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México: el poder, las víctimas y la democratización (im)posible

Israel Covarrubias*

Texto publicado como «Prólogo» a Jaime Torres Guillén, Gramáticas del reconocimiento en México. Contribución a una teoría de la justicia como análisis social, Ciudad de México, Ediciones Navarra, 2020, pp. 11-25.

La indeterminación del poder

Toda indagación académica que esté interesada en problematizar el fenómeno de la indeterminación que permite a la política ser una operación que se caracteriza, entre otras cosas, como la punta de lanza para la activación de formas de luchas en el interior de la sociedad, tiene que abordar una cuestión fundamental que surge con la visibilización de los reversos de la política. En este sentido, la política se vuelve una acción determinada y limitada por los fines de las instituciones del Estado, pero también por aquellos que persigue la sociedad a través de las mediaciones que establece con la estatalidad, no solo con el aparato de Estado. Como se sabe, esta constatación siempre ha acompañado a las escansiones históricas donde el cambio social se expresa de manera intermitente, pero de modo completamente irreversible. Así, los reversos de la política contienen una enorme energía vital que adopta la forma de lo político cuando esta última logra dinamizarse en una táctica de abajo hacia arriba (bottom-up). En esa modulación destaca el papel que cumple precisamente la indeterminación que anima el juego social donde un ángulo de poder, a pesar de la insignificancia de su disimulación manifiesta, puede ser puesto en entredicho.

Para Michel Foucault, el poder en la sociedad contemporánea pretende volverse sutil y persuasivo, pero para reproducirse con éxito necesita ser trastrocado continuamente por una miríada de gestos moleculares, por resistencias no planeadas y des-jerarquizadas. El verdadero secreto del poder, continúa, es que usa el deseo para volver inteligible sus prácticas. Acepta su incapacidad de control absoluto, pero en cambio corrobora que su porosidad constitutiva —que define como “mallas”— es más eficaz que la saturación topológica de los emblemas que lo sostienen en el tiempo. Al respecto, el filósofo francés concluye: “Lo interesante es, en efecto, saber cómo en un grupo, en una clase o en una sociedad, funcionan las mallas del poder, es decir, cuál es la localización de cada uno en el hilo del poder, cómo se ejerce de nuevo, cómo lo conserva, como le repercute” (Foucault, 1999: 254).
El elemento que subraya Foucault es la pérdida de la equivalencia tanto unitaria como identitaria del poder, y que estuvo supeditada al lenguaje y a las prácticas del Derecho que venían de la sociedad del Ancien Régime (1999: 238), pero que por su parte permitieron el nacimiento de una experiencia política que aparece en el siglo XIX, donde lo político ya no se identifica directamente con la política como asunto de Estado. Por ende, lo político no puede coincidir más que consigo mismo, es decir, deviene una forma de sociedad, no una forma de Estado. La diferencia no es solo semántica, sino histórica y es radical. El primer indicador que pierde su densidad es justo aquel que supedita y exige que toda actuación política sea exclusivamente competencia del espacio de dominación legítima del Estado.
Para Claude Lefort es la no coincidencia, si se quiere, la asimetría entre individuos, entre clases o entre “poderes”, la que permite el “advenimiento” de la “revolución democrática” del siglo XIX, al sostenerse en “la disolución de los indicadores de la certeza” (Lefort, 1990: 188). De este modo, uno de los elementos axiales que dan vida a la experiencia democrática son las luchas sociales por la igualdad (por ejemplo, es una exigencia intrínseca en las disputas por la ampliación del sufragio), que califican la posibilidad social de aquello que Alexis de Tocqueville anuncia como la “igualdad de condiciones” (Tocqueville, 2000: 40; Lefort, 1990: 188). No obstante, un efecto de la indeterminación del poder en esta nueva forma de gobierno es que su nacimiento produjo una paradoja: “mientras los hombres se volvían de hecho cada vez más semejantes, no eran sino más proclives a producir los signos de su disimilitud” (Lefort, 1990: 189-190). La diferencia que separa a uno del otro, es la que rompe por completo la lógica de las equivalencias que se formaron en el seno de la modernidad filosófica y política. Para Lefort (1990: 190) este gesto es el que produce la noción original del lugar del poder en la forma histórica de la democracia moderna como “lugar vacío”, definido así básicamente por cuatro elementos constitutivos. El primero es que en la experiencia democrática moderna se constata la pérdida del propietario del poder. El poder deja de ser una propiedad personal, de uno, pocos o muchos, es lo que menos importa, lo relevante es que caduca la posibilidad de ser un atributo personal del titular del poder político. El segundo es la incapacidad de que el poder pueda producir una ficción “corpórea” y “unitaria” de sí mismo. El tercero es la corroboración que la indeterminación no es un signo de lo político negativo, al contrario es completamente necesaria para alimentar a una sociedad dinámica. Cuarto, la democracia se enfrenta a la imposibilidad de “petrificar” simbólica o realmente el actuar político (Lefort, 1990: 190).


“La noción”, dice Lefort, “de un lugar que yo califico de vacío porque ningún individuo, y ningún grupo, puede serle consustancial; la noción de un lugar infigurable que no está ni fuera ni dentro; la noción de una instancia puramente simbólica, en el sentido de que ya no se la localiza en lo real; pero además hay que observar que, por la misma razón, la referencia a un polo incondicionado se desdibuja; o, si así se prefiere, la sociedad enfrenta la prueba de una pérdida de fundamento […] La huella de este acontecimiento puede ser observada en dos registros. Por un lado, junto a la desincorporación del poder, se opera una desintrincación entre la esfera del poder, la esfera de la ley y la esfera del conocimiento […] Por otro lado, la formación de una escena política, escena sobre la cual se ejerce la competencia por el poder, va a la par con el movimiento que da plena consistencia a la sociedad civil, revelando ser ésta la misma de parte a parte, a través de sus divisiones” (Lefort, 1990: 190).


El corolario es que el poder y las prácticas sociales que permiten que la política sea algo más que una relación estratégica desde y para el Estado; algo más que la persecución del orden político; algo más que la reproducción del status quo que se presenta como forma deseable de control, de modelación del cuerpo y del espíritu, y de la subjetividad en general, es que no puede nuclear esa determinación de encapsulamiento en un llamado abstracto a la unidad, sea nacional o identitaria, porque la sociedad democrática en su autonomía creciente está imposibilitada a pensarse en ese esquema. Más bien puede comprenderse a sí misma en términos de un poder que otorga el reconocimiento a la alteridad, en tanto reverso de la identidad. De este modo, el poder en una sociedad democrática se aleja demasiado de aquella forma que lo emparenta a un acto de resistencia, o más aún, de aquella manera que se coloca como contra-poder, y que por momentos pretende el establecimiento de una relación directamente proporcional con el poder que quiere contrarrestar.
Para Jaime Torres Guillén, el intercambio entre las formas que tiene el poder para sucederse en la sociedad democrática puede ser comprendido mejor desde el ángulo de la lucha por el reconocimiento, que es un vocablo emparentado con el de la alteridad, o si se quiere, con el bagaje de la diferencia. La presión que la sociedad ejerce sobre el poder que irradia la política y el Estado es producto de una intencionalidad clara: con cada contestación la pretensión es que el poder cambie su trayectoria. Sin embargo, lo que el lector encuentra en esta obra es un resultado inquietante: la expectativa del cambio siempre se pierde, siempre palidece frente al espectáculo de la anarquía que produce el poder político con su obrar cotidiano en el momento en que fue contestado.
Este hecho me recuerda el guiño que Giorgio Agamben recupera de Pier Paolo Pasolini, particularmente de su película Salò o los 120 días de Sodoma, realizada poco tiempo antes de su asesinato. Como es sabido, Pasolini intenta mostrar la férrea mistificación de la fascinación del poder del Estado y de la Iglesia de su tiempo, así como del poder que flotaba con la herencia del fascismo —presente desde el título de la película— y la del consumismo de la sociedad capitalista. Una triada reflejada con violencia, directa, sin matices, donde el morbo, el asco y el dolor son una misma cara de la moneda del poder fascista del Estado. En el epílogo del libro El uso de los cuerpos, titulado “Para una teoría de la potencia destituyente”, Agamben escribe: “Pier Paolo Pasolini le hace decir a uno de los jerarcas de Salò que la verdadera anarquía es la del poder” (Agamben, 2017: 489). Este es un recordatorio, sugiere Agamben, de que el poder no sólo cumple la función de reducir complejidad en el seno de las sociedades, sino que es una máquina de producción de bucles de complejidad, a la que le gusta gozar con la desarticulación pausada de los cuerpos de sus víctimas, hasta que las vuelve completamente inoperosas, y sin pretenderlo, con este guiño abre la posibilidad de pensar en un nuevo campo de diferencias para la política, pero que solo puede ser revelado una vez que se perfora la dimensión anárquica que produce el poder en su convicción salvadora, es decir, en su concepción institucional y estatal. Y es aquí, en esta encrucijada teórica e histórica, donde el libro de Jaime Torres cobra relevancia para las ciencias sociales mexicanas y para el estudio de la historia de nuestro tiempo presente.

Descentramiento democrático
Lo que se discute en la obra Gramáticas del reconocimiento en México son las maneras de adaptación a los cambios repentinos que nuestro sistema social ha producido en su desarrollo político reciente, sobre todo a partir de sus efectos en el campo político, que en este caso es el de la democracia mexicana. El autor subraya el papel determinante de los trastrocamientos en la historicidad por parte de una serie de acontecimientos de enorme relevancia social y política y con un gran impacto en la opinión pública nacional e internacional. Con ello, apunta a la importancia que tienen las temporalidades de todos aquellos que padecen el poder de la violencia, del despojo y de la desaparición, evidentemente en un país donde pareciera que estos fenómenos son práctica cotidiana y “normalizada”. De aquí, pues, que la centralidad de la figura de la víctima en México no sea un accidente, ni un caso aislado y mucho menos sin relación con la democracia. Al contrario, el tipo específico de víctimas que ha producido el sistema político mexicano en los últimos lustros califican y modelan el tipo particular de régimen democrático en el que vivimos.
Acaso sin nombrarlo, el autor discute diversas dimensiones de las cuatro modalidades clásicas que la sociología política tiene en su interés por el cambio social y político: a) qué ventajas plantea el cambio de una situación específica, es decir, qué se quiere derribar y qué se pretende erigir; b) cuál es el origen de la anatomía del cambio que está visibilizándose; c) qué papel juega el sistema político al frenar o liberalizar esas transformaciones; y d) qué “calidad intelectual” importa el pasaje de una a otra situación, lo que sugiere la necesidad de observación del impacto en la vida pública de ese fenómeno bajo estudio (Horowitz, 1986: 113).
Pienso que Jaime Torres ha traducido de manera fina estas cuatro modalidades presentes en algunos momentos de expansión de lo político de nuestro país. Desanuda varios de los principales vectores históricos y simbólicos de tres de los casos paradigmáticos de la condición democrática mexicana: el Movimiento Ciudadano por la Justicia 5 de Junio, que nace a causa del incendio de la Guardería ABC en Hermosillo, Sonora, que tuvo lugar el 5 de junio de 2009 y donde murieron 49 infantes y más de cien resultaron heridos; el Movimiento Por la Paz con Justicia y Dignidad que nace en 2011 luego del asesinato del hijo del poeta Javier Sicilia en Morelos, y se vuelve una reacción nacional a la intensificación de la entonces llamada “Guerra contra el narcotráfico” llevada a cabo por el Estado mexicano, cuyo titular era Felipe Calderón Hinojosa. Finalmente, el Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México, que nace en 2015, y aglutina a más de sesenta colectivos de búsqueda y organizaciones de familias de personas desaparecidas también a causa del combate al narcotráfico. Los tres casos son los homo sacer de la democracia mexicana.
No hay que dejar de lado el cambio de fondo que estas experiencias presentan: en los años noventa, y me atrevería decir que desde los años setenta, la acción de los movimientos sociales en México reivindicaba un abanico amplio de injusticias, pero siempre terminaban inscritas como batallas abiertas, frontales al Estado y al régimen político autoritario —piénsese, por ejemplo, en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. En los tres casos señalados se despliegan en un contexto de “normalidad” democrática conjugada con una serie de regresiones autoritarias que terminan por quebrar el carácter positivo que había adquirido la evolución de la democracia mexicana después del año 2000 (Covarrubias, 2017: 197-214).
Los tres episodios conjugan una mezcla procaz de formas de negación de la vida que hunde sus raíces en los efectos de la violencia criminal, pero también en aquella que se genera desde el Estado, así como en la corrupción del sistema político mexicano, que no puede separarse del amiguismo aún presente entre empresarios locales y nacionales, gobernadores y familias presidenciales, en una enigmática declinación de la organización político-económica que podría ser identificada como una forma extrema de capitalismo político. Lo que llama mucho la atención es la transversalidad de los tres fenómenos, al pasar de sexenio a sexenio, al no encontrar respuesta eficaz por parte de las instituciones federales y estatales; al desdeñar a los familiares y a las víctimas que los tres casos tienen en su origen; al impartir justicia a cuenta gotas; y en el que ya llevamos más de dos sexenios en esa intensa labor de organización, desorganización, nuevamente organización, de las familias, acompañantes, amistades, aliados estratégicos. Pareciera que el terreno donde han desarrollado sus luchas es análogo al del mito de Sísifo: cada vez que se abre el horizonte de la política mexicana a una posibilidad de justicia, cada vez que se está a punto de llegar a esa difícil cima, todo cae y es necesario volver a empezar, una y otra vez.
El desgano funcional del Estado mexicano y de los encargados de ocuparse en la resolución de los tres casos abordados en el libro, nos hacen pensar que si lo evidente es que nunca se termina de entender al otro, entonces, ¿cómo es posible que ese otro sea reconocido?, ¿cómo ir a su encuentro si no se vislumbra ninguna posibilidad de apertura? En los tres casos ha operado por parte de las autoridades del Estado mexicano una acción des-diferenciadora hacia ellos, lo que sugiere un acto de una enorme violencia pues esa conducta oculta un borramiento de cada uno de los miembros de los colectivos, de las víctimas directas e indirectas, en tanto otredad. La obra de Jaime Torres Guillén subraya a la falta de conocimiento sobre el otro como central en el actuar de las élites políticas mexicanas. Agregaría por mi parte que esto también quiere decir que jamás se termina de conocer al otro porque no se le quiere entender. La apatía es palpable en el rol de un gobierno que no corresponde a las expectativas de cambio generadas, con independencia del signo político partidista que enarbole. Por ello, insistía líneas arriba sobre la necesidad de salirse de la trampa de la simetría del poder entre aquellos que lo detentan desde el Estado y aquellos que lo padecen desde la sociedad bajo la forma de las víctimas.
Los movimientos estudiados son expresiones fehacientes de un momento de explosión de lo político. Son tres actos gestionados por aquellos que no tenían posibilidades de ejercer el poder antes de la irrupción del acontecimiento en el que se vieron involucrados. De alguna manera, ridiculizan al poder del Estado a través de las formas populares que adoptará la agonía pública en tanto “prácticas de dignidad”, incluso por aquellas manifestaciones sociales discrepantes internamente a cada uno de los movimientos estudiados, que rozan el borde de un “aparente” sin sentido, pero siempre logran con precisión el cometido trazado en su formación y práctica política: disparar de manera continua a la obsolescencia de la vida compartida que nos han heredado y que experimentamos como una suerte de oxímoron que acomete cotidianamente hacia el punto neurálgico de una “oscura luminosidad” democrática que hace volver lo político una y otra vez al primer plano.
Una oxímoron que, por ejemplo, en el caso de las desapariciones, expresa en primer lugar una pérdida gradual del derecho a la ciudad de cualquier sujeto y especialmente el derecho a aparecer vivos en la ciudad. Si en nuestro país se ha perdido el derecho de aparición, entonces, en segundo lugar, tenemos una forma de desaparición que es síntoma de la fuerza de ley no del Estado, sino de un conjunto de organizaciones privadas (el crimen organizado, se quiera o no, es una organización privada) que imponen su particular mecanismo de estructuración de la esfera pública. En tercer lugar, tenemos la exigibilidad social cuando se dan a la tarea de hacer reaparecer a los sujetos desaparecidos, y que cobra en muchos de los casos, por desgracia, la forma del cadáver. Al desaparecerlos como sujetos aunque las instituciones estatales no sean las que enarbolen la política de la desaparición, el Estado, en su intención de cumplir su función garantista como lo es el derecho de existir en la ciudad, los hace reaparecer como espectros y no como sujetos, ya que terminan recluidos en el número, la cifra, el expediente, o en muchos casos, simplemente en una bolsa de huesos.
Por ello, quizá una de sus derivaciones sea la reproducción de la deuda excepcional (por encontrarse fuera de toda norma) de la esfera pública mexicana con relación a las formas de elaboración de una política del duelo que atañen a las desapariciones sistemáticas que los sujetos padecen a lo largo del territorio nacional, ya que hablar de desaparición en nuestro país no supone incluir únicamente a las desapariciones físicas de varias decenas de miles de mexicanos/as, sino también opera como metáfora del despojo y destierro de la esfera pública. En los tres movimientos, un rasgo que comparten es aquel del proceso de elaboración del duelo que pretende limitar la deuda que la violencia del Estado impone en el tiempo, pero que se ve obligado a pasar (saltar) a un campo desigual como lo es la esfera pública para elaborar fragmentariamente ese duelo en las tensiones que le subyacen a este orden de cosas: pertenece a la comunidad, no son manifestaciones exclusivas de un sujeto, de una madre o un padre, de un hermano o un hijo, ya no puede ser simplemente reducidos, atomizados.
En los tiempos que corren, los partidarios de una política de la memoria organizada de forma cronológica pierden hegemonía, y con ello caen al vacío sus recursos sobre todo intelectuales y culturales, desde donde alguna vez sustentaron sus palabras, sus críticas, sus amoríos sexenales, sus preferencias ideológicas, sus saltos al vacío. En lugar de estos, quedan aquellos que hacen de la memoria un sentimiento desde el cual decir y confrontar; una memoria empañada y empeñada en lograr sacar a la superficie un continuo fluir psíquico, ya que en lo profundo de nuestro inconsciente, subyace —como mera forma de rechazo al ninguneo— un profundo malestar compartido frente a ese poder ejercido siempre en una lógica de “arriba hacia abajo” (top down). Pero además, este momento no deja de abonar al campo de batalla donde tienen lugar nuestras mejores escenificaciones, aunque anuncien un espectáculo que puede terminar en la coronación de un nuevo mythomoteur. Siempre es una posibilidad de que todo regrese a una forma anterior o posterior, no necesariamente los cambios micro-políticos, allende a los macro-políticos, suponen desde un punto de vista ético —en el sentido que la entiende el autor de esta obra— un crecimiento de la calidad de la participación y del desarrollo de las virtudes democráticas, cuando el poder aparece en una dinámica de abajo hacia arriba. Es en este proceso a un tiempo contingente y funcional para la expansión de lo político donde se ha vuelto oportuna, dice Jaime Torres Guillén, la elaboración de una gramática del reconocimiento. Con más precisión: una gramática “otra” del reconocimiento, que prefigure una forma innovadora de conceptualizar la obligación moral en situaciones históricas marcadas por una profunda agudización de las injusticias.

Una teoría crítica de la justicia
Me parece necesario subrayar la relevancia de las palabras que nombran y definen a la política contemporánea, y sobre todo a la que está situada en nuestra circunstancia mexicana. ¿Qué es la política, qué es lo político?, ¿cuáles son los límites de uno y de otro desde un punto de vista histórico, pero también teórico? Parecieran interrogantes que un observador atento a las dinámicas del poder podría responder de modo eficiente, quizá también de manera eficaz. Sin embargo, justo cuando las dinámicas del poder han cambiado y se vuelven impredecibles, es que comienzan los problemas para elaborar esas respuestas que necesitamos, y que no tenemos. El autor de la obra avanza una respuesta: “El libro hace referencia a gramáticas del reconocimiento, entendidas como exigencias que resultan de una crítica colectiva a las injusticias padecidas”. ¿Qué entiende el autor por gramática, ya que es un concepto central de su reflexión? Dice: “Normas que las personas siguen para que se les reconozca como sujetos con capacidad de actuar y juzgar correctamente. Con este concepto se hace referencia a la idea de que en la dinámica de las relaciones sociales, existen experiencias morales que trascienden a la sociedad dada, al apuntar a nuevas formas de convivencia basadas en ideas y valores sobre lo que es justo, correcto, digno o con mayor libertad social”. Es decir, las gramáticas del reconocimiento aluden claramente al sentido de justicia que subyace a un hecho “traumático” y, por ende, vuelven a este una gramática en su sentido pragmático. En las tres experiencias estudiadas, el trauma siempre es tiempo presente. Codifica y captura nuestra atención colectiva. Se niega a ser simplemente un recuento de daños, un episodio más de la enorme cadena de impunidad manifiesta y latente en la vida pública de México. Hay, pues, una suerte de triple figuración moral del agravio y el dolor: lo personal es político, lo familiar es público y lo colectivo es singular. La operación que hace posible ese devenir, es la materia prima de este libro, ya que solo en los conflictos es posible el llamado al reconocimiento y la exigencia de justicia. No olvidemos, dice Torres Guillén, “que la pregunta por la justicia aparece en momentos de crisis y grandes convulsiones sociales”.
Hacia el final de la obra, esta elaboración teórica cobra toda su significatividad. “De esta manera”, escribe Torres Guillén, “la obligación moral o el deber ético con las y los otros, en sociedades del desprecio como la que impera en la sociedad capitalista, es fruto de experiencias de sufrimiento y exigencias de justicia. Su contenido sólo podría derivarse de dichas experiencias vinculadas a una teoría crítica capaz de influir en la praxis social de la que ella deviene como momento práctico transformador. Esto es, vinculado a una teoría crítica cuyo conocimiento esté orientado a la acción en un contexto práctico-político delimitado por los indignados de la tierra. Por todo esto, el contenido de la obligación moral sólo podría reconstruirse a partir del desarrollo de una teoría social crítica”.
Con ello, nos recuerda el autor en una suerte de forma fenomenológica de teorización, que habitamos “un mundo intersubjetivo”, no un mundo de individuos abstractos, mucho menos un mundo fundamentado en una mera doxa. Por consiguiente, al ser un mundo intersubjetivo, lo político que anuncian las gramáticas (a)bordadas en el libro, hace suyo el “descentramiento” en el que nos encontramos como sistema social. Por lo tanto, nuestra sociedad democrática definitivamente ha perdido su ser centro. Es un proceso en marcha, por lo que además de la disputa existencial y personal que dinamitaron a los tres movimientos, es decir, son movilizaciones que tienen como común denominador a la violencia, dejan entrever que son querellas por la toma de la palabra, ya que esa apropiación terminará en una estructuración de una auténtica política de la palabra (reconocimiento). La pretensión es dejar hablar al que se encuentra en desventaja en tanto legítima exigencia de justicia. A mi entender, en el libro este es el origen de la obligación moral que permite la vinculación, original y pertinente, entre moralidad e indignación, al tiempo que objeta la concepción más recurrente de pensar los fenómenos de injusticia a través del lente del binarismo contrato y libertad.
El libro tiene una textura poliédrica, por lo que puede ser del interés de investigadores, estudiantes y profesores de diversos campos disciplinarios como la sociología, la ciencia política, la historia, la filosofía, la antropología, la psicología social, la comunicación, etcétera. Pero también del interés de periodistas, comunicadores y políticos. No tengo duda alguna acerca de la vigencia de este estudio sobre los fenómenos de injusticia en México. Las gramáticas sociales de las que habla este libro son un instrumento que permite observar, analizar y explorar el “estado de salud” del mundo social en una forma novedosa, ya que se aleja de las “evaluaciones” estandarizadas que arroja el Estado o los análisis cuantitativos sobre lo social, interpretando a este último como un mero agregado de personas. Quisiera decir que su aparato teórico puede ser compartible para emprender el estudio de las injusticias en contextos de escasez económica y social, conjugados con una enorme fascinación por el poder, como sucede en diversas regiones de América Latina. La obra de Jaime Torres Guillén vuelve una y otra vez al problema de la situación. De hecho, la suya es una obra que pretende pensar una teoría de la justicia situada, pero al mismo tiempo logra rozar mínimamente el carácter universal de las exigencias de justicia.
Nuestras ciencias sociales tiene un compromiso con la originalidad del pensamiento, no con la repetición, que rápidamente nos coloca en el campo de la reproducción. Se trata, en resumen, de ofrecer cabotajes de pensamiento que nos permitan atisbar tirones de comprensión del mundo en el cual estamos inmersos en todos sus ordenes instituyentes. Esta es una tarea en la que todos estamos involucrados y frente a la cual necesitamos compartir nuestras experiencias. En el caso de Gramáticas del reconocimiento en México. Contribución a una teoría de la justicia como análisis social, definitivamente nos encontramos con una reflexión de largo respiro, ya que el proyecto que ha desarrollado su autor es el de la construcción de una teoría que de cuenta de la constitución moral de una sociedad como la mexicana, lo que en palabras del autor quiere decir: “una Teoría crítica (y no una ética) que evalúe moralmente una determinada sociedad, debe partir no de restringidos hallazgos empíricos del agravio (movimientos sociales, conflicto de identidad o de clase), sino de analizar tales descubrimientos a la luz de una teoría de la justicia como análisis social”. No me queda más que celebrar su publicación, invitando a los lectores a que hagan suya esta obra importante para el entendimiento de nuestra situación actual.

Referencias
Agamben, G. (2017). “Para una teoría de la potencia destituyente”. En G. Agamben, El uso de los cuerpos. Homo sacer, IV, 2. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.
Covarrubias, I. (2017). “México, del cambio político a la inseguridad de la democracia”. Revista Historia Autónoma, 10.
Foucault, M. (1999). “Las mallas del poder”. En M. Foucault, Estética, ética y hermenéutica. Barcelona: Paidós.
Horowitz, I. L. (1986). Fundamentos de sociología política. México: FCE.
Lefort, C. (1990). “Democracia y advenimiento de un ‘lugar vacío’”. En C. Lefort, La invención democrática. Buenos Aires: Nueva Visión.
Tocqueville, A. de (2000). La democracia en América. México: FCE.



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