian al mundo cada día, no hay populistas “de sofá”. Pero en un contexto de presentismo y comunicación exponencial, donde hoy ya olvidamos los dislates de la semana pasada y de los años pasados, todo es posible en la democracia, tanto que pueden llegar al poder no los mejores, sino todo lo contrario. La discusión sobre si determinadas formas democráticas derivan en formas kakistocráticas sigue abierta, y hoy se vuelve más oportuna para el estudio del populismo. Ahora bien, la des-legitimación del adversario, ¿es un fenómeno nuevo o está de regreso con nuevos bríos? Para esbozar una respuesta a esta demanda, Marramao señala que es necesario cambiar el plano topológico donde la política se desarrolla, y ahí radica la importancia de un debate sobre el populismo en la clave que nos sugiere, esto es, por medio del estudio de la heterogénesis de sus fines. Esto es, constatar y observar el pasaje de la dimensión vertical de la política hacia su dimensión horizontal. El eje vertical es donde se establecen las relaciones clásicas entre derecho y política, entre justicia y ley, entre legitimidad e ilegitimidad. De hecho, páginas más adelante agrega que éste es el vector que atraviesa la relación entre gobernantes y gobernados, o dicho en pocas palabras, es el punto espacial de una concepción “arriba-abajo” donde son posibles y necesarias las relaciones de dominación (herrschaft). En cambio, el eje legitimación-des-legitimación es un clivaje que corresponde a un principio de identificación propio de la lógica del poder (macht), no de la mera dominación. Una lógica que corresponde a una inclinación en lo político en términos evidentes de la díada amigo-enemigo, y que forma parte del binarismo categorial de la modernidad a partir de los siglos XVIII y XIX, binarismo expresado en fórmulas del tipo “revolución/reacción, progreso/conservación, derecha/izquierda, nacionalismo/cosmopolitismo”. Si nos detenemos en el antagonismo del “amigo-enemigo”, el rasgo que lo “singulariza” está dado por la intensificación de la hostilidad pública entre partes (hostis), o sea, reparando claramente en el hecho de que la rivalidad, acaso mimética porque surge en un polo pero se reproduce con cada reacción del opositor, es posible porque el conflicto es “con aquel que nos combate” públicamente, y no “con aquel con el que tenemos odios privados” (inimicus). ¿Qué diferencia existe entre las dimensiones vertical y horizontal?, ¿qué cambio de perspectiva sucede con esa diferenciación? La diferencia radica en que el primer momento se caracteriza por “una axialidad vertical de tipo estructural-ordinamental” y el segundo por “una axialidad horizontal de tipo histórico-dinámico”. Este pasaje es de llamar la atención, ya que pareciera que el cambio topológico es lo que ha introducido el populismo en la escena democrática, pues la axialidad horizontal podría ser interpretada como un juego profundo de perspectivismo, esa “guerra de interpretaciones” que celaba Nietzsche, en una obra que lleva el provocador título de la Voluntad de poder. De nueva cuenta, pero con márgenes más amplios y más hondos de contingencia, aparece el dilema de la política o lo político, una guerra de interpretaciones que cobra forma bajo la égida del “politeísmo de los valores”. Lo uno y lo múltiple al mismo tiempo, ¿cómo lograrlo? Finalmente, una parte importante del ensayo la dedica a la recuperación y problematización del debate sobre lo político en la teoría del populismo como posibilidad no deslegitimadora, de autores como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Discute a través de ese diálogo crítico las condiciones históricas, teóricas y temporales bajo las que lo político es posible, en términos populistas tanto de su “emergencia” como de su “pertinencia”. En este sentido, se pregunta el autor: “¿Cuál es el destino, entonces, de las poliarquías democráticas? Para intentar una regeneración de la democracia no hay sino un camino: abandonar definitivamente el léxico de la legitimación/deslegitimación para trabajar en una reactivación del tema de la autoridad”. La comprensión del síndrome populista radica en estas dos condiciones: preguntarse por la emergencia (y las condiciones suficientes que la hicieron posible) a través de su enganchamiento con la indeterminación en la que reposa la sociedad democrática; “pertinencia” en el sentido de observar los contenidos de ruptura que introduce en una red amplia de intersecciones y combinaciones sociales que se agrupan y confluyen en un momento político determinado (critical juntures), empujando al populismo a revelar una parte de su significación, que a pesar del anti-esencialismo de sus prácticas, no deja de pervivir la fantasía del Uno, así como tampoco en la fantasía del igualitarismo radical que, por su parte, es imposible de volverla una realidad “común”. Quizá este sea uno de los nudos ciegos, tanto teórica como empíricamente relevantes, del populismo post-esencialista, ya que supone hilar finamente un argumento sobre la imposibilidad de hacer coincidir lo político con lo común, y lo singular con el plural de la democracia. “Pensar la política”, dice Marramao, “significa, por lo tanto, pensar ‘una práctica hegemónica’ que, con una estrategia unitaria, reúna un conjunto de diferencias, polaridades en conflicto y gran variedad de demandas que, de lo contrario, estarían condenadas a la dispersión”. Para ciertos populistas que van a las elecciones, que hacen política en el campo institucional, que terminan capturados por el límite diferencial entre la política y lo político, quizá esto no les guste. Así pues, el poder, desde una concepción profundamente anti-esencialista, se coloca como una práctica discursiva que produce momentos de confrontación intensa. La “guerra” es una metáfora, pero también es una experiencia, “intestina” en muchos sentidos, que cobra vida bajo la forma de la “guerra civil”, la stasis, que se expresa en “dinámicas policéntricas generadoras de conflicto entre diferencias irreductibles”. Un poder que es una relación social que estructura posiciones tácticas y discursivas, pero además desestructura su locus convencional, que cede su espacio a la indeterminación de lo social. El poder está siempre en construcción y, por lo tanto, en movimiento. Su veracidad y posibilidad de realización, desde un punto de vista de la radicalización democrática, es no perder de vista ese “resto excluido” desde el cual puede tener lugar el cambio y el reconocimiento, como decía líneas atrás. Asistimos, dice Marramao, al crecimiento de un doble espíritu de la democracia. Por un lado, tenemos el alma “madisoniana” que limita al poder; por el otro, el alma “populista” que activa la participación. El dilema de sofocar alguna de las dos dimensiones, nos empujaría definitivamente al dilema de vivir en democracias sin derechos, o bien, asegurar derechos sin democracia. Por ende, la democracia debiera ser pensada desde un punto de vista “estratigráfico”, ya que al tomar distancia de la enorme (in)actualidad del populismo, podríamos observar con precisión sus segmentaciones, sus fracturas, sus despliegues, y sobre todo lo que resta de ella en la forma hoy tradicional que hemos heredado del siglo XX y sobre la cual seguimos parados justo en ese mundo que simplemente ya no es.
Reseña publicada en Metapolítica, Puebla: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, año 24, núm. 111, octubre-diciembre 2020, pp. 104-109.
Reseña de Umberto Eco, Baudolino, Madrid, Lumen, 2001.
Ambientada en el bajo Piemonte, al norte de Italia y en donde actualmente se encuentra Alejandría, Baudolino –la última novela de Umberto Eco- cobra forma en la carne de un adolescente épico, visionario, mentiroso, embustero, adivinador, mago, “don palabras”, que tiene el encanto de seducir al famoso Federico barba roja al punto de volverse su hijo putativo. Pero también su verdugo.
Umberto Eco nos presenta la historia de un delito imposible, un teatro incontrolable de dimensiones lingüísticas, delirantes, que siempre celebrará la fuerza de la imaginación y de los no-lugares. Es decir, Baudolino personifica la invención como vida: lo que no se sabe tiene que ser inventado; por ello, la invención puede venir historia y la fantasía acción. Lo que predice el personaje se sucederá en las proximidades de un tiempo futuro. De aquí pues, que tanto para Baudolino como para Eco, el futuro siempre será anterior al propio tiempo. La peculiaridad de esta novela histórica radica en el hecho de que ninguna cosa es digna de ser repetida: se transcurre entre la construcción de una famosa carta al Papa Juan (aquel que prometió alguna vez un reino fabuloso para Occidente), y el ocaso-alba del Lejano Oriente gobernado por un rey cristiano, del cual hasta Marco Polo tuvo estuvo obligado a dar cuenta. También, se lee el paso de los 14 a los 16 años de un Baudolino que intriga y castiga al extremo de obligar a Federico a emprender un viaje, con el pretexto de una cruzada, al encuentro del Papa Juan para mostrarle la más preciosa reliquia de la cristiandad. Sin embargo, en el trayecto morirá en circunstancias misteriosas, las cuales solo le serán reservadas a Baudolino, quien sucede a su padre en la travesía al lejano oriente, y a su paso encontrará los clásicos monstruos que habita de largo bestiario medieval. Contada a Niceta Comiate, historiador bizantino, en el fondo de la novela observamos la manera por medio de la cual un imperio puede ser construido: aquí, Constantinopla y el cristianismo perseguirán un mismo fin. Pero la narración demuestra que una palabra puede provocar cataclismos, lo que supondrá decir que cualquiera y en el lugar que sea siempre podrá encontrarse en vilo, próximo a sucumbir. Baudolino es un libro colmado de claves de lectura. Es una esfera por la cual mirar al mundo no supondrá más un acto de fe: todo los puntos son fuga, avance, ruptura, extensión o rodeo, ausencia de centro, donde la palabra deviene en heterotopía, como las que encontramos en Borges –decía Foucault- pero también presentes en Cortázar: en el lugar de la “Maga” mejor Beatrice, a la cual sólo basta mirar para caer al vacío, tal y como se lee en la ardorosa narración de Dante, a la que Umberto Eco pedirá ayuda: “ En ti está mi bien, mi esperanza, mi reposo; mi ánimo te encuentra, te custodia”. El diálogo que se teje es aquel que oscila entre la parábola y los orígenes. Entre una Alejandría que es la tierra natal del autor y la redundante búsqueda de la originalidad del inicio, casi como la ansiada búsqueda del derecho reservado a la sorpresa. De aquí, que podamos leer el sinsentido hecho con los tirones del propio sentido de la novela, y que para Eco será la única forma de presentar la intermitente búsqueda del “sentido” de la existencia. Su soporte siempre será el diálogo, sobre todo el que descansa en la metáfora: poner a dialogar lo uno con lo múltiple, la voz con la boca: qué se dicen, cómo se dicen las cosas, que intercambian, porque son Uno y en su mismisidad se suceden, es decir, resultan ser inagotables, tal vez como una fuente, pero también como el río.
Texto publicado en El Ángel, revista cultural del periódico Reforma, 4 de noviembre, 2001, p. 6.
Reseña de Sergio González Rodríguez, Huesos en el desierto, Barcelona, Anagrama, 2002, 334 pp.
Concentrada en parte sobre los aspectos corpóreos de las dinámicas de la violencia, los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, frontera norte, han llamado la atención de actores políticos y sociales nacionales e internacionales. Dicha movilización, tanto de recursos y fuerzas, así como de inéditas formas de hacer política en el país, ha ocasionado después de diez años una llamada para moralizar a la política –en su más estricto sentido weberiano-. Ello confirma el signo particular de este fenómeno social al hacer realidad una terrible premonición: en el futuro inmediato de la frontera norte nada podrá ser de nuevo como antes. Al mismo tiempo, representa uno de los fenómenos de violencia de mayor trascendencia política en la última década en el país, así como una de las múltiples deudas que en la actualidad la governance democrática tendrá que pagar. Por lo menos en el intento de garantizar una plena y eficiente procuración de la justicia respecto a la consolidación de la llamada Rule of law o Estado de derecho.
Cuando en México, la discusión sobre la violencia estaba dirigida hacia su significación política en la versión del sureste mexicano (EZLN), o bien, sobre las consecuencias perversas del binomio corrupción-violencia del tráfico de drogas y la industria del secuestro, así como de lo problemático que resultaba gestionar políticamente la pequeña criminalidad (violencia difusa), los asesinatos de mujeres emergen bajo dinámicas del asesinato que antes no estaban presentes ni en las grandes ciudades (cabe recordar que Ciudad Juárez es la quinta ciudad en tamaño del país), ni en las medianas y pequeñas comunidades semi-rurales y rurales (que a su vez comenzaban a expresar un fenómeno de violencia olvidado como lo han sido los linchamientos).
No dudaría decir que los asesinatos de mujeres comportan tres momentos que permiten un mejor acercamiento a su cabal comprensión: su visibilidad que inicia en los medios de información al ser un fenómeno de violencia extrema, la cifra y sus cualidades, los cambios y continuidades de la representación social que nacen como efecto del asesinato.
La salida a luz de los asesinatos por lo menos desde su irrupción en 1993 hasta 1995, manifestará un paso gradual de una marginalidad real o imaginaria, expresada en la tímida atención que merecieron en el contexto nacional, a lo que González Rodríguez define como «estrago colectivo». Sobre todo cuando las autoridades locales y del estado de Chihuahua, crean un primer sospechoso («El egipcio») transformado en autor intelectual y material de 35 homicidios de mujeres del total que en aquel entonces ya expresaban un crecimiento importante.
Después de ello, está el uso político de la cifra, que gravita en un primer momento en un número cercano al doscientos asesinatos (hacia finales de 1999) y ahora, a mitad del 2003, en un número igualmente cercano al trescientos. Este hecho obliga a detenernos en las distorsiones que la retórica de la violencia tiene cuando es referida con cifras –punto del cual toma distancia acertadamente González Rodríguez-, ya que el feminicidio en Ciudad Juárez introducirá elementos simbólicos de suma importancia, en particular, con relación a las fantasías sociales en la frontera. Hablar en términos de números sobre los asesinatos dinamitó el florecimiento de reminiscencias culturales que definirán el carácter principal del fenómeno en tanto expresión de una suerte de animalidad dirigida a la mujer. Por ejemplo, me viene a la mente una sugerencia: entre el llamado público tanto del doscientos como del trescientos, y el contenido de una obra como Los 120 días de Sodoma, del Marqués de Sade, existe la misma intención de puntualizar mediante una cifra, un fenómeno sexual circunscrito al tiempo y al espacio, brutal por sus características y consecuencias, y que puede volverse patrón común de una determinada organización societal a pesar de sus aparatosos efectos contrarios al orden social.
Soporte cultural y legalista del asesinato, así como del crimen en general, el uso político de la cifra se confirmará también en su prolongación a otro fenómeno como lo son las desapariciones que en una década han dejado un número aproximado de setecientas personas en esta frontera. La cifra, exagerándola o reduciéndola, según la conveniencia política, tuvo su punto de mayor trascendencia cuando el entonces gobernador de Chihuahua, Francisco Barrio, en su último informe de gobierno (1998) expresó que el número de asesinatos no era mayor al que se cometían en otras ciudades y poco significativo cuando era relacionado al total de la población de Ciudad Juárez. Al mismo tiempo, instituyó un umbral de significación desde donde las percepciones sociales sobre los asesinatos pudieron tener lugar. Es decir, la cifra tomó tales cualidades al punto de volverse elemento central de las reiteradas peticiones de justicia, disputa y lucha, por parte de familiares, grupos de apoyo, feministas, periodistas, organizaciones dedicadas al respeto de los derechos humanos. Al mismo tiempo, comportaba una peligrosa conexión con una lógica de desbordamientos antisociales donde el asesinato de mujeres cumplía una función central para activar nuevos roles políticos. Entre los cuales tendremos a la extinta organización «Voces sin eco» (autora de pintar más de 2000 mil postes de la CFE en todo Ciudad Juárez con una cruz negra en un fondo rosa para evidenciar la tragedia), la Coordinadora de ONG’s en Pro de la Mujer que agrupaba más o menos a quince grupos civiles, los grupos de ciudadanos organizados en brigadas de radio civil que por algún tiempo se dieron a la tarea de dirigir literalmente caravanas en el desierto para buscar los cuerpos de las jóvenes asesinadas.
Por otra parte, un elemento importante del trabajo de González Rodríguez es la prosa utilizada. Inteligible, no mistifica, no oculta ni exagera. Señala, toma distancia y recupera tanto los hechos como su representación. De igual forma, su libro está organizado a partir de una lógica de los indicios. En su obra existe un verdadero avance de hipótesis sobre las posibles causas de los asesinatos y sus autores, abre vías alternativas de explicación y documenta los presupuestos y las tentativas conclusiones. Todo ello bajo la brújula analítica y profesional de no desechar ningún elemento por extraordinario o increíble que parezca. Sobre todo cuando los asesinatos sobrepasaron en la última década lo que era considerado costumbre en la sociedad mexicana. Por ello mismo, no es gratuito que sea el mejor trabajo periodístico publicado al día de hoy que tenemos a nuestra disposición sobre el caso.
Sin expresarlo abiertamente, el autor sugiere que para entender las razones de esta violencia es importante asumir que los fenómenos sociales se construyen por medio de hipérbolas. Es decir, tenemos la tendencia a reconstruir el pasado y el presente a partir de círculos y exageraciones. Más aún, cuando los hechos resultan traumáticos para un conjunto social determinado.
En las páginas de Huesos en el desierto, el lector encontrará, en modo claro un fenómeno de desbordamiento social que ubica al asesinato de mujeres como el punto máximo de un proceso de configuración de pánico moral. Desarrollado principalmente por la prensa y las autoridades, este proceso acabará por definir el sentido público del caso, sus retóricas, las pautas de comprensión, lo que se puede decir y lo que se debe callar, al punto de legitimar determinadas voces que de ser periferia acabarán por colmar un inexistente centro.
El autor dice que “los asesinatos contra mujeres, de tipo serial o aislado, producto de uno o varios sujetos, de pandillas urbanas o narcotraficantes, asumía también un rostro característico del mundo posmoderno: la resonancia espectacular” (p. 159). En efecto, la espectacularidad y la dimensión del escándalo son recurrentes en los distintos momentos del fenómeno, pero con más fuerza, repito, en la persona que se creía era el autor principal de los asesinatos: Omar Latiff Sharif «El egipcio». Lo terrible de este personaje radicará en la construcción «oficial» que sostuvo eficazmente –y no por mucho tiempo- la idea del horror extra-comunitario, ya que ningún oriundo podía tener la capacidad suficiente para llevar a cabo este crimen masivo. Sin embargo, en un paradigmático intercambio de papeles, la teoría complotista de la cual fue objeto «El egipcio», cayó por su falsedad y lo hicieron devenir en chivo expiatorio, cuyos costos tuvieron que ser pagados por sus creadores. La fórmula política para que ello tuviera lugar, tanto la teoría del complot como la del chivo expiatorio, ha pasado por la mediación de la claudicación del imperio de la ley, del juego políticamente rentable de estar siempre entre la legalidad y la ilegalidad y por los efectos perversos de la corrupción de quienes concibieron tal realidad (por supuesto, hablamos de la autoridades locales).
Uno de los ejes principales del libro es el papel que juega el secreto al interior de la violencia sobre las mujeres. Señalar a individuos, corporaciones policíacas, políticos, empresarios y narcotraficantes como los autores materiales de los asesinatos nos ayuda a entender, en primer lugar, el por qué la poca efectividad judicial del caso. En segundo lugar, encontrar un vínculo entre secreto y una forma de bestialidad organizada al interior de un conjunto de personas más o menos bien definidas en tal arcano resulta peligroso y revelador al mismo tiempo. Más aún, cuando en su edificación tenemos un país que cada vez más se acerca plenamente a un cuadrante democrático. Ello comporta o un fracaso de una determinada consolidación democrática o corrobora una de las paradojas de la democracia: cobijar poderes invisibles que por regla no deben existir en una organización política que suscriba la transparencia como regla general del juego.
Si nos preguntáramos a la luz de los elementos que ofrece Huesos en el desierto ¿Quién controla a los controladores? No dudaría responder que nadie ha podido controlar a los controladores en Ciudad Juárez, y que distintas experiencias pudieran sostener el mismo argumento para otras ciudades mexicanas y para algunas de los principales instituciones de representación política del país. Paradoja o fracaso, pareciera afirmarse que entre más democrático se vuelve un sistema político, más tenderá a esconderse y a ocultar para poder subsistir. Con ello, resulta plausible hablar, desde las coordenadas del libro, de la vigencia del doble Estado en México. Poderes “supra-institucionales” –como los llama el autor- que sólo pueden existir ocultando las cosas y que expanden sus acciones simultáneamente en la invisibilidad y la visibilidad.
Es posible que un concepto más preciso para definir esta particular cara del poder político sea el de blutkitt, que a la letra quiere decir «cemento de sangre». Es un término alemán que nace en el período del nacional-socialismo, y que vincula el aspecto ritual de la violencia con la generación de códigos de conducta y lealtades fuertemente cohesionadas (según W. M. Reisman, de donde tomo la idea). En el caso de la violencia hacia la mujer, el cemento de sangre corresponde a la necesidad de encubrir lo criminal y hacer desaparecer del espectro público la tipología de lo repugnante que lo ha circundado. ¿Qué quiere decir esto? En Ciudad Juárez, la naturaleza de la autoridad ha pasado por la fenomenología de la violencia y la conducción bajo distintas máscaras de intereses precisos que tienden a esconderse por una deliberada omisión que compromete tanto a la autoridad formalmente instituida como a los poderes discrecionales que han nacido en su seno.
Los asesinatos de mujeres son la punta de un iceberg, que expresa un fenómeno político y cultural que puede dilatarse por todo el país. Si un modo particular de evidenciar la animalidad humana sube a la superficie y no se inscribe únicamente en el fondo, querrá decir que debemos poner mucha atención al final de la historia porque será síntoma de que algo está cambiando, y no necesariamente en términos positivos.
Para terminar, quiero recordar que en su Prólogo a la Ciencia Política, Charles Merrian (FCE, 1941), señalaba algunas dimensiones necesarias para llevar a cabo un análisis sobre la violencia:
a) La falta de buena voluntad para conseguir los debidos resultados; b) La falta de comprensión de las situaciones básicas que producen el conflicto; c) La indecisión o las actitudes histéricas y de pánico cuando se trata de decidir; d) La falta de imaginación y de inventiva para hallar procedimientos adecuados para cada ocasión (pp. 23-24).
Tal vez este pudiera ser un buen puerto de partida para Ciudad Juárez, ya que Huesos en el desierto, debe ser leído como la crónica y la crítica del desarrollo de una patología que revela en alguna forma el estado de salud de nuestra democracia mexicana.
Texto publicado en Galaxia Gutemberg, suplemento bibliográfico de la revista Este País, núm. 152, noviembre, 2003, pp. 11-14.
Sobre Thomas Mann, ¡Escucha Alemania!, México, Colibrí, 2003.
En su fundamental trabajo sobre el lager nazi, Primo Levi dice que existen tres tipos de narraciones posibles para dar cuenta del fenómeno más importante de violencia política de todo el siglo XX: el primer método son los diarios y memoriales; el segundo, las elaboraciones literarias de aquellos que sufrieron el terror nazi; el último, las obras de corte histórico y sociológico. Es necesario recordar esto para poder inscribir en modo por demás satisfactorio un libro que en estos días está circulando en México sobre el tema, Y que además por inscribirse en cualquiera de las tres categorías arriba citadas o en todas ellas al mismo tiempo: ¡Escucha Alemania!, del ganador del Nobel de literatura en 1929, Thomas Mann (México, Colibrí, 2003).
¡Escucha Alemania! es un conjunto de mensajes grabados por Thomas Mann para la British Broadcasting Corporation (BBC) que traían la finalidad de narrar paso a paso el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial por parte de un afamado y respetado intelectual alemán que ya se encontraba para entonces exiliado en los Estados Unidos. El periodo de tiempo que abarcaron dichas transmisiones de radio fue octubre de 1940 a mayo de 1945. Con acierto, los editores de esta primera edición en español nos dicen que
“hay muchas razones para editar ¡Escucha Alemania! en estos momentos. No sólo porque se trata de las palabras de uno de los escritores más grandes de Occidente. No sólo porque refleja fielmente la angustia extrema de un hombre que observa, de lejos y con impotencia, cómo una ideología totalitaria –el nacionalsocialismo, en este caso- puede carcomer y destruir sin piedad lo mejor de una nación. Publicamos este libro porque, después de todo, el mundo no ha cambiado tanto. Los nombres de los países son otros, los de sus líderes también. Pero hace falta recordar lo que sucedió entre 1933 en 1945, cómo lo permitimos, lo que hizo falta para detenerlo y –especialmente- el daño irreparable que nos hizo a todos sin excepción”.
Este pequeño libro de Mann nos da la impresión de ser un diario de un corresponsal de guerra que, escondido algún lugar en medio de la batalla, aún encuentra la serenidad pero al mismo tiempo la crispación de una tormenta que no parecía encontrar su final, ni siquiera su reposo por un breve instante. En consecuencia, el nazismo encuentra en el libro de Thomas Mann un elemento imprescindible para su propia definición: la cuestión de la memoria y el olvido. Al respecto, es interesante apuntar un comentario que puedes señalar una de las posibles claves de lectura que tendrá ¡Escucha Alemania!. La relación memoria-olvido puede ser organizada a partir del recuerdo biográfico, o del hecho histórico en estricto sentido que es pensado como cosa, o bien, aparte del método del testimonio (entrevista). El libro de Mann me parece que es una fuente alterna para dar cuenta de estos problemas, sobre todo cuando es un tema que pareciera haber agotado sus telarañas y sus transparencias respecto a los datos, informes, estadísticas Y demás indicadores que se han contado a lo largo de 50 años para reconstruirlo lo más fielmente posible. Y como sucede, su pertinencia es más grande que las posibles justificaciones que se quieran sacar al respecto. De igual modo, el tipo de calificativos que arroja una y otra vez en contra del nazismo y de Hitler, su principal inventor, nos dejan impávidos cuando leemos una virulencia que pocas veces puede ser aceptada, a excepción de que se trate una situación límite o bien que salgan de la voz y de la pluma de algún afamado escritor como lo es el caso de Tomás Mann. A título ilustrativo, dice que
“ese individuo que es Hitler debiera darse cuenta de que con su descarada mendacidad, con su miserable crueldad Y espíritu vengativo, con sus constante rugidos de odio, con su manera de estropear la lengua alemana, con su vulgar fanatismo, su ascetismo cobarde, su grotesca afectación, su mengua de humanidad carente del más leve rasgo de grandeza de ánimo y su alta vida espiritual, compone la más repelente figura que jamás haya enfocado la luz de la historia”.
Un tercer punto que me parece interesante resaltar es la relación de Estados Unidos en tanto enemigo del nazismo y cómo se desdoblará a dicha relación en el decurso de la guerra. A final de cuentas, según Thomas Mann, estados unidos era Y de hecho lo fue, la esperanza y los sueños de libertad que este país prometió y en su momento cumplió cabalmente. Cosa, por lo demás, qué ahora regresa como un trágico y elocuente búmeran al centro vital el llamado imperio posmoderno.
Reseña publicada en Arena, suplemento cultural del periódico Excélsior, año 5, tomo 5, núm. 254, 14 diciembre 2003.
Joseph S. Nye Jr., The Paradox of American Power, New York, Oxford
University Press. 2002, 222 pp.
La guerra presupone un regreso a la discusión sobre la existencia de los fundamentos que mantienen unidas entre sí a las naciones. Sin embargo, el «tono» del debate actual ha cambiado radicalmente respecto a las épocas precedentes. En el centro de tal transformación regresan con fuerza las dos preguntas clásicas de los neorrealistas políticos: ¿por qué la guerra?, ¿por qué su repetición?
Una de las causas para explicar el cambio en los modos y los ritmos de hacer la guerra, y que al mismo tiempo permiten responder al por qué de nueva cuenta el uso de ella, la encontramos en el resurgimiento del terrorismo suicida o posmoderno -o como se le quiera llamar. Es decir, después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, la primera característica de los nuevos mecanismos de la guerra es su capacidad de privatizarse: cualquiera deviene en ejército y análogamente cualquiera puede tener la posibilidad -aunque no los recursos suficientes- para cambiar el sentido de una determinada orientación histórica.
El desplazamiento del núcleo tradicional de la guerra, confirmará también la rápida caducidad de las que (en su momento) fueron verdaderas intuiciones intelectuales sobre el tipo de conflictos que le sucederían a la culminación de la guerra fría. No fueron las guerras civiles -según la célebre fórmula de Hans Magnus Enzensberger-, las que tomarían el lugar de la amenaza permanente hacia una tercera guerra mundial. Fue la convicción de que la guerra se sigue haciendo entre naciones o no es guerra, en el sentido de referir el dramático carácter bélico de la política y del hombre. En una época donde la reflexión estaba dirigida a las implicaciones culturales y sociales de la manipulación genética, y donde parecía que no era posible encontrar más horizonte de conocimiento por fuera del sistema, la guerra regresó bajo formas neoconvencionales que ninguno pudo predecir.
Al mismo tiempo, la guerra seguirá confirmando la parcial ausencia de fundamentos para sustentar la lógica cooperación-conflicto entre los Estados. La fragmentación de las relaciones internacionales abrevaría, en primera instancia, de la pérdida de centro que caracteriza hoy el alto dinamismo de la política exterior; es decir, la política entre naciones, no encuentra ni sentido ni salidas claras para sus nuevas tentaciones. ¿Qué pasa entonces, con los cambios de la escena internacional? Según Nye – politólogo, asesor de Clinton, y al lado de S. P. Huntington, es uno de los grandes analistas de la política exterior norteamericana-, los cambios de las dinámicas de la guerra son también los motores que han impulsado en parte las mutaciones del poder americano. Por lo menos, a esta conclusión llega en su libro The Paradox of American Power. Para comprender dichas paradojas, nos dice el autor, es necesario detenerse un instante sobre el contexto en el cual han florecido.
En primer lugar, en vez de preguntarnos por las consecuencias de las nuevas dinámicas de la guerra -más o menos claras para el observador medio-, es oportuno rastrear sus orígenes. Sin embargo, el problema con la guerra es que también presupone la falta de un origen. En el mejor de los casos se presenta incierto, pero esto es lo que precisamente le permite expresar su característica cíclica. Entre más irregular e inciertos sean sus orígenes, más necesidad de regreso a ella se tendrá.
En segundo lugar, observamos una mutación importante de la vieja figura del soldado: persigue a un enemigo inexistente, corrosivo y que la estrategia convencional de defensa-ataque no puede cancelar en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. En la actualidad, el conflicto es con un inimicus o «aquel que nos odia» en privado y no precisamente con un hostis o «aquel que nos combate» en público. Por tal motivo, el espacio público de la guerra está determinado por un terrible carácter de querella entre privados, aunque sus costos obviamente serán políticos.
Una segunda dimensión contextual que nos ofrece el autor está caracterizada por el crecimiento de la revolución tecnológica en la industria militar. En especial, en los rubros de investigación y especialización de los materiales bélicos. Al respecto, es importante recordar que la política de Bush padre, Clinton y Bush Jr., expresan una fortísima línea de continuidad. Es innegable el privilegio estadounidense al quedar como única gran potencia frente a su contraparte soviética. Su soledad, nos explica Nye, se ha revelado como una de las paradojas de su poder. Por tal, la idea de un equilibrio entre naciones al nivel internacional resulta falsa, puesto que el llamado «balance de poder» está inclinado sobre la hegemonía estadounidense.
En modo conjunto con lo anterior, debemos observar los problemas de política interna de los Estados Unidos. Entre los cuales cabe recordar el precario control de las armas -a la cabeza de la lista-, pero también el consumo de drogas, el desempleo y la seguridad social, así como el tema del aborto -fundamental para la gestión interna del gobierno Bush, y que fue el tema principal de política interna a escasos dos meses de los atentados del 11 de septiembre.
Para Nye, las tres principales fuentes del poder americano son el militar, el económico, y el soft power, o poder cultural. Tradicionalmente, existía la creencia de que a nivel internacional la guerra era la última carta a jugar y mediante la cual una nación podía expresar su capacidad de poder y conquista. Hoy, los fundamentos y las creencias sobre dicha posibilidad han claudicado -según la argumentación del autor. Nos encontramos en una situación donde ya no es suficiente la amenaza permanente de la fuerza militar o del deseo de conquista. Para los Estados Unidos, los elementos más importantes que «miden» el éxito o fracaso de su poderío están dados por la particular relación que tenga con la cuestión de los nacionalismos (por ejemplo, Bosnia, Sarajevo, Rusia, Oriente Medio), y por los cambios societales (sobre todo con relación con la pregunta, ¿cómo justificar moralmente una guerra?) en su interior frente a las prioridades de su política exterior. Sobre este tópico, Nye dice que «la ausencia de una ética guerrera en las democracias maduras significa que el uso de la fuerza requiere una elaborada justificación moral para asegurar el apoyo popular».
Al mismo tiempo, de las tres fuentes de poder norteamericano apenas citadas, es necesario hacer una diferenciación. Tanto el poder militar como el económico, parten del hecho de ser considerados como poderes «duros», al grado de permitir el cambio de la posición de los otros, sea imponiendo la fuerza o la sanción económica. En cambio, el soft power, en tanto
«formas indirectas de ejercer el poder», refiere a la posibilidad de imponer en modo sutil un modelo de desarrollo determinado. Por ejemplo, patrones de consumo (música, internet, moda), creación de preferencias, expectativas culturales (tales como el hecho de que Estados Unidos es el país de mayor atracción de estudiantes extranjeros en el mundo, seguido de Inglaterra y Australia). La peculiaridad de este tipo de poder, radica en «que muchos de los recursos del soft power son ajenos al gobierno estadounidense, que sólo en parte es responsable de sus propósitos».
Con estos elementos, Nye sostiene que la multipolaridad que pretende caracterizar el mundo de hoy, deberá resolver -ante todo- el problema derivado de la necesidad de un gobierno internacional. Sin embargo, la estabilidad internacional, continúa, sólo podrá producirse en «periodos de desigualdad del poder». De aquí que las nuevas prioridades del gobierno estadounidense miren atentamente el proceso de integración de Europa, y la gran atracción que aún ejerce al menos al nivel cultural. Por otra parte, está la paradoja rusa, militar y científicamente avanzada, y con una gran concentración de recursos naturales (sobre todo gas y petróleo). Los otros países rivales para Estados Unidos son Japón (donde están mezclados un alto poder económico con un poder militar latente), China (poder militar y económico) e India (poder militar).
El papel central que juega la información en la capacidad de ejercer el poder norteamericano vinculará, por una parte, la manipulación extrema de las fuentes tradicionales de energía, y, por otra, la creciente necesidad de encontrar fuentes alternativas de la misma. Más aún debido a que la información sigue supeditada a la energía eléctrica, y porque además la economía de la información camina más deprisa que la política y la autoridad. La pérdida de los controles sobre la información que recibe la sociedad (internet, televisión, y en menor medida, prensa escrita), ha obligado a tomar en consideración variables que resultan fundamentales: la emergencia del concepto de transparencia relacionado con la aparición de actores no convencionales en la arena internacional (ong, cortes internacionales, observatorios geopolíticos), que imprimen un ritmo distinto a los recursos, fuentes y paradojas del poder estadounidense. He aquí, que la información resulta ser el principal insumo de un juego a partida doble: o hablamos de un conjunto de «tecnologías de la libertad», o de un «nuevo feudalismo electrónico».
Las evidencias de este nuevo papel asignado a la información son claras. El incremento de la teatralidad de la política local que busca antes que nada a la audiencia global (ezln dixit), organizando con esto un fenómeno inédito de fragmegration: «fragmentación-integración». Es decir, la puesta en marcha de movimientos de afirmación de lo propio y particular, incluso, en el interior de la sociedad estadounidense, sugiere afirmar que «la cultura local y la política local también son un límite significativo en el modo de extender el poder estadounidense a nivel global».
Los efectos de la globalización sobre Estados Unidos, son detectables, en primer lugar, por la centralización del desprecio hacia determinados patrones culturales, cuyo punto máximo es el sentimiento antiestadounidense, o «el Gran Satán» para las fundamentalistas islámicos. En segundo lugar, las nuevas dimensiones del militarismo global están expresadas con el desafío del terrorismo, y con el llamado intervento humanitario -que a su vez, está correlacionado con lo dicho precedentemente sobre el nacionalismo.
Ahora bien, la respuesta norteamericana a estos desafíos deberá pasar por la reestructuración del soft power, la división cultural de la sociedad y por las respuestas que el gobierno estadounidense ofrecerá a la caída de la cualidad de su poder cultural. Por ello mismo, Nye sugiere que la paradoja principal, después de todo, radica en que Estados Unidos es militar y económicamente fuerte, pero social y culturalmente está cansado. La salida a la paradoja pasa por el regreso a la guerra, ya que el 11 de septiembre se ha presentado como una catapulta para hacer surgir de nuevo el perdido espíritu estadounidense de comunidad en un país que no tiene memoria de guerra. También, esa fecha vio nacer, punto que olvida Nye, un nuevo tiempo histórico. En uno de los mejores trabajos escritos sobre el paso de la edad media a la era moderna en Occidente, W. Ullman suponía que la creación de lo político y del concepto de ciudadano, distinto e incluso hostil al elemento cristiano, anunciaba el final del medievo en Occidente. El actual regreso a la cultura de la guerra anunciaría, entonces, el final de la categoría de lo político y de ciudadano, al mismo tiempo, revelaría el nacimiento de un otro tiempo donde la religión (bajo la explosiva forma de la cruzada) recuperaría parte del terreno perdido.
Texto publicado en Galaxia Gutemberg, suplemento bibliográfico de la revista Este País, núm. 146, mayo, 2003, pp. 14-15.