Reseña de Umberto Eco, Baudolino, Madrid, Lumen, 2001.
Ambientada en el bajo Piemonte, al norte de Italia y en donde actualmente se encuentra Alejandría, Baudolino –la última novela de Umberto Eco- cobra forma en la carne de un adolescente épico, visionario, mentiroso, embustero, adivinador, mago, “don palabras”, que tiene el encanto de seducir al famoso Federico barba roja al punto de volverse su hijo putativo. Pero también su verdugo.

Umberto Eco nos presenta la historia de un delito imposible, un teatro incontrolable de dimensiones lingüísticas, delirantes, que siempre celebrará la fuerza de la imaginación y de los no-lugares. Es decir, Baudolino personifica la invención como vida: lo que no se sabe tiene que ser inventado; por ello, la invención puede venir historia y la fantasía acción. Lo que predice el personaje se sucederá en las proximidades de un tiempo futuro. De aquí pues, que tanto para Baudolino como para Eco, el futuro siempre será anterior al propio tiempo.
La peculiaridad de esta novela histórica radica en el hecho de que ninguna cosa es digna de ser repetida: se transcurre entre la construcción de una famosa carta al Papa Juan (aquel que prometió alguna vez un reino fabuloso para Occidente), y el ocaso-alba del Lejano Oriente gobernado por un rey cristiano, del cual hasta Marco Polo tuvo estuvo obligado a dar cuenta. También, se lee el paso de los 14 a los 16 años de un Baudolino que intriga y castiga al extremo de obligar a Federico a emprender un viaje, con el pretexto de una cruzada, al encuentro del Papa Juan para mostrarle la más preciosa reliquia de la cristiandad. Sin embargo, en el trayecto morirá en circunstancias misteriosas, las cuales solo le serán reservadas a Baudolino, quien sucede a su padre en la travesía al lejano oriente, y a su paso encontrará los clásicos monstruos que habita de largo bestiario medieval.
Contada a Niceta Comiate, historiador bizantino, en el fondo de la novela observamos la manera por medio de la cual un imperio puede ser construido: aquí, Constantinopla y el cristianismo perseguirán un mismo fin. Pero la narración demuestra que una palabra puede provocar cataclismos, lo que supondrá decir que cualquiera y en el lugar que sea siempre podrá encontrarse en vilo, próximo a sucumbir.
Baudolino es un libro colmado de claves de lectura. Es una esfera por la cual mirar al mundo no supondrá más un acto de fe: todo los puntos son fuga, avance, ruptura, extensión o rodeo, ausencia de centro, donde la palabra deviene en heterotopía, como las que encontramos en Borges –decía Foucault- pero también presentes en Cortázar: en el lugar de la “Maga” mejor Beatrice, a la cual sólo basta mirar para caer al vacío, tal y como se lee en la ardorosa narración de Dante, a la que Umberto Eco pedirá ayuda: “ En ti está mi bien, mi esperanza, mi reposo; mi ánimo te encuentra, te custodia”.
El diálogo que se teje es aquel que oscila entre la parábola y los orígenes. Entre una Alejandría que es la tierra natal del autor y la redundante búsqueda de la originalidad del inicio, casi como la ansiada búsqueda del derecho reservado a la sorpresa. De aquí, que podamos leer el sinsentido hecho con los tirones del propio sentido de la novela, y que para Eco será la única forma de presentar la intermitente búsqueda del “sentido” de la existencia. Su soporte siempre será el diálogo, sobre todo el que descansa en la metáfora: poner a dialogar lo uno con lo múltiple, la voz con la boca: qué se dicen, cómo se dicen las cosas, que intercambian, porque son Uno y en su mismisidad se suceden, es decir, resultan ser inagotables, tal vez como una fuente, pero también como el río.
Texto publicado en El Ángel, revista cultural del periódico Reforma, 4 de noviembre, 2001, p. 6.

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