El informe. Trabajo intelectual y tristeza burocrática (Anagrama, 2024) de Remedios Zafra es un ensayo crítico sobre la creciente despersonalización en las relaciones sociales dentro de la universidad a causa de la innegociable exigencia de eficiencia en sus prácticas. La autora ofrece un auténtico cuadro de época de la violencia burocrática anudada a la creciente cuantificación del trabajo inmaterial académico. Escrito en primera persona, el ensayo es un reclamo conciso a la desaparición de la dimensión afectiva y existencial de los sujetos frente a la máquina ciega del aparato burocrático. Las profesoras y los profesores son tratados como indicadores a partir de la métrica intelectual que, con un descarado eufemismo, es llamado factor de impacto. Vivimos en la tiranía de la homogeneidad y el número. De igual modo, esta situación aplica para los trabajadores de la cultura, de las artes plásticas a la música, del teatro al cine, del arte urbano y callejero a las nuevas expresiones culturales que no nacieron en el privilegio de la familia o la clase. Como lo anuncia su título, la melancolía del animal académico es un efecto de las presiones actuales sobre el sistema universitario, tanto políticas como del mercado, donde el control administrativo de los tiempos y los movimientos de las académicas y los académicos, junto a la dosificación de los pocos recursos para la investigación, dependen más de la unilateralidad administrativa en la toma de decisiones que de la importancia de la originalidad y creatividad en la investigación, y mucho menos del estrecho vínculo que existe entre la investigación y la formación de miles de jóvenes que año con año siguen abarrotando las universidades. Para Remedios Zafra, la tristeza no significa inmovilidad ni renuncia. En realidad, supone estar dentro de la universidad pero en contra de esta situación, porque la tristeza es el resultado de una violencia sistémica que la contiene a través del llenado infinito de formatos para cualquier cosa: para viajar a un congreso, para pedir apoyo a la publicación de una obra individual o colectiva, para pedir la sustitución de la computadora, que es el pretexto que llevó a Zafra a escribir el libro. La autora sugiere que este problema se traduce en un “ hacer vacío” que solo sirve precisamente para entregar informes y llenar formatos. Una vacuidad institucional que anula la consciencia del tiempo vivido, suspende la experiencia, y clausura el tiempo que no está dedicado a la actividad académica. En este sentido, los periodos de vacaciones son un pequeño consuelo, pues muchas veces se utilizan para “ponerse al día en el trabajo”, dejando para las próximas vacaciones el cuidado de sí. De hecho, la autora insiste mucho en cómo nos hemos apropiado del léxico de la tecnología para dar sentido a la vida personal, cuando uno se “desconecta” o se toma unos días de descanso para “recargarse”. Se puede decir que asistimos a una suerte de biopolitización del saber y de la transmisión en el que la intolerancia a la libertad de pensamiento y a la creación intelectual corresponde un incremento en la aceleración y colonización del tiempo por parte de las instituciones involucradas en el diseño y puesta en marcha de las políticas públicas sobre la ciencia y la investigación. Quienes trabajamos en el campo académico, sabemos que el cambio de los lineamientos de última hora en las convoctorias para financiar nuestras investigaciones, o la apertura de las convocatorias, responden al ritmo y al tiempo de la institución convocante, lo que exige que dejemos lo que estamos haciendo para atender el concurso. Lo anterior confirma que existe poco y nada de respeto por el trabajo intelectual. La autora señala algunos de los síntomas en los que esta tristeza se expresa: el problema de la pauperización salarial que sufren las y los colegas en los niveles más desprotegidos de la carrera académica, donde la incertidumbre por no saber si serán recontratados genera angustia neurótica, potencia la enfermedad psíquica y corpórea, el bajo salario que muchas y muchos perciben por una enorme cantidad de pequeñas actividades administrativas encubiertas como “actividad académica” y que además exige gratitud infinita hacia la institución, el fomento al modelo corporativo de universidad basado en la rentabilidad, la política institucional que premia la obediencia y el silencio, el individualismo exacerbado entre universidades, departamentos y entre colegas de una misma facultad, la expectralidad de las relaciones sociales entre colegas que se acentúa con el trabajo a distancia, la desvalorización de la curiosidad y el descubrimiento, etcétera. Para rematar, en la universidad, en los centros de investigación o en las comunidades culturales, el “éxito” está basado en la desconfianza total sobre sus hacedores. La autora afirma que la cancelación de la autocrítica dentro de la universidad está acompañada con la internalización de formas de autoalienación y autoexplotación. “Ante la presión de la desconfianza”, comenta, “y la sensación de que el teletrabajo siempre está en juego, muchos trabajadores se esmeran en demostrar que son más productivos que nadie, que ese pequeño regalo de la flexibilidad de espacios y tiempos no es solo una ganancia para ellos, sino también para quienes le contratan, y que ante el temor a perderla, sienten que deben devolver más de lo que les piden. Si el sistema en el que se inscriben nuestros trabajos busca la productividad, la inseguridad de que el teletrabajo esté en juego beneficia nuestra entrega, perjudica nuestros tiempos y lastra nuestra salud” (pp. 86-87). Quizá hoy debemos aceptar que la universidad y los espacios de creación cultural están colapsados, por lo que debemos aprender a vivir entre las ruinas de su caída. El ensayo de Remedios Zafra nos obsequia diversos niveles de inteligibilidad para dar fuerza a la voz de aquellas y aquellos que están en situaciones similares en distintas latitudes, pues este no es un problema individual. Nos recuerda que la escritura siempre es lo que salva en el campo intelectual y cultural frente a la catástrofe. Por ello, para la autora, es urgente “resituar los trabajos intelectuales y darles el valor social que merecen. Porque a todas luces el menosprecio a la cultura ha contribuido a su sobreexposición burocrática, a dejarla languidecer entre trámites y requerimientos que la apagan y neutralizan” (p. 192).
El pasado 16 de diciembre murió en París el pensador político Antonio Negri. Su pérdida es significativa para el campo de las Ciencias Humanas, ya que no solo perdemos a un exponente de primera línea de los sectores más originales y consistentes que ha dado la izquierda radical europea en los últimos cincuenta años, sino también perdemos a un polemista que realizó contribuciones fundamentales a las ideas políticas de nuestro tiempo.
Pensador en exilio, perseguido, ninguneado, vilipendiado con el mote de “cattivo maestro” que sus detractores utilizaban sin empacho, sobre todo en los círculos italianos más reactivos tanto de derecha como de izquierda para descalificarlo y negarle su “voz”, Negri tuvo una vida azarosa y nada fácil, pero sin duda este rasgo es lo que empujó a que su reflexión no estuviera comprometida con ninguna forma de poder. Al contrario, fue un autor comprometido con la tarea crítica de perforar toda expresión arbitraria del poder que se ejerce desde arriba. En este sentido, su probidad intelectual, contra todo pronóstico, no es regateable. Muestra de ello es el largo periplo que lo llevó a pasar cuatro años en prisión entre 1979 y 1983, motivado por una acusación jamás comprobada de pertenecer a las Brigadas Rojas, el grupo terrorista italiano de extrema izquierda que estuvo activo principalmente durante los años setenta, además de ser señalado como el autor intelectual del asesinato de Aldo Moro, líder de la Democracia Cristiana, en 1978. En 1983, luego de ser electo como diputado por el Partido Radical fue liberado, pero inmediatamente se le canceló la inmunidad parlamentaria en un intento de encarcelarlo de nuevo, por lo que Negri decidió huir a Francia, donde vivió 14 años bajo prácticamente un estatus de inmigrante ilegal. En 1997, en una decisión audaz y que refleja su coherencia intelectual y política, decide regresar a Italia. Una vez que pisa suelo italiano, es arrestado y llevado a prisión por siete años más, hasta 2004, para cumplir la condena de ser responsable, por sus escritos y publicaciones, de la violencia surgida durante el periodo de los “años de plomo”, que durante los años setenta había desarrollado una serie de luchas políticas y sociales muy intensas, encauzadas por ciclos de protestas, huelgas salvajes y violencia terrorista a lo largo de toda la península. Casado con sus causas políticas, muchas de ellas perdidas en el camino, nunca termino seducido por la fascinación del vértice o del imperativo que fantaseaba una y otra vez con la posibilidad de tener un ejército a su disposición para completar el círculo al que el liderazgo de los movimientos comunistas estaba llamado a encabezar, quizá por un motivo más delirante que razonable. Para él, la idea, el concepto, no podían ser escindidos del universo donde tenía lugar el teatro de la acción humana, y por ello está colocado en las antípodas del pensamiento que abreva del liberalismo democrático tan manido en nuestro tiempo. En efecto, las causas que dinamitaban su pensamiento estuvieron supeditadas al signo de la lucha contra las formas de explotación en el capitalismo tardío, donde produjo algunas de las mejores paginas para entender la mutación antropológica que el capitalismo experimentó a partir de los años setenta del siglo pasado, sobre todo en relación al trabajo vivo y, en general, a la posibilidad o no de pensar a la vida desde un punto de vista político. En este sentido, se puede leer en su obra que el mecanismo que produce el desarrollo contemporáneo del capitalismo para atragantarse, es el mismo que también puede permitir la recuperación de una forma de vida en perpetuo devenir que llamará multitud, logrando perforar la lógica del capital a través de la rebeldía, la desobediencia y la protesta cotidiana en los pliegues internos a ese sistema. La especificidad de la multitud es que no se despliega como pueblo, sino como forma de vida incompleta próxima a la figura del monstruo político; por lo tanto, nunca regresa al principio de la identificación política esencializada. Quizá esta sea una de las objeciones más relevantes que desarrollará a la cultura y la practica comunista contemporánea. Así, la inmanencia implícita a todo actuar humano será una de sus coordenadas esenciales en su despliegue teórico y que, adelanta por mucho, por ejemplo, el debate acerca del posthumanismo que ha tenido lugar en las últimas décadas. Nos es privativo que en la obra de Negri las figuras de Spinoza o Maquiavelo, ambos pensadores de lo contingente, dialoguen continuamente con Marx, Hegel, Lenin, etcétera. Toni Negri, como llegó a firmar muchos de sus libros, fue un teórico político de gran solidez y de largo respiro, que supo desarrollar una lectura precisa de su tiempo de manera visionaria, acaso meramente intuitiva, pero que lo llevaron a la fama mundial en las tres últimas décadas de su existencia, sobre todo luego de la publicación de Imperio en el 2000, en coautoría con Michael Hardt. Este libro fue seminal en el debate sobre los efectos perversos de la globalización. Obra original, mezcla de hibridez conceptual y cierta aspereza expositiva, Imperio adviertía el ascenso del nuevo poder postsoberano, frente al que los propios Estados nación poco o nada podían hacer para reaccionar frente a él. Pero su trabajo más fino, donde es un pensador político en el más clásico de los términos, aun está por ser aquilatado. Una guía de lectura en este campo nos llevaría a revisitar su ensayo La anomalía salvaje. Ensayo sobre poder y potencia en Baruch Spinoza, o al que le dedica a Job. La fuerza del exclavo, así como sus ensayos autobiográficos sobre su primer arresto y fuga, El tren de Finlandia, y a sus memorias, compuestas en una amplia trilogía titulada Historia de un comunista. Luego están sus libros sobre Marx, no sobre marxismo, uno de los principales se llama Marx más allá de Marx: Nueve lecciones en torno a los Grundisse. Finalmente aparecen sus trabajos sobre biopolítica que siguen las huellas de Imperio: Multitud y Commonwealth: El proyecto de una revolución del común, también escritos en coautoría con Hardt. Sostener que con su partida solo perdemos a un pensador comunista es apresurado. En efecto, el comunismo siempre fue una suerte de fantasma que lo siguió toda su vida intelectual, pero su legado va más allá de los márgenes de un pensamiento en torno al comunismo. Su contribución al debate sobre la biopolítica, pensada abiertamente como una ontología política de la vida, es importante desde el punto de vista académico y también militante. Quizá es el autor que abrió una ventana de pensamiento sobre lo político que en las últimas décadas se ha identificado como italian theory, en la que destacan, entre otros, Roberto Esposito o Giorgio Agamben. Este último escribió después del fallecimiento de Negri que su ausencia no sólo es una pérdida personal, ya que involucra además “a todo nuestro país y a su historia, cada vez más falsa, cada vez más olvidada, como demuestran los odiosos obituarios, que sólo recuerdan al mal maestro y no al mal y atroz país en el que le tocó vivir y que intentó, quizá equivocadamente, mejorar”.
Esta obra es el resultado de un esfuerzo colectivo que describe y explica los planos de originalidad cultural y académica desarrollados en América Latina en el último medio siglo con relación a los fenómenos de la democracia, el cambio político, la vida pública y las formas históricas bajo las que se han desarrollado las dinámicas del poder en la región. En sus páginas, el lector encontrará un conjunto de reflexiones escritas por destacadas/os investigadoras/es sobre las principales figuras intelectuales que formaron las cartografías a través de las cuales navegamos en el campo de la teoría política latinoamericana.
Israel Covarrubias (coord.), La teoría política en América Latina. Un mapa de navegación a través de sus cartógrafos, Ciudad de México, UAQ-Tirant lo Blanch, 2022, 388 pp.
En México, existen varios factores en el mundo académico para entender que la crítica bibliográfica sea considerada un plato de segunda o una actividad para principiantes. Para la mayor parte de los académicos en nuestro país, la reseña de libros y, en general, la crítica bibliográfica, han sido consideradas como un plato de segunda o un ejercicio para principiantes. Esto no sucede en el caso de los escritores e intelectuales, tanto de México como de otras latitudes, que hacen de la crítica tanto de libros como de autores, una de sus actividades y quizá pasiones más consistentes y polémicas. Piénsese, por ejemplo, en el caso de George Steiner (1929-2020), profesor de las universidades de Cambridge y Oxford, quién fue uno de los críticos literarios más reconocidos y brillantes de Europa desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días, y quien además nos enseñó que la crítica bibliográfica es una forma clásica donde la glosa, una combinación de arte y técnica, es un instrumento esencial de comunicación académica y transmisión cultural.[1]
En primer lugar, porque nuestro mundo académico es una auténtica fiesta de las vanidades, donde el hambre de reconocimiento se confunde con el narcisismo, y termina consolidando el pequeño imperio egocrático que se alimenta del rechazo y la invisibilización de los otros. En este mundo habitado por fantasías ingobernables, no hay lugar para obsequiar comentarios a la obra de los otros, y menos si éstos no citan el trabajo del narcisista, que juzga como “indispensable”. La máxima “elogio en boca propia es vituperio” es oportuna en este caso.
En segundo lugar, es un hecho histórico que la mayor parte de las revistas mexicanas llamadas científicas, por lo menos en el campo de las ciencias sociales y humanidades, no cuentan con una política editorial clara respecto a las secciones bibliográficas. En el mejor de los casos, son secciones de “relleno”: se publican las reseñas que llegan de vez en cuando al correo o a la redacción de la revista, pero no se parte de la idea de trazar una línea editorial precisa de qué autores, con qué temas, de cuáles editoriales y en qué lenguas se podrían recibir o pedir reseñar de libros recientes en los campos de dominio intelectual y académico que la revista pretende cubrir con su presencia en el mercado académico. Además, contraria a la convicción kantiana de que la crítica es el epicentro de la ciencia en la modernidad, las publicaciones periódicas de nuestro país evitan meterse o comprar “gratuitamente” problemas con los autores reseñados, al no fomentar la actividad crítica sobre la obra puesta bajo consideración, sobre todo cuando aquellos son “autoridad” —esta es un efecto indirecto de la egocracia— en los mismos campos en los cuales la publicación desarrolla sus propósitos.
En tercer lugar, tengo la impresión que la cuestión también está relacionada con las estructuras de incentivos económicos que priman en las universidades, las cuales no premian el escrito “breve” que sale de una crítica bibliográfica. En pocas palabras, no contabiliza en el puntaje para lograr los estímulos económicos que están en juego. Ni siquiera el Sistema Nacional de Investigadores del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología tiene una política clara respecto a este género. Desde hace varios lustros, este órgano estatal divide las reseñas en informativas y críticas, tomando en consideración únicamente las del segundo tipo. A pesar de que se le toma en cuenta, termina siempre recluida como parte de los “productos” secundarios en evaluación, al tiempo que se le deja a la consideración de la comisión dictaminadora respectiva juzgar el estatuto de la crítica bibliográfica con relación al grado de desarrollo de las áreas de investigación de los y las postulantes. Esto se vuelve más relevante para el discurso que quiero puntualizar, si observamos que muchos de esos miembros evaluadores nunca han escrito reseñas, o solo lo han hecho en contadas ocasiones. En este sentido, pensemos que una reseña cruzada donde se problematiza el régimen de discursividad cognitivo de varios libros puede ser un auténtico artículo académico, ya que aporta nuevo conocimiento en una materia específica. Es decir, podría ser tomada en consideración para una evaluación como un artículo de investigación, pues el resultado es un efecto de la competencia y la profundización que el/la investigador/a tiene sobre los temas que tratan los libros.
Sin duda, la crítica bibliográfica es un punto de convergencia que cobra hoy una relevancia creciente en el terreno de la comunicación científica. Más aún, si pensamos que la comunicación científica tiene que ver directamente con la obtención de un campo de visibilización y reconocimiento del quehacer de un científico o investigador frente a sus pares. Aunque también está involucrada la dinámica de la transmisión inherente a la actividad de formación de los recursos humanos, así como la respuesta profesional a las exigencias de evaluación nacional e internacional de los académicos.
En este sentido, cuando se habla de comunicación científica se parte del supuesto que todos los involucrados saben de qué trata el asunto, esto es, que todos saben qué tienen que hacer para lograr enganchar un resultado de investigación con sus canales de comunicación. Lo particular del asunto es que si esto es así, no tendríamos artículos rechazados en las revistas especializadas; tampoco libros no publicados por la falta de rigor; mucho menos un interés creciente desde el punto de vista universitario en la profesionalización de los canales de la comunicación de la ciencia.
Por ello, la crítica bibliografía es indispensable, ya que conecta a los autores con un determinado público, a las editoriales con sus potenciales consumidores; indica el grado de avance de una disciplina, de un dominio específico de saber; así como del grado de consistencia y originalidad de la ciencia local, tanto en el centro como en la periferia, frente a sus pares de otras latitudes. Desenmascara, o ese debería ser uno de sus objetivos, la mala literatura científica de la buena literatura, los refritos de los libros originales, sean de autor o colectivos; las obras ambiciosas de las obras modestas; los recambios y las continuidades generacionales, donde una buena reseña (que no necesariamente es complaciente con los contenidos bajo escrutinio) puede indicar el reconocimiento de las lecturas realizadas por los “nuevos académicos”; o la reticencia a su aceptación a causa de esos pequeños autoritarismos que aún definen las instituciones universitarias y los centros de investigación, que a su vez los editores de las revistas de esas instituciones terminan reproduciendo. Es una actividad vital que debe ser reivindicada dentro del conjunto de las actividades académicas y de investigación en las instituciones de educación superior, tanto públicos como privados.
La comunicación científica tiene variadas formas de expresión. Con frecuencia es el resultado de la combinación de actividades de difusión y divulgación. Este conjunto va de los congresos, coloquios y seminarios a las ferias científicas, donde también debemos incluir las ferias del libro que se han vuelto auténticos espacios de comunicación científica para los académicos; así como los programas de televisión y radio, las presentaciones de libros, las conferencias para públicos no especializados y en muchos casos excluidos de los beneficios sociales de la ciencia, hasta llegar a las publicaciones impresas y electrónicas, medio por excelencia de este tipo de comunicación.
En este campo, tenemos dos tipos predominantes de comunicación científica. El primero está representado por las revistas especializadas, arbitradas y/o indexadas. Tienen una periodicidad semestral, cuatrimestral o trimestral, y sus contenidos son dictaminados en general por el método doble ciego. Con la excepción precisamente de las reseñas, que en el mejor de los casos son evaluadas por el consejo editorial o la dirección en turno de la revista, pero sin una estructura o maqueta de evaluación similar como la que utilizan los dictaminadores para el caso de los artículos. El segundo está organizado alrededor de las publicaciones para el “gran público”: los periódicos, los suplementos semanales, quincenales o mensuales de literatura y cultura, las revistas llamadas por una convención tipológica como culturales, tanto impresos como digitales.[2]
Aunado a ello, otro problema es que nuestro país carece de una revista dedicada a la crítica de libros, como son los casos del The New York Review of Books, o su filial inglesa, que luego se separó de la empresa norteamericana, London Review of Books. Probablemente el suplemento Hoja por Hoja (1997-2008), dirigido por Tomás Granados, hoy director de la estupenda editorial Grano de Sal, y que se encartaba en siete periódicos del país, fue el esfuerzo más importante en los años recientes de un espacio dedicado íntegramente al libro y su cultura.[3] Pero en general, la crítica bibliográfica se parapeta en los pocos espacios que tienen los suplementos culturales de los periódicos, aunque el interés primordial es por la reseña de narrativa, poesía o ensayo cultural y literario, no por el texto académico.[4]
Desde hace algunos años dirijo un seminario doctoral sobre comunicación científica, donde reviso con los/as estudiantes, entre otras cosas, la relevancia y el estatuto de la crítica bibliográfica como actividad necesaria de la comunicación científica. En particular, discutimos el rol de la lectura previo a la construcción del lugar del autor, ya que la lectura determina el nacimiento del autor. Esto es significativo para un/a joven estudiante doctoral que está construyendo sus primeros textos académicos, y no conoce, por ejemplo, la importancia de la lectura, la crítica bibliográfica y el fenómeno de la escritura para la construcción de los estados del conocimiento en las áreas específicas donde coloca sus intereses dentro de su disciplina.[5] De hecho, uno de los requisitos que pido a las/os estudiantes para aprobar el seminario es la entrega de una reseña que problematice una obra de reciente publicación vinculada con el tema que desarrollan en sus respectivas tesis doctorales.
La idea de esta compilación es la de ofrecerle al lector un libro de difusión, breve y accesible, que sea una herramienta de apoyo para la docencia y para formación de recursos. Está pensado principalmente para estudiantes de grado y posgrado en las áreas de las ciencias sociales y las humanidades, a quienes les quisiera compartir ciertas maneras de abordaje sobre un libro o un autor. Por ello, reúno aquí un conjunto de reseñas, informativas y críticas, que he publicado entre 2001 y 2021 precisamente tanto en suplementos culturales semanales, así como en revistas culturales y especializadas. Es una enciclopedia portátil de teoría política, ya que a pesar de que muchas de las reseñas son de libros y autores no “originarios” de esa área de trabajo, lo que sí pertenece definitivamente al campo de la teoría política es la manera de leer las obras en revisión.
Este breve itinerario bibliográfico también significa poner a consideración de los lectores una suerte de playlist de los autores y temas sobre los cuales un académico va y viene en su trayectoria profesional. Esto significa no ocultar las filiaciones ni las obsesiones intelectuales que animan nuestra tarea.
[1]Vid. por ejemplo, George Steiner en The New Yorker, Ciudad de México, Siruela-FCE, 2009.
[2]Cf. Lauro Zavala, De la investigación al libro. Estudios y crónicas de bibliofilia, Ciudad de México, UNAM, 2007, pp. 55-81.
[4]Cf. Xavier Rodríguez Ledesma, “Follaje de tinta: revistas y suplementos culturales en México (1968-2000)”, Metapolítica, núms. 24-25, julio-octubre 2002.
[5] Sobre esta cuestión, sugiero el estupendo libro de Howard Becker, Manual de escritura para científicos sociales. Cómo empezar y terminar una tesis, un libro o un artículo, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2011; o el ensayo del premio nobel de medicina, Peter. B. Medawar, Consejos a un joven científico, Barcelona, Crítica, 2011.
Milan Kundera (1929) es considerado uno de los más grandes narradores de la segunda mitad del siglo XX. Su legado es inigualable y necesario para la comprensión de nuestro tiempo. Por ejemplo, para Carlos Fuentes, la obra de Kundera es un
“aliento tibio de la nostalgia, resplandor tormentoso de la esperanza: el ojo helado de ambos movimientos, el que nos conduce a reconquistar el pasado armonioso del origen y el que nos promete la perfecta beatitud en el porvenir, se confunden en uno solo, el movimiento de la historia. Únicamente la acción histórica sabría ofrecernos, simultáneamente, la nostalgia de lo que fuimos y la esperanza de lo que seremos. Lo malo, nos dice Kundera, es que entre estos dos movimientos en trance idílico de volverse uno la historia nos impide, simplemente, ser nosotros mismos en el presente” (Fuentes, 2018: 77-78).
Lo que me interesa trabajar en este breve artículo son algunas reflexiones a partir de La insoportable levedad del ser (2020), la quinta novela del escritor. Publicada originalmente en 1984, la novela está ambientada en la mitteleuropa, preponderantemente en la ciudad de Praga, entonces Checoslovaquia, hoy República Checa, no obstante que se tengan excursiones importantes en ciudades como Zúrich y Ginebra en Suiza, o alusiones más tangenciales que precisas en París. Es una historia de cuatro personajes principales, Tomas, Teresa, Sabina y Franz, y una serie de personajes minúsculos que nos hacen recordar los destellos que ya no pueden ser capturados y modelados por los personajes centrales.
La historia es una trama llena de encuentros y desencuentros. De amoríos fugaces y necesarios, así como de apasionamientos y revelaciones corpóreas. Más que ser una historia de luces y sombras, es una que se coloca en un conjunto preciso de opacas transparencias. Develamiento a medias y explosiones sentimentales repentinas. Tomas, médico cirujano, hace del deseo un bastión de todas sus amalgamas existenciales, pero también de sus posiciones políticas. Su relación con Teresa estuvo siempre en estado de latencia, ya que bastaron una serie de hechos fortuitos para que deviniera una forma compartida de vida en medio de la angustia que suponía el comienzo del desmoronamiento de los regímenes comunistas de Europa del Este. “Teresa”, dice Kundera, “la mujer nacida de seis ridículas casualidades” (p. 251). A pesar del sentido irreversible que muestra este encuentro, siempre casual no obstante su forma repetitiva de sucederse, su historia amorosa está cruzada de un modo un tanto intempestivo por la figura de Sabina, esa pintora que muchos recordarán en la versión fílmica de Philip Kaufman, en 1987, bajo la atractiva figura de la actriz de origen sueco, Lena Olin, que terminó por hacer de Sabina un personaje entrañable de la literatura y el cine contemporáneos. Sin duda, un recuerdo auténticamente generacional para los jóvenes de los últimos años ochenta y primeros noventa del siglo pasado. En La insoportable levedad del ser, Kundera afirma que el poder totalitario es una paradójica ironía. El totalitario está convencido que produce orden al ejercer el poder extremo, pero su resultado es siempre contrario: anarquiza a la sociedad. Con ello, acaso pareciera imperceptible, pero Kundera introduce una enorme interrogación acerca de la indeterminación del poder. Su novela nos empuja a la pregunta acerca de cómo y por qué el poder altera, cómo y por qué persigue, cómo desplaza y cómo hace trizas el significado profundo de la vida. En este sentido, el escritor checo obsequia a sus lectores un agudo conocimiento sobre la naturaleza humana, particularmente en una estrategia agilizada por la yuxtaposición de diversos planos narrativos, incluido el yo del escritor, al punto de sugerir, en la última parte de obra, que “Una novela no es una confesión del autor, sino una investigación sobre lo que es la vida humana dentro de la trampa en que se ha convertido el mundo” (p. 232). En la novela, el lector termina por hacer suya la constatación de que el totalitarismo es el más extremo de los poderes conocidos en las formas contemporáneas de organización de la política. En tanto forma política y existencial, produjo un desorden de tal magnitud que las perversiones que tienen lugar en su interior son la corroboración de aquella idea, hoy clásica, de que mientras los hombres tengan el deseo de conquista siempre buscarán, y sobre todo encontrarán en su camino, a una persona a quien intentarán someter de modo atroz. ¿Cómo podemos escapar de la carga de ese poder omnímodo? Dicho de otro modo, ¿es posible lograr su disolución? Preguntas que constatan la enorme fuerza y actualidad de una obra escrita en los primeros años ochenta del siglo pasado, en un momento donde no había seguridad sobre el destino final del totalitarismo de la ex Unión Soviética y de Europa del Este. Más aún, porque es una lección intelectual precisa sobre los riesgos que representa el poder en su forma ilimitada, lo que nos obliga a pensar en nuestra condición presente, llena de pequeños totalitarismos cotidianos, como pasa con la dinámica del espionaje a través de los dispositivos inteligentes en países como China, Rusia o Estados Unidos. Por ello, es destacable el motivo de la “levedad” en su obra, que termina siendo representados por las figuras de la debilidad y la humillación, igualmente motivos literarios muy importantes en toda la novela. De hecho, la insistencia sobre estas dos figuras que corren a todo lo largo de la obra, van y vienen, hacen las veces de mecanismo de destitución del rasgo absoluto al poder totalitario, en una suerte de activación de una potencialidad destituyente. En efecto, es una potencia por completo reveladora y, al mismo tiempo, revolucionaria, en la medida en que introduce una potencialidad para que tenga lugar la quiebra del carácter paradigmático del poder totalitario. En este sentido, resulta significativo que al comienzo de la novela aparezca el que probablemente sea el leitmotiv de toda la obra. Es una inflexión que pone en el centro del juego narrativo la rivalidad mimética entre peso y levedad, entre la densidad y la ligereza, y cobra vida bajo la forma de la máxima alemana einmal ist keinmal: “Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca” (p. 14). Por ello, Teresa aparece “en seis ridículas casualidades”, no en una sola ocasión. Dice Kundera: “Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviese en absoluto” (p. 14). Este es el auténtico motor de la levedad, por ello se despliega a todo lo largo de la novela, tomando distancia de él, escondiéndose, pero regresando siempre. En este sentido, no es fortuita que en el íncipit de la novela se aluda a la idea del eterno retorno de Nietzsche. Mejor el regreso a la regla de la previsibilidad. Así, las vidas de Teresa y Tomás son sus expresiones más acabadas: sus vidas están estrechamente unidas, separadas, siempre regresan, comparten aflicciones y cuerpos, como sucede con Tomás, quien nunca deja a sus amantes. Corroboran la necesidad de desviarse del anhelo de unicidad, por la constatación de ese lapidario einmal ist keinmal, aunque Teresa, al igual que Tomás, morirá “bajo el signo del peso” a diferencia de Sabina (p. 285). Lo interesante para quien estudie las experiencias históricas del poder totalitario es no perder de vista esta cuestión. Es decir, para el fenómeno del totalitarismo, la institución de su fuerza en la historia lo es todo, porque parte del punto de vista de “lo que ocurre sólo una vez”. A un solo tiempo inauguración y clausura. Su empresa es precisamente congelar este motivo de una vez para siempre, sin voltear atrás, más bien dándole la espalda por completo a la función histórica que exigen los sistemas de necesidades en el seno de las sociedades contemporáneas. De aquí, pues, que Kundera sea claro cuando sugiere que “La profunda perversión moral que va a unir a un mundo basado esencialmente en la inexistencia del retorno [como lo es el poder totalitario], porque en ese mundo todo está perdonado de antemano y, por tanto, todo cínicamente permitido” (p. 10). Esta es la esencia del poder totalitario. De hecho, para Kundera es el rasgo definitorio de lo que señala como kitsch totalitario:
“el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable […] allí donde un solo movimiento político tiene todo el poder, nos encontramos de frente en el imperio del kitsch totalitario” (pp. 260, 263).
Y remata:
“Cuando digo totalitario quiero decir que todo lo que perturba al kitsch queda excluido de la vida: cualquier manifestación de individualismo (porque toda diferenciación es un escupitajo a la cara de la sonriente fraternidad), cualquier duda (porque el que empieza dudando de pequeñeces termina dudando de la vida como tal), la ironía (porque en el reino de kitsch hay que tomárselo todo en serio) y hasta la madre que abandona a su familia o el hombre que prefiere a los hombres y no a las mujeres y pone así en peligro la consigna sagrada ‘amaos y multiplicaos’” (p. 264).
Al respecto, en La insoportable levedad del ser leemos que “La desnudez era para Teresa, desde su infancia, el signo de la uniformidad obligatoria del campo de concentración; el signo de la humillación” (p. 63). Esto viene a colación ya que los países comunistas tuvieron poco de revolucionarios al momento de desplegar en el tiempo presente sus formas de ser y hacer. De hecho, “Los países comunistas son terriblemente puritanos” (p. 75). En sociedades puritanas, ergo, todo está cínicamente permitido. Es decir, todo está reglamentado, todo está prohibido, pero todo está permitido. Estos cabotajes que aparecen por aquí y por allá en la novela, son relevantes para pensar la indeterminación del poder. Precisamente hablar de levedad es subrayar el carácter indeterminado del poder. Otro tema importante de la novela es la necesidad, un tema en extremo maquiavélico, porque tiene que ver con la contingencia, con la ocasión, expresada en la “casualidad”. La historia es eso. La insoportable levedad del ser está regida por “los pájaros de la casualidad” (p. 84), pues ellos hicieron que Tomas se encontrara con Sabina, con Teresa, etcétera. La casualidad hizo que Tomas y Teresa cayeran a un barranco, cerrando de modo absurdo su historia. Es una conjunción interminable de puntos fortuitos. La cuestión de la ocasión es lo que los griegos llamaban kairós. El momento oportuno, es decir, donde se toma una decisión, y ahí cambia la historia (Marramao, 2008). Este es lo que anima a la Primavera de Praga, que es el escenario de la novela, y la invasión de la Unión Soviética a la República Checa. Decisiones que cambiaron la historia; y no solo la historia de estas dos sociedades, sino básicamente la historia europea a partir del 68, que culmina veinte años después con la caída del Muro de Berlín. Veamos cómo Kundera despliega su concepción acerca de la indeterminación del poder:
“La evaluación y el examen de los ciudadanos es una actividad permanente, la principal de las actividades sociales en países comunistas” (p. 102). Más adelante remata: “[…] los de la social cumplen varias funciones. La primera, es la clásica, oyen lo que la gente dice e informan de ello a sus superiores. La segunda función es la de la intimidar, nos hacen ver que nos tienen en su poder y pretenden que tengamos miedo. La tercera función consiste en organizar montajes que puedan comprometernos” (p. 171).
Cualquier semejanza con la realidad actual es mera coincidencia. Como se anuncia, el tema que subyace en esta triple forma sistemática de acoso, es el de la paranoia. Y esto es importante, ya que es un problema que está de regreso en la política actual, con el populismo, con las teorías del complot, y en la fascinación por la lógica delirante de la persecución (Forti y Revelli, 2007). Este motivo es constante en la novela, lo repite más adelante. Veamos:
“A los que creen que los regímenes comunistas de Europa central son exclusivamente producto de seres criminales, se les escapa una cuestión esencial: los que crearon estos regímenes criminales no fueron los criminales, sino los entusiastas convencidos de que habían descubierto el único camino que conduce al Paraíso. Lo defendieron valerosamente y para ello ejecutaron a mucha gente, más tarde se llegó a la conclusión generalizada de que no existía Paraíso alguno, de modo que los entusiastas resultaron ser asesinos” (p. 184).
Esto es exactamente lo mismo que nos advierte al inicio de la obra, cuando sentencia que “la profunda perversión moral [siempre] va unida a un mundo basado esencialmente en la inexistencia del retorno”. Dicho en otras palabras, si no hay retorno sí hay una consolación de un Paraíso que vamos a alcanzar; para qué queremos regresar sobre nuestros pasos, para qué queremos la ocasión o la contingencia, si hay un punto previsible a donde vamos a llegar, ya que en ese mundo modelado todo está perdonado de antemano y, por lo tanto, “cínicamente permitido”. Aquellos que votaron al comunismo, aquellos que lo promovieron, son, dice el escritor checo, sus principales verdugos. Observar este mecanismo perverso de lo político es aquello por lo que Tomás termina proscrito, vilipendiado y es obligado a dejar su profesión, la de médico cirujano, para terminar como mozo limpia ventanas. Él defiende con fuerza su libertad, grita silenciosamente “ustedes se equivocaron”, “ustedes no pueden permanecer ciegos a los crímenes que está generando el comunismo en nuestras sociedades”. Además de la indeterminación del poder y de la crítica al totalitarismo, hay otro punto que podríamos subrayar y es el papel que ha jugado la disidencia cultural en la Europa del Este en la historia europea de la segunda mitad del siglo XX. Los padecimientos que sufrieron, y sobre todo la persecución que vivieron, en primera instancia, por Stalin y luego por aquellos que lo suceden después de su muerte a inicios de los años cincuenta. Por su parte, estamos frente a una novela cifrada. Este es un elemento importante de su estructura. Está cifrada en un continuo juego de gestos que son muy sutiles, que hacen perder al lector en un constante disparar de flashes sobre el erotismo. Para mí, esto es un distractor bien armado. Sin embargo, señalan con mucha elegancia la terrible realidad de los regímenes totalitarios. ¿Cuáles son estos gestos cifrados? El papel, por ejemplo, que juega en el caso de Sabina el sombrero de su papá, que lo carga a todos lados, y que le dedica un significativo espacio cuando está con Tomás o cuando está con Franz en Ginebra… Una historia para un objeto (sombrero): de dónde viene, el rol que juega como objeto heredado de su padre, etcétera. Incluso es un retorno al “einmal ist keinmal”, hay que evitar que “Una vez nunca es”. Por ello, dice Kundera, “un mismo objeto evoca cada vez un significado distinto, un río semántico totalmente distinto”. Una cosa es el sombrero en Praga, otra el sombrero en Ginebra, y otra en París… Es una auténtica historia cifrada la que está contenida en ese objeto. Pasa lo mismo con el espejo, testigo mudo y sonriente de los atisbos más secretos de esas existencias atribuladas. Un objeto que “insoportablemente” nos lleva al tema de la burla y la ironía como forma de crítica al poder. Al respecto, dice Kundera que:
Lo cómico quedó oculto tras lo excitante; el sombrero hongo no representaba una broma sino violencia, una violencia respecto a Sabina, a su dignidad femenina, se veía con las piernas desnudas, con las bragas de tela fina a través de la cual se transparentaba el pubis, la ropa interior resaltaba sus encantos femeninos, y el duro sombrero masculino negaba, violaba, ridiculizaba aquella femineidad. Tomás estaba a su lado vestido, de lo cual se desprendía que la esencia de lo que veían los dos, no era la broma (en ese caso él también debería haber estado en ropa interior y sombrero de hongo), sino la humillación. Ella, en lugar de rechazar la humillación, la ponía en evidencia orgullosa y provocativamente, como si permitiera que la violaran pública y voluntariamente, y de pronto ya no puedo más y arrastró a Tomás al suelo. El sombrero hongo rodó debajo de la mesa, mientras ellos se estremecían en la alfombra al pie del espejo (pp. 92-93).
La idea de que un sombrero puede ser un personaje, es decir, un personaje en una historia bien contada, nos empuja a descifrar la dimensión sarcástica intrínseca al objeto, que refiere, por los cortes y el desarrollo de la novela, al enfado o a la indignación, que en este caso se despliega a través de los usos que le da Sabina a ese objeto, mudo, ridículo, y que no necesita un altavoz. Esto es importantísimo, porque supone discutir la manera en cómo la comicidad puede torcer al poder a través de la política de la palabra, más que de un pasaje al acto. Todo en un universo cerrado y asfixiante como el totalitario, del que Carlos Fuentes ha dicho que
“El totalitarismo abre la risa, la incorporación del humor a la ley, la transformación de las víctimas en objetos de humor oficial, prescrito e inscrito en las vastas construcciones fantásticas que, como los paisajes carcelarios de Piranesi o los tribunales laberínticos de Kafka, pretenden controlar los destinos […] el poder se ha encargado de robarles la risa a los ciudadanos para obligarlos a reír legalmente” (Fuentes, 2018: 91, 94).
Si observamos en detalle La insoportable levedad del ser, a lo largo de sus páginas los objetos son personajes que van cobrando poco a poco visibilidad y relevancia. Por ejemplo, además el sombrero y el espejo, están los retretes, que aparecen por aquí y por allá, en los baños, en su descripción, en la exigencia de evacuación de las tripas. Esta dimensión escatológica es importante para la ridiculización de la obsesión totalitaria de querer conocer todo de sus ciudadanos, incluso saber qué tipo de retrete se tiene en su casa. El totalitarismo es un fenómeno histórico. Luego necesitará ser explicado teóricamente, pero siempre es necesario atender sus efectos perversos en el terreno histórico. Lo que Kundera presenta en su novela es subrayar el proceso de liberalización sentimental, corpórea y amorosa, que tuvo lugar en la generación que vivió durante los años sesenta la experiencia totalitaria. Más relevante es la herencia que produjo esa generación para las postreras. No olvidemos la cuestión de la declinación de la autoridad paterna, que en el movimiento estudiantil del 68 es clara, pero esto también podría ir más allá, incluso nos permitiría sostener que en la enorme parábola del totalitarismo lo que se derrumba es el respeto a la autoridad como forma representacional de la sociedad. “El comunismo”, dice Kundera, “no era más que otro padre”. Claude Lefort, el crítico por antonomasia del totalitarismo, dice claramente que la revolución democrática estalla “cuando cae la cabeza del cuerpo político, cuando, a la vez, la corporeidad de lo social se disuelve. Entonces se produce lo que osaría llamar una desincorporación de los individuos” (Lefort, 1983: 18). Esta desincorporación es la que está claramente expresada en la novela de Kundera, cuyos ecos son tiempo presente, porque hoy vivimos tiempos aciagos, donde el apetito del poder se ha potenciado gracias al surgimiento de las banderas del revanchismo y del deseo incontrolable de no “equivocarse”, de “redimir” a la sociedad, tan característico en muchos de aquellos que gobiernan las sociedades democráticas. Quizá tendríamos que recordar que el propio Lefort advertía que la sociedad democrática es “el teatro de una aventura ingobernable donde lo que es instituido jamás es establecido, lo conocido permanece minado por lo desconocido, el presente se revela innombrable y cubre tiempos sociales múltiples, diferenciados unos en relación con los otros en la simultaneidad -o bien nombrables sólo en la ficción del porvenir-; una aventura tal que la búsqueda de la identidad no se deshace de la experiencia de la división” (Lefort, 1983: 19).
Referencias Forti, S. y M. Revelli (eds.), (2007), Paranoia e politica, Turín, Bollati Boringhieri. Fuentes, C. (2018), “Milan Kundera: el idilio secreto”, en C. Fuentes, París, Praga, México, 1968, Ciudad de México, ERA-El Colegio Nacional-Universidad Autónoma de Sinaloa. Lefort, C. (1983), “La imagen del cuerpo y el totalitarismo”, Vuelta, vol. 7, núm. 76, marzo. Kundera, M. (2020), La insoportable levedad del ser, Ciudad de México, Tusquets. Marramao, G. (2008), Kairós. Apología del tiempo oportuno, Ciudad de México, Gedisa.
La biopolítica se ha vuelto una palabra clave en el léxico del pensamiento contemporáneo. Sin embargo, es relevante también en el lenguaje específico que utilizamos para referir la relación entre tecnología y vida, lugar donde encuentra su verdadera utilidad intelectual y cultural. “Biopolítica” une dos conceptos por sí mismos centrales en el pensamiento contemporáneo, el vocablo griego bios o bien la noción de una vida calificada a través de su declinación política, y lo político, la conjunción de los muchos en la ficción de un “cuerpo” colectivo denominado “vida en común”. Ahora bien, parece que en el campo de las ciencias sociales y de las humanidades es un lugar común la presuposición de que la biopolítica ha sido una moda intelectual, vinculada sobre todo con el pensamiento francés contemporáneo, con la denominada “French Theory”, y en especial con la figura del filósofo Michel Foucault (1926-1984). En realidad, él redimensiona el concepto en los años setenta el siglo pasado. No obstante, hay que decir que el concepto tiene alrededor de cien años, ya que fue utilizado por primera vez por el politólogo sueco Rudolf Kjellén en su obra Sistema de política de 1920. Para este personaje, la biopolítica era una palabra que pone en relación al Estado con la noción de vida, pero desde un punto de vista meramente organicista, que es un resabio de las teorías evolucionistas y organicistas del siglo XIX. Véase la obra Bios. Biopolítica y filosofía de Roberto Esposito para conocer más de la historia del concepto. Lo interesante es que el de biopolítica es un vocablo que aparece en un momento histórico donde también se está desarrollando el concepto de “genética”, de la mano de William Bateson, padre del pensador contemporáneo de los sistemas complejos, Gregory Bateson. Con la genética, pronto se comienza a hablar de eugenesia, como una derivación política y médica de la primera. En los años veinte y treinta cobra forma en las experiencias del nacional socialismo y luego del fascismo, donde el sueño de la pureza racial deviene una de las derivaciones biopolíticas más atroces de las cuales tenemos noticias en la historia contemporánea. Aparece la exigencia y la convicción de que es posible el mejoramiento técnico de los cuerpos. Incluso, para el filósofo Víctor Farías, un personaje como el depuesto presidente chileno, Salvador Allende, sucumbió a la fascinación de esta fuerza biopolítica. Me parece que es una intuición exitosa del filósofo francés la proposición del concepto en el debate que tenía lugar en la segunda mitad de los setenta. Como bien saben los lectores de Foucault, prácticamente la última década de su trabajo intelectual redunda el tema de la vida y la posibilidad o no de pensarla políticamente. Sobre ella reflexiona con mucho interés y precisión. Así pues, con su obra tenemos un replanteamiento que tiene ecos claros hasta nuestros días. Ofrezco solo tres razones. Primera, una razón intelectual que tiene su epicentro en el interés creciente que tenemos por los cuerpos en las concepciones post-humanistas. Por ejemplo, los robots humanoides ya son una realidad para cubrir y responder a múltiples competencias humanas. Estamos en pleno ascenso de una carrera tecno y biocientífica donde hay una biopolitización que dirige su mirada hacia el aumento de las nuevas tecnologías del poder sobre la vida. Segundo, la cuestión coyuntural de la pandemia de la Covid 19, donde se ha revelado con total claridad que el control territorial de la pandemia es biopolítico. Entonces no es una sorpresa cuando miramos que la actual política de confinamiento viene desde hace siglos, como lo muestra precisamente Michel Foucault en sus estudios sobre los dispositivos de control de la peste, la pandemia por excelencia del mundo clásico y de la primera modernidad. Tercero, la situación actual de nuestro país, aunque es una situación compartida por otros países, y que expresa una enorme obsesión por los fenómenos necropolíticos. Estos son una derivación, probablemente la peor de todas, de la biopolítica. Aquí, no solo hablamos de la gestión de los cuerpos y la vida, sino más bien de cómo se organizan las técnicas que determinan quién debe morir, expresables en problemas tan cercanos a nosotros como la desaparición forzada o la migración trasnacional. Esto hace que la biopolítica no sea una moda, ya que nuestro siglo XXI es un siglo irremediablemente biopolítico.
Texto publicado en septiembre de 2021 en el portal de información: consentidocomun.com.
ANTOLOGÍA DE TEXTOS DE LA REVISTA METAPOLÍTICA. EDITOR: ISRAEL COVARRUBIAS. CIUDAD DE MÉXICO: EDITORIAL ANALÉCTICA, 2021, 425 PP. ISBN: 979-851-06-5407-3. Descarga el libro aquí
INTRODUCCIÓN: El arte de la transgresión y las fronteras de la política (extracto)
por Israel Covarrubias
La palabra transgresión tiene una semántica peculiar. Primero, comporta la alteración de un orden, plano, secuencia o regla. Es el punto de quiebra entre dos ángulos que curiosamente están unidos por la separación a la que empuja el acto de transgredir. La división de dos cuerpos o dos puntos en el interior de un mismo cuerpo, suponen observar y rastrear las huellas de esa distancia que hace diferente y extraño al uno del otro, para que dejen ver su total incompletud en la mutua dependencia que los exige y sofoca. Por ejemplo, cuando se sigue insistiendo en la necesidad de amplificar la ficción de aquel imperativo categórico que registra y determina la “identidad” sexual anclándola a su mero carácter biológico, se termina por confirmar que la existencia es una e indivisible, cosa más ajena de la realidad de nuestros días.
La transgresión, por ende, es un desafío a la edificación de fronteras de todo tipo en el interior de la sociedad, comenzando con aquellas territoriales hasta llegar a las inmateriales que se encuentran subsumidas o quizá perdidas en la lógica ilusoria de lo correcto (o lo normal), presentes en muchas de nuestras sociedades. Si se habla de fronteras de la vida en sociedad, no se puede dejar de lado el carácter político que adopta la forma de la transgresión. Es decir, no hay transgresión sin relación con la política. Es, de hecho, esta última la que la modela y probablemente termina por colocarse como el dispositivo de reducción o expansión de aquella. Así, seguir insistiendo que la vida en democracia presupone que todos somos iguales frente a la ley, frente al derecho, frente a las instituciones, es una falacia, ya que aquel que puede tener y obtener poder seguro lo ejercerá en contra de aquellos que no están en posibilidades de tenerlo. Ya Claudio Magris (2008: 60) lanzaba irónicamente la sentencia de que “la ley es la tutela de los débiles, porque los fuertes no necesitan de ella”. Y tal parece que en la democracia del siglo XXI esta premisa sigue siendo moneda de uso corriente. De cualquier modo, la transgresión es una frontera al tiempo que inventa nuevos límites con cada movimiento que desarrolla. Al respecto, en su contribución a este volumen, Patxi Lanceros dice que: “La línea, trazo o traza, es establecimiento e institución de un principio de orden”. El derribamiento de las fronteras al momento de ser transgredidas supone el nacimiento de las separaciones y barreras entre los Estados, los sujetos, las experiencias sociales que se traslucen en ese ángulo infinito de toda frontera. Luego recomienza la transgresión y así sucesivamente… “Las fronteras”, escribe Alejandro Grimson (2003: 22), “pueden desplazarse, desdibujarse, trazarse nuevamente, pero no pueden desaparecer: son constitutivas de toda vida social”. Ergo, no hay manera de que la política permita la disolución total de las fronteras que implican a la transgresión en la creación de esos muros…
ÍNDICE
Introducción El arte de la transgresión y las fronteras de la política Israel Covarrubias
Espacios políticos
La huella del crimen. Imagen de la ciudad Patxi Lanceros Por una política más allá de los amos de la ciudad Rosario Herrera Guido Imposible, sin embargo real Mario Perniola Tiempo, orden, poder. Sobre algunos presupuestos conceptuales del programa neoliberal Maurizio Ricciardi Populismo y discurso anti-populista Javier Franzé Plétora Trashumante. Clinamen y deslizamiento existencial Reyna Carretero Rangel Las raíces de la política absoluta Alessandro Pizzorno Sobre el concepto de sociedad compleja Gian Enrico Rusconi
Heterodoxias Guy Debord: violencia y esperanza en el último espectáculo Giorgio Agamben Miguel Abensour: el mapa del mundo y el ataúd de la utopía Patrice Vermeren María Zambrano: añoranza de la ciudad María Luisa Maillard García Pier Paolo Pasolini, un intelectual “herético” Giovanni Falaschi Eros y anomia en Georges Bataille Edgar Morales Estado, venganza y justicia en Friedrich Nietzsche Hugo César Moreno Hernández Milan Kundera: narrativa y heterodoxia Conrado Hernández López Claude Lefort, práctica y pensamiento de la desincorporación Gilles Bataillon Uexküll, Deleuze y el cuerpo sin órganos: hacia una ontología del entre María Luisa Bacarlett Pérez Kant, la larga y monotona vida de un genio revolucionario Franco Volpi
Palabras-claves Hacer un interrogar del hacer Paola Martínez El derecho al sueño Emma León El cuerpo como lugar de la experiencia estética Zulai Macias Osorno El “verdadero obrero de nombres”: ley, derechos y principios en la era veroconstitucional Rafael Estrada Michel La violencia de la letra y post-letra.Reflexiones sobre algunos aspectos de la biopolítica Laurence Le Bouhellec Guyaman Algunas consideraciones sobre la vida cotidiana Michel Maffesoli
Epílogo La filosofía, ¿antítesis de la transgresión? Juan Cristóbal Cruz Revueltas
Diálogos Marramao y Arroyo, Barcelona, Gedisa, 2017, 109 pp.
La obra Diálogos Marramao y Arroyo, donde tiene lugar un interesante y por lo demás agudo encuentro del pensamiento entre el filósofo italiano Giacomo Marramao y el periodista español Francesc Arroyo resulta ser un testimonio vivo acerca del lugar que ocupa la filosofía en el tiempo presente. La llave que abre el umbral del diálogo está determinada por el otorgamiento de una particular atención al campo de lo político, quizá la forma de la política que más ha trabajado Marramao a lo largo de su obra, comenzando con su hoy ya inconseguible libro Lo político y sus transformaciones de 1979, traducido en nuestro país en 1982, en la colección Cuadernos del Pasado y el Presente de la editorial Siglo XXI.[i]
En general, es recurrente tratar a “lo político” como un adjetivo que en primera instancia se destaca del sustantivo de “la política” por la identificación de las cuestiones del orden filosófico y sobre todo teórico que una y otra apuntalan y reportan en el trabajo de conceptualización y problematización de las grandes cuestiones que aquejan a las sociedades, particularmente a las modernas y a las contemporáneas. Sin embargo, lo que la obra de Marramao anuncia, además del profundo trabajo de conceptualización y re-conceptualización continua en el ámbito de la filosofía política, es colocar la cuestión de lo político, sentencia, “en una confrontación directa con las ciencias sociales”[ii] dentro del campo fronterizo de las suturas de la política, y en la observación del efecto que producen las censuras que ésta última le otorga (la política), bajo la forma de la presión y la clausura de la reflexividad de los límites, a la cuestión de lo político.
En la obra de Giacomo Marramao existe un continuo “trabajo del concepto” de lo político que hoy pueden abrir líneas de pensamiento relevantes para la filosofía y la teoría política que se desarrolla por afuera del oficio puramente técnico justo en la producción del pensamiento sobre la política y lo político.[iii] De hecho, mantener la distinción en su radical conjunción ya es una forma original de pensar la política de nuestros días.
De este modo, lo político supone entre otras cosas subrayar el papel que juegan “la individualización de los puntos de ruptura”[iv] sea del “esencialismo” sea del neopositivismo o de la extrema obsesión por el número como acontece con la ciencia política contemporánea. Pero también, supone debatir en torno a “los fenómenos de fragmentación de la soberanía y de la deslocalización de las formas de poder y de conflicto”,[v] argumento que ya lo encontramos referido en Lo político y sus transformaciones que he citado, pero también está expandido, por ejemplo, en Pasaje a Occidente. Filosofía y globalización, o en Contra el poder. Filosofía y escritura, libros publicados en italiano en 2003 y en 2011 respectivamente.[vi]
Así pues, el campo de lo político se desplegará en las poco más de cien páginas que componen la obra por medio de la función que cumple en la política contemporánea, particularmente con la democracia. ¿De qué trata esta relación? Por cuestiones prácticas, se puede abordar el asunto a partir de dos ejes que sintéticamente enuncio del siguiente modo: los problemas y desafíos de aquello que Marramao llama el “universalismo de la diferencia”,[vii] junto y a través de la cada vez más difícil conjunción del plural con el singular en la democracia —en una suerte, ciertamente impolítica y politizada al mismo tiempo, de estar “adentro y en contra” en la democracia, y que quizá sea una de las formas preponderantes de lo político en nuestras sociedades.[viii] Es evidente que ambas direcciones no son las únicas que encontramos en la obra, pero juzgo que sí son los ámbitos que pueden revelarnos —y guiarnos— a lo largo del libro.
Por un lado, en muchas de las páginas del diálogo, estas dos orillas nos meten con fuerza una y otra vez en el corazón del problema del orden político democrático y contra-democrático, tal y como han llegado a estas primeras dos décadas del siglo XXI: ¿qué se puede identificar?, ¿qué se debe decir?, ¿qué se puede hacer?, ¿qué es necesario objetar de las democracias realmente existentes y de las formas teóricas que tenemos a nuestra disposición para pensarlas? En suma, ¿cómo se puede y bajo qué punto de vista es posible interrogarnos en torno a los problemas de la democracia como cuestiones que atañen de manera directa a la “pasión por el presente”,[ix] como reza el título de otro de sus libros? La filosofía, dice Marramao, “es el arte de la pregunta, de preguntarse, el arte de la interrogación”.[x] Una pasión, entonces, que desarrolla el trabajo del pensamiento al interrogar el presente, incluyendo a las urgencias y las exigencias del acontecimiento. Todo ello a partir de su condición de completa y abierta inactualidad, que es una palabra-clave en la semántica de Marramao, ya que siguiendo las huellas de Nietzsche supone —y más bien exige— un distanciamiento y una dislocación del tiempo al cual se pertenece: interrogarse es, pues, colocarse “en un desfase anticipador del propio tiempo”.[xi] Y agrega: “Eximirse de una consideración acerca de la actualidad es, por lo tanto, para un filósofo literalmente algo impensable, sobre todo cuando ella hace irrupción en la fisonomía de un evento traumático…”.[xii] No se puede ser indiferente frente a los “eventos traumáticos”. Es una exigencia intelectual y cultural, pareciera decirnos Marramao. Pero no sólo es frente a los eventos traumáticos de alto impacto (como lo fueron los ataques terroristas del 11 de Septiembre de 2001). Lo político es también una palabra fuerte desde el punto de vista sociológico y politológico. Por ejemplo, si la intentamos colocar en el interior del régimen de historicidad de nuestra condición mexicana, hic et nunc, me vienen como cascada la figura de los “desaparecidos” y de las fosas clandestinas, terrible forma de lo político, junto a la de la violencia, a la de la radicalización de la diferencia…
En este orden de ideas, en la obra el lector podrá encontrar diversos ámbitos y flashes de discusión sobre cuestiones que atañen a lo político como la ciudadanía, el terrorismo, los nuevos autoritarismos, las guerras de religiones, la secularización (de la secularización), la técnica y la desmesura (hybris) que componen la interrogación sobre la utilidad de lo útil frente a las posibilidades del decrecimiento (dixit Serge Latouche) y la necesidad de construcción de los bienes comunes, etcétera. De hecho, para el autor este último aspecto es uno de los “asuntos centrales” de la democracia: “La condición para que haya una verdadera democracia no es sólo que se apliquen correctamente las reglas. Es imprescindible que se de otra condición: la posibilidad del disfrute colectivo de bienes comunes materiales y otros que parecen inmateriales”.[xiii]
Por el otro, lo político es una forma no domesticable, abiertamente contingente —pensemos, dice, en una “ontología de lo contingente”—[xiv] que une a las dos orillas, al universalismo de la diferencia y la aporía constitutiva del plural-singular democrático, en un nivel de inteligibilidad diferente al que acabo de enumerar, aunque sea común la pretensión de empatarlos: lo que comparten es la dinamización del conflicto, los efectos que produce, así como su capacidad de transformación hacia formas cada vez más intensificadas.
En suma, lo político revela su real campo de concreción: el carácter inmanente del conflicto en el interior de las sociedades democráticas. Y esta es una cuestión que viene de lejos en el pensamiento político italiano, probablemente sea Maquiavelo a quien le debemos su primera conceptualización. En este sentido, son célebres sus observaciones sobre las diferencias entre el “pueblo” y los “grandes”:
Creo que los que condenan los tumultos entre los nobles y la plebe atacan lo que fue la causa principal de la libertad de Roma, se fijan más en los ruidos y gritos que nacían de esos tumultos que en los buenos efectos que produjeron, y consideran que en toda república hay dos espíritus contrapuestos: el de los grandes y el del pueblo, y todas las leyes que se hacen en pro de la libertad nacen de la desunión entre ambos […] no se puede llamar, en modo alguno, desordenada una república donde existieron tantos ejemplos de virtud, porque los buenos ejemplos nacen de la buena educación, la buena educación de las buenas leyes, y las buenas leyes de esas diferencias internas que muchos, desconsideradamente, condenan, pues quien estudie el buen fin que tuvieron encontrará que no engendraron exilios ni violencias en perjuicio del bien común, sino leyes y órdenes de beneficio de la libertad pública.[xv]
En este mismo orden de ideas, Marramao dirá: “En la buena tradición italiana de Maquiavelo, yo estoy a favor de una democracia tumultuaria: no tenemos que tener miedo a los tumultos porque cuando no hay tumultos, cuando no hay expresión de los conflictos sociales, puede ser que acabe por producirse una ruptura imprevista”.[xvi]
¿Por qué subrayar este carácter tumultuario de lo político? Porque Marramao termina observando los desafíos que hoy tenemos frente al “fracaso” de los dos modelos de asimilación, integración y cohesión democrática. Uno, de impronta francesa, cobra vida bajo la forma del modelo “asimilacionista republicano”; y el otro, de raigambre británica, es el “modelo multiculturalista”.[xvii] Dice el autor: “el modelo republicano francés […] presupone una escena pública indiferenciada. Todos somos ciudadanos y no se tienen en cuenta las diferencias de sexo, de religión, de cultura, de lengua, etcétera”.[xviii] Es decir, es un modelo que tiene la pretensión de universalización que no sólo subsume sino que castiga las diferencias. En cambio, en el modelo inglés “[e]s un modelo ‘mosaico’ donde conviven, en apariencia armónicamente, los diferentes grupos culturales. Sin embargo, cada grupo cultural permanece en una especie de isla sin comunicación con los demás, es como una mónada sin relación con las otras”.[xix] ¿Qué tienen de problemático estos dos modelos? Que el primero “promueve la indiferencia” y el segundo se sostiene mediante “una pluralidad de guetos contiguos”.[xx]
Como se ha comentado, para Marramao es el universalismo de la diferencia la forma de lo político que piensa podría desplazar el orden de la democracia hacia nuevas maneras de construcción política, nuevas subjetividades y nuevas aventuras:
[…] tengo la impresión de que el modelo que está más cerca de mi fórmula […] es el modelo de origen latino, romano, de la civitas. Se trata de un modelo de integración basado en la idea de orden, de Constitución y de ley universal, pero con una idea de comunidad pluricultural, con una idea plural del pueblo […] la solución pasa por la idea de la civitas romana como un espacio jurídico y político capaz de integrar en sí mismo una pluralidad de diferencias, de gentes diferentes, con lenguajes diferentes, con religiones diferentes, con ideologías diferentes. Este modelo me parece el modelo más potente, con una condición indispensable, sine qua non: el respeto riguroso a una ley universal, válida erga omnes (para todos) […] Tenemos que ser muy cuidadosos y no confundir el derecho a la diferencia con la diferencia en el derecho.[xxi]
Para terminar, quisiera agregar que Giacomo Marramao es sin duda uno de los filósofos políticos más relevantes en el panorama intelectual italiano de nuestros días. Un pensador y polemólogo de “paladar fino” cuya relevancia se extiende desde hace mucho tiempo más allá de las fronteras de la península. Por eso, le viene bien a nuestra cultura académica contar con la presencia y la obra de un autor y sobre todo de un pensador como él. Con sus libros ganamos todos. La serie de detalles e indicios que nos ofrece la obra Diálogos Marramao y Arroyo es rica en ideas para nutrir nuestra condición presente, y también es una guía de lectura para aquellos que quieran comenzar a leerlo. Ojalá que esto último sea una realidad en nuestras universidades y en todos aquellos espacios culturales preocupados y ocupados por seguir debatiendo en torno a lo político.
Notas
[i] Giacomo Marramao, Lo político y sus transformaciones (Ciudad de México, Siglo XXI Editores, 1982).
[ii] Giacomo Marramao y Francesc Arroyo, Diálogos Marramao y Arroyo (Barcelona, Gedisa, 2017), 25.
[iii] Giacomo Marramao, Pasaje a Occidente. Filosofía y globalización (Buenos Aires, Katz Editores, 2005).
[viii] La idea de estar “adentro y en contra” es de Roberto Esposito, Pensiero vivente. Origine e attualità della filosofia italiana (Turín, Einaudi, 2010), 26.
[ix] Giacomo Marramao, La pasión del presente. Breve léxico de la modernidad-mundo (Barcelona, Gedisa, 2011).
Maquiavelo, Nicolás. Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Madrid: Alianza, 2009.
Marramao, Giacomo. Lo político y sus transformaciones. Ciudad de México: Siglo XXI Editores, 1982.
Marramao, Giacomo. Pasaje a Occidente. Filosofía y globalización. Buenos Aires: Katz Editores, 2005.
Marramao, Giacomo. La pasión del presente. Breve léxico de la modernidad-mundo. Barcelona: Gedisa, 2011.
Texto publicado en Revista de Filosofía, Ciudad de México: Departamento de Filosofía de la Universidad Iberoamericana, año 51, núm. 147, julio-diciembre, 2019, pp. 228-235.