Joseph S. Nye Jr., The Paradox of American Power, New York, Oxford
University Press. 2002, 222 pp.
La guerra presupone un regreso a la discusión sobre la existencia de los fundamentos que mantienen unidas entre sí a las naciones. Sin embargo, el «tono» del debate actual ha cambiado radicalmente respecto a las épocas precedentes. En el centro de tal transformación regresan con fuerza las dos preguntas clásicas de los neorrealistas políticos: ¿por qué la guerra?, ¿por qué su repetición?

Una de las causas para explicar el cambio en los modos y los ritmos de hacer la guerra, y que al mismo tiempo permiten responder al por qué de nueva cuenta el uso de ella, la encontramos en el resurgimiento del terrorismo suicida o posmoderno -o como se le quiera llamar. Es decir, después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, la primera característica de los nuevos mecanismos de la guerra es su capacidad de privatizarse: cualquiera deviene en ejército y análogamente cualquiera puede tener la posibilidad -aunque no los recursos suficientes- para cambiar el sentido de una determinada orientación histórica.
El desplazamiento del núcleo tradicional de la guerra, confirmará también la rápida caducidad de las que (en su momento) fueron verdaderas intuiciones intelectuales sobre el tipo de conflictos que le sucederían a la culminación de la guerra fría. No fueron las guerras civiles -según la célebre fórmula de Hans Magnus Enzensberger-, las que tomarían el lugar de la amenaza permanente hacia una tercera guerra mundial. Fue la convicción de que la guerra se sigue haciendo entre naciones o no es guerra, en el sentido de referir el dramático carácter bélico de la política y del hombre. En una época donde la reflexión estaba dirigida a las implicaciones culturales y sociales de la manipulación genética, y donde parecía que no era posible encontrar más horizonte de conocimiento por fuera del sistema, la guerra regresó bajo formas neoconvencionales que ninguno pudo predecir.
Al mismo tiempo, la guerra seguirá confirmando la parcial ausencia de fundamentos para sustentar la lógica cooperación-conflicto entre los Estados. La fragmentación de las relaciones internacionales abrevaría, en primera instancia, de la pérdida de centro que caracteriza hoy el alto dinamismo de la política exterior; es decir, la política entre naciones, no encuentra ni sentido ni salidas claras para sus nuevas tentaciones. ¿Qué pasa entonces, con los cambios de la escena internacional? Según Nye – politólogo, asesor de Clinton, y al lado de S. P. Huntington, es uno de los grandes analistas de la política exterior norteamericana-, los cambios de las dinámicas de la guerra son también los motores que han impulsado en parte las mutaciones del poder americano. Por lo menos, a esta conclusión llega en su libro The Paradox of American Power. Para comprender dichas paradojas, nos dice el autor, es necesario detenerse un instante sobre el contexto en el cual han florecido.
En primer lugar, en vez de preguntarnos por las consecuencias de las nuevas dinámicas de la guerra -más o menos claras para el observador medio-, es oportuno rastrear sus orígenes. Sin embargo, el problema con la guerra es que también presupone la falta de un origen. En el mejor de los casos se presenta incierto, pero esto es lo que precisamente le permite expresar su característica cíclica. Entre más irregular e inciertos sean sus orígenes, más necesidad de regreso a ella se tendrá.
En segundo lugar, observamos una mutación importante de la vieja figura del soldado: persigue a un enemigo inexistente, corrosivo y que la estrategia convencional de defensa-ataque no puede cancelar en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. En la actualidad, el conflicto es con un inimicus o «aquel que nos odia» en privado y no precisamente con un hostis o «aquel que nos combate» en público. Por tal motivo, el espacio público de la guerra está determinado por un terrible carácter de querella entre privados, aunque sus costos obviamente serán políticos.
Una segunda dimensión contextual que nos ofrece el autor está caracterizada por el crecimiento de la revolución tecnológica en la industria militar. En especial, en los rubros de investigación y especialización de los materiales bélicos. Al respecto, es importante recordar que la política de Bush padre, Clinton y Bush Jr., expresan una fortísima línea de continuidad. Es innegable el privilegio estadounidense al quedar como única gran potencia frente a su contraparte soviética. Su soledad, nos explica Nye, se ha revelado como una de las paradojas de su poder. Por tal, la idea de un equilibrio entre naciones al nivel internacional resulta falsa, puesto que el llamado «balance de poder» está inclinado sobre la hegemonía estadounidense.
En modo conjunto con lo anterior, debemos observar los problemas de política interna de los Estados Unidos. Entre los cuales cabe recordar el precario control de las armas -a la cabeza de la lista-, pero también el consumo de drogas, el desempleo y la seguridad social, así como el tema del aborto -fundamental para la gestión interna del gobierno Bush, y que fue el tema principal de política interna a escasos dos meses de los atentados del 11 de septiembre.
Para Nye, las tres principales fuentes del poder americano son el militar, el económico, y el soft power, o poder cultural. Tradicionalmente, existía la creencia de que a nivel internacional la guerra era la última carta a jugar y mediante la cual una nación podía expresar su capacidad de poder y conquista. Hoy, los fundamentos y las creencias sobre dicha posibilidad han claudicado -según la argumentación del autor. Nos encontramos en una situación donde ya no es suficiente la amenaza permanente de la fuerza militar o del deseo de conquista. Para los Estados Unidos, los elementos más importantes que «miden» el éxito o fracaso de su poderío están dados por la particular relación que tenga con la cuestión de los nacionalismos (por ejemplo, Bosnia, Sarajevo, Rusia, Oriente Medio), y por los cambios societales (sobre todo con relación con la pregunta, ¿cómo justificar moralmente una guerra?) en su interior frente a las prioridades de su política exterior. Sobre este tópico, Nye dice que «la ausencia de una ética guerrera en las democracias maduras significa que el uso de la fuerza requiere una elaborada justificación moral para asegurar el apoyo popular».
Al mismo tiempo, de las tres fuentes de poder norteamericano apenas citadas, es necesario hacer una diferenciación. Tanto el poder militar como el económico, parten del hecho de ser considerados como poderes «duros», al grado de permitir el cambio de la posición de los otros, sea imponiendo la fuerza o la sanción económica. En cambio, el soft power, en tanto
«formas indirectas de ejercer el poder», refiere a la posibilidad de imponer en modo sutil un modelo de desarrollo determinado. Por ejemplo, patrones de consumo (música, internet, moda), creación de preferencias, expectativas culturales (tales como el hecho de que Estados Unidos es el país de mayor atracción de estudiantes extranjeros en el mundo, seguido de Inglaterra y Australia). La peculiaridad de este tipo de poder, radica en «que muchos de los recursos del soft power son ajenos al gobierno estadounidense, que sólo en parte es responsable de sus propósitos».
Con estos elementos, Nye sostiene que la multipolaridad que pretende caracterizar el mundo de hoy, deberá resolver -ante todo- el problema derivado de la necesidad de un gobierno internacional. Sin embargo, la estabilidad internacional, continúa, sólo podrá producirse en «periodos de desigualdad del poder». De aquí que las nuevas prioridades del gobierno estadounidense miren atentamente el proceso de integración de Europa, y la gran atracción que aún ejerce al menos al nivel cultural. Por otra parte, está la paradoja rusa, militar y científicamente avanzada, y con una gran concentración de recursos naturales (sobre todo gas y petróleo). Los otros países rivales para Estados Unidos son Japón (donde están mezclados un alto poder económico con un poder militar latente), China (poder militar y económico) e India (poder militar).
El papel central que juega la información en la capacidad de ejercer el poder norteamericano vinculará, por una parte, la manipulación extrema de las fuentes tradicionales de energía, y, por otra, la creciente necesidad de encontrar fuentes alternativas de la misma. Más aún debido a que la información sigue supeditada a la energía eléctrica, y porque además la economía de la información camina más deprisa que la política y la autoridad. La pérdida de los controles sobre la información que recibe la sociedad (internet, televisión, y en menor medida, prensa escrita), ha obligado a tomar en consideración variables que resultan fundamentales: la emergencia del concepto de transparencia relacionado con la aparición de actores no convencionales en la arena internacional (ong, cortes internacionales, observatorios geopolíticos), que imprimen un ritmo distinto a los recursos, fuentes y paradojas del poder estadounidense. He aquí, que la información resulta ser el principal insumo de un juego a partida doble: o hablamos de un conjunto de «tecnologías de la libertad», o de un «nuevo feudalismo electrónico».
Las evidencias de este nuevo papel asignado a la información son claras. El incremento de la teatralidad de la política local que busca antes que nada a la audiencia global (ezln dixit), organizando con esto un fenómeno inédito de fragmegration: «fragmentación-integración». Es decir, la puesta en marcha de movimientos de afirmación de lo propio y particular, incluso, en el interior de la sociedad estadounidense, sugiere afirmar que «la cultura local y la política local también son un límite significativo en el modo de extender el poder estadounidense a nivel global».
Los efectos de la globalización sobre Estados Unidos, son detectables, en primer lugar, por la centralización del desprecio hacia determinados patrones culturales, cuyo punto máximo es el sentimiento antiestadounidense, o «el Gran Satán» para las fundamentalistas islámicos. En segundo lugar, las nuevas dimensiones del militarismo global están expresadas con el desafío del terrorismo, y con el llamado intervento humanitario -que a su vez, está correlacionado con lo dicho precedentemente sobre el nacionalismo.
Ahora bien, la respuesta norteamericana a estos desafíos deberá pasar por la reestructuración del soft power, la división cultural de la sociedad y por las respuestas que el gobierno estadounidense ofrecerá a la caída de la cualidad de su poder cultural. Por ello mismo, Nye sugiere que la paradoja principal, después de todo, radica en que Estados Unidos es militar y económicamente fuerte, pero social y culturalmente está cansado. La salida a la paradoja pasa por el regreso a la guerra, ya que el 11 de septiembre se ha presentado como una catapulta para hacer surgir de nuevo el perdido espíritu estadounidense de comunidad en un país que no tiene memoria de guerra. También, esa fecha vio nacer, punto que olvida Nye, un nuevo tiempo histórico. En uno de los mejores trabajos escritos sobre el paso de la edad media a la era moderna en Occidente, W. Ullman suponía que la creación de lo político y del concepto de ciudadano, distinto e incluso hostil al elemento cristiano, anunciaba el final del medievo en Occidente. El actual regreso a la cultura de la guerra anunciaría, entonces, el final de la categoría de lo político y de ciudadano, al mismo tiempo, revelaría el nacimiento de un otro tiempo donde la religión (bajo la explosiva forma de la cruzada) recuperaría parte del terreno perdido.
Texto publicado en Galaxia Gutemberg, suplemento bibliográfico de la revista Este País, núm. 146, mayo, 2003, pp. 14-15.

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