In/actualidades

Espacio dedicado a libros y autores en campo de Ciencias Sociales y Humanidades


Cemento de sangre

Reseña de Sergio González Rodríguez, Huesos en el desierto, Barcelona, Anagrama, 2002, 334 pp.

Concentrada en parte sobre los aspectos corpóreos de las dinámicas de la violencia, los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, frontera norte, han llamado la atención de actores políticos y sociales nacionales e internacionales. Dicha movilización, tanto de recursos y fuerzas, así como de inéditas formas de hacer política en el país, ha ocasionado después de diez años una llamada para moralizar a la política –en su más estricto sentido weberiano-. Ello confirma el signo particular de este fenómeno social al hacer realidad una terrible premonición: en el futuro inmediato de la frontera norte nada podrá ser de nuevo como antes. Al mismo tiempo, representa uno de los fenómenos de violencia de mayor trascendencia política en la última década en el país, así como una de las múltiples deudas que en la actualidad la governance democrática tendrá que pagar. Por lo menos en el intento de garantizar una plena y eficiente procuración de la justicia respecto a la consolidación de la llamada Rule of law o Estado de derecho.

            Cuando en México, la discusión sobre la violencia estaba dirigida hacia su significación política en la versión del sureste mexicano (EZLN), o bien, sobre las consecuencias perversas del binomio corrupción-violencia del tráfico de drogas y la industria del secuestro, así como de lo problemático que resultaba gestionar políticamente la pequeña criminalidad (violencia difusa), los asesinatos de mujeres emergen bajo dinámicas del asesinato que antes no estaban presentes ni en las grandes ciudades (cabe recordar que Ciudad Juárez es la quinta ciudad en tamaño del país), ni en las medianas y pequeñas comunidades semi-rurales y rurales (que a su vez comenzaban a expresar un fenómeno de violencia olvidado como lo han sido los linchamientos).

No dudaría decir que los asesinatos de mujeres comportan tres momentos que permiten un mejor acercamiento a su cabal comprensión: su visibilidad que inicia en los medios de información al ser un fenómeno de violencia extrema, la cifra y sus cualidades, los cambios y continuidades de la representación social que nacen como efecto del asesinato.

La salida a luz de los asesinatos por lo menos desde su irrupción en 1993 hasta 1995, manifestará un paso gradual de una marginalidad real o imaginaria, expresada en la tímida atención que merecieron en el contexto nacional, a lo que González Rodríguez define como «estrago colectivo». Sobre todo cuando las autoridades locales y del estado de Chihuahua, crean un primer sospechoso («El egipcio») transformado en autor intelectual y material de 35 homicidios de mujeres del total que en aquel entonces ya expresaban un crecimiento importante.

Después de ello, está el uso político de la cifra, que gravita en un primer momento en un número cercano al doscientos asesinatos (hacia finales de 1999) y ahora, a mitad del 2003, en un número igualmente cercano al trescientos. Este hecho obliga a detenernos en las distorsiones que la retórica de la violencia tiene cuando es referida con cifras –punto del cual toma distancia acertadamente González Rodríguez-, ya que el feminicidio en Ciudad Juárez introducirá elementos simbólicos de suma importancia, en particular, con relación a las fantasías sociales en la frontera. Hablar en términos de números sobre los asesinatos dinamitó el florecimiento de reminiscencias culturales que definirán el carácter principal del fenómeno en tanto expresión de una suerte de animalidad dirigida a la mujer. Por ejemplo, me viene a la mente una sugerencia: entre el llamado público tanto del doscientos como del trescientos, y el contenido de una obra como Los 120 días de Sodoma, del Marqués de Sade, existe la misma intención de puntualizar mediante una cifra, un fenómeno sexual circunscrito al tiempo y al espacio, brutal por sus características y consecuencias, y que puede volverse patrón común de una determinada organización societal a pesar de sus aparatosos efectos contrarios al orden social.

Soporte cultural y legalista del asesinato, así como del crimen en general, el uso político de la cifra se confirmará también en su prolongación a otro fenómeno como lo son las desapariciones que en una década han dejado un número aproximado de setecientas personas en esta frontera. La cifra, exagerándola o reduciéndola, según la conveniencia política, tuvo su punto de mayor trascendencia cuando el entonces gobernador de Chihuahua, Francisco Barrio, en su último informe de gobierno (1998) expresó que el número de asesinatos no era mayor al que se cometían en otras ciudades y poco significativo cuando era relacionado al total de la población de Ciudad Juárez. Al mismo tiempo, instituyó un umbral de significación desde donde las percepciones sociales sobre los asesinatos pudieron tener lugar. Es decir, la cifra tomó tales cualidades al punto de volverse elemento central de las reiteradas peticiones de justicia, disputa y lucha, por parte de familiares, grupos de apoyo, feministas, periodistas, organizaciones dedicadas al respeto de los derechos humanos. Al mismo tiempo, comportaba una peligrosa conexión con una lógica de desbordamientos antisociales donde el asesinato de mujeres cumplía una función central para activar nuevos roles políticos. Entre los cuales tendremos a la extinta organización «Voces sin eco» (autora de pintar más de 2000 mil postes de la CFE en todo Ciudad Juárez con una cruz negra en un fondo rosa para evidenciar la tragedia), la Coordinadora de ONG’s en Pro de la Mujer que agrupaba más o menos a quince grupos civiles, los grupos de ciudadanos organizados en brigadas de radio civil que por algún tiempo se dieron a la tarea de dirigir literalmente caravanas en el desierto para buscar los cuerpos de las jóvenes asesinadas.

            Por otra parte, un elemento importante del trabajo de González Rodríguez es la prosa utilizada. Inteligible, no mistifica, no oculta ni exagera. Señala, toma distancia y recupera tanto los hechos como su representación. De igual forma, su libro está organizado a partir de una lógica de los indicios. En su obra existe un verdadero avance de hipótesis sobre las posibles causas de los asesinatos y sus autores, abre vías alternativas de explicación y documenta los presupuestos y las tentativas conclusiones. Todo ello bajo la brújula analítica y profesional de no desechar ningún elemento por extraordinario o increíble que parezca. Sobre todo cuando los asesinatos sobrepasaron en la última década lo que era considerado costumbre en la sociedad mexicana. Por ello mismo, no es gratuito que sea el mejor trabajo periodístico publicado al día de hoy que tenemos a nuestra disposición sobre el caso.

Sin expresarlo abiertamente, el autor sugiere que para entender las razones de esta violencia es importante asumir que los fenómenos sociales se construyen por medio de hipérbolas. Es decir, tenemos la tendencia a reconstruir el pasado y el presente a partir de círculos y exageraciones. Más aún, cuando los hechos resultan traumáticos para un conjunto social determinado.

En las páginas de Huesos en el desierto, el lector encontrará, en modo claro un fenómeno de desbordamiento social que ubica al asesinato de mujeres como el punto máximo de un proceso de configuración de pánico moral. Desarrollado principalmente por la prensa y las autoridades, este proceso acabará por definir el sentido público del caso, sus retóricas, las pautas de comprensión, lo que se puede decir y lo que se debe callar, al punto de legitimar determinadas voces que de ser periferia acabarán por colmar un inexistente centro.

            El autor dice que “los asesinatos contra mujeres, de tipo serial o aislado, producto de uno o varios sujetos, de pandillas urbanas o narcotraficantes, asumía también un rostro característico del mundo posmoderno: la resonancia espectacular” (p. 159). En efecto, la espectacularidad y la dimensión del escándalo son recurrentes en los distintos momentos del fenómeno, pero con más fuerza, repito, en la persona que se creía era el autor principal de los asesinatos: Omar Latiff Sharif «El egipcio». Lo terrible de este personaje radicará en la construcción «oficial» que sostuvo eficazmente –y no por mucho tiempo- la idea del horror extra-comunitario, ya que ningún oriundo podía tener la capacidad suficiente para llevar a cabo este crimen masivo. Sin embargo, en un paradigmático intercambio de papeles, la teoría complotista de la cual fue objeto «El egipcio», cayó por su falsedad y lo hicieron devenir en chivo expiatorio, cuyos costos tuvieron que ser pagados por sus creadores. La fórmula política para que ello tuviera lugar, tanto la teoría del complot como la del chivo expiatorio, ha pasado por la mediación de la claudicación del imperio de la ley, del juego políticamente rentable de estar siempre entre la legalidad y la ilegalidad y por los efectos perversos de la corrupción de quienes concibieron tal realidad (por supuesto, hablamos de la autoridades locales).

Uno de los ejes principales del libro es el papel que juega el secreto al interior de la violencia sobre las mujeres. Señalar a individuos, corporaciones policíacas, políticos, empresarios y narcotraficantes como los autores materiales de los asesinatos nos ayuda a entender, en primer lugar, el por qué la poca efectividad judicial del caso. En segundo lugar, encontrar un vínculo entre secreto y una forma de bestialidad organizada al interior de un conjunto de personas más o menos bien definidas en tal arcano resulta peligroso y revelador al mismo tiempo. Más aún, cuando en su edificación tenemos un país que cada vez más se acerca plenamente a un cuadrante democrático. Ello comporta o un fracaso de una determinada consolidación democrática o corrobora una de las paradojas de la democracia: cobijar poderes invisibles que por regla no deben existir en una organización política que suscriba la transparencia como regla general del juego.

Si nos preguntáramos a la luz de los elementos que ofrece Huesos en el desierto ¿Quién controla a los controladores? No dudaría responder que nadie ha podido controlar a los controladores en Ciudad Juárez, y que distintas experiencias pudieran sostener el mismo argumento para otras ciudades mexicanas y para algunas de los principales instituciones de representación política del país. Paradoja o fracaso, pareciera afirmarse que entre más democrático se vuelve un sistema político, más tenderá a esconderse y a ocultar para poder subsistir. Con ello, resulta plausible hablar, desde las coordenadas del libro, de la vigencia del doble Estado en México. Poderes “supra-institucionales” –como los llama el autor- que sólo pueden existir ocultando las cosas y que expanden sus acciones simultáneamente en la invisibilidad y la visibilidad.

Es posible que un concepto más preciso para definir esta particular cara del poder político sea el de blutkitt, que a la letra quiere decir «cemento de sangre». Es un término alemán que nace en el período del nacional-socialismo, y que vincula el aspecto ritual de la violencia con la generación de códigos de conducta y lealtades fuertemente cohesionadas (según W. M. Reisman, de donde tomo la idea). En el caso de la violencia hacia la mujer, el cemento de sangre corresponde a la necesidad de encubrir lo criminal y hacer desaparecer del espectro público la tipología de lo repugnante que lo ha circundado. ¿Qué quiere decir esto? En Ciudad Juárez, la naturaleza de la autoridad ha pasado por la fenomenología de la violencia y la conducción bajo distintas máscaras de intereses precisos que tienden a esconderse por una deliberada omisión que compromete tanto a la autoridad formalmente instituida como a los poderes discrecionales que han nacido en su seno. 

Los asesinatos de mujeres son la punta de un iceberg, que expresa un fenómeno político y cultural que puede dilatarse por todo el país. Si un modo particular de evidenciar la animalidad humana sube a la superficie y no se inscribe únicamente en el fondo, querrá decir que debemos poner mucha atención al final de la historia porque será síntoma de que algo está cambiando, y no necesariamente en términos positivos.

Para terminar, quiero recordar que en su Prólogo a la Ciencia Política, Charles Merrian (FCE, 1941), señalaba algunas dimensiones necesarias para llevar a cabo un análisis sobre la violencia:

a) La falta de buena voluntad para conseguir los debidos resultados; b) La falta de comprensión de las situaciones básicas que producen el conflicto; c) La indecisión o las actitudes histéricas y de pánico cuando se trata de decidir; d) La falta de imaginación y de inventiva para hallar procedimientos adecuados para cada ocasión (pp. 23-24).

Tal vez este pudiera ser un buen puerto de partida para Ciudad Juárez, ya que Huesos en el desierto, debe ser leído como la crónica y la crítica del desarrollo de una patología que revela en alguna forma el estado de salud de nuestra democracia mexicana.

Texto publicado en Galaxia Gutemberg, suplemento bibliográfico de la revista Este País, núm. 152, noviembre, 2003, pp. 11-14.



Deja un comentario