Autor: israelcglez

  • Campanella revisitado


    «Epílogo» de mi libro Los espejos de la democracia. Ley, espacio político y exclusión, Ciudad de México, Gedisa-UACM, 2015.

    Israel Covarrubias

    El vocablo religión política forma parte de una serie de cambios semánticos en la lengua acuñada en Europa entre los siglos XVI y XVII para explicar las formas de producción del universo político de la época y como reacción al proceso de su autonomía frente a la moral y la Iglesia en los inicios de la formación del Estado moderno. Por tal motivo, es necesario hacer algunas aclaraciones en torno al tema que pretendo desarrollar, sobre todo para decir e insistir en lo que este capítulo final no abordará. Podemos comenzar con la constatación ⎯casi por default⎯ de que hablar de religión política no supone ni mucho menos impone dar cuenta de la relación entre política y religión. Ni siquiera pensar, entonces, en tocar la cuestión ⎯aunque no sea posible eludirla⎯ que ha ocasionado históricamente círculos concéntricos alrededor de la politización de la religión, manifestada en una serie de prácticas de prohibición y escándalos viejos y nuevos por parte de sectores medulares de las distintas Iglesias en múltiples experiencias pasadas y presentes. De igual modo, no hablaré de los vínculos casi obvios entre religión política y religión civil, ya que a pesar de que se apoyan una en la otra, su ámbito de comprensión no pertenece al mismo espacio discursivo. Tampoco hablaré de la sacralización del poder político bajo la forma de la supuesta monopolización del mismo en el vértice del Estado. Es decir, bajo la confusión analítica e histórica, reproducida en el saqueo sistemático que siempre termina por aludir a Max Weber, de que el monopolio de la violencia legítima es una variante del monopolio del poder legítimo, lo que no presupone el monopolio absoluto de la violencia y el poder, y mucho menos el secuestro del ejercicio de ambos. (Esta confusión ha tenido efectos desastrosos en las democracias actuales como lo ha sido la llamada Acta patriótica en Estados Unidos después del 11 de septiembre de 2001.)
    Entonces, ¿de qué hablaré? Básicamente de la religión política entendida como el resultado de la producción de un dispositivo de sacralización de la política que, para Emilio Gentile (2007), tiene lugar

    […] cuando la dimensión política, después de haber conquistado su autonomía institucional en las confrontaciones de la religión tradicional, adquiere una dimensión religiosa, en el sentido de que asume un carácter propio de sacralidad, hasta llegar a reivindicar para sí la prerrogativa de definir el significado y el fin fundamental de la existencia humana, por lo menos sobre esta tierra, para el individuo y la colectividad. Y eso sucede cada vez que una entidad política, por ejemplo, la nación, el Estado, la raza, la clase, el partido, el movimiento, son transformados en una entidad sacra, es decir, se vuelven trascendentes, indiscutibles, intangibles y, como tales, colocados en el centro de un sistema, más o menos elaborado, de creencias, mitos, valores, mandamientos, ritos y símbolos, volviéndose de este modo un objeto de fe, reverencia, culto, fidelidad, dedición, hasta llegar, si es necesario, al sacrificio de la vida (pp. XVII-XVIII).

    Por lo tanto, la religión política es un sistema de cruces de entidades políticas como las apenas citadas (incluso, basta una sola de ellas) que se ubican y afirman como las intérpretes exclusivas que definen, por una parte, el proyecto y el proceso histórico de invención de la ciudad “naciente”, modelada a partir de un profundo y agudo trabajo de reingeniería respecto a sus formas y artes, así como de sus técnicas labradas sobre el espacio político, acompañado con la aparición de la figura del “hombre nuevo” en el centro de su paisaje (por supuesto, con su reverso inmanente: “la mujer nueva”), que terminan situados en el límite simbólico y real que confiere la producción sacralizada del mundo (Burleigh, 2006, p. 15). Por consiguiente, hacen depender el “destino del individuo y de la colectividad a la subordinación de una entidad suprema” (Gentile, 2007, p. XVIII). ¿Cuál destino? La persecución de “forjar una comunidad sentimental (en la que la resonancia emotiva [es] la norma) reorganizando espacio y tiempo para envolver a las masas en una ideología dominante” (Burleigh, 2006, p. 15).


    Luego entonces, ¿por qué problematizar a la religión política con la ciudad soñada de Tommaso Campanella y en el conjunto de una reflexión sobre las ansiedades contemporáneas en torno a la ley, el espacio político y la exclusión? Porque Campanella es el primer escritor político moderno que empezó a hablar de “religiones políticas” como respuesta al proceso gradual de autonomía de la política frente a la caída de la representación de los espejos de la moral y la religión (Burleigh, 2006, p. 35), y quizá entonces su enseñanza sigue vigente a pesar del anacronismo evidente en nuestro esfuerzo de volverlo nuestro contemporáneo. De este modo, su obra La ciudad del Sol es una búsqueda política con un fuerte componente de sacralización para encontrar un principio nuevo de orden efectivo con el objeto de dar una serie de certezas existenciales a los individuos. Además, puede ser interpretada como una obra que explora y conlleva la intención de elaborar un nuevo referente de significatividad respecto al orden político, al construirle un fundamento metapolítico y metaracional a la autoridad en los primeros pasos históricos de la formación del Estado moderno.
    Así pues, el objetivo que persigue este epílogo es la realización de un ejercicio de lectura a esta obra campanelliana basado en algunas “palabras sueltas”, que funcionan como metáforas y fundaciones políticas (una suerte de génesis interna) que aparecen por aquí y por allá a lo largo de la misma. Esta lectura, por su parte, se encuadra en un número restringido de intereses politológicos y sociológicos que pretenden ir tras las huellas de los efectos del cambio semántico que permiten dar cuenta de la pretensión de fundación europea de una lengua común sobre la política y el Estado.
    Es necesario tomar en consideración un elemento del contexto histórico en el cual Campanella escribirá su obra. Esto es, la invención moderna ⎯a partir de finales del siglo XVI y consolidado a lo largo del siglo XVII⎯ de un lenguaje distinto sobre la política en general y sobre el poder político en particular, y que establecen una quiebra semántica de los lenguajes tradicionales y pre-modernos acerca de la misma (Viroli, 1994, p. VII). Es en el siglo XVII, sobre todo a partir de las reflexiones de Thomas Hobbes, donde comienza la producción de una nueva gramática del mundo que no expresaba una solución de continuidad, mucho menos el triunfo del largo proceso de “unificación” de los lenguajes políticos que tuvo lugar desde la segunda mitad del siglo XIII, cuando aparece la traducción en latín de Aristóteles y, por ende, una lectura distinta de él en Europa, ya que “deja de ser auctoritas para volverse un pensador como todos los demás, definido en su propio tiempo” (Garin, 2008, pp. 13-14). El colofón es que esta nueva forma de leer a Aristóteles, quien quedará “atrapado” en el ropaje simbólico de la escolástica y frente a la cual surgirá la confrontación en la misma época con el neoplatonismo humanista, termina modelada y mezclada con la enorme influencia que hasta ese entonces había tenido y seguirá teniendo en los siglos posteriores la reflexión sobre las virtudes políticas y el significado abiertamente normativo de la república ciceroniana, para concluir en la conjugación de ambas tradiciones (la aristotélica y la ciceroniana) de lo que tentativamente puede definirse como “los mayores componentes de la concepción convencional de la política y del hombre político” (Viroli, 1994, p. XII).
    Se puede sugerir que Hobbes es una continuidad, un cambio semántico “radical”, sobre todo por el uso cultural específico de los vocablos que utiliza y la “carga” de teológica “negativa” que le imprime a las palabras que usa al nombrar la política. Por ello hay que insistir también en un hecho fundamental: Hobbes supone una ruptura con el lenguaje formado a partir del siglo XIII en el viejo continente, es la re-semantización de las palabras, la invención de significantes distintos a pesar de la invariabilidad en el tiempo de los significados de determinados conceptos-clave de la política. Recordemos el frontispicio de acompaña la primera edición del Leviatán: observamos a un hombre producido y animado por una multitud de hombres que componen el cuerpo real del Estado y de cuyos brazos ⎯a partir del símbolo de la espada y el báculo⎯ están anudadas la representación de la soberanía en dos tiempos: poder temporal y poder espiritual, gobierno del interés común ⎯adherible a la concepción de la política como razón de Estado⎯ y gobierno del deseo y la pasión. Con este mecanismo, nos dice Bobbio (1999, p. 9), Hobbes creó el mito del Estado moderno en la tensión de una relación simplemente imposible: el principio de la autoridad está fundado en la negación de la libertad.
    Hay que subrayar que no estamos sólo frente a un cambio de palabras, sino en la evidencia más palpable del “proceso de agotamiento [que con el] cambio de los tiempos, el lenguaje de la política [sufre y] se vuelve gradualmente obsoleto” (Viroli, 1994, p. XI). Es decir, pasamos de una semántica donde existe una clara identificación entre la política como “arte de gobernar una república o reino según la justicia y la razón”, hacia el llamado a la razón de Estado, concebida como “el arte de conservar y expandir el Estado, en el sentido de dominio sobre un pueblo” (Viroli, 1994, p. VIII). La noción de razón de Estado irá más allá, ya que tendrá un fuerte vínculo no sólo con Maquiavelo ⎯es oportuno no perder de vista que parte de la obra de Campanella se mueve precisamente como una reacción crítica a Maquiavelo⎯, sino con algunos de sus “apologistas”, como es el caso de Gabriel Naudé que en 1639 publica su Considération politiques sur les coups d’etat, una obra célebre y precisa sobre el argumento (curiosa coincidencia, es el año en que muere Campanella), donde define a la razón de Estado como “aquello que deroga al derecho común en ventaja del interés público” (Naudé, 1958, p. 68). Entonces, el interés ⎯que se ha vuelto público⎯ es el nuevo centro de gravedad en la formación y reproducción del Estado moderno.


    La tensión que conecta una orilla a la otra es evidente. Disuelta la relación armoniosa ⎯no sólo conceptual entre Estado y república⎯, el mundo político da paso a dos concepciones completamente distintas acerca del orden político. Por un lado, decae la virtud latina que se concretizaba en la forma de la república cristiana y más cuando pretendía ser el mecanismo de acceso y garantía indiscutible de la felicidad del hombre y su equilibrio con el mundo. Por el otro, crece una realidad cada vez más plural (y “agrietada”) que se opone a esta concepción tardo medieval para dar vida a una nueva lengua común donde la razón de Estado no excluye el gobierno de las pasiones, si bien lo domestica ⎯ya Maquiavelo lo advertía⎯, no lo puede anular por completo.
    Con ello es palpable un desplazamiento interesante. En la concepción tradicional de la política, Estado y república eran conceptos excluyentes, a diferencia del mundo moderno, donde existe la posibilidad de incluirse uno al otro. Es decir, la exclusión ocupará un lugar distinto, puesto que ya no son las palabras las que se oponen al grado de no jugar en el mismo campo semántico, son los sujetos los que terminan excluidos, separados y escindidos, y no porque antes no existiera exclusión, sino porque su relevancia no era juzgada como cosa de interés público. De aquí, por ejemplo, es posible conjugar a un solo tiempo Estado y monarquía o Estado y democracia, ya que al volverse formas de constitución, terminan por pertenecer al ámbito del orden estatal y por extensión al de la comunidad política, en cuyo interior la forma de gobierno se revela como un momento de suma importancia, pero no es el momento histórico de inicio del Estado moderno.
    En este pasaje, la producción de orden (entendida como fundamento del nomos estatal) y forma de gobierno no son caras de una misma moneda, son realidades distintas desde el punto de vista de los procesos históricos. De hecho, su separación permite vislumbrar tanto el origen de los mecanismos metapolíticos y materiales que dan vida al orden y su reproducción como aquellos mecanismos sociales que dan movimiento a las formas de gobierno. Por lo tanto, los primeros son necesarios para la producción de orden en el interior de la sociedad y como realidad política, esto es, son una forma de determinar materialmente la subjetividad. Los segundos son importantes en la medida de que permiten la socialización y sacralización de la política (legitimación) en el escenario de la vida en común. La sacralización como forma de legitimación es el elemento que trasciende el universo de la racionalidad política para conectar la determinación material de la subjetividad con la dimensión espacial (territorio) del poder político desde el momento en que enlaza de manera litúrgica ambas dimensiones.


    Esta realidad que se pluraliza y abre perspectivas hasta ese entonces inéditas para la producción de sentido y orden en el interior de sociedades que están buscando distintas salidas a la época que las ha precedido, tendrán una estación histórica fundamental de su desarrollo en el humanismo renacentista, que no presupone sólo “un regreso” a los antiguos como modelos por imitar, sino es una manera original de hacer filosofía, ya que lo que estaba en crisis y en proceso de transformación era precisamente la filosofía (Garin, 2008). Es decir, es un proyecto filosófico que pretende “reproponer el verdadero y libre método de filosofar y otorgar a la ciencia una vida nueva y noble” (Passerini, 1836, p. V), y que está presente en los principales exponentes de la escuela italiana: Petrarca, Coluccio Salutati, Leonardo Bruni, etcétera.
    Asimismo, la transformación del mundo político tendrá un empuje esencial con los efectos que exportó la llamada libertad de conversión y confesión que abrevó de la Reforma protestante, para forjar la garantía del pluralismo religioso y que luego se extendería al pluralismo político al permitir el aseguramiento de las libertades. La libertad religiosa pretendía volverse una “escuela de posibilidades” para dejarse convertir sin necesidad de pasar por los dominios del poder político y el Estado. De este modo, era un fenómeno horizontal que se dirigía a los otros con la puesta en marcha de un mecanismo simbólico en el interior del cual el pasado podía ser puesto en completo entredicho al tener la opción de devenir otra persona. Finalmente, fue una expresión de un conjunto de relaciones privadas (“entre pares”) que no tenían presente, por lo menos no con claridad, la obligatoriedad del mandado territorial del naciente Estado.
    El resultado es que cuando el discurso que emparenta virtud y felicidad es volcado por completo, la lengua tradicional de la política se reduce a “un lenguaje de la nostalgia o de la utopía, un lenguaje puesto en acción para soñar repúblicas del pasado o para desear repúblicas por venir” (Viroli, 1994, p. XV). Sin embargo, poner en un mismo ámbito de significatividad, como lo es el de la “lengua tradicional” de la política, el concepto de nostalgia con aquel de utopía puede llevarnos al equívoco, ya que rápidamente podría concluirse que toda manifestación de nostalgia en la vida política presupone un deseo exclusivo por la imaginación de repúblicas soñadas o inexistentes, inconcebible ⎯siguiendo esta lógica⎯ para el imperio de la razón que está haciendo suya la bandera de la modernidad naciente. Por lo menos en los inicios del Estado moderno y en la política que éste inventará, la razón es razón de Estado, lo que quiere decir violencia “pura” o “divina”. La confusión radica, en consecuencia, en reproducir la creencia de que la constitucionalización del Estado moderno con la invención del derecho moderno frente a la violencia de la vida no asociada es un dominio que no tiene su origen precisamente en la violencia pura o divina, lo que lo hace un argumento insostenible, ya que no hay derecho en la modernidad que no esté fundado en el exceso de una violencia interna a éste (Benjamin, 2007, pp. 113-138; Benjamin, 1973, pp. 193-194).
    Por consiguiente, hay que insistir que se trata de una nostalgia por una pérdida, por un “coagulante” que falta y que, conjuntamente con la aceleración de una auténtica política de la imaginación renacentista donde tiene lugar un sistemático “comercio con los fantasmas” (Agamben, 2006, p. 31) que pretende darle un cuerpo a aquello que se presenta como un “humor” incorpóreo, se reproducirá obsesivamente a partir del humanismo renacentista en la forma de la melancolía, que termina por ser “la heredera laica de la tristeza claustral” (Agamben, 2006, p. 18). Por ello, la inauguración de un nuevo modo de mirar filosófico que está presente en el humanismo renacentista es una respuesta sutil y respetuosa en las confrontaciones de la Iglesia a la posibilidad de volver a la filosofía un remedio y un cuidado del espíritu (Garin, 2008). Entonces, ante las enfermedades del espíritu, incluida la dimensión irrenunciable y por momentos incontrolable del deseo (después desarrollada por Diderot), se les dará respuesta con la redacción filosófica de distintos proyectos utópicos, que precisamente pueden ser leídos como un efecto del recambio semántico que abre el tiempo histórico a las oposiciones clásicas entre política de los antiguos y política de los modernos, entre lo viejo y lo nuevo, entre tradición y modernidad. En pocas palabras, es el comienzo de la constitucionalización del Estado moderno y de la sociedad que le resultó inherente. Por ello, y junto con Marco Revelli (2008, pp. 45 y ss.), se puede sugerir que la constitucionalización del Estado moderno es el movimiento definitivo de ruptura entre la escritura de “la política de los antiguos” frente a la escritura “política de los modernos”. Derivada del deseo de asociación para producir un “poder común”, la pragmática cristiana que vinculaba la injusticia de los hombres con el primado del mal ⎯inherente a la naturaleza humana⎯, con el miedo que genera la vida no asociada y con el espíritu de competencia de los hombres que los llevará a enfrentarse unos contra otros, gradualmente perderá su densidad simbólica para dar paso a la construcción de una oposición social y política a la sintáctica teológica del mundo y la justicia divina por una parte, y al “arte del bien común” (Revelli, 2008, pp. 47; Bobbio: 2004, pp. 239-253), entendido como el campo semántico de los antiguos por la otra, asumiendo por accidente en el momento de romper con la escritura de la política de los antiguos ⎯en los términos incluso confesionales donde toda sintáctica no es letra muerta, antes bien es un acto performativo⎯, los efectos y costos de la competencia y de la constatación de un mundo sin medidas fijas: la desconfianza, la avidez y la guerra. No hay que olvidar que ésta última se origina cuando todos quieren un bien que es escaso en un contexto de creciente “discrepancia de los deseos” (Piccinini, 2005, p. 101). De lo que se trataba era transformar el deseo en un interés en común que obligara al individuo tanto a subjetivarse con los otros (experiencia de sociedad) como a sujetarse al Otro (Estado). Lo evidente en ese momento es la imposibilidad de alcanzar el bien común que cede su lugar al interés común de la razón de Estado. (Es una disyuntiva que reaparece en el horizonte de la democracia a partir del siglo XIX en la pretensión por “armonizar” la representación política territorial y la representación de los intereses.)

    Tommasso Campanella


    El resultado fue la cimentación de un tiempo sin origen e inicio, y en el cual la utopía ⎯y también sus reversos bajo la forma de la heterotopía⎯ se fundan en una trama que pretende resolver desde una exigencia ética el problema ya sin respuesta de la indecibilidad: los proyectos utópicos perseguirán una “idealidad [que] nunca puede realizarse por completo” (Hubig, 1991, p. 61). Por ello, la reacción a la pluralización y al cambio semántico del lenguaje sobre la política tendrá en la utopía una doble inscripción: “hacia afuera” del universo relacional de la comunidad como forma metapolítica y autorreferencial respecto al dispositivo del orden, pero también “hacia adentro” con la puesta en acción de un proceso de sacralización de la política que necesita de ambas direcciones para su conclusión, ya que sólo así es posible relocalizar ese tiempo perdido y fundacional en el espacio social de la experiencia cotidiana.
    Este larguísimo rodeo tiene su razón de ser en el hecho de que no podemos entender el nacimiento de la “república apostólica” de Campanella (2009, p. 296) si no observamos el fenómeno histórico del cambio de la semántica sobre la política que culminará con la respuesta utópica a los desafíos que el nacimiento del Estado moderno estaba exigiendo.
    República del pasado o república del porvenir, la aparición casi anónima en los primeros años del siglo XVII de La ciudad del Sol termina por ser considerada como el texto utópico más famoso del mundo moderno. Para comenzar, La ciudad del Sol es un texto que vive y camina por un campo minado, pues su nacimiento público está cubierto por la sombra de la cruzada “anti-astrológica” declarada y sostenida por Urbano VIII en la Bula papal Inscrutabilis de 1631, que a su vez está relacionada con las pretensiones políticas papales de frenar la individualidad y el secreto inherente a la primera de lo que podríamos llamar el gobierno y la técnica astrológica, la cual formaba parte del dominio intelectual de Campanella (Ernst, 2008, pp. 64-65).
    El manuscrito fue redactado en italiano y terminado hacia 1602, cuando Campanella se encuentra en prisión en Nápoles, acusado de ser el artífice de una intentona de revuelta contra la Iglesia y la Corona española, acompañada por la “maquinación de una nueva religión y un nuevo Estado” (Passerini, 1836, p. VIII). En ese primer borrador están presentes las preocupaciones que por aquel entonces Campanella tiene respecto a la posibilidad de construir una salida filosófica y política al Renacimiento a partir de una serie de reflexiones circulares que construyen puertas y ventanas para cimentar el desarrollo de la naturaleza humana con el mundo viviente. De hecho, gran parte de su obra es una reflexión profunda y ambiciosa encaminada a la construcción de una nueva filosofía de lo viviente (Passerini, 1836, p. XII). Así pues, por ejemplo, frente a un contemporáneo suyo como René Descartes para quien el sujeto que piensa es el inicio de todo filosofar, Campanella antepone el mundo como totalidad, dentro del cual el sujeto existe como focus inicial de la filosofía (Passerini, 1836, p. XIII). De este modo, se puede decir que Descartes descubre el mundo de la racionalidad del sujeto. En cambio, Campanella lo crea a partir del “arte” de la intuición. (Recordemos que este apetito por el absoluto será consolidado mucho tiempo después por la filosofía hegeliana.)
    Agreguemos que la peculiaridad de los umbrales de salida de la filosofía campanelliana radican en que desde su confección están cerrados. Sin embargo, habría que apuntar que el discurso de las “puertas” y “ventanas” se desdobla en dos tiempos distintos: hacia el interior de la ciudad, imaginan espacios abiertos; hacia el exterior, las ventanas están clausuradas, de hecho, son inexistentes. Esto se explica, señala Hubig (1991, p. 61), porque “Las utopías son imágenes de la competencia humana. Por eso tienen que ser universales, es decir, presentar una unidad y un orden cerrados respecto al ser humano, y al mismo tiempo determinar su relación con la naturaleza”. Asimismo, estas reflexiones fueron pensadas para ser presentadas en el Jubileo romano de 1600, donde, por cierto, caerá la condena sobre Giordano Bruno. Sin embargo, eso no sucedió. El manuscrito empezará a circular hasta 1607, gracias a su amigo alemán Gaspar Schoppe, a quien Campanella le confía todas sus obras escritas hasta el momento con la esperanza de volverlas libro. Cosa que tampoco sucedió, pero las copias manuscritas empezaron a reproducirse y circular, hasta que finalmente aparecerá en 1623 su primera edición como libro en latín (Servier, 1995, p. 53).
    Hay que agregar que La ciudad del Sol es un texto que tiene 17 versiones que la hace por sí misma una obra de singularización fijada en lo mínimo y en el detalle, de lo cual le sigue que cualquier aproximación a su historia interna obliga a hacerle una hermenéutica y una disección, ya que cada versión no deja de abrir y cerrar puertas y ventanas (Ernst, 2008, p. 84). Al respecto, me parece que la metáfora del “abrir” y el “cerrar” corresponden con el hecho de que Campanella tuvo particular interés por la lengua de los umbrales y zonas de frontera, tanto territoriales como subjetivas. Así queda de manifiesto su particular fascinación por las disecciones oculares y la forma esférica del ojo, como lo muestra su brevísima estancia en Padua, donde llevaría a cabo “disecciones finísimas para investigar la anatomía y la funcionalidad visiva del ojo humano” (Firpo, 2008, p. XXV). Es decir, una necesidad siempre creciente por los “misterios” de la mirada y sus ángulos, que se reflejarán precisamente en La ciudad del Sol y sus versiones, ya que es una obra esférica donde cada versión lleva consigo un original y, por consiguiente, cada edición encierra su antecedente y abre su campo semántico a un original sin tiempo. Por ende, es una obra en 17 movimientos fundada precisamente en las huellas que deja como reminiscencias de cada una de sus escrituras pasadas y de aquellas por venir, es decir, huellas que pueden ser interpretadas, para usar una expresión precisa de Agamben (2007, p. 18), como “cristales de memoria histórica […] alrededor de los cuales el tiempo escribe su coreografía”.
    Ahora bien, podemos decir que La ciudad del Sol es el dibujo de una ciudad donde estalla con fuerza la voz de la falta de herencia y, por consiguiente, la discontinuidad aparece bajo la figura del desheredado que encausa con intensidad un “lamento profético, soportado en ecos bíblicos y dantescos” (Firpo, 2008, p. XVII), y en el cual uno de los objetivos que se traza su autor es otorgar una respuesta urgente a la cuestión del sufrimiento humano ⎯en la parábola, me parece, no tan clara del “justo que sufre”⎯, entendiendo por ello un movimiento de “desmesurada resistencia [que pretende la] reconstrucción de un mundo ético después de haber deconstruido la fe en la justicia de Dios” (Negri, 2002, p. 25). Insistir sobre este punto particular tiene una importante razón de ser en Campanella, ya que en él existencia y sufrimiento son inseparables, como lo demuestran los apuntes de los años más severos de su encierro. En particular, cuando este último supuso una capacidad “por afuera” de lo común para soportar condiciones inhumanas de aislamiento, y por ello la libertad opera como su horizonte intelectual, filosófico y religioso, pero también como alegoría viva y ética de su propia desaparición pública al pasar 27 años en cárcel, lo que lo volvería el preso político más célebre de la época, al grado de llamar la atención de viajeros y visitantes de todo tipo. Fuera del encierro, Campanella intenta coordinar y llevar a cabo una explicación metaracional acerca del orden del mundo; cuando está encerrado, sus preocupaciones gravitan sobre los misterios del ser y de sus enfermedades (Firpo, 2008, p. XXV).
    En consecuencia, tenemos una ciudad naciente donde sobresale un insistente discurso acerca del papel que juegan los muros, interpretables como fronteras de exclusión, pero sobre todo de recomposición entre lo justo y lo injusto del mundo. De este modo, los muros son la precondición sin la cual no es posible lograr el no lugar de la felicidad, la utopía. Después, Campanella pasa a la descripción de la forma de gobierno de su república, que se funda en una monarquía sacralizada desde el punto de vista político, e identificable en la figura del Uno (llamado Metafísico) que se “halla al frente de todas las cosas temporales y espirituales. Y en todos los asuntos y causas su decisión es inapelable” (Campanella, 2009, p. 189). Junto a estos rasgos, aparece como constante, la obligación y disposición tanto de hombres como mujeres a la guerra, cuyo entrenamiento lo juzga “género de vida”, es decir, una forma normal de relacionarse con aquellos que rodean los muros de la ciudad del sol.
    De igual modo, hay que insistir en el vocablo común que recorre toda la obra: las materialidades, los oficios, las técnicas, los modos de dormir, las maneras de vestir, la sexualidad fundada exclusivamente en su variante reproductiva, la disposición de los comedores y la comida (que se hace en silencio absoluto) y sus tipos; por ejemplo, una dieta otoñal basada en uvas como “remedio contra la bilis negra y la melancolía” (Campanella, 2009, p. 230), sugieren decir que precisamente el lenguaje de la nostalgia está fundado como una respuesta a los “inconvenientes” de las enfermedades del espíritu. Al ser lo común de todos y ninguno, esboza uno de los rasgos centrales de La ciudad del Sol: el sacrificio que anhela un sueño escrito “despierto” sobre la igualdad total (Burleigh, 2006, p. 37).
    Por lo tanto, La ciudad del Sol puede ser considerada un llamado violentísimo al orden perfecto, ya que para que este último pueda tener lugar, es necesaria la aparición de una forma autolegisladora donde el Uno, él, es “la eficiencia”, la respuesta, y los sujetos son “la falta”, están incompletos (Campanella, 2009, p. 247). En Campanella, al estar fundidos poder temporal con poder espiritual (Servier, 1995, p. 56), la religión política ocupará el lugar de todos y de ninguno (¡es la soberanía!).
    Lo anterior se traducirá en la punta de lanza para el largo peregrinaje de las ideologías modernas que inician con la experiencia democrática continental en la ruptura que supuso la Revolución francesa a partir de 1789 (Burleigh, 2006, p. 35). No es fortuito en este sentido que el vocablo “ideología” aparezca por vez primera en 1797, acuñado por Antoine Destutt de Tracy para denotar a la ciencia de las ideas y que inmediatamente será deslizado hacia una negatividad casi constitutiva: la ideología es una palabra que indica el universo político de la demagogia como predicación, por extensión, el ideólogo es un demagogo o predicador (Elliott, 2006, pp. 393-394). Para Napoleón el ideólogo era un demagogo, lo que le dio un carácter despectivo a la categoría. Esta operación política (tiene que ver con una nueva política de la palabra) podría ser definida como una “retórica en reversa”: si el demagogo tiene un carácter negativo por edificar un principio total de identidad (A = A; “la ley es la ley porque es la ley”), su apuesta por “tener” la razón es una apuesta por detentar la verdad mediante la puesta en acción litúrgica del primado de la comunicación (“cómo puedo decir algo”) en vez de operar una querella por la materia profunda del dicho; es decir, estamos en una querella por el lugar desde el cual se habla, no de la cosa que queremos desarrollar a través de la toma de la palabra.
    Este discurso que desplaza históricamente el sentido original de la ideología, puede tener anacrónicamente su correlato en la fraseología del “fin de las ideologías”, el “fin de la historia”, el “fin del hombre”, “fin del mundo”, que no hacen más que consolidar las narrativas del final (cuya salida más evidente es la utopía) o bien de la neutralización de los fines; por ejemplo, con el vocablo ideológico y jurídico de la “representación” se asiste a un principio de desplazamiento de la política: la categoría de representación no es propiamente hablando empírica, su origen es completamente discursivo e ideológico. Es una suma de diversos lenguajes que no logran componer un espacio en común. “La representación política”, advierte Rosanvallon (2004, p. 314), “se ejercita en la escritura de una novela de la sociedad al mismo tiempo que los individuos redactan su diario íntimo”.
    Si la ideología fue una categoría desconocida en el léxico de la política ilustrada, ella pretendió instituirse como un conjunto de “narrativas” en un intento de oposición al oscurantismo religioso. De tal suerte que es posible sugerir que era necesario el nacimiento del pluralismo y de la política de la conversión como paso previo a la constitución de ideologías robustas. En consecuencia, no podemos olvidar ⎯advierte el historiador inglés Michael Burleigh (2006, p. 63) ⎯ la tendencia moderna de que “todo movimiento político, incluidos los que intentan abolir el pasado, procura tarde o temprano fabricarse un linaje”.
    En el caso de la Revolución francesa no es un ejercicio vano sugerir que el dispositivo de sacralización de la política fusionó y dilató a un solo tiempo religión política e ideología, ya que esta última se volvía y ocupaba el lugar del nuevo fundamento del poder político. Es decir, en el fondo hay un desplazamiento de la nostalgia por lo que se está perdiendo a la urgencia de lo que está por aparecer, que terminarán mediados por la forma que adopta precisamente la violencia pura que está en la base como excepción del nacimiento de la ley y su fuerza en términos de actos estatales “supremos” (Agamben, 2003, p. 50). Es por ello que los discursos utópicos como lo es el de Campanella no son simplemente un regreso a un paraíso perdido, sino ante todo una salida de emergencia a la imposibilidad de reconectar una realidad que ya no puede ser encapsulada racional ni simbólicamente por completo pues está en constante proceso de disolución y cambio, a pesar de que jamás llega a su propia aniquilación.
    Para terminar, es oportuno agregar que Campanella fue un fraile ejemplar e indisciplinado, un conspirador de tiempo completo y católico “disidente”. Sediento de conocimiento, la lectura ocupó un lugar central en su existencia, aun antes de su encierro. Por lo tanto, el lenguaje fue su tierra y la palabra su casa, tanto oral como escrita. Hay que leerlo como un “herético” que al final encontró su tierra en el sol y sus brillantes arenas, y que al decir de uno de sus más agudos estudiosos ⎯como es el caso de Luigi Firpo⎯, fue un intento admirable por recuperar algunos tirones de la libertad en una época en la cual siempre estuvo en vías de extinción, tanto la de su autor como la de su tiempo, con la furibunda guerra de religiones (“Guerra de los Treinta Años”): “Campanella no repite solamente motivos platónicos, esquemas espartanos, reglas conventuales: en realidad anuncia las instancias profundas de la justicia social, entendida no sólo como igualitarismo mecánico, nivelador y libertino, sino como recuperación de la dignidad del hombre” (Firpo, 2008, p. XXXV). Esta puede ser por su parte una salida “excepcional” a las nociones clásicas acerca de los discursos utópicos, pues Campanella cimentó el horizonte que el pensamiento revolucionario hará suyo no sólo en 1789, sino a lo largo de los siglos XIX y XX bajo las formas de las exigencias de la justicia, la dignidad, la socialización del trabajo y la política, así como en la politización de lo cotidiano y la subjetividad y que terminaron por configurar a su modo un “imperio donde jamás se oculta el sol” (Firpo, 2008, p. XXIX).
    Quizá podríamos concluir, por nuestra parte, que la imagen del sol y a pesar de la alergia que provocó en los revolucionarios franceses que harían de la religión civil su Iglesia (incluido el saqueo y destrucción del convento parisino de los dominicos de la Rue St. Honoré donde fue enterrado Campanella en 1639), es siempre la metáfora dramática de esa libertad humana contradictoria e imposible de callar y que, en oposición no sólo al sufrimiento sino también al poder político terrenal, podría ser leída todavía hoy como una respuesta humana al abandono del sujeto en las confrontaciones con cualquier dispositivo discursivo de ley y autoridad. Es decir, el abandono del hombre al destino que él mismo está incapacitado para leer “correctamente”, pero que desea conquistarlo y alargarlo en su propia historia, será desde el humanismo renacentista y con mayor fuerza en las salidas políticas a éste como sucede con Campanella, una tensión creciente entre melancolía y ley, pues si existieran buenas leyes en el interior de una sociedad, la melancolía no estaría presente, mucho menos el hombre se lanzaría a la aventura quijotesca por intentar llenar políticamente el vacío entre un paraíso perdido o faltante y una tierra por venir que termina por concatenar espera y promesa en el horizonte del tiempo (Servier, 1995, pp. 19, 58, 139).

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  • México: el poder, las víctimas y la democratización (im)posible

    Israel Covarrubias*

    Texto publicado como «Prólogo» a Jaime Torres Guillén, Gramáticas del reconocimiento en México. Contribución a una teoría de la justicia como análisis social, Ciudad de México, Ediciones Navarra, 2020, pp. 11-25.

    La indeterminación del poder

    Toda indagación académica que esté interesada en problematizar el fenómeno de la indeterminación que permite a la política ser una operación que se caracteriza, entre otras cosas, como la punta de lanza para la activación de formas de luchas en el interior de la sociedad, tiene que abordar una cuestión fundamental que surge con la visibilización de los reversos de la política. En este sentido, la política se vuelve una acción determinada y limitada por los fines de las instituciones del Estado, pero también por aquellos que persigue la sociedad a través de las mediaciones que establece con la estatalidad, no solo con el aparato de Estado. Como se sabe, esta constatación siempre ha acompañado a las escansiones históricas donde el cambio social se expresa de manera intermitente, pero de modo completamente irreversible. Así, los reversos de la política contienen una enorme energía vital que adopta la forma de lo político cuando esta última logra dinamizarse en una táctica de abajo hacia arriba (bottom-up). En esa modulación destaca el papel que cumple precisamente la indeterminación que anima el juego social donde un ángulo de poder, a pesar de la insignificancia de su disimulación manifiesta, puede ser puesto en entredicho.

    Para Michel Foucault, el poder en la sociedad contemporánea pretende volverse sutil y persuasivo, pero para reproducirse con éxito necesita ser trastrocado continuamente por una miríada de gestos moleculares, por resistencias no planeadas y des-jerarquizadas. El verdadero secreto del poder, continúa, es que usa el deseo para volver inteligible sus prácticas. Acepta su incapacidad de control absoluto, pero en cambio corrobora que su porosidad constitutiva —que define como “mallas”— es más eficaz que la saturación topológica de los emblemas que lo sostienen en el tiempo. Al respecto, el filósofo francés concluye: “Lo interesante es, en efecto, saber cómo en un grupo, en una clase o en una sociedad, funcionan las mallas del poder, es decir, cuál es la localización de cada uno en el hilo del poder, cómo se ejerce de nuevo, cómo lo conserva, como le repercute” (Foucault, 1999: 254).
    El elemento que subraya Foucault es la pérdida de la equivalencia tanto unitaria como identitaria del poder, y que estuvo supeditada al lenguaje y a las prácticas del Derecho que venían de la sociedad del Ancien Régime (1999: 238), pero que por su parte permitieron el nacimiento de una experiencia política que aparece en el siglo XIX, donde lo político ya no se identifica directamente con la política como asunto de Estado. Por ende, lo político no puede coincidir más que consigo mismo, es decir, deviene una forma de sociedad, no una forma de Estado. La diferencia no es solo semántica, sino histórica y es radical. El primer indicador que pierde su densidad es justo aquel que supedita y exige que toda actuación política sea exclusivamente competencia del espacio de dominación legítima del Estado.
    Para Claude Lefort es la no coincidencia, si se quiere, la asimetría entre individuos, entre clases o entre “poderes”, la que permite el “advenimiento” de la “revolución democrática” del siglo XIX, al sostenerse en “la disolución de los indicadores de la certeza” (Lefort, 1990: 188). De este modo, uno de los elementos axiales que dan vida a la experiencia democrática son las luchas sociales por la igualdad (por ejemplo, es una exigencia intrínseca en las disputas por la ampliación del sufragio), que califican la posibilidad social de aquello que Alexis de Tocqueville anuncia como la “igualdad de condiciones” (Tocqueville, 2000: 40; Lefort, 1990: 188). No obstante, un efecto de la indeterminación del poder en esta nueva forma de gobierno es que su nacimiento produjo una paradoja: “mientras los hombres se volvían de hecho cada vez más semejantes, no eran sino más proclives a producir los signos de su disimilitud” (Lefort, 1990: 189-190). La diferencia que separa a uno del otro, es la que rompe por completo la lógica de las equivalencias que se formaron en el seno de la modernidad filosófica y política. Para Lefort (1990: 190) este gesto es el que produce la noción original del lugar del poder en la forma histórica de la democracia moderna como “lugar vacío”, definido así básicamente por cuatro elementos constitutivos. El primero es que en la experiencia democrática moderna se constata la pérdida del propietario del poder. El poder deja de ser una propiedad personal, de uno, pocos o muchos, es lo que menos importa, lo relevante es que caduca la posibilidad de ser un atributo personal del titular del poder político. El segundo es la incapacidad de que el poder pueda producir una ficción “corpórea” y “unitaria” de sí mismo. El tercero es la corroboración que la indeterminación no es un signo de lo político negativo, al contrario es completamente necesaria para alimentar a una sociedad dinámica. Cuarto, la democracia se enfrenta a la imposibilidad de “petrificar” simbólica o realmente el actuar político (Lefort, 1990: 190).


    “La noción”, dice Lefort, “de un lugar que yo califico de vacío porque ningún individuo, y ningún grupo, puede serle consustancial; la noción de un lugar infigurable que no está ni fuera ni dentro; la noción de una instancia puramente simbólica, en el sentido de que ya no se la localiza en lo real; pero además hay que observar que, por la misma razón, la referencia a un polo incondicionado se desdibuja; o, si así se prefiere, la sociedad enfrenta la prueba de una pérdida de fundamento […] La huella de este acontecimiento puede ser observada en dos registros. Por un lado, junto a la desincorporación del poder, se opera una desintrincación entre la esfera del poder, la esfera de la ley y la esfera del conocimiento […] Por otro lado, la formación de una escena política, escena sobre la cual se ejerce la competencia por el poder, va a la par con el movimiento que da plena consistencia a la sociedad civil, revelando ser ésta la misma de parte a parte, a través de sus divisiones” (Lefort, 1990: 190).


    El corolario es que el poder y las prácticas sociales que permiten que la política sea algo más que una relación estratégica desde y para el Estado; algo más que la persecución del orden político; algo más que la reproducción del status quo que se presenta como forma deseable de control, de modelación del cuerpo y del espíritu, y de la subjetividad en general, es que no puede nuclear esa determinación de encapsulamiento en un llamado abstracto a la unidad, sea nacional o identitaria, porque la sociedad democrática en su autonomía creciente está imposibilitada a pensarse en ese esquema. Más bien puede comprenderse a sí misma en términos de un poder que otorga el reconocimiento a la alteridad, en tanto reverso de la identidad. De este modo, el poder en una sociedad democrática se aleja demasiado de aquella forma que lo emparenta a un acto de resistencia, o más aún, de aquella manera que se coloca como contra-poder, y que por momentos pretende el establecimiento de una relación directamente proporcional con el poder que quiere contrarrestar.
    Para Jaime Torres Guillén, el intercambio entre las formas que tiene el poder para sucederse en la sociedad democrática puede ser comprendido mejor desde el ángulo de la lucha por el reconocimiento, que es un vocablo emparentado con el de la alteridad, o si se quiere, con el bagaje de la diferencia. La presión que la sociedad ejerce sobre el poder que irradia la política y el Estado es producto de una intencionalidad clara: con cada contestación la pretensión es que el poder cambie su trayectoria. Sin embargo, lo que el lector encuentra en esta obra es un resultado inquietante: la expectativa del cambio siempre se pierde, siempre palidece frente al espectáculo de la anarquía que produce el poder político con su obrar cotidiano en el momento en que fue contestado.
    Este hecho me recuerda el guiño que Giorgio Agamben recupera de Pier Paolo Pasolini, particularmente de su película Salò o los 120 días de Sodoma, realizada poco tiempo antes de su asesinato. Como es sabido, Pasolini intenta mostrar la férrea mistificación de la fascinación del poder del Estado y de la Iglesia de su tiempo, así como del poder que flotaba con la herencia del fascismo —presente desde el título de la película— y la del consumismo de la sociedad capitalista. Una triada reflejada con violencia, directa, sin matices, donde el morbo, el asco y el dolor son una misma cara de la moneda del poder fascista del Estado. En el epílogo del libro El uso de los cuerpos, titulado “Para una teoría de la potencia destituyente”, Agamben escribe: “Pier Paolo Pasolini le hace decir a uno de los jerarcas de Salò que la verdadera anarquía es la del poder” (Agamben, 2017: 489). Este es un recordatorio, sugiere Agamben, de que el poder no sólo cumple la función de reducir complejidad en el seno de las sociedades, sino que es una máquina de producción de bucles de complejidad, a la que le gusta gozar con la desarticulación pausada de los cuerpos de sus víctimas, hasta que las vuelve completamente inoperosas, y sin pretenderlo, con este guiño abre la posibilidad de pensar en un nuevo campo de diferencias para la política, pero que solo puede ser revelado una vez que se perfora la dimensión anárquica que produce el poder en su convicción salvadora, es decir, en su concepción institucional y estatal. Y es aquí, en esta encrucijada teórica e histórica, donde el libro de Jaime Torres cobra relevancia para las ciencias sociales mexicanas y para el estudio de la historia de nuestro tiempo presente.

    Descentramiento democrático
    Lo que se discute en la obra Gramáticas del reconocimiento en México son las maneras de adaptación a los cambios repentinos que nuestro sistema social ha producido en su desarrollo político reciente, sobre todo a partir de sus efectos en el campo político, que en este caso es el de la democracia mexicana. El autor subraya el papel determinante de los trastrocamientos en la historicidad por parte de una serie de acontecimientos de enorme relevancia social y política y con un gran impacto en la opinión pública nacional e internacional. Con ello, apunta a la importancia que tienen las temporalidades de todos aquellos que padecen el poder de la violencia, del despojo y de la desaparición, evidentemente en un país donde pareciera que estos fenómenos son práctica cotidiana y “normalizada”. De aquí, pues, que la centralidad de la figura de la víctima en México no sea un accidente, ni un caso aislado y mucho menos sin relación con la democracia. Al contrario, el tipo específico de víctimas que ha producido el sistema político mexicano en los últimos lustros califican y modelan el tipo particular de régimen democrático en el que vivimos.
    Acaso sin nombrarlo, el autor discute diversas dimensiones de las cuatro modalidades clásicas que la sociología política tiene en su interés por el cambio social y político: a) qué ventajas plantea el cambio de una situación específica, es decir, qué se quiere derribar y qué se pretende erigir; b) cuál es el origen de la anatomía del cambio que está visibilizándose; c) qué papel juega el sistema político al frenar o liberalizar esas transformaciones; y d) qué “calidad intelectual” importa el pasaje de una a otra situación, lo que sugiere la necesidad de observación del impacto en la vida pública de ese fenómeno bajo estudio (Horowitz, 1986: 113).
    Pienso que Jaime Torres ha traducido de manera fina estas cuatro modalidades presentes en algunos momentos de expansión de lo político de nuestro país. Desanuda varios de los principales vectores históricos y simbólicos de tres de los casos paradigmáticos de la condición democrática mexicana: el Movimiento Ciudadano por la Justicia 5 de Junio, que nace a causa del incendio de la Guardería ABC en Hermosillo, Sonora, que tuvo lugar el 5 de junio de 2009 y donde murieron 49 infantes y más de cien resultaron heridos; el Movimiento Por la Paz con Justicia y Dignidad que nace en 2011 luego del asesinato del hijo del poeta Javier Sicilia en Morelos, y se vuelve una reacción nacional a la intensificación de la entonces llamada “Guerra contra el narcotráfico” llevada a cabo por el Estado mexicano, cuyo titular era Felipe Calderón Hinojosa. Finalmente, el Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México, que nace en 2015, y aglutina a más de sesenta colectivos de búsqueda y organizaciones de familias de personas desaparecidas también a causa del combate al narcotráfico. Los tres casos son los homo sacer de la democracia mexicana.
    No hay que dejar de lado el cambio de fondo que estas experiencias presentan: en los años noventa, y me atrevería decir que desde los años setenta, la acción de los movimientos sociales en México reivindicaba un abanico amplio de injusticias, pero siempre terminaban inscritas como batallas abiertas, frontales al Estado y al régimen político autoritario —piénsese, por ejemplo, en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. En los tres casos señalados se despliegan en un contexto de “normalidad” democrática conjugada con una serie de regresiones autoritarias que terminan por quebrar el carácter positivo que había adquirido la evolución de la democracia mexicana después del año 2000 (Covarrubias, 2017: 197-214).
    Los tres episodios conjugan una mezcla procaz de formas de negación de la vida que hunde sus raíces en los efectos de la violencia criminal, pero también en aquella que se genera desde el Estado, así como en la corrupción del sistema político mexicano, que no puede separarse del amiguismo aún presente entre empresarios locales y nacionales, gobernadores y familias presidenciales, en una enigmática declinación de la organización político-económica que podría ser identificada como una forma extrema de capitalismo político. Lo que llama mucho la atención es la transversalidad de los tres fenómenos, al pasar de sexenio a sexenio, al no encontrar respuesta eficaz por parte de las instituciones federales y estatales; al desdeñar a los familiares y a las víctimas que los tres casos tienen en su origen; al impartir justicia a cuenta gotas; y en el que ya llevamos más de dos sexenios en esa intensa labor de organización, desorganización, nuevamente organización, de las familias, acompañantes, amistades, aliados estratégicos. Pareciera que el terreno donde han desarrollado sus luchas es análogo al del mito de Sísifo: cada vez que se abre el horizonte de la política mexicana a una posibilidad de justicia, cada vez que se está a punto de llegar a esa difícil cima, todo cae y es necesario volver a empezar, una y otra vez.
    El desgano funcional del Estado mexicano y de los encargados de ocuparse en la resolución de los tres casos abordados en el libro, nos hacen pensar que si lo evidente es que nunca se termina de entender al otro, entonces, ¿cómo es posible que ese otro sea reconocido?, ¿cómo ir a su encuentro si no se vislumbra ninguna posibilidad de apertura? En los tres casos ha operado por parte de las autoridades del Estado mexicano una acción des-diferenciadora hacia ellos, lo que sugiere un acto de una enorme violencia pues esa conducta oculta un borramiento de cada uno de los miembros de los colectivos, de las víctimas directas e indirectas, en tanto otredad. La obra de Jaime Torres Guillén subraya a la falta de conocimiento sobre el otro como central en el actuar de las élites políticas mexicanas. Agregaría por mi parte que esto también quiere decir que jamás se termina de conocer al otro porque no se le quiere entender. La apatía es palpable en el rol de un gobierno que no corresponde a las expectativas de cambio generadas, con independencia del signo político partidista que enarbole. Por ello, insistía líneas arriba sobre la necesidad de salirse de la trampa de la simetría del poder entre aquellos que lo detentan desde el Estado y aquellos que lo padecen desde la sociedad bajo la forma de las víctimas.
    Los movimientos estudiados son expresiones fehacientes de un momento de explosión de lo político. Son tres actos gestionados por aquellos que no tenían posibilidades de ejercer el poder antes de la irrupción del acontecimiento en el que se vieron involucrados. De alguna manera, ridiculizan al poder del Estado a través de las formas populares que adoptará la agonía pública en tanto “prácticas de dignidad”, incluso por aquellas manifestaciones sociales discrepantes internamente a cada uno de los movimientos estudiados, que rozan el borde de un “aparente” sin sentido, pero siempre logran con precisión el cometido trazado en su formación y práctica política: disparar de manera continua a la obsolescencia de la vida compartida que nos han heredado y que experimentamos como una suerte de oxímoron que acomete cotidianamente hacia el punto neurálgico de una “oscura luminosidad” democrática que hace volver lo político una y otra vez al primer plano.
    Una oxímoron que, por ejemplo, en el caso de las desapariciones, expresa en primer lugar una pérdida gradual del derecho a la ciudad de cualquier sujeto y especialmente el derecho a aparecer vivos en la ciudad. Si en nuestro país se ha perdido el derecho de aparición, entonces, en segundo lugar, tenemos una forma de desaparición que es síntoma de la fuerza de ley no del Estado, sino de un conjunto de organizaciones privadas (el crimen organizado, se quiera o no, es una organización privada) que imponen su particular mecanismo de estructuración de la esfera pública. En tercer lugar, tenemos la exigibilidad social cuando se dan a la tarea de hacer reaparecer a los sujetos desaparecidos, y que cobra en muchos de los casos, por desgracia, la forma del cadáver. Al desaparecerlos como sujetos aunque las instituciones estatales no sean las que enarbolen la política de la desaparición, el Estado, en su intención de cumplir su función garantista como lo es el derecho de existir en la ciudad, los hace reaparecer como espectros y no como sujetos, ya que terminan recluidos en el número, la cifra, el expediente, o en muchos casos, simplemente en una bolsa de huesos.
    Por ello, quizá una de sus derivaciones sea la reproducción de la deuda excepcional (por encontrarse fuera de toda norma) de la esfera pública mexicana con relación a las formas de elaboración de una política del duelo que atañen a las desapariciones sistemáticas que los sujetos padecen a lo largo del territorio nacional, ya que hablar de desaparición en nuestro país no supone incluir únicamente a las desapariciones físicas de varias decenas de miles de mexicanos/as, sino también opera como metáfora del despojo y destierro de la esfera pública. En los tres movimientos, un rasgo que comparten es aquel del proceso de elaboración del duelo que pretende limitar la deuda que la violencia del Estado impone en el tiempo, pero que se ve obligado a pasar (saltar) a un campo desigual como lo es la esfera pública para elaborar fragmentariamente ese duelo en las tensiones que le subyacen a este orden de cosas: pertenece a la comunidad, no son manifestaciones exclusivas de un sujeto, de una madre o un padre, de un hermano o un hijo, ya no puede ser simplemente reducidos, atomizados.
    En los tiempos que corren, los partidarios de una política de la memoria organizada de forma cronológica pierden hegemonía, y con ello caen al vacío sus recursos sobre todo intelectuales y culturales, desde donde alguna vez sustentaron sus palabras, sus críticas, sus amoríos sexenales, sus preferencias ideológicas, sus saltos al vacío. En lugar de estos, quedan aquellos que hacen de la memoria un sentimiento desde el cual decir y confrontar; una memoria empañada y empeñada en lograr sacar a la superficie un continuo fluir psíquico, ya que en lo profundo de nuestro inconsciente, subyace —como mera forma de rechazo al ninguneo— un profundo malestar compartido frente a ese poder ejercido siempre en una lógica de “arriba hacia abajo” (top down). Pero además, este momento no deja de abonar al campo de batalla donde tienen lugar nuestras mejores escenificaciones, aunque anuncien un espectáculo que puede terminar en la coronación de un nuevo mythomoteur. Siempre es una posibilidad de que todo regrese a una forma anterior o posterior, no necesariamente los cambios micro-políticos, allende a los macro-políticos, suponen desde un punto de vista ético —en el sentido que la entiende el autor de esta obra— un crecimiento de la calidad de la participación y del desarrollo de las virtudes democráticas, cuando el poder aparece en una dinámica de abajo hacia arriba. Es en este proceso a un tiempo contingente y funcional para la expansión de lo político donde se ha vuelto oportuna, dice Jaime Torres Guillén, la elaboración de una gramática del reconocimiento. Con más precisión: una gramática “otra” del reconocimiento, que prefigure una forma innovadora de conceptualizar la obligación moral en situaciones históricas marcadas por una profunda agudización de las injusticias.

    Una teoría crítica de la justicia
    Me parece necesario subrayar la relevancia de las palabras que nombran y definen a la política contemporánea, y sobre todo a la que está situada en nuestra circunstancia mexicana. ¿Qué es la política, qué es lo político?, ¿cuáles son los límites de uno y de otro desde un punto de vista histórico, pero también teórico? Parecieran interrogantes que un observador atento a las dinámicas del poder podría responder de modo eficiente, quizá también de manera eficaz. Sin embargo, justo cuando las dinámicas del poder han cambiado y se vuelven impredecibles, es que comienzan los problemas para elaborar esas respuestas que necesitamos, y que no tenemos. El autor de la obra avanza una respuesta: “El libro hace referencia a gramáticas del reconocimiento, entendidas como exigencias que resultan de una crítica colectiva a las injusticias padecidas”. ¿Qué entiende el autor por gramática, ya que es un concepto central de su reflexión? Dice: “Normas que las personas siguen para que se les reconozca como sujetos con capacidad de actuar y juzgar correctamente. Con este concepto se hace referencia a la idea de que en la dinámica de las relaciones sociales, existen experiencias morales que trascienden a la sociedad dada, al apuntar a nuevas formas de convivencia basadas en ideas y valores sobre lo que es justo, correcto, digno o con mayor libertad social”. Es decir, las gramáticas del reconocimiento aluden claramente al sentido de justicia que subyace a un hecho “traumático” y, por ende, vuelven a este una gramática en su sentido pragmático. En las tres experiencias estudiadas, el trauma siempre es tiempo presente. Codifica y captura nuestra atención colectiva. Se niega a ser simplemente un recuento de daños, un episodio más de la enorme cadena de impunidad manifiesta y latente en la vida pública de México. Hay, pues, una suerte de triple figuración moral del agravio y el dolor: lo personal es político, lo familiar es público y lo colectivo es singular. La operación que hace posible ese devenir, es la materia prima de este libro, ya que solo en los conflictos es posible el llamado al reconocimiento y la exigencia de justicia. No olvidemos, dice Torres Guillén, “que la pregunta por la justicia aparece en momentos de crisis y grandes convulsiones sociales”.
    Hacia el final de la obra, esta elaboración teórica cobra toda su significatividad. “De esta manera”, escribe Torres Guillén, “la obligación moral o el deber ético con las y los otros, en sociedades del desprecio como la que impera en la sociedad capitalista, es fruto de experiencias de sufrimiento y exigencias de justicia. Su contenido sólo podría derivarse de dichas experiencias vinculadas a una teoría crítica capaz de influir en la praxis social de la que ella deviene como momento práctico transformador. Esto es, vinculado a una teoría crítica cuyo conocimiento esté orientado a la acción en un contexto práctico-político delimitado por los indignados de la tierra. Por todo esto, el contenido de la obligación moral sólo podría reconstruirse a partir del desarrollo de una teoría social crítica”.
    Con ello, nos recuerda el autor en una suerte de forma fenomenológica de teorización, que habitamos “un mundo intersubjetivo”, no un mundo de individuos abstractos, mucho menos un mundo fundamentado en una mera doxa. Por consiguiente, al ser un mundo intersubjetivo, lo político que anuncian las gramáticas (a)bordadas en el libro, hace suyo el “descentramiento” en el que nos encontramos como sistema social. Por lo tanto, nuestra sociedad democrática definitivamente ha perdido su ser centro. Es un proceso en marcha, por lo que además de la disputa existencial y personal que dinamitaron a los tres movimientos, es decir, son movilizaciones que tienen como común denominador a la violencia, dejan entrever que son querellas por la toma de la palabra, ya que esa apropiación terminará en una estructuración de una auténtica política de la palabra (reconocimiento). La pretensión es dejar hablar al que se encuentra en desventaja en tanto legítima exigencia de justicia. A mi entender, en el libro este es el origen de la obligación moral que permite la vinculación, original y pertinente, entre moralidad e indignación, al tiempo que objeta la concepción más recurrente de pensar los fenómenos de injusticia a través del lente del binarismo contrato y libertad.
    El libro tiene una textura poliédrica, por lo que puede ser del interés de investigadores, estudiantes y profesores de diversos campos disciplinarios como la sociología, la ciencia política, la historia, la filosofía, la antropología, la psicología social, la comunicación, etcétera. Pero también del interés de periodistas, comunicadores y políticos. No tengo duda alguna acerca de la vigencia de este estudio sobre los fenómenos de injusticia en México. Las gramáticas sociales de las que habla este libro son un instrumento que permite observar, analizar y explorar el “estado de salud” del mundo social en una forma novedosa, ya que se aleja de las “evaluaciones” estandarizadas que arroja el Estado o los análisis cuantitativos sobre lo social, interpretando a este último como un mero agregado de personas. Quisiera decir que su aparato teórico puede ser compartible para emprender el estudio de las injusticias en contextos de escasez económica y social, conjugados con una enorme fascinación por el poder, como sucede en diversas regiones de América Latina. La obra de Jaime Torres Guillén vuelve una y otra vez al problema de la situación. De hecho, la suya es una obra que pretende pensar una teoría de la justicia situada, pero al mismo tiempo logra rozar mínimamente el carácter universal de las exigencias de justicia.
    Nuestras ciencias sociales tiene un compromiso con la originalidad del pensamiento, no con la repetición, que rápidamente nos coloca en el campo de la reproducción. Se trata, en resumen, de ofrecer cabotajes de pensamiento que nos permitan atisbar tirones de comprensión del mundo en el cual estamos inmersos en todos sus ordenes instituyentes. Esta es una tarea en la que todos estamos involucrados y frente a la cual necesitamos compartir nuestras experiencias. En el caso de Gramáticas del reconocimiento en México. Contribución a una teoría de la justicia como análisis social, definitivamente nos encontramos con una reflexión de largo respiro, ya que el proyecto que ha desarrollado su autor es el de la construcción de una teoría que de cuenta de la constitución moral de una sociedad como la mexicana, lo que en palabras del autor quiere decir: “una Teoría crítica (y no una ética) que evalúe moralmente una determinada sociedad, debe partir no de restringidos hallazgos empíricos del agravio (movimientos sociales, conflicto de identidad o de clase), sino de analizar tales descubrimientos a la luz de una teoría de la justicia como análisis social”. No me queda más que celebrar su publicación, invitando a los lectores a que hagan suya esta obra importante para el entendimiento de nuestra situación actual.

    Referencias
    Agamben, G. (2017). “Para una teoría de la potencia destituyente”. En G. Agamben, El uso de los cuerpos. Homo sacer, IV, 2. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.
    Covarrubias, I. (2017). “México, del cambio político a la inseguridad de la democracia”. Revista Historia Autónoma, 10.
    Foucault, M. (1999). “Las mallas del poder”. En M. Foucault, Estética, ética y hermenéutica. Barcelona: Paidós.
    Horowitz, I. L. (1986). Fundamentos de sociología política. México: FCE.
    Lefort, C. (1990). “Democracia y advenimiento de un ‘lugar vacío’”. En C. Lefort, La invención democrática. Buenos Aires: Nueva Visión.
    Tocqueville, A. de (2000). La democracia en América. México: FCE.

  • Refugios y recursos de la secularización

    Israel Covarrubias

    Reseña de:
    Charles Taylor, La era secular. Tomo I, Barcelona, Gedisa, 2014, 478 pp.
    Charles Taylor, La era secular. Tomo II,Barcelona, Gedisa, 2015, 765 pp.

    Los dos volúmenes que ahora nos ofrece la editorial Gedisa de Charles Taylor bajo el nombre de La era secular son la expresión de una obra exigente y no sólo es quizá una de las obras más ambiciosa de Taylor por su ir y venir de la filosofía política a la filosofía social, y de ésta a la teoría política, así como por su enganchamiento con ciertos parámetros de la sociología histórica. Lo que hacen de estos dos tomos una obra exigente es su convicción de principio a fin a sus objetivos y posibilidades, y por eso es un libro casi imposible de leer en una sola ocasión y con una finalidad única.
    Al esfuerzo imposible de inteligibilidad de cada una de las líneas de discusión que empuja el libro del filósofo canadiense —pues no podemos encerrarlo en un ciclo de saberes “disciplinados” —, su rasgo extraordinario radica en la forma de absorber, dilatar y desarrollar los temas y los problemas que el autor convoca, no en su extensión.

    Si bien desde su comienzo nos advierte el autor que trabajará sobre tres direcciones del significado de la secularización a saber: aquella que supone una definición del espacio público (público versus privado); así como la distancia entre formas de organización, por ejemplo en la distinción contractual en la modernidad del Estado frente a la Iglesia y viceversa; por último, en las opciones de sociedad y, por ende, opciones de creencias, La era secular es un libro que se encuentra en la dirección de una cierta tradición cada vez más amplia de pensamiento político y filosófico contemporáneo que se interroga por aquel problema que está en la base del fenómeno de la secularización, tal y como llega a nuestros días a partir de un repertorio de autores significativo y creciente (sólo cito tres que hoy son fundamentales: Giorgio Agamben, Marcel Gauchet, Hans Blumenberg); pero también a través del “refugio” y, nos advierte el propio Taylor, el “recurso” a la conexión entre secularización y religión, así como el apego a su relación intrínseca con el universo actual de la política, pero sobre todo de lo político (en mi lectura de Taylor observo que esta diferencia es necesaria), espacio donde la religión encuentra su casa y la posibilidad de manifestación a lo largo de la historia de Occidente en por lo menos los últimos 400 años.
    Así, un primer punto por subrayar de la obra es la estrategia analítica que utiliza para poner en relación diversos dominios de saber que confluyen en el desarrollo histórico-filosófico pero también conceptual del término “secularización”. Sobre este aspecto, ¿qué nos enseña y revela la obra de Taylor? Muchas direcciones de indagación filosófica y política, y que por cuestiones de espacio sólo problematizaré de modo sucinto a través de cuatro campos: a) la complejidad conceptual que va de la mano con el proceso histórico de secularización; b) la vigencia de un fenómeno que en Occidente viene de lejos; c) la pregunta, quizá con cierta polémica contenida, que busca saber qué campo analítico puede instaurar un recorrido como el realizado por Taylor; y d) revisitar la discusión sobre el pluralismo y las controversias que genera alrededor de los intentos por la monopolización de los universos de la interpretación en torno a semánticas como la bienaventuranza, pero también como aquella del “bien común”, que cruzan al proceso de la secularización, y después del cual el recurso a la “comunidad” se vuelve una necesidad “insuperable”, sobre todo porque la categoría que recorre los dos volúmenes es la de “plenitud” y su incesante búsqueda tanto en el “más allá (esto es, en el aspecto trascendental del poder de Dios) como en el “más acá” (es decir, en el aspecto inmanente de la pluralidad de formas de producción de sentido).


    Ahora bien, sobre la complejidad conceptual de la obra, me parece que Taylor hace un esfuerzo bien logrado, ambicioso y quizá ese será su legado, de estructurar un debate sobre las fuentes de generación del poder. Es decir, un debate sobre cómo es que se generó el poder a través de la secularización que tuvo lugar en Occidente, al grado de determinar a los sujetos mediante una serie de dispositivos de diverso orden. De ser correcta esta lectura, entonces un rasgo de la originalidad de la obra es que no se ubica en los usos del poder y el proceso de disciplinamiento de los sujetos, como sucede en muchas de las aportaciones de Giorgio Agamben, quien sí intenta hacer una teoría sobre los usos del poder en la formación del común en la sociedad actual. En este mismo sentido, en el primer tomo además se encuentra un largo recorrido que explica la manera por la cual la política, a pesar de ser esa “pequeña cosa mezquina” (dixit Duby), se vuelve no sólo la heredera natural de la caída de la religión como forma de sociedad (caída donde también está incluida su capacidad de control a través del poder espiritual), sino que la absorberá al grado de moldearla en un discurso en torno al poder simbólico, pues como es conocido, el rasgo que determina el cese de la época inmediatamente anterior a la edad moderna en Europa es el descubrimiento de la reflexividad del poder y la potencialidad que está presente en la simple ausencia de límites que tiene el poder (cf. Pizzorno, 2013: 70-89).
    En este sentido, un primer cuestionamiento que produce la obra de Taylor es el siguiente: ¿es posible sostener que hoy en el corazón de las sociedades democráticas habitan ciertas formas de poder espiritual y que, en efecto, a pesar de ser una entre muchas otras formas de “plenitud”, son paradójicamente manifestaciones de un poder espiritual “de-secularizado” y al mismo tiempo imposibles de secularizar de nueva cuenta? Dicho en otras palabras, ¿podemos sugerir que nos encontramos “a caballo” entre una era secular y otra, que atisba sus síntomas y recursos, a veces por medio de la violencia (toda la cuarta parte de la obra contenidas en el tomo II habla de ello), y que podríamos nombrar tentativamente como “post-secular”?
    Ahora bien, sobre la vigencia del fenómeno de la secularización, así como de los problemas que importa, no son simplemente una manera de narrar la historia de la modernidad y sus salidas. Hay que subrayar que el libro de Taylor es todo menos eso. Es una obra que dice y escribe sobre el presente y sus desarrollos. ¿Por qué es vigente el fenómeno de la secularización? A diferencia de lo que apuntábamos en el inciso anterior, la vigencia tiene que ver con los ciclos de manifestaciones anti-seculares no sólo recientes, sino de varios lustros a la fecha, y que oscilan entre la insurgencia de la teología política y la imposibilidad (hoy los desencuentros son evidentes) de conciliar democracia e Islam, así como la serie de fenómenos de subversión al secularismo democrático (el caso francés de Charly Hebdo es su expresión más penetrante). Y ello, sin menoscabo del fenómeno del terrorismo suicida que es el lubricante de los tres momentos apenas citados.
    En La era secular, Charles Taylor instaura un campo novedoso desde el punto de vista heurístico, ya que abre la posibilidad para trabajar a partir de un ángulo nuevo ciertos problemas como lo es la secularización que no logra ser identificada plenamente con la presencia de los universales de la modernidad: el Estado, el Pueblo, la Nación, ni con la Igualdad, la Libertad, la Fraternidad. Esta forma de no hacer coincidir el fenómeno de la secularización con la plena presencia del lenguaje que desarrolla el fenómeno de la representación de la política y lo político, así como de lo religioso en campo social, y sobre todo en la constitución del sujeto de la modernidad, es, a mi juicio, un indicio de que se puede pensar en un léxico “otro” de la filosofía política y de lo político en general. Un léxico “otro” que hace suya la exigencia del estudioso de largo respiro (sin duda, Taylor lo es), y la precisión de aquel que necesita ordenar el mundo social a través de las bifurcaciones de sentido que éste último supone. Al respecto, habría que preguntarle a la obra de Taylor si la categoría de “era secular” es una variante del concepto clásico del “espíritu” de una época (zeitgeist). Más aún, ¿es nuestra época un momento de secularización radicalizado por sus síntomas contemporáneos, así como por sus contracciones y regresiones?, ¿este momento deja entrever los cimientos del espíritu de nuestra época que es radicalmente distinta a las varias épocas que nos han precedido?
    Finalmente, tenemos la cuestión del pluralismo, tanto a nivel de la creencia y de los sistemas sociales de creencias, así como a nivel de la formación de subjetividades, lugar donde incide la tercera dirección del alegato de Taylor en torno al significado de secularización. El origen del pluralismo y luego del liberalismo tienen que ser ubicados en los efectos que produjo la llamada libertad de conversión religiosa con el fenómeno de la reforma protestante. No hay que perder de vista que lo que se pone en predicamento con el desarrollo del pluralismo, primero religioso y luego político, es la concepción divina de la soberanía y el fundamento teológico del poder político, esto es, al comenzar las primeras discusiones abiertamente modernas sobre el fundamento de la autoridad pública en el seno del fenómeno de la conversión religiosa (Solari, 1996: 74), tenemos que “[…] el lazo interno que unía a los asociados se hizo más fuerte que el que les ataba al conjunto del cuerpo político” (Sartori, 1996: 108).
    La lección es clara con relación al fenómeno de la conversión religiosa: el pluralismo es un fenómeno que está dirigido al otro en modo horizontal, mira a su prójimo, no al Estado, lo que producirá lazos distintos entre los sujetos, al construir una suerte de estar o no de acuerdo con los sistemas de creencias y sus maneras de transmisión. Y este factor lo tenemos hasta el día de hoy en el seno de las sociedades, sean democráticas o no.
    Para Taylor, cuando empiezan a desarrollarse las nociones radicalmente distintas de la “voz” del sujeto en espacialidades que hasta ese entonces no lograban traspasar la barrera de su confinamiento a lo puramente privado, es decir, no eran actividades encuadradas en el campo de lo público, y que además tendrá un impulso fundamental con la Revolución francesa, la disolución del absolutismo político en lo concerniente al principio de publicidad del poder público así como frente a ese conjunto de actividades que escapan de la censura política (pero que vuelven con el terror revolucionario), permiten el crecimiento del “evento-matriz” que hoy llamamos pluralismo político, con el efecto perverso de que el absolutismo político se volverá por su parte absolutización del orden jurídico-estatal. Orden jurídico y orden político no sólo caminarán juntos, también expresarán una gradual polemización en el espacio de la publicidad al pensar si hay manera de lograr una plena simetría o no con las creencias de los sujetos desde el punto de vista de la formación moderna del Estado.
    La derivación es que el sujeto no existe antes de las formas de asociación, no está inscrito en la naturaleza del mundo, sino en el proceso múltiple de subjetivación, donde se conjugan curiosamente razón y contingencia: este ya puede mirarse a sí mismo, se puede interrogar y convertir en otro, al grado de terminar construyendo un oxímoron discursivo: el lenguaje es la tierra del sujeto y la palabra su casa, sea oral o escrita. Tierra y casa serán, en última instancia, las metáforas que separan al liberalismo de la democracia, pero al mismo tiempo son las que los mantienen unidos como procesos políticos en el espacio de la experiencia histórica del común moderno, que no se opone a la posibilidad de habitar la discontinuidad de una realidad sencillamente incapaz de contenerse, sino que la altera y la dispersa, es decir, reduce su intensificación, aunque la pérdida no puede ser sustituida con nada. Dice Taylor:

    La era secular es esquizofrénica o, mejor dicho, está profundamente afectada por presiones contrapuestas. Las personas parecen guardar una distancia de seguridad con la religión y, sin embargo, se conmueven enormemente cuando se enteran de que hay creyentes entregados, como la Madre Teresa […] Es como si muchas personas que no quisieran practicar la fe desearan en todo caso escuchar el mensaje de Cristo y quisieran que se proclamara a los cuatro vientos (Tomo II, p. 679).

    Me parece que una de las grandes aportaciones de la obra es que problematiza esta incapacidad para limitar la realidad de las creencias en nuestros días. Al respecto, una pregunta queda aún pendiente: ¿la era secular acompaña o, más bien, funda la era de las democracias? Es decir, ¿funda o acompaña la idea “fuerte” de la democracia (en tanto “narración maestra” en los términos de Taylor) que guía muchas de nuestras realidades subjetivas e institucionales?

    Bibliografía
    Pizzorno, A. (2013), “Las raíces de la política absoluta”, Metapolítica, vol. 17, núm. 81, abril-junio, México: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, pp. 70-89.
    Sartori, G. (1996), “Los fundamentos del pluralismo”, en La política, núm. 1, Primer semestre, pp. 107-122.
    Solari, G. (1996), “La concepción liberal del Estado”, en Gerardo Ávalos Tenorio y María Dolores París (coords.), Política y Estado en el pensamiento moderno, México: UAM-Xochimilco, 1996, p. 72.

    Reseña publicada en: Andamios. Revista de investigación social, vol. 12, núm. 29, septiembre-diciembre de 2015, pp. 287-292.