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No pasarán
Por Israel Covarrubias
Édouard Martin es un obrero francés de origen español en la industria siderúrgica. Trabajador migrante enraizado en la región de Lorraine (Lorena), en Francia, es un activista sindical relevante por su sinceridad y franqueza política. No pasarán. Contra la economía canibal (Malpaso, 2013) es un relato autobiográfico que describe la parábola del trabajo en el último medio siglo a partir de la singularidad contenida en su vida de líder sindical. En términos generales, la narración va del ascenso de las grandes industrias nacionales que despuntan poco tiempo después de la segunda posguerra a su declive, causado por la nueva configuración del capitalismo, que deja su marcado corte político y cede su lugar al capitalismo pospolítico en la transición del siglo XX al XXI.
Hijo de un obrero de la misma industria siderurgia, el autor nos cuenta cómo se convirtió también en obrero de esa gran industria ícono de la Francia moderna, expresado con todas sus letras en su monumento público más célebre, la Torre Eiffel, cuyo hierro pudelado proviene precisamente de la región de Lorena. En su libro, aborda los problemas internos de la industria, la solidaridad de clase entre sus compañeros obreros, el oficio siderúrgico que se aprende en la práctica diaria, donde mucho del aprendizaje es debido a la transmisión de saberes por parte de los obreros más viejos a los más jóvenes –lo que sugiere que no es un oficio que “se aprende por ciencia infusa” (p. 69)–, la división social de los barrios, el salario mínimo, el discreto welfare para los obreros y sus familias, así como el trayecto que siguió al sindicalismo, que lo llevaron a volverse europarlamentario y uno de los principales críticos de la Arcelor Mittal, empresa líder mundial en la producción de acero.
Martin no deja de llamar la atención en el cambio de velocidad que estaba teniendo lugar frente a sus ojos con la compra de la Arcelor por parte del grupo Mittal, encabezado por el empresario indio Lakshmi Mittal. En particular, subraya la dislocación que introduce el nuevo capitalismo en las relaciones obrero-patronales, que de un modo abrupto hacen a un lado toda la operación histórica que había tenido lugar en la mayor etapa de expansión del welfare en Europa, por una modalidad completamenre verticalizada que, en el caso de Mittal, se traduce en la incorporación de su familia a los puestos de dirección de la empresa, así como en un trato poco solidario y distante con los obreros y sus representantes sindicales, entre los que está Martin. Todo ello en el contexto de la administración de Nicolas Sarkozy (2007-2012), quien dejo a la deriva a los obreros, mostrándose como un cretino cuando Mittal estaba engolosinado con la desarticulación de algunas fábricas de la industria siderurgica como fue el caso de los altos hornos de Florange, pese a que dejaba ganancias aceptables, con lo que se confirma que el poder económico siempre está por encima del poder político. Paso algo similar con el siguiente presidente francés, François Hollande (2012-2017), que mostró mucho interés en el asunto, pero poca capacidad política para decidir a favor de los obreros. Es evidente que había una sensibilidad política diferente en ambos personajes, pero al final del día usaban el viejo recurso de aventar a la policía cuando los obreros querían acercarse al Elíseo. Los detalles de la historia que escribe Édouard Martin dicen mucho del espectáculo de travestismo ideológico y clasista de la política democrática de nuestro tiempo: siempre estamos de parte de los de abajo, pero no podemos favorecerlos.
No perdamos de vista el origen de Mittal, que lejos de cualquier tipo de chovinismo o colonialismo perverso, permite pensar que estamos en presencia de una suerte de variante descentrada, en este caso asiática, del nuevo orden global, regido precisamente por la forma caníbal que adoptó el nuevo capitalismo en su carrera hacia el siglo XXI. Es un capitalismo diferente, aunque igual de impertinente y destructor como el que encabezan los magos de la tecnología del tipo Elon Musk. De cualquier modo, son formas de hacer negocios a gran escala que han llevado al capitalismo a un punto de no retorno, ya que es ciego de sus consecuencias e intolerante con la vida humana y no humana. Están convencidos de que encabezan un nuevo orden mundial, donde el aspiracionismo hace las veces de aspirina para paliar la catástrofe, pues para ellos solo se debe atender a los“términos como rentabilidad, rendimiento, cash… Si en sus dominios una fábrica tiene problemas, pone en marcha el rodillo y, si hace falta despedir personal, lo hace sin escrúpulo alguno y sin, por supuesto, preocuparse por saber si hay o no hay familias detrás cuya suerte dependa de sus codiciosos caprichitos” (p. 68).
¿Cuál puede ser el interés de una historia como la de Édouard Martin para nosotros que vivimos en México? En su momento, Andrés Manuel López Obrador presentó a Lakshmi Mittal como un gran empresario mundial que había invertido mil millones de dólares en el complejo siderúrgico Las Truchas, que pertenece precisamente al grupo Mittal, en Lázaro Cárdenas, Michoacán, con lo que confirma que el populismo no está negado con el gran capital. Al contrario, es su palanca política más eficaz. Parece que López Obrador no sabe o hace como que no sabe que el único fin que persigue Mittal es que “Juega con el mundo desde su fortaleza londinense. Su único fin es es ganar dinero, más dinero” (p. 123).
Mittal representa un capitalismo que cancela toda oportunidad de futuro, inaugura un eterno presentismo en la medida en que rentabilidad o rendimiento no traducen la palabra deseo, porque este se coloca siempre más allá de nuestro alcance en el aquí y ahora, contrario a la ganancia que solo puede ser medible en tiempo presente. Si la industria siderúrgica en su momento era un orgullo nacional del país galo, hoy es una palanca que quiebra existencias a causa de las fórmulas aplicadas por el capital. Si podemos sintetizar la idea de economía caníbal presente en el subtítulo del libro, tendríamos que decir que es la pretensión de gobernar el absoluto por medios artificiales, derivados de la política del capital que no reconoce fronteras ni respeta diferencias, solo aprieta el acelerador hasta el fondo para ver hasta donde se puede llegar.
Estamos frente a una gran historia que subraya el rol de la dignidad en el juego de la exclusión, empuja a decir “no” al agravio y a la voracidad de los que no padecen hambre. El político y el mercader quieren destruir al que se indigna porque no saben qué hacer con él, más allá de golpearlo, humillarlo y destruirlo. Aunado al hecho de que parece que el pobre tiene prohibido rechazar las migajas que les ofrecen aquellos que están en el poder. La historia personal de Martin es relevante, porque desliza la política hacia lo político, un campo donde todo es puesto en disputa.
No sé si Martin tenía presente el eslogan que hizo célebre Dolores Ibárruri “La Pasionaria” durante la Guerra Civil española: ¡No pasarán!, en su defensa de la república y en contra del fascismo, pero su historia es heredera de esa tradición que toma la palabra para indignarse y no permitir que el interés de los muchos sea pisoteado por el ominoso apetito de un puñado de capitalistas, hoy colocados como el peor fascismo del que tengamos noticia en la historia contemporánea.Texto publicado en ElPost, 02/02/2024
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José Agustín o la ironía como herencia
Por Israel Covarrubias

José Agustín (1944-2024) fue un escritor excepcional en la literatura mexicana. Personaje con un enorme carisma, atento con su lectorado, justo, reticente a la adhesión a los cenáculos intelectuales más visibles de la vida cultural del país, fue un intelectual de altísima probidad política y social. En él, la única forma de habitar la república de las letras era mantener la distancia con el vértice y estar en contra de cualquier poder. Su compromiso fue con la escritura, y eso es admirable, porque sus libros seguirán formando a los nuevos lectores, tanto jóvenes como ancianos.
Con su fallecimiento, sin duda doloroso para su familia, sus amigos y sus lectores, sobreviene la obligación de seguir leyendo sus libros y escribir sobre su figura y obra, así como hablar del impacto de ambas, dentro y fuera del contexto nacional a partir de los años sesenta del siglo XX hasta nuestros días. Por ello, pensar y estar convencido de que escribir una nota sobre José Agustín a causa de su fallecimiento es mera hagiografía, me parece pedante y mediocre. Y no solo de quién lo pronuncia, a todas luces, una mente atrabiliaria, sino también de aquellos que le siguen la corriente.
Esta imposibilidad para colocarlo en alguna corriente preponderante de la cultura, sobre todo en aquellas que se han enamorado locamente del poder político, es una virtud sincera en tiempos de caída, como revela nuestra pequeña y oscura actualidad. Por ello, como país debemos estar agradecidos al contar con un autor como él, ya que fue un creador de mundos donde se entrecruzan las ficciones con lo cotidiano, la autonomía política con la libertad creativa.
Como estudiante, me quedo con La miel derramada, y la cachondez descarada que se desdobla en los personajes de este libro, el primero que leí del autor. Como sociólogo, me inclino por su trilogía Tragicomedia mexicana, que es una de las mejores introducciones al estudio sociológico de la vida pública mexicana del siglo XX. Una trilogía que captura, seduce y empuja al lector a que se interese por el paradójico desarrollo de la vida nacional, que no puede ser comprendida sin el oxímoron de su título. Como lector de la vida contemporánea mexicana, me gusta su relato autobiográfico El rock de la cárcel. Que sean otros quienes hablen de sus novelas, aunque De perfil me gusta por su musicalidad, que lo enlaza con Gustavo Sáinz y Parménides García Saldaña y la literatura de la onda, un género narrativo escrito por jóvenes cuyo trabajo literario no puede comprenderse sin la influencia que ejerció en ellos el rock y la contracultura, de los que fueron sus promotores y artífices.
Pienso que José Agustín no fue un escritor del relajo, ya que esto por más loable y bien intencionado que sea, lo confinaría a la minoridad. Más bien, fue un escritor audaz que rompió con la escansión mamona de la alta literatura contra la baja literatura, del gran estilo frente al estilo prosaico. Su obra responde a las exigencias culturales del tiempo que le tocó vivir. En este sentido, fue un gran lector de su época, a la que trato sin concesiones, como muestra su crítica al clasismo literario y social. En él, la ironía y la blasfemia, que los poetas y escritores románticos llevaron a niveles excepcionales en el siglo XIX, devienen dos momentos esenciales de las bellas artes, no mera crónica infernal de los excesos etílicos y las drogas, tampoco descripción de la putrefacción social del mundo, como sucedió con otros escritores y animadores contraculturales que terminaron en las filas del conservadurismo más rancio del país, desde el punto de vista político y literario.
Lejos de los homenajes que seguramente serán propuestos, incluso por el gobierno en turno, quedan sus libros, que no serán golpeados por la usura del tiempo acelerado en que vivimos. Su obra es fundamental en el contexto actual de nuestro país, ya que nos ayuda a vivir. Pero también nos recuerda que la vida cultural no es nada sin la potencia cáustica de la irreverencia, cosa nada fácil en un contexto donde ceder a las delicias del reconocimiento es el deporte nacional de la república de las letras.Texto publicado en ElPost, 19/01/2024
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Toni Negri (1933-2023)
El pasado 16 de diciembre murió en París el pensador político Antonio Negri. Su pérdida es significativa para el campo de las Ciencias Humanas, ya que no solo perdemos a un exponente de primera línea de los sectores más originales y consistentes que ha dado la izquierda radical europea en los últimos cincuenta años, sino también perdemos a un polemista que realizó contribuciones fundamentales a las ideas políticas de nuestro tiempo.

Pensador en exilio, perseguido, ninguneado, vilipendiado con el mote de “cattivo maestro” que sus detractores utilizaban sin empacho, sobre todo en los círculos italianos más reactivos tanto de derecha como de izquierda para descalificarlo y negarle su “voz”, Negri tuvo una vida azarosa y nada fácil, pero sin duda este rasgo es lo que empujó a que su reflexión no estuviera comprometida con ninguna forma de poder. Al contrario, fue un autor comprometido con la tarea crítica de perforar toda expresión arbitraria del poder que se ejerce desde arriba.
En este sentido, su probidad intelectual, contra todo pronóstico, no es regateable. Muestra de ello es el largo periplo que lo llevó a pasar cuatro años en prisión entre 1979 y 1983, motivado por una acusación jamás comprobada de pertenecer a las Brigadas Rojas, el grupo terrorista italiano de extrema izquierda que estuvo activo principalmente durante los años setenta, además de ser señalado como el autor intelectual del asesinato de Aldo Moro, líder de la Democracia Cristiana, en 1978. En 1983, luego de ser electo como diputado por el Partido Radical fue liberado, pero inmediatamente se le canceló la inmunidad parlamentaria en un intento de encarcelarlo de nuevo, por lo que Negri decidió huir a Francia, donde vivió 14 años bajo prácticamente un estatus de inmigrante ilegal. En 1997, en una decisión audaz y que refleja su coherencia intelectual y política, decide regresar a Italia. Una vez que pisa suelo italiano, es arrestado y llevado a prisión por siete años más, hasta 2004, para cumplir la condena de ser responsable, por sus escritos y publicaciones, de la violencia surgida durante el periodo de los “años de plomo”, que durante los años setenta había desarrollado una serie de luchas políticas y sociales muy intensas, encauzadas por ciclos de protestas, huelgas salvajes y violencia terrorista a lo largo de toda la península.
Casado con sus causas políticas, muchas de ellas perdidas en el camino, nunca termino seducido por la fascinación del vértice o del imperativo que fantaseaba una y otra vez con la posibilidad de tener un ejército a su disposición para completar el círculo al que el liderazgo de los movimientos comunistas estaba llamado a encabezar, quizá por un motivo más delirante que razonable. Para él, la idea, el concepto, no podían ser escindidos del universo donde tenía lugar el teatro de la acción humana, y por ello está colocado en las antípodas del pensamiento que abreva del liberalismo democrático tan manido en nuestro tiempo. En efecto, las causas que dinamitaban su pensamiento estuvieron supeditadas al signo de la lucha contra las formas de explotación en el capitalismo tardío, donde produjo algunas de las mejores paginas para entender la mutación antropológica que el capitalismo experimentó a partir de los años setenta del siglo pasado, sobre todo en relación al trabajo vivo y, en general, a la posibilidad o no de pensar a la vida desde un punto de vista político.
En este sentido, se puede leer en su obra que el mecanismo que produce el desarrollo contemporáneo del capitalismo para atragantarse, es el mismo que también puede permitir la recuperación de una forma de vida en perpetuo devenir que llamará multitud, logrando perforar la lógica del capital a través de la rebeldía, la desobediencia y la protesta cotidiana en los pliegues internos a ese sistema. La especificidad de la multitud es que no se despliega como pueblo, sino como forma de vida incompleta próxima a la figura del monstruo político; por lo tanto, nunca regresa al principio de la identificación política esencializada. Quizá esta sea una de las objeciones más relevantes que desarrollará a la cultura y la practica comunista contemporánea. Así, la inmanencia implícita a todo actuar humano será una de sus coordenadas esenciales en su despliegue teórico y que, adelanta por mucho, por ejemplo, el debate acerca del posthumanismo que ha tenido lugar en las últimas décadas. Nos es privativo que en la obra de Negri las figuras de Spinoza o Maquiavelo, ambos pensadores de lo contingente, dialoguen continuamente con Marx, Hegel, Lenin, etcétera.
Toni Negri, como llegó a firmar muchos de sus libros, fue un teórico político de gran solidez y de largo respiro, que supo desarrollar una lectura precisa de su tiempo de manera visionaria, acaso meramente intuitiva, pero que lo llevaron a la fama mundial en las tres últimas décadas de su existencia, sobre todo luego de la publicación de Imperio en el 2000, en coautoría con Michael Hardt. Este libro fue seminal en el debate sobre los efectos perversos de la globalización. Obra original, mezcla de hibridez conceptual y cierta aspereza expositiva, Imperio adviertía el ascenso del nuevo poder postsoberano, frente al que los propios Estados nación poco o nada podían hacer para reaccionar frente a él.
Pero su trabajo más fino, donde es un pensador político en el más clásico de los términos, aun está por ser aquilatado. Una guía de lectura en este campo nos llevaría a revisitar su ensayo La anomalía salvaje. Ensayo sobre poder y potencia en Baruch Spinoza, o al que le dedica a Job. La fuerza del exclavo, así como sus ensayos autobiográficos sobre su primer arresto y fuga, El tren de Finlandia, y a sus memorias, compuestas en una amplia trilogía titulada Historia de un comunista. Luego están sus libros sobre Marx, no sobre marxismo, uno de los principales se llama Marx más allá de Marx: Nueve lecciones en torno a los Grundisse. Finalmente aparecen sus trabajos sobre biopolítica que siguen las huellas de Imperio: Multitud y Commonwealth: El proyecto de una revolución del común, también escritos en coautoría con Hardt.
Sostener que con su partida solo perdemos a un pensador comunista es apresurado. En efecto, el comunismo siempre fue una suerte de fantasma que lo siguió toda su vida intelectual, pero su legado va más allá de los márgenes de un pensamiento en torno al comunismo. Su contribución al debate sobre la biopolítica, pensada abiertamente como una ontología política de la vida, es importante desde el punto de vista académico y también militante. Quizá es el autor que abrió una ventana de pensamiento sobre lo político que en las últimas décadas se ha identificado como italian theory, en la que destacan, entre otros, Roberto Esposito o Giorgio Agamben. Este último escribió después del fallecimiento de Negri que su ausencia no sólo es una pérdida personal, ya que involucra además “a todo nuestro país y a su historia, cada vez más falsa, cada vez más olvidada, como demuestran los odiosos obituarios, que sólo recuerdan al mal maestro y no al mal y atroz país en el que le tocó vivir y que intentó, quizá equivocadamente, mejorar”.Texto publicado en elpost, 22/12/2023
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La teoría política en América Latina. Un mapa de navegación a través de sus cartógrafos
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Esta obra es el resultado de un esfuerzo colectivo que describe y explica los planos de originalidad cultural y académica desarrollados en América Latina en el último medio siglo con relación a los fenómenos de la democracia, el cambio político, la vida pública y las formas históricas bajo las que se han desarrollado las dinámicas del poder en la región. En sus páginas, el lector encontrará un conjunto de reflexiones escritas por destacadas/os investigadoras/es sobre las principales figuras intelectuales que formaron las cartografías a través de las cuales navegamos en el campo de la teoría política latinoamericana.
Israel Covarrubias (coord.), La teoría política en América Latina. Un mapa de navegación a través de sus cartógrafos, Ciudad de México, UAQ-Tirant lo Blanch, 2022, 388 pp.
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De regreso a la cuestión mexicana
Por Israel Covarrubias
Reseña de Carlos Pereda, Pensar México y otros reclamos, Ciudad de México, Gedisa-Unam, 2021, 154 pp.

Pensar México y otros reclamos de Carlos Pereda, filósofo e investigador emérito de la UNAM, es una obra compuesta por tres largos ensayos que aportan pistas nuevas de interpretación acerca de la historia de las ideas políticas de nuestro país. Los títulos de los capítulos son ilustrativos para este propósito: “Vicios coloniales. Bosquejo de una perspectiva general”, “Fragmentos de filosofía mexicana, por ejemplo”, y “Pensadores mexicanos incómodos, y además, reclamos irreverentes”. Algunos personajes debatidos en la obra son archiconocidos: Luis Villoro, José Revueltas, Emilio Uranga, Samuel Ramos, Jorge Portilla, Leopoldo Zea…
La obra discute temas que van de la cuestión de la identidad y la diferencia, el nacionalismo y su eterno mito que apuesta a la unidad de la nación -que es uno de los sintagmas más poderoso del debate intelectual de nuestro siglo XX-, hasta llegar a un conjunto de temas contiguos a éstos como la ideología, la cultura, la intelectualidad y el mundo académico. La estrategia del autor es trabajar por rodeos, regresos y fugas. Somos, dice Carlos Pereda, animales “estrábicos” que nos detenemos en la especificidad de un problema a dilucidar, al tiempo que no podemos dejar de mirar el conjunto abstracto en el cual aquel cobra forma. “Sin los análisis particulares, dice, de una situación, las abstracciones suelen volverse vacías. Pero sin los marcos de referencia de las abstracciones, se tiende a no captar plenamente el sentido de los análisis concretos, o incluso, no se entiende porque se llevan a cabo” (p. 99).
Su texto es un panfleto civil que camina entre en la filosofía, la historia intelectual y la sociología, pero quizá también abarca la historia conceptual. Me parece que es un ejercicio sincero y excepcional de reflexión sin compromisos ideológicos o políticos. En sus páginas, el autor aboga por una política de la palabra entre iguales, tanto que nunca dejan su disimilitud constitutiva, y con ello, permite romper el gran soliloquio sobre lo nacional, el nacionalismo y la filosofía de lo mexicano; pero también quiebra el carácter paradigmático de la autorreferencialidad del intelectual y el académico local.
Uno de las cosas que llama la atención del libro es la discusión sobre el lugar de habla, donde es abierta la inclinación de Pereda por la práctica de un pensamiento nomádico. “Somos viajeros inmóviles” sentencia (p. 107). Esto no significa sedentarismo intelectual, que para el autor es el momento estático del pensamiento. Es decir, es aquello que provoca su parálisis y termina, en muchas ocasiones, en una cierta lógica descalificadora que tiene su origen, o así está identificado en el libro, con la “razón arrogante”, es decir, con la adherencia a las casas, por momentos fascinantes e irresistibles, del poder y del pensamiento. Pero además este rasgo se despliega en una suerte de esencialismo autóctono que, dicho sea de paso, se ha exacerbado en los últimos años en nuestro país. Ello es palpable en las diversas expresiones de las máscaras del colonialismo y su capacidad de petrificación de toda forma de reflexión.
En esta advertencia radica una de las virtudes mayores de la obra: el de Carlos Pereda, es un ensayo que se encuentra lejos del “afán de novedad” de esa figura hoy recurrente del fast thinker, que llena las planas principales de los periódicos y las revistas, así como de las redes sociales y también del mundo académico. Esos pensadores que se revuelcan agitados en la incapacidad de comprender el mundo local, aunque son ellos mismos su objeto de estudio -pero quizá no lo saben o luchan por no saberlo-. Por ello, no dejan de construir una suerte de colonialismo “interno”, más colonizador que el de los colonizadores que inventaron el fenómeno, cuando se vuelven los portadores de un autentico “fervor sucursalero” de las grandes iniciativas intelectuales que se originan más allá de los confines de nuestro país, particularmente en los grandes centros académicos de Estados Unidos y Europa.
Todo lo anterior nos lleva a un debate alrededor de la base que soporta el profundo deseo de reconocimiento -que por momentos adopta rasgos patológicos- de todos aquellos intelectuales y académicos que han debatido en torno a lo nacional-identitario, como si pensar la “condición mexicana” exigiera contemporáneamente la obligación de reconocimiento sobre aquel que piensa esa condición. En particular, cuando “actúa exhibiendo una afiliación”, en una suerte de presentación de las cartas credenciales, que pasa por mostrar a la menor provocación el lugar donde uno se ha formado, con quien discute, etcétera. Sin duda, los deseos de cualquier filósofo, sociólogo, politólogo o intelectual, siempre serán “más o menos” satisfechos, aunque hay que agregar que los deseos no pueden colmarse plenamente. Y sin está consciencia, es muy fácil, eso leo en la reflexión del autor, resbalar irremediablemente a la “identidad de afiliado”, que produce una cierta seguridad ontológica, arropa siempre por igual -esa es la magia de nuestro país letrado y universitario- al nuevo integrante al cenáculo como al que lo funda. Los nombres salen sobrando, pero flotan como fantasmas sin edad en cada ocasión que este tema es convocado.
Texto publicado en Literal Magazine, septiembre 2022.
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Enciclopedia portátil de teoría política
Israel Covarrubias, Enciclpedia portátil de teoría política, Ciudad de México, Ubijus, 2021.
Introducción
En México, existen varios factores en el mundo académico para entender que la crítica bibliográfica sea considerada un plato de segunda o una actividad para principiantes. Para la mayor parte de los académicos en nuestro país, la reseña de libros y, en general, la crítica bibliográfica, han sido consideradas como un plato de segunda o un ejercicio para principiantes. Esto no sucede en el caso de los escritores e intelectuales, tanto de México como de otras latitudes, que hacen de la crítica tanto de libros como de autores, una de sus actividades y quizá pasiones más consistentes y polémicas. Piénsese, por ejemplo, en el caso de George Steiner (1929-2020), profesor de las universidades de Cambridge y Oxford, quién fue uno de los críticos literarios más reconocidos y brillantes de Europa desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días, y quien además nos enseñó que la crítica bibliográfica es una forma clásica donde la glosa, una combinación de arte y técnica, es un instrumento esencial de comunicación académica y transmisión cultural.[1]

En primer lugar, porque nuestro mundo académico es una auténtica fiesta de las vanidades, donde el hambre de reconocimiento se confunde con el narcisismo, y termina consolidando el pequeño imperio egocrático que se alimenta del rechazo y la invisibilización de los otros. En este mundo habitado por fantasías ingobernables, no hay lugar para obsequiar comentarios a la obra de los otros, y menos si éstos no citan el trabajo del narcisista, que juzga como “indispensable”. La máxima “elogio en boca propia es vituperio” es oportuna en este caso.
En segundo lugar, es un hecho histórico que la mayor parte de las revistas mexicanas llamadas científicas, por lo menos en el campo de las ciencias sociales y humanidades, no cuentan con una política editorial clara respecto a las secciones bibliográficas. En el mejor de los casos, son secciones de “relleno”: se publican las reseñas que llegan de vez en cuando al correo o a la redacción de la revista, pero no se parte de la idea de trazar una línea editorial precisa de qué autores, con qué temas, de cuáles editoriales y en qué lenguas se podrían recibir o pedir reseñar de libros recientes en los campos de dominio intelectual y académico que la revista pretende cubrir con su presencia en el mercado académico. Además, contraria a la convicción kantiana de que la crítica es el epicentro de la ciencia en la modernidad, las publicaciones periódicas de nuestro país evitan meterse o comprar “gratuitamente” problemas con los autores reseñados, al no fomentar la actividad crítica sobre la obra puesta bajo consideración, sobre todo cuando aquellos son “autoridad” —esta es un efecto indirecto de la egocracia— en los mismos campos en los cuales la publicación desarrolla sus propósitos.
En tercer lugar, tengo la impresión que la cuestión también está relacionada con las estructuras de incentivos económicos que priman en las universidades, las cuales no premian el escrito “breve” que sale de una crítica bibliográfica. En pocas palabras, no contabiliza en el puntaje para lograr los estímulos económicos que están en juego. Ni siquiera el Sistema Nacional de Investigadores del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología tiene una política clara respecto a este género. Desde hace varios lustros, este órgano estatal divide las reseñas en informativas y críticas, tomando en consideración únicamente las del segundo tipo. A pesar de que se le toma en cuenta, termina siempre recluida como parte de los “productos” secundarios en evaluación, al tiempo que se le deja a la consideración de la comisión dictaminadora respectiva juzgar el estatuto de la crítica bibliográfica con relación al grado de desarrollo de las áreas de investigación de los y las postulantes. Esto se vuelve más relevante para el discurso que quiero puntualizar, si observamos que muchos de esos miembros evaluadores nunca han escrito reseñas, o solo lo han hecho en contadas ocasiones. En este sentido, pensemos que una reseña cruzada donde se problematiza el régimen de discursividad cognitivo de varios libros puede ser un auténtico artículo académico, ya que aporta nuevo conocimiento en una materia específica. Es decir, podría ser tomada en consideración para una evaluación como un artículo de investigación, pues el resultado es un efecto de la competencia y la profundización que el/la investigador/a tiene sobre los temas que tratan los libros.
Sin duda, la crítica bibliográfica es un punto de convergencia que cobra hoy una relevancia creciente en el terreno de la comunicación científica. Más aún, si pensamos que la comunicación científica tiene que ver directamente con la obtención de un campo de visibilización y reconocimiento del quehacer de un científico o investigador frente a sus pares. Aunque también está involucrada la dinámica de la transmisión inherente a la actividad de formación de los recursos humanos, así como la respuesta profesional a las exigencias de evaluación nacional e internacional de los académicos.
En este sentido, cuando se habla de comunicación científica se parte del supuesto que todos los involucrados saben de qué trata el asunto, esto es, que todos saben qué tienen que hacer para lograr enganchar un resultado de investigación con sus canales de comunicación. Lo particular del asunto es que si esto es así, no tendríamos artículos rechazados en las revistas especializadas; tampoco libros no publicados por la falta de rigor; mucho menos un interés creciente desde el punto de vista universitario en la profesionalización de los canales de la comunicación de la ciencia.
Por ello, la crítica bibliografía es indispensable, ya que conecta a los autores con un determinado público, a las editoriales con sus potenciales consumidores; indica el grado de avance de una disciplina, de un dominio específico de saber; así como del grado de consistencia y originalidad de la ciencia local, tanto en el centro como en la periferia, frente a sus pares de otras latitudes. Desenmascara, o ese debería ser uno de sus objetivos, la mala literatura científica de la buena literatura, los refritos de los libros originales, sean de autor o colectivos; las obras ambiciosas de las obras modestas; los recambios y las continuidades generacionales, donde una buena reseña (que no necesariamente es complaciente con los contenidos bajo escrutinio) puede indicar el reconocimiento de las lecturas realizadas por los “nuevos académicos”; o la reticencia a su aceptación a causa de esos pequeños autoritarismos que aún definen las instituciones universitarias y los centros de investigación, que a su vez los editores de las revistas de esas instituciones terminan reproduciendo. Es una actividad vital que debe ser reivindicada dentro del conjunto de las actividades académicas y de investigación en las instituciones de educación superior, tanto públicos como privados.
La comunicación científica tiene variadas formas de expresión. Con frecuencia es el resultado de la combinación de actividades de difusión y divulgación. Este conjunto va de los congresos, coloquios y seminarios a las ferias científicas, donde también debemos incluir las ferias del libro que se han vuelto auténticos espacios de comunicación científica para los académicos; así como los programas de televisión y radio, las presentaciones de libros, las conferencias para públicos no especializados y en muchos casos excluidos de los beneficios sociales de la ciencia, hasta llegar a las publicaciones impresas y electrónicas, medio por excelencia de este tipo de comunicación.
En este campo, tenemos dos tipos predominantes de comunicación científica. El primero está representado por las revistas especializadas, arbitradas y/o indexadas. Tienen una periodicidad semestral, cuatrimestral o trimestral, y sus contenidos son dictaminados en general por el método doble ciego. Con la excepción precisamente de las reseñas, que en el mejor de los casos son evaluadas por el consejo editorial o la dirección en turno de la revista, pero sin una estructura o maqueta de evaluación similar como la que utilizan los dictaminadores para el caso de los artículos. El segundo está organizado alrededor de las publicaciones para el “gran público”: los periódicos, los suplementos semanales, quincenales o mensuales de literatura y cultura, las revistas llamadas por una convención tipológica como culturales, tanto impresos como digitales.[2]
Aunado a ello, otro problema es que nuestro país carece de una revista dedicada a la crítica de libros, como son los casos del The New York Review of Books, o su filial inglesa, que luego se separó de la empresa norteamericana, London Review of Books. Probablemente el suplemento Hoja por Hoja (1997-2008), dirigido por Tomás Granados, hoy director de la estupenda editorial Grano de Sal, y que se encartaba en siete periódicos del país, fue el esfuerzo más importante en los años recientes de un espacio dedicado íntegramente al libro y su cultura.[3] Pero en general, la crítica bibliográfica se parapeta en los pocos espacios que tienen los suplementos culturales de los periódicos, aunque el interés primordial es por la reseña de narrativa, poesía o ensayo cultural y literario, no por el texto académico.[4]
Desde hace algunos años dirijo un seminario doctoral sobre comunicación científica, donde reviso con los/as estudiantes, entre otras cosas, la relevancia y el estatuto de la crítica bibliográfica como actividad necesaria de la comunicación científica. En particular, discutimos el rol de la lectura previo a la construcción del lugar del autor, ya que la lectura determina el nacimiento del autor. Esto es significativo para un/a joven estudiante doctoral que está construyendo sus primeros textos académicos, y no conoce, por ejemplo, la importancia de la lectura, la crítica bibliográfica y el fenómeno de la escritura para la construcción de los estados del conocimiento en las áreas específicas donde coloca sus intereses dentro de su disciplina.[5] De hecho, uno de los requisitos que pido a las/os estudiantes para aprobar el seminario es la entrega de una reseña que problematice una obra de reciente publicación vinculada con el tema que desarrollan en sus respectivas tesis doctorales.
La idea de esta compilación es la de ofrecerle al lector un libro de difusión, breve y accesible, que sea una herramienta de apoyo para la docencia y para formación de recursos. Está pensado principalmente para estudiantes de grado y posgrado en las áreas de las ciencias sociales y las humanidades, a quienes les quisiera compartir ciertas maneras de abordaje sobre un libro o un autor. Por ello, reúno aquí un conjunto de reseñas, informativas y críticas, que he publicado entre 2001 y 2021 precisamente tanto en suplementos culturales semanales, así como en revistas culturales y especializadas. Es una enciclopedia portátil de teoría política, ya que a pesar de que muchas de las reseñas son de libros y autores no “originarios” de esa área de trabajo, lo que sí pertenece definitivamente al campo de la teoría política es la manera de leer las obras en revisión.
Este breve itinerario bibliográfico también significa poner a consideración de los lectores una suerte de playlist de los autores y temas sobre los cuales un académico va y viene en su trayectoria profesional. Esto significa no ocultar las filiaciones ni las obsesiones intelectuales que animan nuestra tarea.
[1] Vid. por ejemplo, George Steiner en The New Yorker, Ciudad de México, Siruela-FCE, 2009.
[2] Cf. Lauro Zavala, De la investigación al libro. Estudios y crónicas de bibliofilia, Ciudad de México, UNAM, 2007, pp. 55-81.
[3] Vid. Armando Pereira, et. al, “Hoja por hoja. Suplemento de libros”, Enciclopedia de la literatura en México”. Disponible en: http://www.elem.mx/institucion/datos/1853.
[4] Cf. Xavier Rodríguez Ledesma, “Follaje de tinta: revistas y suplementos culturales en México (1968-2000)”, Metapolítica, núms. 24-25, julio-octubre 2002.
[5] Sobre esta cuestión, sugiero el estupendo libro de Howard Becker, Manual de escritura para científicos sociales. Cómo empezar y terminar una tesis, un libro o un artículo, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2011; o el ensayo del premio nobel de medicina, Peter. B. Medawar, Consejos a un joven científico, Barcelona, Crítica, 2011.
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Milan Kundera o la indeterminación del poder
Por Israel Covarrubias
Milan Kundera (1929) es considerado uno de los más grandes narradores de la segunda mitad del siglo XX. Su legado es inigualable y necesario para la comprensión de nuestro tiempo. Por ejemplo, para Carlos Fuentes, la obra de Kundera es un
“aliento tibio de la nostalgia, resplandor tormentoso de la esperanza: el ojo helado de ambos movimientos, el que nos conduce a reconquistar el pasado armonioso del origen y el que nos promete la perfecta beatitud en el porvenir, se confunden en uno solo, el movimiento de la historia. Únicamente la acción histórica sabría ofrecernos, simultáneamente, la nostalgia de lo que fuimos y la esperanza de lo que seremos. Lo malo, nos dice Kundera, es que entre estos dos movimientos en trance idílico de volverse uno la historia nos impide, simplemente, ser nosotros mismos en el presente” (Fuentes, 2018: 77-78).
Lo que me interesa trabajar en este breve artículo son algunas reflexiones a partir de La insoportable levedad del ser (2020), la quinta novela del escritor. Publicada originalmente en 1984, la novela está ambientada en la mitteleuropa, preponderantemente en la ciudad de Praga, entonces Checoslovaquia, hoy República Checa, no obstante que se tengan excursiones importantes en ciudades como Zúrich y Ginebra en Suiza, o alusiones más tangenciales que precisas en París. Es una historia de cuatro personajes principales, Tomas, Teresa, Sabina y Franz, y una serie de personajes minúsculos que nos hacen recordar los destellos que ya no pueden ser capturados y modelados por los personajes centrales.
La historia es una trama llena de encuentros y desencuentros. De amoríos fugaces y necesarios, así como de apasionamientos y revelaciones corpóreas. Más que ser una historia de luces y sombras, es una que se coloca en un conjunto preciso de opacas transparencias. Develamiento a medias y explosiones sentimentales repentinas. Tomas, médico cirujano, hace del deseo un bastión de todas sus amalgamas existenciales, pero también de sus posiciones políticas. Su relación con Teresa estuvo siempre en estado de latencia, ya que bastaron una serie de hechos fortuitos para que deviniera una forma compartida de vida en medio de la angustia que suponía el comienzo del desmoronamiento de los regímenes comunistas de Europa del Este. “Teresa”, dice Kundera, “la mujer nacida de seis ridículas casualidades” (p. 251). A pesar del sentido irreversible que muestra este encuentro, siempre casual no obstante su forma repetitiva de sucederse, su historia amorosa está cruzada de un modo un tanto intempestivo por la figura de Sabina, esa pintora que muchos recordarán en la versión fílmica de Philip Kaufman, en 1987, bajo la atractiva figura de la actriz de origen sueco, Lena Olin, que terminó por hacer de Sabina un personaje entrañable de la literatura y el cine contemporáneos. Sin duda, un recuerdo auténticamente generacional para los jóvenes de los últimos años ochenta y primeros noventa del siglo pasado.
En La insoportable levedad del ser, Kundera afirma que el poder totalitario es una paradójica ironía. El totalitario está convencido que produce orden al ejercer el poder extremo, pero su resultado es siempre contrario: anarquiza a la sociedad. Con ello, acaso pareciera imperceptible, pero Kundera introduce una enorme interrogación acerca de la indeterminación del poder. Su novela nos empuja a la pregunta acerca de cómo y por qué el poder altera, cómo y por qué persigue, cómo desplaza y cómo hace trizas el significado profundo de la vida. En este sentido, el escritor checo obsequia a sus lectores un agudo conocimiento sobre la naturaleza humana, particularmente en una estrategia agilizada por la yuxtaposición de diversos planos narrativos, incluido el yo del escritor, al punto de sugerir, en la última parte de obra, que “Una novela no es una confesión del autor, sino una investigación sobre lo que es la vida humana dentro de la trampa en que se ha convertido el mundo” (p. 232).
En la novela, el lector termina por hacer suya la constatación de que el totalitarismo es el más extremo de los poderes conocidos en las formas contemporáneas de organización de la política. En tanto forma política y existencial, produjo un desorden de tal magnitud que las perversiones que tienen lugar en su interior son la corroboración de aquella idea, hoy clásica, de que mientras los hombres tengan el deseo de conquista siempre buscarán, y sobre todo encontrarán en su camino, a una persona a quien intentarán someter de modo atroz. ¿Cómo podemos escapar de la carga de ese poder omnímodo? Dicho de otro modo, ¿es posible lograr su disolución? Preguntas que constatan la enorme fuerza y actualidad de una obra escrita en los primeros años ochenta del siglo pasado, en un momento donde no había seguridad sobre el destino final del totalitarismo de la ex Unión Soviética y de Europa del Este. Más aún, porque es una lección intelectual precisa sobre los riesgos que representa el poder en su forma ilimitada, lo que nos obliga a pensar en nuestra condición presente, llena de pequeños totalitarismos cotidianos, como pasa con la dinámica del espionaje a través de los dispositivos inteligentes en países como China, Rusia o Estados Unidos.
Por ello, es destacable el motivo de la “levedad” en su obra, que termina siendo representados por las figuras de la debilidad y la humillación, igualmente motivos literarios muy importantes en toda la novela. De hecho, la insistencia sobre estas dos figuras que corren a todo lo largo de la obra, van y vienen, hacen las veces de mecanismo de destitución del rasgo absoluto al poder totalitario, en una suerte de activación de una potencialidad destituyente. En efecto, es una potencia por completo reveladora y, al mismo tiempo, revolucionaria, en la medida en que introduce una potencialidad para que tenga lugar la quiebra del carácter paradigmático del poder totalitario.
En este sentido, resulta significativo que al comienzo de la novela aparezca el que probablemente sea el leitmotiv de toda la obra. Es una inflexión que pone en el centro del juego narrativo la rivalidad mimética entre peso y levedad, entre la densidad y la ligereza, y cobra vida bajo la forma de la máxima alemana einmal ist keinmal: “Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca” (p. 14). Por ello, Teresa aparece “en seis ridículas casualidades”, no en una sola ocasión. Dice Kundera: “Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviese en absoluto” (p. 14). Este es el auténtico motor de la levedad, por ello se despliega a todo lo largo de la novela, tomando distancia de él, escondiéndose, pero regresando siempre. En este sentido, no es fortuita que en el íncipit de la novela se aluda a la idea del eterno retorno de Nietzsche. Mejor el regreso a la regla de la previsibilidad. Así, las vidas de Teresa y Tomás son sus expresiones más acabadas: sus vidas están estrechamente unidas, separadas, siempre regresan, comparten aflicciones y cuerpos, como sucede con Tomás, quien nunca deja a sus amantes. Corroboran la necesidad de desviarse del anhelo de unicidad, por la constatación de ese lapidario einmal ist keinmal, aunque Teresa, al igual que Tomás, morirá “bajo el signo del peso” a diferencia de Sabina (p. 285).
Lo interesante para quien estudie las experiencias históricas del poder totalitario es no perder de vista esta cuestión. Es decir, para el fenómeno del totalitarismo, la institución de su fuerza en la historia lo es todo, porque parte del punto de vista de “lo que ocurre sólo una vez”. A un solo tiempo inauguración y clausura. Su empresa es precisamente congelar este motivo de una vez para siempre, sin voltear atrás, más bien dándole la espalda por completo a la función histórica que exigen los sistemas de necesidades en el seno de las sociedades contemporáneas. De aquí, pues, que Kundera sea claro cuando sugiere que “La profunda perversión moral que va a unir a un mundo basado esencialmente en la inexistencia del retorno [como lo es el poder totalitario], porque en ese mundo todo está perdonado de antemano y, por tanto, todo cínicamente permitido” (p. 10). Esta es la esencia del poder totalitario. De hecho, para Kundera es el rasgo definitorio de lo que señala como kitsch totalitario:“el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable […] allí donde un solo movimiento político tiene todo el poder, nos encontramos de frente en el imperio del kitsch totalitario” (pp. 260, 263).
Y remata:
“Cuando digo totalitario quiero decir que todo lo que perturba al kitsch queda excluido de la vida: cualquier manifestación de individualismo (porque toda diferenciación es un escupitajo a la cara de la sonriente fraternidad), cualquier duda (porque el que empieza dudando de pequeñeces termina dudando de la vida como tal), la ironía (porque en el reino de kitsch hay que tomárselo todo en serio) y hasta la madre que abandona a su familia o el hombre que prefiere a los hombres y no a las mujeres y pone así en peligro la consigna sagrada ‘amaos y multiplicaos’” (p. 264).
Al respecto, en La insoportable levedad del ser leemos que “La desnudez era para Teresa, desde su infancia, el signo de la uniformidad obligatoria del campo de concentración; el signo de la humillación” (p. 63). Esto viene a colación ya que los países comunistas tuvieron poco de revolucionarios al momento de desplegar en el tiempo presente sus formas de ser y hacer. De hecho, “Los países comunistas son terriblemente puritanos” (p. 75). En sociedades puritanas, ergo, todo está cínicamente permitido. Es decir, todo está reglamentado, todo está prohibido, pero todo está permitido. Estos cabotajes que aparecen por aquí y por allá en la novela, son relevantes para pensar la indeterminación del poder. Precisamente hablar de levedad es subrayar el carácter indeterminado del poder.
Otro tema importante de la novela es la necesidad, un tema en extremo maquiavélico, porque tiene que ver con la contingencia, con la ocasión, expresada en la “casualidad”. La historia es eso. La insoportable levedad del ser está regida por “los pájaros de la casualidad” (p. 84), pues ellos hicieron que Tomas se encontrara con Sabina, con Teresa, etcétera. La casualidad hizo que Tomas y Teresa cayeran a un barranco, cerrando de modo absurdo su historia. Es una conjunción interminable de puntos fortuitos.
La cuestión de la ocasión es lo que los griegos llamaban kairós. El momento oportuno, es decir, donde se toma una decisión, y ahí cambia la historia (Marramao, 2008). Este es lo que anima a la Primavera de Praga, que es el escenario de la novela, y la invasión de la Unión Soviética a la República Checa. Decisiones que cambiaron la historia; y no solo la historia de estas dos sociedades, sino básicamente la historia europea a partir del 68, que culmina veinte años después con la caída del Muro de Berlín. Veamos cómo Kundera despliega su concepción acerca de la indeterminación del poder:“La evaluación y el examen de los ciudadanos es una actividad permanente, la principal de las actividades sociales en países comunistas” (p. 102). Más adelante remata: “[…] los de la social cumplen varias funciones. La primera, es la clásica, oyen lo que la gente dice e informan de ello a sus superiores. La segunda función es la de la intimidar, nos hacen ver que nos tienen en su poder y pretenden que tengamos miedo. La tercera función consiste en organizar montajes que puedan comprometernos” (p. 171).
Cualquier semejanza con la realidad actual es mera coincidencia. Como se anuncia, el tema que subyace en esta triple forma sistemática de acoso, es el de la paranoia. Y esto es importante, ya que es un problema que está de regreso en la política actual, con el populismo, con las teorías del complot, y en la fascinación por la lógica delirante de la persecución (Forti y Revelli, 2007).
Este motivo es constante en la novela, lo repite más adelante. Veamos:“A los que creen que los regímenes comunistas de Europa central son exclusivamente producto de seres criminales, se les escapa una cuestión esencial: los que crearon estos regímenes criminales no fueron los criminales, sino los entusiastas convencidos de que habían descubierto el único camino que conduce al Paraíso. Lo defendieron valerosamente y para ello ejecutaron a mucha gente, más tarde se llegó a la conclusión generalizada de que no existía Paraíso alguno, de modo que los entusiastas resultaron ser asesinos” (p. 184).
Esto es exactamente lo mismo que nos advierte al inicio de la obra, cuando sentencia que “la profunda perversión moral [siempre] va unida a un mundo basado esencialmente en la inexistencia del retorno”. Dicho en otras palabras, si no hay retorno sí hay una consolación de un Paraíso que vamos a alcanzar; para qué queremos regresar sobre nuestros pasos, para qué queremos la ocasión o la contingencia, si hay un punto previsible a donde vamos a llegar, ya que en ese mundo modelado todo está perdonado de antemano y, por lo tanto, “cínicamente permitido”. Aquellos que votaron al comunismo, aquellos que lo promovieron, son, dice el escritor checo, sus principales verdugos. Observar este mecanismo perverso de lo político es aquello por lo que Tomás termina proscrito, vilipendiado y es obligado a dejar su profesión, la de médico cirujano, para terminar como mozo limpia ventanas. Él defiende con fuerza su libertad, grita silenciosamente “ustedes se equivocaron”, “ustedes no pueden permanecer ciegos a los crímenes que está generando el comunismo en nuestras sociedades”.
Además de la indeterminación del poder y de la crítica al totalitarismo, hay otro punto que podríamos subrayar y es el papel que ha jugado la disidencia cultural en la Europa del Este en la historia europea de la segunda mitad del siglo XX. Los padecimientos que sufrieron, y sobre todo la persecución que vivieron, en primera instancia, por Stalin y luego por aquellos que lo suceden después de su muerte a inicios de los años cincuenta.
Por su parte, estamos frente a una novela cifrada. Este es un elemento importante de su estructura. Está cifrada en un continuo juego de gestos que son muy sutiles, que hacen perder al lector en un constante disparar de flashes sobre el erotismo. Para mí, esto es un distractor bien armado. Sin embargo, señalan con mucha elegancia la terrible realidad de los regímenes totalitarios. ¿Cuáles son estos gestos cifrados? El papel, por ejemplo, que juega en el caso de Sabina el sombrero de su papá, que lo carga a todos lados, y que le dedica un significativo espacio cuando está con Tomás o cuando está con Franz en Ginebra… Una historia para un objeto (sombrero): de dónde viene, el rol que juega como objeto heredado de su padre, etcétera. Incluso es un retorno al “einmal ist keinmal”, hay que evitar que “Una vez nunca es”. Por ello, dice Kundera, “un mismo objeto evoca cada vez un significado distinto, un río semántico totalmente distinto”. Una cosa es el sombrero en Praga, otra el sombrero en Ginebra, y otra en París… Es una auténtica historia cifrada la que está contenida en ese objeto. Pasa lo mismo con el espejo, testigo mudo y sonriente de los atisbos más secretos de esas existencias atribuladas.
Un objeto que “insoportablemente” nos lleva al tema de la burla y la ironía como forma de crítica al poder. Al respecto, dice Kundera que:Lo cómico quedó oculto tras lo excitante; el sombrero hongo no representaba una broma sino violencia, una violencia respecto a Sabina, a su dignidad femenina, se veía con las piernas desnudas, con las bragas de tela fina a través de la cual se transparentaba el pubis, la ropa interior resaltaba sus encantos femeninos, y el duro sombrero masculino negaba, violaba, ridiculizaba aquella femineidad. Tomás estaba a su lado vestido, de lo cual se desprendía que la esencia de lo que veían los dos, no era la broma (en ese caso él también debería haber estado en ropa interior y sombrero de hongo), sino la humillación. Ella, en lugar de rechazar la humillación, la ponía en evidencia orgullosa y provocativamente, como si permitiera que la violaran pública y voluntariamente, y de pronto ya no puedo más y arrastró a Tomás al suelo. El sombrero hongo rodó debajo de la mesa, mientras ellos se estremecían en la alfombra al pie del espejo (pp. 92-93).
La idea de que un sombrero puede ser un personaje, es decir, un personaje en una historia bien contada, nos empuja a descifrar la dimensión sarcástica intrínseca al objeto, que refiere, por los cortes y el desarrollo de la novela, al enfado o a la indignación, que en este caso se despliega a través de los usos que le da Sabina a ese objeto, mudo, ridículo, y que no necesita un altavoz. Esto es importantísimo, porque supone discutir la manera en cómo la comicidad puede torcer al poder a través de la política de la palabra, más que de un pasaje al acto. Todo en un universo cerrado y asfixiante como el totalitario, del que Carlos Fuentes ha dicho que
“El totalitarismo abre la risa, la incorporación del humor a la ley, la transformación de las víctimas en objetos de humor oficial, prescrito e inscrito en las vastas construcciones fantásticas que, como los paisajes carcelarios de Piranesi o los tribunales laberínticos de Kafka, pretenden controlar los destinos […] el poder se ha encargado de robarles la risa a los ciudadanos para obligarlos a reír legalmente” (Fuentes, 2018: 91, 94).
Si observamos en detalle La insoportable levedad del ser, a lo largo de sus páginas los objetos son personajes que van cobrando poco a poco visibilidad y relevancia. Por ejemplo, además el sombrero y el espejo, están los retretes, que aparecen por aquí y por allá, en los baños, en su descripción, en la exigencia de evacuación de las tripas. Esta dimensión escatológica es importante para la ridiculización de la obsesión totalitaria de querer conocer todo de sus ciudadanos, incluso saber qué tipo de retrete se tiene en su casa.
El totalitarismo es un fenómeno histórico. Luego necesitará ser explicado teóricamente, pero siempre es necesario atender sus efectos perversos en el terreno histórico. Lo que Kundera presenta en su novela es subrayar el proceso de liberalización sentimental, corpórea y amorosa, que tuvo lugar en la generación que vivió durante los años sesenta la experiencia totalitaria. Más relevante es la herencia que produjo esa generación para las postreras. No olvidemos la cuestión de la declinación de la autoridad paterna, que en el movimiento estudiantil del 68 es clara, pero esto también podría ir más allá, incluso nos permitiría sostener que en la enorme parábola del totalitarismo lo que se derrumba es el respeto a la autoridad como forma representacional de la sociedad. “El comunismo”, dice Kundera, “no era más que otro padre”.
Claude Lefort, el crítico por antonomasia del totalitarismo, dice claramente que la revolución democrática estalla “cuando cae la cabeza del cuerpo político, cuando, a la vez, la corporeidad de lo social se disuelve. Entonces se produce lo que osaría llamar una desincorporación de los individuos” (Lefort, 1983: 18). Esta desincorporación es la que está claramente expresada en la novela de Kundera, cuyos ecos son tiempo presente, porque hoy vivimos tiempos aciagos, donde el apetito del poder se ha potenciado gracias al surgimiento de las banderas del revanchismo y del deseo incontrolable de no “equivocarse”, de “redimir” a la sociedad, tan característico en muchos de aquellos que gobiernan las sociedades democráticas. Quizá tendríamos que recordar que el propio Lefort advertía que la sociedad democrática es “el teatro de una aventura ingobernable donde lo que es instituido jamás es establecido, lo conocido permanece minado por lo desconocido, el presente se revela innombrable y cubre tiempos sociales múltiples, diferenciados unos en relación con los otros en la simultaneidad -o bien nombrables sólo en la ficción del porvenir-; una aventura tal que la búsqueda de la identidad no se deshace de la experiencia de la división” (Lefort, 1983: 19).Referencias
Forti, S. y M. Revelli (eds.), (2007), Paranoia e politica, Turín, Bollati Boringhieri.
Fuentes, C. (2018), “Milan Kundera: el idilio secreto”, en C. Fuentes, París, Praga, México, 1968, Ciudad de México, ERA-El Colegio Nacional-Universidad Autónoma de Sinaloa.
Lefort, C. (1983), “La imagen del cuerpo y el totalitarismo”, Vuelta, vol. 7, núm. 76, marzo.
Kundera, M. (2020), La insoportable levedad del ser, Ciudad de México, Tusquets.
Marramao, G. (2008), Kairós. Apología del tiempo oportuno, Ciudad de México, Gedisa.Texto publicado en Metapolítica, Año 25, núm. 114, julio-septiembre 2021, pp. 26-31.
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A cuestas con Michel Foucault
Por Israel Covarrubias

La biopolítica se ha vuelto una palabra clave en el léxico del pensamiento contemporáneo. Sin embargo, es relevante también en el lenguaje específico que utilizamos para referir la relación entre tecnología y vida, lugar donde encuentra su verdadera utilidad intelectual y cultural. “Biopolítica” une dos conceptos por sí mismos centrales en el pensamiento contemporáneo, el vocablo griego bios o bien la noción de una vida calificada a través de su declinación política, y lo político, la conjunción de los muchos en la ficción de un “cuerpo” colectivo denominado “vida en común”.
Ahora bien, parece que en el campo de las ciencias sociales y de las humanidades es un lugar común la presuposición de que la biopolítica ha sido una moda intelectual, vinculada sobre todo con el pensamiento francés contemporáneo, con la denominada “French Theory”, y en especial con la figura del filósofo Michel Foucault (1926-1984). En realidad, él redimensiona el concepto en los años setenta el siglo pasado. No obstante, hay que decir que el concepto tiene alrededor de cien años, ya que fue utilizado por primera vez por el politólogo sueco Rudolf Kjellén en su obra Sistema de política de 1920. Para este personaje, la biopolítica era una palabra que pone en relación al Estado con la noción de vida, pero desde un punto de vista meramente organicista, que es un resabio de las teorías evolucionistas y organicistas del siglo XIX. Véase la obra Bios. Biopolítica y filosofía de Roberto Esposito para conocer más de la historia del concepto.
Lo interesante es que el de biopolítica es un vocablo que aparece en un momento histórico donde también se está desarrollando el concepto de “genética”, de la mano de William Bateson, padre del pensador contemporáneo de los sistemas complejos, Gregory Bateson. Con la genética, pronto se comienza a hablar de eugenesia, como una derivación política y médica de la primera. En los años veinte y treinta cobra forma en las experiencias del nacional socialismo y luego del fascismo, donde el sueño de la pureza racial deviene una de las derivaciones biopolíticas más atroces de las cuales tenemos noticias en la historia contemporánea. Aparece la exigencia y la convicción de que es posible el mejoramiento técnico de los cuerpos. Incluso, para el filósofo Víctor Farías, un personaje como el depuesto presidente chileno, Salvador Allende, sucumbió a la fascinación de esta fuerza biopolítica.
Me parece que es una intuición exitosa del filósofo francés la proposición del concepto en el debate que tenía lugar en la segunda mitad de los setenta. Como bien saben los lectores de Foucault, prácticamente la última década de su trabajo intelectual redunda el tema de la vida y la posibilidad o no de pensarla políticamente. Sobre ella reflexiona con mucho interés y precisión. Así pues, con su obra tenemos un replanteamiento que tiene ecos claros hasta nuestros días.
Ofrezco solo tres razones.
Primera, una razón intelectual que tiene su epicentro en el interés creciente que tenemos por los cuerpos en las concepciones post-humanistas. Por ejemplo, los robots humanoides ya son una realidad para cubrir y responder a múltiples competencias humanas. Estamos en pleno ascenso de una carrera tecno y biocientífica donde hay una biopolitización que dirige su mirada hacia el aumento de las nuevas tecnologías del poder sobre la vida.
Segundo, la cuestión coyuntural de la pandemia de la Covid 19, donde se ha revelado con total claridad que el control territorial de la pandemia es biopolítico. Entonces no es una sorpresa cuando miramos que la actual política de confinamiento viene desde hace siglos, como lo muestra precisamente Michel Foucault en sus estudios sobre los dispositivos de control de la peste, la pandemia por excelencia del mundo clásico y de la primera modernidad.
Tercero, la situación actual de nuestro país, aunque es una situación compartida por otros países, y que expresa una enorme obsesión por los fenómenos necropolíticos. Estos son una derivación, probablemente la peor de todas, de la biopolítica. Aquí, no solo hablamos de la gestión de los cuerpos y la vida, sino más bien de cómo se organizan las técnicas que determinan quién debe morir, expresables en problemas tan cercanos a nosotros como la desaparición forzada o la migración trasnacional.
Esto hace que la biopolítica no sea una moda, ya que nuestro siglo XXI es un siglo irremediablemente biopolítico.Texto publicado en septiembre de 2021 en el portal de información: consentidocomun.com.
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Futuro pasado
Reseña de Miguel Bonilla López, Los jueces electrónicos, Ciudad de México, Ubijus, 2020.
por Israel Covarrubias
Nuestra época está marcada por las múltiples potencialidades que ofrecen las tecnologías sobre la vida. Sin embargo, aún no hemos terminado de valorar el impacto que tienen en nuestras existencias individuales, mucho menos para la vida en común. Pensemos, por ejemplo, en la marcha imparable de la inteligencia artificial. ¿Qué sabemos de ella?, ¿cómo nos determina?, ¿hacia dónde encamina nuestras existencias? Ahora bien, el rasgo abiertamente distópico que tienen muchos dispositivos tecnológicos ha permitido ensayar escenarios poco placenteros, invivibles. El deseo muy humano de control total por parte de máquinas post-humanas no es un cuento de ciencia ficción. Hoy es una realidad concreta que interactúa entre nosotros.
Sobre esta cuestión, el magistrado Miguel Bonilla López nos ofrece una brevísima ficción, haciendo suya la relación entre literatura y derecho, titulada Los jueces electrónicos (México, Ubijus, 2020), donde aborda el rol que jugaría en un futuro aparentemente “lejano”, la impartición de la justicia en manos de robots. En este escenario, regresan con fuerza las interrogantes clásicas en torno a la justicia: ¿cómo lograr una sociedad más justa, menos hostil?, ¿cómo podríamos pensar un orden político y jurídico donde sus miembros sean capaces de aceptar sus fallas? O como pregunta el autor, “¿quién define lo que es justo?” (p. 14).Estas preguntas son más relevantes cuando de mundos futuros se trata. Ya las grandes industrias culturales habían creado décadas atrás narrativas fílmicas, literarias, musicales y visuales excepcionales sobre los efectos que las tecnologías producían, fueran positivas o negativas. En Los jueces electrónicos, el autor nos ofrece trece viñetas que operan como palabras-clave del mundo justiciero: “origen, virtudes, burocracia, instructor, filósofo, aprendiz, inocente, equidad, desperfectos, hoguera, captor, clave y preso”. Nadie puede negar que esta concatenación de sustantivos permite una aproximación hacia el universo contradictorio y temible de la justicia en la actualidad, ya que se colocan como una metáfora precisa de la sequedad, el vacío y la reificación que la colma.
Pensado para estudiantes que quieren volverse abogadas/os, el lector puede comprender el rol que juegan los jueces electrónicos, dotados de infinidad de combinaciones de anónimos algoritmos sobre casos hipotéticos que tienen que ser resueltos frente a un juez, posibilidades que podrían rozar el infinito. Sabemos que las máquinas pueden pensar, por eso son “inteligentes”, pero lo inquietante es saber si están dotadas de juicio, es decir, si podemos confiarles la acción de juzgar asuntos enteramente humanos. La paradoja es más interesante cuando nos detenemos a pensar en cómo los robots juzgarán, cargados ex ante de la información necesaria para “juzgar” los elementos de prueba de una y otra parte en cada caso particular en litigio, si una vez encendidos se emancipan de sus arquitectos -recordemos que son sistemas autopoiéticos y autorreferenciales.
Lo que surge con este dilema puede abrir una discusión interesante sobre la justicia en nuestros días: los robots despacharían los asuntos judiciales con más celeridad, reduciendo significativamente el tiempo y la tasa de error en cada decisión, pero en cualquier caso eso no quiere decir que las máquinas sean infalibles. Cuando emiten un dictamen de justicia, los robots pueden juzgar erróneamente, a pesar de que su naturaleza es menos accidentada que la humana. Este es el punto de no regreso entre la vida humana y la inteligencia artificial respecto al campo pedregoso de la justicia. ¿Algo aún alejado de nuestra realidad cotidiana? No se sabe. Lo que sí es cierto es que en el paisaje post-apocalíptico en el cual vivimos, la justicia sigue siendo una exigencia “humana, demasiado humana”. Los jueces electrónicos son un factor que imanta a los robots con nosotros y con el futuro que imaginamos y que está ya entre nosotros. ¡Vaya dilema!Texto publicado en agosto de 2021 en el portal de información: consentidocomun.com
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